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Noticias desde un mundo de trabajo inmaterial I

Antonio Damasio y Spinoza: la biopolítica y la sabiduría holística

Fuentes: Rebelión

La pretensión de crear un Sistema de conocimiento omnicomprensivo de la realidad se vino abajo ante la profundidad y pluralidad de saberes emergentes en el mundo moderno. Si en la antigüedad clásica fue Aristóteles el primer sabio en aglutinar en su mente y obra todo el saber de su época, en la era moderna, el […]

La pretensión de crear un Sistema de conocimiento omnicomprensivo de la realidad se vino abajo ante la profundidad y pluralidad de saberes emergentes en el mundo moderno. Si en la antigüedad clásica fue Aristóteles el primer sabio en aglutinar en su mente y obra todo el saber de su época, en la era moderna, el último sabio que pudo tener en su cabeza todo el saber de su tiempo debió de ser Leibniz, que fue filósofo, jurista, diplomático y científico. El humanismo renacentista y el enciclopedismo ilustrado trataron de recrear la idea del hombre sabelotodo, eminentemente caracterizada por Leonardo Da Vinci, pero no como el continente mental de todo el saber de su tiempo sino a través de la acumulación enciclopédica de materiales de todo saber en las baldas de una gran biblioteca. Por el contrario, la pretensión de Hegel fue la de realizar un Sistema total de carácter abstracto que fuese el armazón o esqueleto filosófico puro de todos los conocimientos mundanos y toda realidad histórica. Lejos estamos hoy de las pretensiones del saber absoluto.

No sólo cada gran pensador de la historia de la humanidad ha ofrecido una Filosofía en el sentido de una forma de vida y de comprensión del mundo conjuntamente, sino que varios sistemas de pensamiento, a veces coincidentes con su inventor, han tenido la pretensión de ofrecer la mejor manera de vivir tanto individual como socialmente; rivalizando entre sí por semejante pretensión. El epicureísmo, el estoicismo o el marxismo son buenas pruebas de ello. La coexistencia de corrientes de pensamiento divergentes supone la concurrencia de una pluralidad de formas de vida social e individual, basadas fundamentalmente en el conocimiento del mundo y de los hombres, que coexisten entre sí y con corrientes basadas fundamentalmente en símbolos, metáforas, creencias, sentimientos y costumbres que conforman y determinan la conducta y lo que se tiene por justo, verdadero, venerable y defendible. El cristianismo, el islamismo o el budismo, esto es, las religiones, las costumbres y los imaginarios constituyen también fuentes de configuración de las formas de existencia que pueda haber sobre la tierra.

Podremos fácilmente admitir una pluralidad de formas dignas y aceptables de pensamiento y de vida pero, en nuestro caso, siempre que se amparen en un fondo común básico de consecuente vida buena sobre la que pueda darse una multiplicidad de comprensiones y actos. Pero nada nos convencerá, por lo menos a los que apostamos por la corriente socializante y comunista, de que sobre la explotación y la miseria de muchos es sobre lo único que puede crecer el desarrollo variable de unos pocos.

La familia hobbesiana claudica en la realización de un mundo justo al tener por naturaleza de las cosas lo que el pesimismo antropológico lleva a considerar como único real y determinante, el poder y la fuerza, los instintos de depredación y de muerte; mientras que la familia rousseauniana enfrenta a tan terrible conjetura la que tiene por naturaleza de las cosas lo que el optimismo antropológico lleva a considerar como eminentemente real y defendible, la cooperación y la sociabilidad, los instintos de altruismo y de amistad que animan a vivir. Y aunque nos parece incongruente, cuando no perverso, considerar que del mal pueda provenir el bien y que del egoísmo de cada particular vaya a salir algún bien colectivo, bajo tal principio liberal se ha configurado el mundo entorno en que nosotros vivimos; manteniéndose las consideraciones contrarias soterradas, encubiertas y subsistiendo a pesar de lo socialmente considerado como relevante.

