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Nuestra posición frente a la coyuntura

Aprobar o rechazar, el mismo engaño antipopular

Fuentes: GAP

Hoy, luego de imponer el control sobre el pueblo bajo el contexto de la crisis sanitaria, a su vez que se mantienen los contagios, la cesantía y el hambre en las poblaciones; los adalides del confinamiento nos llaman a las urnas para comenzar a concretar los planes trazados a fines del año pasado, con el fin de reafirmar su dominación y sellar cualquier fisura desde la cual el pueblo movilizado pueda escalar el carácter de su lucha.

Se ha iniciado el tránsito para intentar reestablecer la normalidad, que no es sino la estabilidad para un nuevo aire de los que han sostenido la dominación hace décadas, incluyendo la nueva camada de políticos progresistas que con nuevos ropajes cumplen el rol de oxigenar el modelo.

Mientras el pueblo sigue lidiando con su propia iniciativa ante el empeoramiento de sus condiciones de vida, con solidaridad popular y chispazos de lucha, la élite política nos llama a confiar en su institucionalidad, planteando que el Plebiscito y luego la Constitución, tal como antaño, nos traerá una “nueva alegría”. Es muy probable que no pocos depositen sus esperanzas en este proceso, pero lo claro es que al igual que ayer, el balance será similar: la democracia resultante será un nuevo fraude para el pueblo, porque no será este quién controle y guíe sus destinos, sino la élite político-empresarial que busca recomponer su legitimidad.

El proceso constituyente de los poderosos

Asistimos a una coyuntura singular, totalmente novedosa luego de años de tranquilidad y relativa estabilidad para los intereses del empresariado. Fue la presión popular que rompió la tranquilidad y la calma con la que dominaban y explotaban, los ricos y sus funcionarios políticos, dando el carácter específico a la coyuntura, obligando al aceleramiento del plan reformista de la clase dominante, que rápidamente alineó a todas sus variantes políticas bajo el “Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución”, con el fin de contener la movilización del pueblo y encauzar una salida sistémica a la coyuntura.

El descontento latente del pueblo estalló con insolencia y violencia, sin que ningún mecanismo institucional haya podido contener, en un inicio, esta presión acumulada. Y es precisamente esta situación la que busca revertir el bloque dominante, reconstruyendo los mecanismos que limiten esta presión de forma permanente, que la controlen y encausen la energía popular, desarmando su potencial voluntad de lucha y organización.

En el balance de los hechos, el gobierno en particular y el bloque dominante en general, ante un escenario inicialmente adverso, maniobraron y encauzaron el descontento popular hacia sus propósitos, desplazando el protagonismo del pueblo e implantando un relato de apertura democrática, contando a favor suyo la hegemonía ideológica y el vacío de una alternativa popular y revolucionaria.

Bajo esta estrategia, se agrupa todo el espectro político y el empresariado en su conjunto, quienes han manifestado públicamente la necesidad de resolver el problema institucional, para normalizar la acumulación capitalista, a costa claramente del pueblo que será el llamado a legitimar este acuerdo interburgués. Por tanto no podemos llevarnos al engaño de supuestos discursos divergentes que sólo buscan ampliar la diversidad  de la oferta para atraer a nuevos clientes políticos. Todos apuntan a relegitimar la institucionalidad, con el fin de evitar nuevos remesones populares, más aún cuando el propio modelo, tanto en su respuesta económica como social a la crisis sanitaria, visibilizó lo que los pobres ya conocen por vivencia propia: la ineficiencia del aparato estatal para resolver sus problemas, dando cuenta una vez más del carácter antipopular de toda la institucionalidad dominante.

Todos, desde las expresiones más duras de la derecha, hasta frenteamplistas y comunistas, buscan una amplia participación en el Plebiscito, con el fin de que los próximos pasos del itinerario cuenten con legitimidad. Incluso, más allá de sus preferencias, o por los mecanismos específicos, todas estas fuerzas saben que será un hecho la existencia de una nueva Constitución, incluyendo dentro de esta constatación el modelo de una convención constituyente para su consecución. Por tanto, las pugnas que se alimentan por medio de los aparatos comunicacionales tradicionales y las redes sociales, no son más que espurios debates que se ponen en función de lograr una audiencia más amplia, más aún cuando se corren riesgos de abstención por las propias medidas de control de movilidad, el miedo infundido al nivel del terror por el virus y por una apatía hacia la institucionalidad que no parece irse, ante las ineficiencias y golpes que el modelo la ha dado al pueblo.

