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Barbarie y modernidad en el siglo XX

Fuentes: Espai Marx

La palabra «bárbaro» es de origen griego. Ella designaba, en la Antigüedad, a las naciones no griegas, consideradas primitivas, incultas, atrasadas y violentas. La oposición entre civilización y barbarie es, entonces, antigua. La misma encuentra una nueva legitimidad en la filosofía de los iluministas y será heredada por la izquierda. El término «barbarie» tiene, según […]

La palabra «bárbaro» es de origen griego. Ella designaba, en la Antigüedad, a las naciones no griegas, consideradas primitivas, incultas, atrasadas y violentas. La oposición entre civilización y barbarie es, entonces, antigua. La misma encuentra una nueva legitimidad en la filosofía de los iluministas y será heredada por la izquierda. El término «barbarie» tiene, según el diccionario, dos significados distintos, pero relacionados: «falta de civilización» y «crueldad del bárbaro». La historia del siglo XX nos obliga a disociar esas dos acepciones y a reflexionar sobre el concepto -aparentemente contradictorio, más de hecho perfectamente coherente- de «barbarie civilizada».

¿En qué consiste el «proceso civilizatorio»? Como bien demostró Norberto Elias, uno de sus aspectos más importantes es que la violencia no es ejercida de manera espontánea, irracional y emocional por los individuos, sino que es monopolizada y centralizada por el Estado, más precisamente por las fuerzas armadas y la policía. Gracias al proceso civilizador, las emociones son controladas, el camino de la sociedad es pacificado y la coerción física queda concentrada en las manos del poder político. Lo que Elias parece no haber percibido es el reverso de esa brillante moneda: el formidable potencial de violencia acumulado por el Estado que, inspirado por una filosofía optimista del progreso, todavía podía escribir en 1939: «comparada con el furor del combate abisinio (…) o de aquellas tribus de la época de las grandes migraciones, la agresividad de las naciones más belicosas del mundo civilizado parece moderada (…), ella sólo se manifiesta en su fuerza brutal y sin límites en sueños y en algunos fenómenos que nosotros calificamos de ‘patológicos'».1

Algunos meses después de que esas líneas fueron escritas, comenzaba una guerra entre naciones «civilizadas» cuya «fuerza brutal y sin límites» es simplemente imposible de comparar con el pobre «furor» de los combatientes etíopes: tamaña es la desproporción. El lado siniestro del «proceso civilizador» y de la monopolización estatal de la violencia se manifestó en toda su terrible potencia.

Si nos referimos al segundo sentido de la palabra «bárbaro» -actos crueles, inhumanos, la producción deliberada de sufrimiento y de muerte deliberada de no combatientes (en particular, niños)-, ningún siglo de la historia conoce manifestaciones de barbarie tan extensas, tan masivas y tan sistemáticas como el siglo XX. Ciertamente, la historia humana es rica en actos de barbarie, cometidos tanto por las naciones «civilizadas» como por las tribus «salvajes». La historia moderna, después de la conquista de América, parece una sucesión de actos de ese género: la masacre de indígenas americanos, el tráfico de negros, las guerras coloniales. Se trata de una barbarie «civilizada», esto es, conducida por los imperios coloniales económicamente más avanzados, acumulación del capital.2

En El Capital, Karl Marx era uno de los críticos más feroces de esos tipos de prácticas maléficas y destructoras de la modernidad, que para él están asociadas a las necesidades de acumulación capitalista. Especialmente en el capítulo sobre la acumulación primitiva, se encuentra una crítica radical de los horrores de la expansión colonial: la esclavitud o el exterminio de los indígenas, las guerras de conquista o el tráfico de negros. Esas «barbaries y atrocidades execrables» -que, según Marx, citado de modo favorable por M. W. Howitt, no tienen paralelo en cualquier otra era de la historia universal, en ninguna raza por más salvaje, grosera , impiadosa y sin pudor que ella haya sido»- no fueron simplemente interpretadas como ganancias y pérdidas del progreso histórico, sino debidamente denunciadas como una «infamia».3 Considerando algunas de las manifestaciones más siniestras del capitalismo, como las leyes de los pobres o los worhouses – esas «fortalezas de obreros»-, Marx escribe en 1847 este pasaje sorprendente y profético, que parece anunciar a la Escuela de Frankfurt: «La barbarie reaparece, pero esta vez ella es engendrada en el propio seno de la civilización y es parte integrante de ella. Es una barbarie leprosa, la barbarie como la lepra de la civilización».

