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Extracto del libro Caserío y socialismo. Nación asturiana y marxismo nacionalista

Asturies, colonia de España

Fuentes: Nodo 50

Caserío y socialismo. Nación asturiana y marxismo nacionalista. Carlos X. Blanco ¿Colonialismo interno? ¿Es Asturies colonia del Estado español? Llamo colonia, simplemente, a un territorio cuyo gobierno y destino no está en manos de sus propios habitantes, sino que es objeto de planificación por parte de agentes exteriores, y las posibilidades de desarrollo de ese […]

Caserío y socialismo. Nación asturiana y marxismo nacionalista. Carlos X. Blanco

¿Colonialismo interno? ¿Es Asturies colonia del Estado español? Llamo colonia, simplemente, a un territorio cuyo gobierno y destino no está en manos de sus propios habitantes, sino que es objeto de planificación por parte de agentes exteriores, y las posibilidades de desarrollo de ese territorio se ven truncadas por unas decisiones que parten de y se dirigen hacia el beneficio de otros territorios. Y eso es exactamente lo que ha sucedido con Asturies desde el momento en que el capital privado perdió protagonismo en la vida industrial del país y la inversión estatal (franquista) fue la que marcó su destino.

En el momento en que grandes industrias de titularidad pública marcaron la pauta de la economía asturiana, los criterios políticos de la dictadura, y no ya la simple extracción de plusvalía, son los que pasan al primer plano. Entonces la «autonomía» de la región no se forja en el contexto clásico-liberal de una lucha de clases entre la burguesía local y un proletariado igualmente local. Ante la insignificancia de la burguesía asturiana, el proletariado de nuestro país tuvo como enemigo directo un régimen que era al mismo tiempo patrono y dictador. El proteccionismo keynesiano, junto a ciertas medidas paternalistas y socializantes, inéditas en otras regiones del Estado que permanecieron subdesarrolladas, no dieron satisfacción, con todo, a los requisitos mínimos de un «estado del bienestar», aun precario hoy, treinta años después de muerto Franco.

La gran empresa pública, sin embargo, liberó importantes fuerzas productivas y mantuvo viva y en desarrollo la conciencia de clase proletaria, la cual incluye su organización y su posibilidad de resistencia. La gran inversión estatal evitó el retroceso de Asturies a la condición de país meramente rural, y en esencia subdesarrollado. Pero esto se hizo con fines claramente políticos e ideológicos en el contexto desarrollista por el que vivía la dictadura española. La elección de centros periféricos industrializados, la promoción del éxodo de grandes contingentes de emigrados desde el centro a las periferias, todo esto obedecía a un proyecto homogeneizador calculado, típico en una dictadura, que tuvo sus luces y sus sombras.

Frente a los nacionalismos etnicistas que algunos constatan en otras zonas del Estado, podemos tener el orgullo en Asturies de que la emigración del proletariado castellano, extremeño, leonés, y de muchos otros sitios, haya alcanzado el mayor grado de integración deseable en el interior de nuestra cultura. ¿Ello fue así porque somos más majos los asturianos? No, sino porque aquí no hubo una burguesía etnicista que difundiera falsos estereotipos contra una parte de la clase trabajadora, para así dividirla y jerarquizarla socialmente. En Asturies la clase obrera fue un bloque, tuviera sus orígenes familiares donde los tuviera. Cuajó una clase obrera solidaria frente a una burguesía pequeña, timorata y parasitaria de los criterios emanados desde Madrid.

En esta comparación entre burguesías periféricas nada tienen que ver los casos catalán y vasco con el nuestro. Y por ello aquí no ha cuajado un nacionalismo conservador ni etnicista. El papel dominante del Estado en la industria asturiana explica también su violenta retirada, brusca y autoritaria en función de los criterios neoliberales, en la etapa de Felipe González y sus ministros, agentes de la globalización.