El Plebiscito y el posterior proceso constitucional, sólo consagrará las definiciones antipopulares del régimen político, que utilizará su origen “democrático” como un mecanismo de legitimidad, buscando un nuevo ciclo de estabilidad y gobernabilidad capitalista. Actualizará el consenso de los poderosos, con la rúbrica de todo el abanico político, desde una derecha que sustentó la defenestrada constitución pinochetista, la vieja guardia concertacionista que la maquilló y el recambio progresista que se manifiesta crítico a ella.

Gane el apruebo o gane el rechazo, fraude a las aspiraciones del pueblo

Por tanto, no hay nada más lejano a la realidad que las posiciones que plantean que el Plebiscito busca canalizar la voluntad popular, ensanchar los mecanismos de la democracia, o incluso superar el neoliberalismo. Por el contrario, el plan, cuyos matices van desde la derecha hasta el Frente Amplio, consiste en recomponer rápidamente el espacio ilegítimo de la institucionalidad, definiendo nuevas reglas constitucionales para estabilizar los mecanismos de dominación y desarmar cualquier expresión de radicalidad popular, por medio de una escenificación de participación. No hay margen por el cual este mecanismo pueda significar un avance en las luchas del pueblo. Todo lo contrario, como lo hemos afirmado, busca contener y encausar la movilización popular, enmarcándola en un proceso de deliberación entre la misma élite político empresarial y la serie de hitos electorales que acompañarán esta coyuntura.

Por otro lado, no existe posibilidad que esta nueva Constitución transforme de forma real las condiciones de vida del pueblo, cuando esta misma será construida desde los cimientos del capitalismo neoliberal, el que claramente no es puesto en entredicho. La llamada “hoja en blanco” es un elemento más de esta farsa, cuando existe un consenso explícito entre las fuerzas dominantes para no trastocar las vigas del modelo económico y político. Lo que todos han llamado nuevo “pacto social”, no es más que la actualización de los marcos legales e institucionales de la explotación y dominación capitalista, y por tanto de la prolongación, bajo nuevos términos, de la injusticia e indignidad para el pueblo.

Toda norma, toda ley y toda Constitución que se escriba bajo el encuadre de la dominación capitalista, sólo traducirá jurídicamente sus definiciones económicas y políticas, y subsumirá bajo su hegemonía cualquier visión que quiera entrar a disputar críticamente en este escenario. Por tanto, también es equivocada la posición que intenta ver alguna diferencia sustantiva entre los mecanismos puestos a elección, incluida la asamblea constituyente, ya que esta queda encuadrada bajo las mismas condiciones, con las mismas fuerzas, hegemonizando y controlando la salida a la crisis, con un ejecutivo y un parlamentos intactos, sin el más mínimo reordenamiento de poder. Por lo mismo es que es innegable que sólo con una ruptura revolucionaria, con el control y el poder situado en el pueblo, será posible asegurar de forma real que los cambios normativos y legales reflejen verdaderas transformaciones económicas e institucionales.

Este Pueblo no esta Derrotado

En su experiencia diaria, una porción no menor de la juventud popular, de los trabajadores empobrecidos y el pueblo en general, han ido aprendiendo y transformando la desconfianza hacia la clase política en organización. Por eso no creen en sus campañas electorales, se rebelan y se enfrentan con sus autoridades e instituciones, luchan por lo justo y lo digno sin subordinarse al orden establecido.

Es cierto que la mayoría que votará está por el “Apruebo”, y que en la masa que es arrastrada por medio de las falsas promesas de cambios, se encuentran también porciones de la juventud y pueblo. El “Apruebo” podría triunfar en las urnas en el próximo Plebiscito, pero como es un fraude en sí mismo, ellos seguirán en el poder. Porque el fraude mayor, no está en el engaño pre-electoral, ni en las elucubraciones de un boicot derechista al Plebiscito, ni en los mecanismos de deliberación, ni si es convención mixta, convención constitucional o asamblea constituyente; sino que en el Plebiscito mismo, que esta concebido como un paso en el itinerario de relegitimación dominante.