4 Pero con el siglo XX, un límite es transgredido y se pasa a un nivel superior; la diferencia es cualitativa. Se trata de una barbarie específicamente moderna, del punto de vista de su etos, de su ideología, de sus medios y su estructura. Más adelante, volveremos a ese punto.

La Primera Guerra Mundial inauguró esa nueva fase de barbarie civilizada. Dos autores, los primeros, dieron la señal de alarma en 1914: Rosa Luxemburgo y Franz Kafka. A pesar de sus evidentes diferencias, tienen en común el hecho de haber tenido la intuición -cada uno a su manera- de que en el curso de aquella guerra estaba por constituirse algo sin precedentes.

Al usar una frase del orden «socialismo o barbarie», Rosa Luxemburgo en La crisis de la socialdemocracia, en 1915 (firmada con el seudónimo «Junius»), rompe con la concepción -de origen burguesa pero adoptada por la Segunda Internacional- de la historia como progreso irresistible, inevitable, «garantizado» por leyes «objetivas» del desenvolvimiento económico o de la evolución social. Esta frase está sugerida en ciertos textos de Marx o de Engels, pero es Rosa Luxemburgo quien le da esa formulación explícita y elaborada que implica una percepción de la historia como un proceso abierto, como una serie de «bifurcaciones» donde el «factor subjetivo» -conciencia, organización, iniciativa- de los oprimidos se torna decisivo. No se trata más de esperar que el fruto «madure», según las «leyes naturales» de la economía o de la historia, sino de actuar antes de que sea demasiado tarde.

El otro término de la alternativa es un siniestro peligro: la barbarie. En un primer momento, ella parece considerar una «recaída en la barbarie» como «la aniquilación de la civilización», una decadencia análoga a aquella de la Roma antigua5. Pero luego se da cuenta de que no se trata de un «regresión» imposible a un pasado tribal, primitivo o «salvaje», sino más bien de una barbarie eminentemente moderna, de la cual la Primera Guerra Mundial brinda un ejemplo sorprendente, mucho peor en su asesina inhumanidad que las prácticas guerreras de los conquistadores «bárbaros» de fines del Imperio Romano. Jamás en el pasado tecnologías tan modernas -los tanques, los gases tóxicos, la aviación militar- habían sido colocadas al servicio de una política imperialista de masacre y agresión en una escala tan inmensa.

Las intuiciones de Kafka son de una naturaleza totalmente diferente. Es bajo una forma literaria e imaginaria como él describe la nueva barbarie. Se trata de una novela titulada La colonia penal: en una colonia francesa, un soldado «indígena» es condenado a muerte por oficiales cuya doctrina jurídica resume en pocas palabras la quintaesencia de lo arbitrario: «la culpabilidad no debe ser jamás colocada en duda». Su ejecución debe ser llevada a cabo por una máquina de tortura que escribe lentamente sobre su cuerpo con agujas que lo atraviesan la frase «Honra a tus superiores».

El personaje central de la novela no es un viajero que observa los acontecimientos con una hostilidad muda, ni el prisionero que no reacciona de ninguna forma, ni el oficial que preside la ejecución, ni el comandante de la colonia. Es la misma máquina. Todo el relato gira en torno de ese siniestro aparato (Apparat), que parece más y más, en el curso de la detallada explicación que el oficial brinda al viajero, como un fin en sí mismo. El aparato no está allí para ejecutar al hombre sino al contrario, el hombre está para la máquina, para proporcionarle un cuerpo sobre el cual ella pueda escribir su estética obra maestra, su sangrienta inscripción ilustrada con «muchos adornos floridos». El oficial mismo es apenas un servidor de la Máquina y, finalmente, él también se sacrifica a ese insaciable Moloch6.