Por todo ello, cuando frecuentemente nos preguntamos por la mejor forma de vida, acudiendo a la experiencia propia y ajena, a lo aprendido y lo asumido social y culturalmente, a la razón y la intuición, a la capacidad intelectual y a las emociones; defendiendo y encarnando lo que nos parece mejor frente a lo que consideramos menormente deseable. Vemos que en política hay dos grandes corrientes que jalonan la historia del pensamiento moderno, la «liberal»: individualista, propietarista, egotista, narcisista, voluntarista; y la «socialista»: social, socialista, comunista, altruista, colectivista y racionalista. Pero entre la «voluntad de poder» del liberalismo y el «afán de saber» del socialismo se olvida a menudo que, además de voluntad y razón, conviene tener en cuenta el papel de las emociones y los sentimientos a la hora de evaluar y tomar partido por una de las comprensiones de la existencia que se reputan como dignas de ser seguidas.

A ese respecto, no considerándose ya posible la realización de un Sistema omnicomprensivo de la realidad toda, a partir del conocimiento científico de todas las cosas; pero sin claudicar con ello en el afán de realizar un mundo justo y lograr un consenso sobre el mínimo básico sobre el cual pudieran coexistir una variedad de formas de existencia loables; los pensadores e intelectuales, los escritores y los ensayistas, llevamos a cabo la labor de intentar asesorarnos bien, sin conocerlas a fondo (lo que lleva toda una vida), acerca de las distintas disciplinas de conocimiento y formas de comprensión de la realidad existentes hasta el momento. Del lema ilustrado «Igualdad, Libertad y Fraternidad», nos atrevemos a decir que lo primero tiene relación con la «Razón», lo segundo con la «Voluntad» y lo tercero con las «Emociones». De ahí que si queremos saber algo de la «amistad» y de la «empatía», esos dos asuntos comunales por excelencia, descubriendo las causas de su abandono actual; hayamos de acudir a las disciplinas particulares que estudian esos trasfondos de la sociabilidad. No pudiendo convertirnos para ello en expertos especialistas en neurobiología (ni en psicología, ni en economía, ni en historia, etcétera), podemos sin embargo acudir a los especialistas en esos temas para lograr tener alguna idea cabal de las cuestiones particulares a la hora de realizar propuestas generales. Y es en tal sentido puede ponerse como ejemplificante el trabajo de Antonio Damasio. Este autor está muy de moda gracias al tema sobre el cual discurre y a su buen estilo de narrador para todo lector culto (no necesariamente especialista en la materia de cuestiones relacionadas con la «Neurobiología»); así como por proceder partiendo de un campo especializado, para luego ampliar el espectro de sus conocimientos a esferas que lo trascienden. Lo mismo ocurre con Paul Krugmann en «Economía» o con Richard Feynmann en «Física». Sin embargo, dada la inevitable ideologización a que han llegan muchos científicos dedicados (lo sepan o no) a la Filosofía desde el momento en el que se aventuran a realizar sus obras de divulgación o de síntesis de sus ideas y reflexiones; esto es, los que operan partiendo de su área pero yendo más allá de los muros técnicos y académicos de su especialidad. Parece recomendable Damasio porque se las ha arreglado bastante bien con sus propias emociones a la hora de abordar semejante tarea. Y es que nada hay peor en estos menesteres que considerarse exento de ideología y ajeno a la política.

