Recomiendo:
0

Entrevista realizada para L'Humanité a Franck Gaudichaud

América Latina: treinta y cinco años después de la muerte de Allende

Fuentes: L’Humanité Dimanche

Traducido del francés por Caty R. para Rebelion

Este 11 de septiembre hace 35 años que Salvador Allende se daba muerte en el Palacio de la Moneda de Santiago de Chile. El golpe de Estado del general Pinochet, apoyado por Estados Unidos, ponía punto final a la experiencia de la Unidad Popular en Chile, mientras las dictaduras se instalaban por toda la región. Ahora que el continente suramericano vive profundas transformaciones, Franck Gaudichaud* explica la continuidad entre la América Latina de los años 70 y la actual.

¿De qué manera sigue presente en la actualidad la experiencia de la Unidad Popular en América Latina?

Este 11 de septiembre de 2008 no sólo señala el 35 aniversario de la muerte de Allende, sino también el centenario de su nacimiento y los 80 años del Che, asesinado hace 41 años. La trayectoria de estas dos figuras y sus opciones políticas, muy diferentes, han marcado profundamente a la izquierda latinoamericana y siguen todavía muy presentes, especialmente en cuanto a la fuerza ética y el humanismo que han transmitido sus luchas y sus trágicas muertes hasta nuestros días.

Después del período de las dictaduras y tras el neoliberalismo de los años 90, se ha establecido una nueva coyuntura política en la región: el radicalismo de las movilizaciones sociales, los debates sobre las alternativas y la elección de gobiernos nacionalistas de izquierda y centro-izquierda confieren una nueva resonancia a las experiencias chilena y cubana. Con una cuestión subyacente: ¿qué lecciones hay que extraer de esos procesos revolucionarios? En la actualidad, igual que en los años 70, la época se caracteriza por las enormes desigualdades sociales, la politización creciente de las clases populares y la oposición a Estados Unidos y a su imperialismo.

Una de las principales diferencias es el contexto mundial. Un ejemplo: en 1970, Allende estaba considerado como un «reformista» por su legalismo parlamentario y su llamada al respeto de la Constitución y el ejército. Durante los 1.000 días de la Unidad Popular, a pesar de todo, nacionalizó la mayor parte de los sectores claves de la economía chilena y expropió, sin indemnización, las grandes multinacionales estadounidenses. ¡En el contexto actual de globalización neoliberal, semejantes medidas económicas, indudablemente, serían reformas radicales!

Habla de las lecciones que hay que extraer…

A veces existe una tendencia a mitificar ese período. Ahora bien, hay que preguntarse qué pasó para que la «vía chilena al socialismo» no funcionase hasta el final y acabase con el golpe de Estado terrorista del general Pinochet y sus secuaces. Por supuesto, Estados Unidos hizo todo lo que pudo para aplastar a la Unidad Popular desde 1970, en el momento de la elección de Allende. Pero también tenemos que retomar y discutir las cuestiones de las relaciones con el ejército durante un proceso de cambio social, el fracaso anunciado de las alianzas con la burguesía «nacional» o la ausencia de transformación del aparato de Estado oligárquico. Actualmente, tanto en Ecuador como en Bolivia o Venezuela, los gobiernos elegidos intentan democratizar las instituciones con elecciones para crear las asambleas constituyentes. Seguramente es necesario ir más allá para transformar el Estado, pero es un primer paso importante.

Una problemática fundamental es la del control democrático sobre los grandes medios de producción y la participación popular en las decisiones políticas. Actualmente, se habla mucho en Venezuela del «poder popular», como fue el caso en Chile: es un aspecto que hay que fortalecer dentro del proceso bolivariano, pero con precisión y más allá de los simples discursos, apoyándose en los consejos comunales, las iniciativas de control por parte de los trabajadores, las cooperativas populares…

Por lo que se refiere al riesgo de un golpe de Estado, en Chile en el 73, como en Venezuela en 2002, se encuentran dos elementos fundamentales, pero a escalas diferentes: la implicación de Estados Unidos y el papel central de los medios de comunicación en la «fabricación de la opinión» al servicio de la oposición. En Venezuela, el golpe de Estado fracasó gracias a una formidable movilización popular que, combinada con las tensiones que existían en el ejército y dentro de las clases dominantes, hizo que el golpe de Estado fallase. En Chile, los golpistas pudieron imponer una represión masiva contra cualquier disidencia, con el apoyo incondicional de la patronal, y tomaron rápidamente control del país.