¿En qué «máquina de poder» bárbara, en que «aparato de autoridad» sacrificador de vidas humanas pensaba Kafka? La colonia penal fue escrita en octubre de 1914, tres meses después de la eclosión de la gran guerra. Hay pocos textos en la literatura universal que presentan de manera tan penetrante la lógica mortífera de la barbarie moderna como un mecanismo impersonal. Esos presentimientos parecen perderse en los años de posguerra. Walter Benjamin es uno de esos raros pensadores marxistas que entiende que el progreso técnico e industrial puede ser portador de catástrofes sin precedentes. De ahí proviene su pesimismo no fatalista, pero sí activo y revolucionario. En un artículo de 1929, él definía la política revolucionaria como «la organización del pesimismo», un pesimismo en todas las líneas: desconfianza en cuanto al destino de la libertad, desconfianza en cuanto al destino del pueblo europeo. Y añade irónicamente: «confianza ilimitada solamente en IG Farben y en el perfeccionamiento pacífico de la Luftwaffe».7 Ahora bien, el mismo Benjamin, el más pesimista de todos, no podía adivinar hasta qué punto esas dos instituciones iban a mostrar, algunos años más tarde, la capacidad maléfica y destructiva de la modernidad.8

Puede definirse como propiamente moderna la barbarie que presenta las siguientes características: Utilización de medios técnicos modernos. Industrialización del homicidio.

Exterminación en masa gracias a tecnologías científicas de punta. Impersonalidad de la masacre. Poblaciones enteras -hombre y mujeres, niños y ancianos- son «eliminadas» con el menor contacto personal posible entre quien es el que toma la decisión y las víctimas.

Gestión burocrática, administrativa, eficaz, planificada, «racional» (en términos instrumentales) de los actos de barbarie. Ideología legitimadora de tipo moderno: «biológica», «higiénica», «científica» (no religiosa ni tradicionalista).

Todos los crímenes contra la humanidad, genocidios y masacres del siglo XX no son modernos en el mismo grado: el genocidio de los armenios en 1915, el llevado a cabo por Pol Pot en Camboya, aquel de los tutsis en Ruanda, etc., asocian, cada uno de manera específica, características modernas y arcaicas.

Las cuatro masacres que encarnan de manera más acabada la modernidad de la barbarie son el genocidio nazi contra los judíos y los gitanos, la bomba atómica en Hiroshima, el Gulag estalinista y la guerra norteamericana en Vietnam. Los dos primeros son probablemente los más integralmente modernos: la cámara de gas de los nazis y la muerte atómica norteamericana contienen prácticamente todos los ingredientes da la barbarie tecnoburocrática moderna.

Auschwitz representa la modernidad no solamente por su estructura de fábrica de muerte, científicamente organizada y que utiliza las técnicas más eficaces: el genocidio de judíos y gitanos es también, como observa el sociólogo Zygmunt Bauman, un producto típico de la cultura racional burocrática, que elimina de las gestión administrativa toda interferencia moral. Es, desde este punto de vista, uno de los posibles resultados del proceso civilizador en cuanto a racionalización y centralización de la violencia y como producto social de indiferencia moral. «Como toda otra acción conducida de manera moderna -racional, planificada, científicamente informada, dirigida de forma eficaz y coordinada- el Holocausto dejó atrás todos sus pretendidos equivalentes premodernos, revelándolos en comparación como primitivos, antieconómicos e ineficaces… Se eleva muy por encima de los episodios de genocidios del pasado, de la misma forma que la fábrica industrial moderna está muy por encima de la oficina artesanal».9

La ideología legitimadora del genocidio es también de tipo moderno, seudocientífico, biológico, antropométrico, eugenista. La utilización obsesiva de fórmulas seudomédicas es la característica del discurso antisemita de los dirigentes nazis, lo cual puede ser notado en sus conversaciones privadas. En una carta a Himmler en 1942, Adolfo Hitler insistía: «La batalla en la cual estamos comprometidos hoy es del mismo tipo que la batalla liderada en el siglo pasado por Pasteur y Koch. Cuántas dolencias tuvieron su origen en el virus judío… Nosotros no encontraremos nuestra salud sin eliminar a los judíos».