Por eso cabe advertir como dentro de la biología reciente, esto es, actualmente, se opone una biología «neoliberal», representada eminentemente por Richard Dawkins y su libro «The selfish Gen» (1973), a una biología «socializante» representada tanto por Richard Lewontin en libros como «Human Diversity» (1982) como por Stephen Jay Gould en libros como, «Full House: The Spread of Excellence From Plato to Darwin» (1996). Y si bien las mencionadas tendencias políticas ligadas a la biología se retrotraen ya a la época de Darwin (1); un ejemplo doble (o cuádruple) de que todas las investigaciones de este tipo comprensivo (en biología, física, neurología, filología, economía, etc) entrañan apuestas ideológicas (o emocionales) y no sólo racionales, puede verse, cuando Antonio Damasio narra un episodio de la vida de Spinoza que suele ponerse como ejemplar. Un episodio que incluye un intraepisodio de novela familiar relacionado con una cama. Es el siguiente:

«En realidad, llegó gradualmente a esta actitud hacia la riqueza y el nivel social, y en medio de un conflicto. Spinoza apreciaba el valor de su educación y sabía que no habría sido posible sin la posición financiera y social de su familia. Entre su adolescencia tardía y los veinticuatro años de edad fue comerciante y, durante un tiempo, estuvo a cargo del negocio de la familia. Ciertamente, en aquella época le preocupaba lo bastante el dinero como para llevar a colegas judíos al juzgado holandés cuando no pagaban sus deudas. Esto es un acto desvergonzado desde la perspectiva de la comunidad, porque cualquier tipo de conflicto entre judíos tenía que resolverse entre las paredes de la comunidad y por parte de sus líderes. Y cuando su padre murió dejando su empresa con un considerable número de deudas, Spinoza no dudó en hacerse celador del juzgado holandés y en ser nombrado acreedor prioritario de su herencia. En relación con el dinero y las posesiones, este último episodio fue un hito. Spinoza renunció por entero a la herencia, excepto la de un objeto: la cama de sus padres. El ledikant le acompañaría de un lugar a otro, y acabaría muriendo en él. (…) Un ledikant es una cama con dosel y cuatro columnas, con pesadas cortinas que pueden echarse para transformarla en una isla cálidad y aislada. En tiempos de Spinoza, el ledikant era un símbolo de riqueza. (….). A mediados de la corta vida de Spinoza, circunstancias históricas habían reducido el valor y los beneficios de la empresa familiar, aunque ello no era en absoluto un colapso catastrófico. No hay duda de que en tanto que negociante listo y emprendedor, Spinoza hubiera cambiado la situación de esa fortuna en decadencia. Pero por entonces Spinoza había descubierto que pensar y escribir eran sus mayores fuentes de satisfacción, y necesitaba poco para mantener una vida dedicada a ellas. En varias ocasiones, Simon de Vries, su amigo, intentó proporcionarle un estipendio, pero Spinoza no aceptó nunca. Cuando el moribundo De Vries intentó dejarle la herencia a Spinoza, éste lo disuadió, e insistió en que sólo aceptaría una pequeña renta anual para poder vivir de sus ingresos, una suma de 500 florines. Y cuando De Vries murió y le legó la pequeña pensión que habían acordado, Spinoza redujo aún más la cantidad y sólo aceptó 300 florines. Le dijo al desconcertado hermano de De Vries que esta pequeña suma sería más que suficiente. Posteriormente también rechazó una generosa oferta para convertirse en profesor de filosofía en la Universidad de Heildelberg (puesto que se le ofreció por recomendación de Leibniz), aunque es probable que la razón principal de su negativa tuviera que ver con la pérdida potencial de su libertad intelectual. Aun así, declinar la plaza de profesor significa ciertamente que valoraba más su pensamiento que las comodidades que el elector palatino ponía a su disposición en Heildelberg. Spinoza subsistió a base de su trabajo de fabricante de lentes y, con posterioridad a 1667, de la pequeña pensión de De Vries. El dinero era suficiente para pagar alojamiento y comida; comprar papel, tinta, cristal y tabaco; y pagar las facturas del doctor. No necesitaba nada más» (2).