La compra de líderes sindicales y la compra de élites obreras por medio de la jubilación dorada, y otros sobornos, no son más que la continuación más barata de la política de subsidio a una economía cautiva de decisiones burocráticas madrileñas. A partir de los años ochenta se quiso hacer el destete, substituyendo el chorro grande por un chorro pequeño. Fuimos colonia, enchufados a la teta estatal. Seguimos siéndolo, al ser separados de ella y mantenidos por respiración artificial. Colonia con industria, colonia sin ella. En tal situación de dependencia seguiremos, a falta de una importante burguesía autóctona, que no existe, si somos fieles al capitalismo, y no hay motivos para que nos interese tal fidelidad. O bien, a falta de una clase popular autoconsciente, con ideas claras sobre nuestra dependencia real, que exija un autogobierno en lo político, y una democratización económica, que haga posible un desarrollo socialista de la nación asturiana.

Transformaciones en la sociedad tradicional asturiana

Estos cambios tienen su tiempo en el siglo XIX. El Estado español liberal y centralista de aquella época ejerce un influjo que no puede ser considerado como positivo para la sociedad asturiana en un balance general. En términos de autogobierno, el centralismo liberal supone un atentado definitivo contra la realidad política de Asturies, como comunidad nacional diferenciada. El Estado, en su afán de crear una burguesía española capitalizada, arranca las tierras comunales de manos de los concejos, del pueblo campesino. No deja de favorecer, además, a la nobleza acaudalada que abdica de sus responsabilidades como inversionistas en industria y actividad productiva y expande, en no pocos casos, su dominio como terratenientes. La burguesía nativa de los tiempos pre-industriales, e incluso después de ellos, no está a la altura de la misión histórica que debería tener asignada, y sólo se afana por gozar de una posición de terrazgueros, imitando en todo el comportamiento la nobleza improductiva. Los primeros grandes capitales enviados por los indianos, pese a su colocación en obras benéfico-sociales y suntuarias, se coloca al margen de la productividad y también conocen una plasmación como capital paralizado en los terrazgos.

Ante esta falta de capital productivo nativo, es lógico que la procedencia de éste proceda del extranjero, principalemente paises europeos, y en segundo lugar vendrá de Cataluña, Euskadi o Madrid, entre otras zonas del Estado. Tal dato ilumina lo que habrá de ser una tónica general de la industrialización asturiana desde los orígenes hasta su reciente desmantelamiento. El capital productivo vino hasta nuestro país movido por unos recursos naturales y unas condiciones brutas que parecía adecuado valorizar. El comportamiento de la industria de nuestro país fue de siempre, y mayoritariamente, pasivo en lo que hace a la recepción de capital foráneo y, consiguientemente, en lo que se refiere a la expulsión de las plusvalías a resultas de la actividad productiva. Tal pasividad equivale punto por punto a la situación de una colonia. Tanto da que a nivel jurídico-formal la nación goce de soberanía, como en el caso de las jóvenes repúblicas sudamericanas, o que su autogobierno haya sido anulado por el estado liberal-centralista, como era el caso asturiano, si la realidad material o económica es la que se corresponde con una dependencia de capitales productivos foráneos y una plusvalía fugitiva en consecuencia. Esto hizo que el aumento subsiguiente de la clase obrera asturiana se correspondiera, de manera «colonial» con una persistencia de la burguesía a la manera del Antiguo Régimen, parasitaria en grado sumo, o clientelar con respecto a las grandes iniciativas empresariales y financieras foráneas. El curso de las décadas demostraría que esta manera de industrializar Asturies haría de ella una nación particularmente débil ante los manejos de quien detentara el control o la propiedad del capital. Si en un principio se trataba de capital de titularidad privada, el siglo XX conocerá la puesta en marcha de una política patronal a cargo del Estado, ante la dejadez, huida o inoperancia del primero. La colonia de los grandes próceres de la hulla o la siderurgia, pasó a ser la colonia del Estado español que, bajo criterios bien opacos, pero en todo caso criterios geoestratégicos y militares, persistió en hacer de Asturies una región poco diversificada en lo que hace a su tejido productivo industrial. El franquismo, con su política de inversiones marcadamente centralista, aprovechó la tradición industrial asturiana para mantener unos sectores productivos que en ningún caso estaban pensados para satisfacer las necesidades del país nuestro, sino las propias de una autarquía propia de una dictadura aislada del concierto internacional. Cuando el régimen dictatorial español pudo abrirse a los mercados mundiales, la competencia de sus estructuras productivas comenzó a ser evaluada a la baja, y sólo la inercia y una cierta geoestrategia a nivel peninsular (intra-estatal), por ejemplo la ubicación de industrias similares en Euskadi, país que amenazaba con su emancipación respecto del Estado español, pudo explicar la continuidad de una política estatalista ajena a la racionalidad capitalista en Asturies.