Los revolucionarios tenemos que asumir que a pesar de los esfuerzos nos hemos tardado en desarrollar las condiciones subjetivas que permitan a los contingentes populares sobrepasar las maniobras de la clase dominante, romper con sus cantos de sirena y abrir un camino ininterrumpido de luchas y conquistas que nos lleven hacia una verdadera vida digna. Las posiciones rebeldes y antisistémicas, no han sido capaces de confluir en un polo revolucionario que confronte esas condiciones objetivas de desigualdad, que en un nivel nunca antes visto en la sociedad chilena, son una bofetada brutal a la existencia y condición humana. Por el contrario, si es que no han transitado en revisionismos, fraccionamientos o derrotismos, han terminado alimentando el movimientismo atomizador, que de uno en uno podrán agitar reivindicaciones justas, pero que finalmente han sido favorecedores del progresismo, que las ha utilizado para alcanzar sus posiciones privilegiadas en la institucionalidad.

Por eso es que esa insuficiencia no nos puede llevar a claudicar ni a subordinarnos a estrategias de relegitimación de la elite político-empresarial. Una opción que siente, mira y vive desde el centro del mundo popular, debe ser consecuente con ello, denunciando y enfrentando con valentía la estrategia de los poderosos, que apurados ya se han auto asignado miles de millones para llevar a cabo su fiesta electoral.

Los sucesos de octubre del 2019 y las indignas condiciones de vida que se han profundizado con la gestión política y sanitaria de la crisis, nos llaman a intensificar y llevar a nuevos niveles de cualificación el poder del pueblo. Y no debemos confundirnos, hay que reconocer y valorar de que sí existe una política respetable, aquella que desde las organizaciones populares surge para luchar, que se diferencian, antagonizan y construyen poder propio contra la institucionalidad. En este camino, que se multiplica desde distintas trincheras donde el movimiento popular se reconstruye con independencia del aparataje dominante, el pueblo gana experiencia política y se da cuenta de que en sus manos esta conquistar un futuro pleno.

Pero para que un pueblo triunfe, para que conquiste su liberación económica y política, no bastará con protestar, tampoco con la insolencia popular. Menos bastará con “el Apruebo” por muy masivo que sea. Y a pesar de la manipulación ideológica, con toda la campaña publicitaria de todos los medios en manos del empresariado y sus cómplices políticos, las masas populares aspiran a vivir dignamente, se rebelan, encienden barricadas en las poblaciones, agitan en las calles céntricas, pero  especialmente construyen organización popular y tomando conciencia se abstienen de participar en el fraude constituyente; ello nos indica que la clase popular no esta derrotada y quiere seguir luchando.

Pero también da cuenta que esas expectativas de una vida mejor hay que canalizarla en una alternativa revolucionaria, que sea el destacamento organizativo e ideológico que guíe e intensifique las luchas venideras, sin ceder ningún principio, sin subordinarse a los aires progresistas de los nuevos consensos con los que nos querrán desarmar los poderosos. Porque -parafraseando al Che- los revolucionarios no podemos hacernos ninguna ilusión, ni tenemos derecho a ello, de lograr la liberación popular sin combatir.

Por esa congruencia política…

No podemos llamar a votar, si queremos permanecer consecuentes y al lado de los anhelos del pueblo.

A No hacerse parte del Plebiscito porque es un fraude que sólo favorece a los poderosos y la casta de políticos privilegiados que lucran del trabajo del pueblo chileno.

Pero como No Votar no es suficiente…

Llamamos a transformar la solidaridad popular y las iniciativas frente a la crisis sanitaria en poder propio.

A crear, fortalecer y multiplicar la organización popular, como única garantía de participación y fuerza contra los enemigos del pueblo

A retomar la lucha, desarrollar la movilización popular, contra el modelo que nos niega hoy y nos seguirá negando la vida digna.