Precisamente, hablando de los riesgos de desestabilización, ¿se pueden comparar ambos períodos?

Algunos analistas de América Latina creyeron que se podía afirmar que la época de los golpes de Estado pro estadounidenses había pasado. La intentona de abril de 2002 en Venezuela demuestra lo contrario, igual que la actuación de Philip Golberg en Bolivia… ayer como hoy, están presentes los mismos ingredientes de desestabilización de las experiencias democráticas, empezando por el papel de una oligarquía local dispuesta a todo para defender sus privilegios, así como los de los capitalistas internacionales. Eso ahora pasa también por la tentación separatista: está muy claro en Bolivia, en la parte oriental del país, pero también en Ecuador (Guayaquil) e incluso en Venezuela, en el estado de Zulia, dominado por el gobernador de la oposición Manuel Rosales. Más que a un intervencionismo directo, Estados Unidos recurre a lo que los sociólogos denominan «soft power»: un poder de manipulación que pasa por el control de los medios de comunicación, las embajadas (empezando por Golberg en La Paz, experto en la materia, procedente de Kosovo) y algunas ONG supuestamente «cooperantes» (USAID, NED, fundaciones, etc). EEUU, además, tiene un Estado aliado en la región, Colombia, y acaba de reactivar la IV flota, destinada al control marítimo y fluvial de América Latina… y sobre todo de sus reservas naturales (entre ellas el petróleo descubierto recientemente en las costas del Atlántico sur).

Pero actualmente esas pretensiones hegemónicas están muy cuestionadas. En 2005, el proyecto del ALCA, la zona de libre comercio continental pretendida por Clinton y Bush, fracasó gracias a la oposición de los países de la región, incluidos gobiernos muy moderados o «social-liberales» como Brasil y Argentina. Además, Estados Unidos sigue muy movilizado en Oriente Medio, embarrancado en las guerras de Iraq y Afganistán, a la vez que se enfrenta a una enorme crisis económica. Los países latinoamericanos, al contrario, disponen de un margen de maniobra inédito gracias, especialmente, a la subida de los precios de las materias primas. Eso permitió a Argentina decir al FMI que consideraba que había terminado de reembolsar su deuda y a varios países, por iniciativa del gobierno de Chávez, anunciar la creación de un Banco del Sur capaz de competir con el Banco Mundial, o la intención de profundizar en las iniciativas en torno a una posible integración solidaria y cooperativa entre los pueblos, con el ALBA.

Pero sobre todo son las convocatorias para la construcción de alternativas al neoliberalismo y la creación de un «socialismo del siglo XXI» ecologista, feminista e internacionalista, lo que puede devolver la esperanza a las nuevas generaciones. En este sentido, creo que una de las lecciones chilenas es que un gobierno popular debe apoyarse con determinación en todas las experiencias de control por abajo, en el doble poder, en las empresas, los barrios y los servicios públicos, si quiere seguir avanzando. Hoy también se puede recuperar la idea de Marx según la cual cualquier proyecto de emancipación será necesariamente una tarea de las propias clases populares.

* Franck Gaudichaud es profesor de la Universidad Grenoble 3, miembro de la asociación France-Amerique latine (FAL) y miembro del colectivo de Rebelión. Ha dirigido la obra colectiva «Le Volcan latino-américain. Gauches, mouvements sociaux et néoliberalisme» Ed. Textuel, 2008. Ver: www.rebelion.org/autores.php?tipo=5&id=59&inicio=0

Charlotte Bozonnet es redactora de la edición dominical del periódico comunista francés L’Humanité.

Caty R. pertenece a los colectivos de Rebelión, Cubadebate y Tlaxcala. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a la autora, a la traductora y la fuente.

En francés: http://www.humanite.fr/Humanite-dimanche