Industrialización como detonante de conflictividad social

Sin embargo, que Asturies fuera un país industrializado en grado elevado con relación a otras regiones del Estado, produjo en nuestra sociedad unas coyunturas revolucionarias cuyo peso es necesario valorar:

a) La creación de una clase obrera numerosa, y con el tiempo, fuerte, combativa, organizada.

Este pasado obrero es hoy aún un factor diferencial con respecto a buena parte de lo que se entiende por España, especialmente ambas Castillas, Extremadura y extensas regiones del resto del Estado que aún dormitan en una economía agraria subvencionada, rápidamente transformada ahora en agro-business esclavista, por mor del trabajo de emigrantes extranjeros, o en un sector servicios que, hasta ayer, era casi inexistente en la Piel de Toro. Este pasado obrero es el que todavía explica sociológicamente la abundancia de movimientos sociales y respuestas sociales y culturales, aunque corre riesgo de dormirse para siempre tras el desmantelamiento que, manu militari, los gobiernos del PSOE (especialmente) nos trajeron. También explica el coto al que tradicionalmente ha estado sometida la ultraderecha más cavernícola y la Iglesia más ultramontana en tiempos de democracia formal, si bien tras nuestro desmantelamiento, estas fuerzas reaccionarias están volviendo bravuconamente a la palestra asturiana al sentirse menos obstaculizadas en este cementerio industrial.

b) La formación de una clase obrera no fue tarea fácil en nuestro país.

Los primeros patronos se encontraron con un proletariado que no se ajustaba a los moldes clásicos, que tan bien describe Marx en El Capital. Lejos de encontrarse con una clase obrera absoluta- mente desposeída de sus medios de producción, tras una acumulación primitiva que diera nacimiento a los grandes capitales, por un lado, y a los poseedores de fuerza de trabajo lista para ser vendida, por otra, el encuentro que las dos clases encargadas de la producción tuvo lugar aquí fue bien distinto. Los primeros mineros, y secundariamente, obreros fabriles, eran con mucha frecuencia, propietarios agrícolas. Estos obreros-aldeanos constituían una fuerza de trabajo indeseable para los patronos bajo muchos puntos de vista. La facilidad con que se les podía disciplinar y explotar no era grande y la mina/fábrica era, en ciertas épocas del año, un complemento asalariado de una economía autárquica en el seno de la casería. La importación de obreros ajenos al país contribuyó a la creación de una clase obrera clásica, vale decir, desarraigada del medio rural y de cualesquiera medios de producción propios o autogestionados que pudiera darle fuerza a esta clase en su dialéctica con el capital.

Sólo avanzado el siglo XX puede darse ya esta clase trabajadora desarraigada de la aldea, proletariado clásico. Pero si exceptuamos Xixón, Avilés, y algunos otros núcleos urbanos cien por cien, el perfil de muchos pueblos mineros o minero-industriales, revela aún hoy su peculiar mixtura con la arquitectura y el urbanismo rural, señal inequívoca de la doble naturaleza trabajadora del pueblo asturiano contemporáneo, como campesino y como asalariado minero-fabril.

c) La infravalorada historia del proletariado asturiano.

