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Al borde de la segunda vuelta

Fuentes: Rebelión

1. El sábado pasado, en Avenida España con Salvador Sanfuentes, en Santiago viejo, hubo un accidente de tránsito -de los cientos que se producen a diario-, que afortunadamente, no terminó en tragedia. Lo cierto es que, azarosamente, fui el primero en llegar a la ventana abierta del chofer del taxi, cuyo automóvil fue detenido por […]

1. El sábado pasado, en Avenida España con Salvador Sanfuentes, en Santiago viejo, hubo un accidente de tránsito -de los cientos que se producen a diario-, que afortunadamente, no terminó en tragedia. Lo cierto es que, azarosamente, fui el primero en llegar a la ventana abierta del chofer del taxi, cuyo automóvil fue detenido por un frenazo efectivo y un árbol añoso que soportó dignamente el impacto. El conductor, que para el caso, no tuvo la culpa, amortiguó el golpe con el manubrio acolchado. Su frente y  nariz ya se tornaban violeta cuando insistentemente le pregunté su nombre para cerciorarme de que estuviera  conciente. Sin embargo, en vez de su nombre y sin mirarme, comenzó a decir «estoy arruinado, debo 8 cuotas del auto, estoy arruinado.»  Insistí sobre qué día era, cuántos años tenía, y el taxista continuó con la cantinela de la deuda del taxi.

Me despedí cuando llegó la ambulancia y revisé mentalmente las lecturas adolescentes de Freud y sus famosas pulsiones y principios de vida como motor existencial, oscuro y último del ser humano. ¿Freud refutado ese sábado, en Chile de 2010? El conductor no estaba preocupado de su integridad inmediatamente segundos luego del accidente, sino de las cuotas impagas del auto vuelto acordeón de lata. La incertidumbre económica y el miedo laboral por sobre el principio de vida. Una fotografía de la miseria social que hay que detener de una vez y la confirmación de que el ser social -su lugar en las relaciones sociales y materiales de sobrevivencia- determinan la conciencia. ¿La industria comercial del día de las madres será la sublimación capitalista del complejo de Edipo?
 
2. El brillante autor de Conversación en La Catedral y La Guerra del Fin del Mundo, de origen peruano y nacionalizado español -por voluntad propia-, Mario Vargas Llosa, estuvo en Chile, alojando en la casa del archimillonario y candidato de la vieja derecha a las elecciones presidenciales, Sebastián Piñera. Muchas de sus novelas están tan cerca de la perfección, como sus posiciones políticas de la elite gobernante, antisocial y minoritaria mundial. También, como tira de humor del más negro, fue extrañamente invitado por la presidenta Bachelet a la inauguración del Museo de la Memoria, una obra arquitectónica que pretende monumentalizar, y, por tanto, petrificar como fetiche del olvido invertido, parte de las violaciones a los derechos humanos cometidos durante la dictadura pinochetista.

Allí Vargas Llosa fue ampliamente pifiado por varios de los presentes, por razones obvias (pese a los resguardos policiales y las entradas contadas). Quien escribiera Pichula Cuéllar representa a la plétora de intelectuales bien premiados por defender a rajatabla los intereses del imperialismo norteamericano y atacar sistemáticamente a los gobiernos de Cuba, Venezuela y Bolivia, gobiernos que, sin duda, los detenidos desaparecidos, ejecutados políticos y torturados de la tiranía abrazaron y abrazarían si estuvieran aún entre nosotros (aunque, a decir verdad, están siempre entre nosotros, como incendio amoroso que ilumina la futura emancipación de los pueblos).

En entrevista para el órgano oficial de los patrones en Chile, El Mercurio, Vargas Llosa, consultado sobre la evolución de la derecha chilena, respondió que «hay una actitud de gran sensatez prácticamente en todo el cuerpo político, de la derecha a la izquierda, de comunistas a conservadores. En este sentido, creo que es muy importante el triunfo de Sebastián (Piñera). Es una manera de mostrar una derecha moderna, democrática y liberal.» Por moderna, debe referirse a la idea piñerista de precarizar aún más el trabajo; por democrática,  a la promesa populista de dar un millón de empleos (¿Habrá que pavimentar la Antártica?); y liberal por el discurso unidireccional y ultrareaccionario del canal televisivo de propiedad del candidato de la antigua derecha. El escritor afirmó que el eventual triunfo de Piñera «va a marcar un hito en la historia (…) Porque los latinoamericanos  empezarán a entender que los empresarios no son los enemigos de los pobres.»

Es efectivo, los empresarios, los grandes capitales, el capitalismo no es enemigo de los pobres. Es enemigo de la humanidad en general. Si en la actualidad, el movimiento del capital se agencia utilidades desesperada y vorazmente a costa de la sobrevivencia del planeta y sus habitantes; si nunca en la historia de este asterisco azul que nos tocó por suelo el trabajo asalariado había sido tan amplio y mal pagado, y la propiedad de la riqueza tan concentrada en los menos; si jamás se había tenido conocimiento de un imperio con una capacidad militar misteriosamente criminal; entonces el capitalismo es enemigo de la humanidad, no sólo de la mayoría pobre. Finalmente, alguien debería haberle recordado a Vargas Llosa que en Chile, una lengua amenazada vertiginosamente por el Pacífico, con miles de kilómetros de costa, hay mucha gente, niños y adultos, que todavía no conocen el mar salvo por panfletos de turismo para extranjeros.
 
3. El Movimiento de los Pueblos y los Trabajadores ha llamado a anular a las dos derechas que se presentan al balotage del 17 de enero. Las razones han sido expuestas profusamente. Asimismo, son muchos otros chilenos y chilenas, trabajadores, intelectuales, pobres y mapuche que han manifestado organizadamente que harán lo mismo. La brigada histórica de la izquierda tradicional pega en las paredes que «los nazis votan nulo». Pero, en realidad somos la negación del nazismo o el fascismo. La Concertación no puede emplear como chivo expiatorio de su posible fracaso electoral, resultado general de sus políticas antipopulares, a segmentos de pueblo que comienzan a construir una nueva alternativa de izquierda anticapitalista, independiente de los intereses de las clases dominantes y sus partidos y agrupaciones.

Para los de abajo las cosas siempre han sido difíciles. Y el miedo se destruye con claridad política. Anular a los representantes del capitalismo brutal que gobierna Chile desde hace 37 años, es apenas un gesto -que no la gesta- del prólogo de un nuevo bloque que persigue un gobierno de trabajadores y pueblos, un sistema que colectivice los beneficios del trabajo, renuncie firmemente al desarrollismo destructivo y se concentre en el género humano y su felicidad plena. Durante el último debate televisivo, Piñera reconoció poseer 2 mil millones de dólares y Frei 4 millones de dólares en sus arcas personales. Ellos no son de los nuestros, de la mayoría. Es cierto, todavía no es la hora nuestra. Pero se acerca como un punto de luz después de una larga noche cerrada.