10 En su notable ensayo sobre Auschwitz11, Enzo Traverso destaca, con palabras sobrias, precisas y lúcidas, el contexto del genocidio. No se trata de una simple «resistencia irracional a la modernización» ni de un residuo de antigua barbarie, sino de una manifestación patológica de la modernidad, del rostro escondido, infernal, de la civilización occidental, de una barbarie industrial, tecnológica, «racional» (del punto de vista instrumental). Tanto la motivación decisiva del genocidio -una biología racial- como sus formas de realización -las cámaras de gas- eran perfectamente modernas. Si la racionalidad instrumental no basta para explicar Auschwitz, ella es su condición necesaria e indispensable. En los medios de exterminio nazis, se encuentra una combinación de diferentes instituciones típicas de la modernidad: al mismo tiempo, la prisión descripta por Foucalt, la fábrica capitalista de la cual hablaba Marx, «la organización científica del trabajo», de Taylor, la administración racional/burocrática según Max Weber.

Este último había intuido, de manera muy convincente, la transformación de la razón occidental en fuerza destructiva. Su análisis de la burocracia como máquina «deshumanizada», impersonal, sin amor ni pasión, indiferente a todo aquello que no es su tarea jerárquica, es esencial para comprender la lógica reificada de los campos de la muerte.

Eso vale también para la fábrica capitalista, que estaba presente en Auschwitz, al mismo tiempo que en las oficinas de trabajo esclavo de la empresa IG Farben y en las cámaras de gas, lugares de producción de asesinados «en cadena». Pero la «solución final» es irreductible a toda lógica económica: la muerte no es una mercancía ni una fuente de lucro.

Traverso critica, de manera muy convincente, las interpretaciones -inspiradas, en un grado u otro, por la ideología del progreso- del nazismo y del genocidio como producto de la historia del irracionalismo alemán (George Lucács), de una «salida» de Alemania por fuera de la cuna occidental (Jürgen Habermas) o de un movimiento de «descivilización» (Entzivilisierung) inspirado por una ideología «preindustrial» (Norbert Elias). Si el proceso civilizatorio significa, ante todo, la monopolización por el Estado de la violencia -como lo muestran, después de Hobbes, tanto Weber como Elias-, es necesario reconocer que la violencia del Estado está en el origen de todos los genocidios del siglo XX. Auschwitz no representa una «regresión» en dirección al pasado, a una edad bárbara primordial, pero es realmente uno de las caras posibles de la civilización industrial occidental. Constituye al mismo tiempo una ruptura con la herencia humanista e universalista de los Iluministas y un ejemplo terrible de las potencialidades negativas y destructivas de nuestra civilización.

Si el exterminio de los judíos por el Tercer Reich es comparable con otros actos bárbaros, no por eso deja de ser un evento singular. Es necesario rechazar las interpretaciones que eliminan las diferencias entre Auschwitz y los campos soviéticos, las masacres coloniales o los progroms, etc.12 El crimen de guerra que tiene más afinidades con Auschwitz es Hiroshima, como comprendieron tan bien Günther Anders y Dwight MacDonald: en los dos casos, se delega la tarea a una máquina de muerte formidablemente moderna, tecnológica y «racional». Pero las diferencias son fundamentales. Inicialmente, las autoridades americanas no tuvieron jamás como objetivo -como aquellas del Tercer Reich- realizar el genocidio de toda una población: en el caso de las ciudades japonesas, la masacre no era, como en los campos nazis, un fin en sí mismo, sino un simple «medio» para alcanzar objetivos políticos. El objetivo de la bomba atómica no era el exterminio de la población japonesa como fin autónomo. Se trataba, sobre todo, de acelerar el fin de la guerra y demostrar la supremacía militar norteamericana frente a la Unión Soviética. En un informe secreto de mayo de 1945 al presidente Truman, el Target Comittee -o «Comité Blanco», compuesto por los generales Groves, Norstadt y el matemático Von Neuman- observa fríamente: «La muerte y la destrucción no solamente intimidarán a los japoneses sobrevivientes y los presionarán para aceptar la capitulación, sino también (como una ganancia extra) asustarán a la Unión Soviética. En síntesis, EU podría terminar más rápidamente la guerra y, al mismo tiempo, ayudar a moldear el mundo de posguerra» 13.

Para obtener esos objetivos políticos, la ciencia y la tecnología más avanzada fueron utilizadas en centenares de miles de civiles inocentes; hombres, mujeres y niños fueron masacrados, sin hablar de la contaminación por las radiaciones nucleares de las generaciones futuras.