Esta clase obrera, con todas las peculiaridades que antes hemos señalado, ha sido protagonista histórica de unos procesos de lucha de clase y de reivindicación soberana ante el fascismo que se encuentran entre los más interesantes de la historia europea. A pesar de la censura educativa y académica que se impuso en la llamada «Transición», se ha de reseñar que la afirmación nacional del Pueblo Trabajador Asturiano en el Ochobre de 1934 sigue aún presente en muchas conciencias, y exige una explicación histórica seria, que marcará, en todo caso, una divergencia con respecto a la dinámica de otras zonas del Estado. ¿Por qué esta reacción organizada pese a su escasez de medios armados ante un ejército profesional? Como mínimo cabe decir que la evolución hacia una conciencia de clase (hacia la ideología revolucionaria) había sido rápida en los últimos 50 años. En 1934, Asturies, el Pueblo Trabajador de nuestro país estaba a la altura de las circunstancias ante las amenazas del fascismo europeo y del fascismo español. El diagnóstico de socialistas, comunistas y libertarios no pudo ser más certero a la luz de lo que vendría después: el alzamiento reaccionario de 1936, la peligrosidad de los regímenes de Hitler y Mussolini, la II Guerra Mundial, etc. El hecho de que las fuerzas obreras, y en especial, sus dirigentes, de fuera de Asturies, no estuvieran a la altura de las circunstancias y no siguieran a los trabajadores asturianos en su revolución, contribuyó de forma decisiva para que Franco y sus rebeldes se impusieran finalmente en los campos de batalla. En la República de España, durante la contienda de 1936-1939, no se volvió a alcanzar nunca esa unidad obrera y la visión de futuro revolucionarias de 1934, las del Octubre asturiano.

d) La labor trasformadora de la clase obrera asturiana.

Cualesquiera que fuesen las peculiaridades sociológicas e ideológicas del proletariado asturiano, desde sus inicios híbridos en el XIX (campesino-minero, por ejemplo), con su fuerte ligazón a la tierra y a una cultura tradicional que la burguesía capitalista le quería arrebatar, lo cierto es que éste se convirtió en vanguardia de las reivindicaciones sociales y laborales, de la conciencia de clase y del afán ilustrado por elevar el nivel de instrucción de sus miembros. Es de notar que, ante la dejadez con que el Estado español cumplía sus deberes educacionales, ya fuere con monarquías borbónicas, ya fuere con la dictadura franquista, el Pueblo Trabajador Asturiano, tomando como precedente la labor de algunos benefactores indianos, organizó ateneos, casinos y academias de raíz y cuestación popular, que lograron no poco difundir la cultura entre las masas, desligándolas de las élites burguesas y de los academicismos oficiales, separándose así buena parte del pueblo del caciquismo sempiterno que permitió la fácil gobernación de los pueblos España, pero no del pueblo asturiano.

e) La idiosincrasia del proletariado asturiano.

La simbiosis entre aldea e industria es otro aspecto que merece análisis profundos. Nuestro país, a tenor de su industrialización a fines del siglo XIX, experimentó fuertes cambios en la sociedad rural tradicional que, sin dejar de serlo en cuanto a ciertos valores esenciales, optimizó ciertos recursos, especializó su producción y halló mercados de excedentes en la creciente población obrera de las barriadas urbanas, de las cuencas mineras, de los poblados fabriles. La especialización ganadera, en detrimento del policultivo, data de esta época y no hará sino profundizarse a lo largo de una centuria hasta la crisis de los 70 del siglo XX. Y dentro de una mayor extensión y productividad de la producción ganadera, fue la especialización del vacuno la que marcará el rumbo. Se abasteció a la población creciente con carne y leche en abundancia, e incluso se exportó en grandes cantidades hacia España. La casería asturiana, en ciertos sectores pujantes, y sin abandonar del todo su polifuncionalidad contó con grandes bazas a su favor con esta especialización.