La traducción del título del libro al castellano resulta lamentable, ya que si el título original es: «Looking for Spinoza. Joy, sorrow and the feeling brain», en castellano deberían haber puesto, (literalmente): «En busca de Spinoza. Alegría, pena y cerebro sintiente», y no como la nota de este artículo señala, al remitir a la edición en castellano. Si bien suponemos confiadamente en el trabajo ajeno que la modificación del título haya sido cosa del mercado editorial y no de la calidad de la traducción completa del libro.

El pasaje biográfico sobre Spinoza es lo suficientemente expresivo en sí mismo como para que huelgue todo comentario y lo sacamos a colación, antes que las aportaciones a la comprensión de la neurofisiología que nos ofrece Damasio por situar el problema a que se dedica en un nivel de emergencia mayormente comprensivo, el sociológico y político, el ideológico y filosófico, en el cual, las propias ciencias existentes, están comprometidas de antemano. No desesperemos por tanto de no poseer un «Sistema omnicomprensivo de certezas absolutas» y tratemos de que cada cual se forje su propia «sabiduría holística», porque, en definitiva, lo que está en juego es procurar participar en común, en la constitución de una vida digna para todos los hombres; luego no se trata de imponer a los demás nuestra visión del mundo, sino de compartir una política que permita la pluralidad de las formas de vida a partir de la justicia. Algo que por más que lo proclame el suelo común del mercado que se yergue sobre la injusticia sólo será algún día posible desde el suelo de la concordia, de la amistad y la cooperación, nunca desde la discordia, la enemistad y la maldad.

Ciertamente no sólo de libros vive el hombre, sino principalmente de pan. «Primun vivere, deide philosophari». Pero simultáneamente a «la conquista del pan», ha de procurarse también, «la conquista del saber»; pues el pan que nutre el cuerpo tiene que ir acompañado del saber que nutre el alma. Es adoptando ese rol dietético y socrático de nutrir al espíritu iniciamos alguna que otra noticia como la antecedente. Y es desde ese mundo de los libros que sólo puede existir sobre la supervivencia básica y que sólo tiene dignidad y derecho para poder existir mientras reconozca la injusticia de la privación del pan a la mayoría de los hombres, desde donde se puede laborar en un pensamiento social que promueva la incorporación de la mayoría de la humanidad a los bienes materiales y espirituales a los que todo hombre tiene derecho.

La reciente entronización de la «biopolítica» como tema de reflexión postmoderno, de la creencia en un Sistema que ya controlaría incluso lo viviente, para de la pretensión de absoluto de la propia Biología en cuanto disciplina particular, para de manera reduccionista dar cuenta del mundo. Pero nunca desde un sólo nivel de emergencia de lo real podrá darse cuenta del Todo.

Por tanto, finalmente, dando un parecido colofón al que un Pseudoplatón diera a su «Clitofonte», vemos que resulta tan loable que el especialista en neurobiología adquiera familiaridad con filósofos como Spinoza, como que, a la inversa, los especialistas en historia de la filosofía o en el cultivo del pensamiento, adquieran familiaridad con las distintas disciplinas cognoscitivas y los diversos movimientos constituyentes; tanto con los de la subjetividad individual como con los de la comunidad social. Ya que es desde ese colectivo movimiento de retroalimentación y desde una labor que concierne a muchos, a la creciente «multitud de singularidades del trabajo inmaterial», desde donde podremos esperar contribuir a la constitución de un «nuevo pensamiento socializante» para este nuevo milenio en que nos encontramos. Pues dada la infecundidad y el malestar generado por el entronizado neoliberalismo vigente, su ideologización y su ignorancia, su pretensión de mercantilizar todo lo existente, no hay tarea más urgente que ésta para la gente de «Fahrenheit 451».

Notas:

(1) «Evolucionismo y comportamiento humano»:
http://www.lacavernadeplaton.com/articulosbis/simondarwin1.htm

(2) Antonio Damasio «En busca de Espinosa. Neurobiología de la emoción y los sentimientos». Editorial Crítica, pp.214-215. Barcelona 2003.