Otro aspecto de la sinergia aldea-industria hace referencia a la interpenetración cultural. Cuando en España se habla de «campo», o de la «vida en el pueblo» estas ideas no tienen connotaciones similares a las que presentan en Asturies. En el área mediterránea y castellana, especialmente, se vive de manera secular un dualismo casi antagónico entre campo y ciudad. La «civilización» (en el sentido spengleriano) latina, y por ende, imperial, agotó hasta el máximo la autonomía cultural, el fermento antropológico de la vida rural en esas regiones. En la cornisa cantábrica, sin embargo, Asturies comparte con Euskadi la peculiar forma de simbiosis entre aldea y caserío rural disperso, por un lado, y el poblamiento urbano y semiurbano de distinto tamaño y con infinitas combinaciones de integración con la aldea tradicional. El tejido industrial deja, sin duda, cicatrices, pérdidas paisajísticas, disfunciones en el paisaje natural, pero a su vez se va creando con ello una segunda naturaleza- de índole netamente humana y nacional donde es (o más bien era hasta hace poco) perfectamente admisible, por ejemplo, ver hórreos, varas de hierba y caserías en activo, en verdes intersticios que las grandes instalaciones fabriles dejaban libres. No es de extrañar que el acerado urbano y la carretera flanqueada de castilletes o chimeneas gigantes, prolongados a lo largo de la calle de una villa, se metan directamente en pocos metros, con las curvas y pendientes necesarias, en lo más profundo y telúrico de una aldea tradicional. Lo que revela el paisaje, también se refleja en la mentalidad de los habitantes (en especial de la Asturies central). No hay solución de continuidad campo-ciudad entre muchos de nosotros, frente a lo que se observa en España, sobremanera en Castilla y Levante.

Allí la ciudad es la sede (la Roma en pequeño) de los rentistas y los funcionarios, una sede de servicios, improductiva, que en parte es parasitaria del campo circundante, explotado y discriminado al estilo «imperial» por estas capitales urbanas. Ni que decir tiene que el actual desmantelamiento industrial de Asturies y su forzada reconversión en «región» destinada a la economía del turismo y demás servicios hará que esta idiosincrasia (que algunos consideran estéticamente fea, pero que es real) se pierda, y que al ya tradicional papel parasitario ejercido por Uviéu, como capital eclesiástico-administrativa, se le sumen Xixón, Llanes y muchas otras villas, todas ellas en proceso de ruina urbanística, siguiendo la égida de Castilla y Levante, propia de una economía centralista y dirigida desde Madrid. De esta manera, la desconexión entre lo urbano y lo rural, que incluso con las revoluciones industriales del pasado, parecía un fenómeno imposible, anti-orgánico, podrá ser una realidad a la vuelta de la esquina si se mantienen estas tendencias. Así pues, la Historia nos parece la mejor guía, una vez más, para comprender el presente y barruntar el porvenir.

Extracto del libro de Carlos X. Blanco Caserío y socialismo. Nación asturiana y marxismo nacionalista

Casería y Socialismo: nación asturiana y marxismo nacionalista
Carlos X. Blanco
ISBN: 978-84-612-3363-2
288 páginas
Edición rústica
Lengua de publicación: castellano
PVP sin IVA: 11,53€
PVP con IVA: 12€
[email protected]
http://www.glayiu.org/editorial

Enlaces relacionados de interés

:: Presnetación del Llibru Casería y Socialismo. Glayiu
:: Glayiu: Asturies na rede.
:: Corriente Sindical de Izquierda. CSI
:: Xunta pola Defensa de la Llingua Asturiana
:: Coordinadora Antifascista d’Asturies
:: 35 razones
:: Sofitu