Otra diferencia con Auschwitz es, sin duda, un número muy inferior de víctimas. Pero la comparación de las dos formas de barbarie burocráticomilitar es muy pertinente. Los propios dirigentes norteamericanos eran conscientes del paralelo con los crímenes nazis: en una conversación con Truman el 6 de junio de 1945, el secretario de Estado, Stimson, relataba sus sentimientos: «dije a Truman que estaba inquieto con ese aspecto de la guerra… porque yo no quería que los americanos ganaran la reputación de sobrepasar a Hitler en atrocidades» 14.

En muchos aspectos, Hiroshima representa un nivel superior de modernidad, tanto por la novedad científica y tecnológica representada por la bomba atómica, como por el carácter todavía más lejano, impersonal, puramente «técnico» del acto exterminador: presionar un botón, abrir la escotilla que libera la carga nuclear. En el contexto particular y aséptico de muerte atómica entregada por vía aérea, se dejaron atrás ciertas formas manifiestamente arcaicas del Tercer Reich, como las explosiones de crueldad, el sadismo y la furia asesina de los oficiales de la SS. Esa modernidad se encuentra en la cúpula norteamericana que toma -después de haber pesado cuidadosa y «racionalmente» los pros y las contras- la decisión de exterminar la población de Hiroshima y Nagasaki: un organigrama burocrático complejo compuesto por científicos, generales, técnicos, funcionarios y políticos tan grises como Harry Truman, en contraste con los accesos de odio irracional de Adolfo Hitler y sus fanáticos.

En el curso de los debates que precedieron a la decisión de lanzar la bomba, ciertos oficiales, como el general Marshall, manifestaron sus reservas, en la medida en que ellos defendían el antiguo código militar, o sea, una concepción tradicional de la guerra que no admitía la masacre intencional de civiles. Estos oficiales fueron derrotados por un nuevo punto de vista, más «moderno», fascinado por la novedad científica y técnica del arma atómica, un punto de vista que no tenía nada que ver con códigos militares arcaicos y que no se interesaba sino por el cálculo de ganancias y pérdidas, esto es, en criterios de eficacia político-militar15. Sería necesario agregar que un cierto número de científicos que habían participado, por convicción antifascista, en los trabajos de preparación del arma atómica, protestaron contra la utilización de sus descubrimientos sobre la población civil de las ciudades japonesas.

Una palabra sobre el Gulag estalinista: si bien tiene mucho en común con Auschwitz -campos de concentración, régimen totalitario, millones de víctimas-, se distingue por el hecho de que el objetivo de los campos soviéticos no era el exterminio de los prisioneros sino su explotación brutal como fuerza de trabajo esclava. En otras palabras puede compararse Kolyma y Buchenwald, pero no Gulag y Treblinka. Ninguna contabilidad macabra -como aquella fabricada por Stéphane Courtios y otros anticomunistas profesionales- puede negar esa diferencia.

El Gulag era una forma de barbarie moderna en la medida en que estaba burocráticamente administrado por un Estado totalitario y colocado al servicio de proyectos estalinistas faraónicos de «modernización» económica de la Unión Soviética. Pero se caracteriza también por trazos más «primitivos»: corrupción, ineficacia, arbitrariedad, «irracionalidad». Por esta razón, se sitúa en un grado de modernidad inferior al sistema de campos de concentración del Tercer Reich.

En fin, la guerra estadunidense en Vietnam, el atroz número de víctimas exterminadas por los bombardeos, el napalm o las ejecuciones colectivas constituye, en varios aspectos, una interveción extremadamente moderna: fundada sobre una planificación «racional» -con la utilización de computadoras y de un ejército de especialistas-, moviliza un armamento muy sofisticado, usando tecnología de punta del progreso técnico de los años sesenta-setenta: napalm, herbicidas, bombas de fragmentación, etcétera. 16

Esa guerra no fue un conflicto colonial como los otros: basta recordar que la cantidad de bombas y explosivos lanzados sobre el Vietnam fue superior a la utilizada por todos los beligerantes durante la Segunda Guerra Mundial. Como en el caso de Hiroshima, la masacre no era un objetivo en sí, sino un medio político y, si bien la cifra de muertos es muy superior a la de las dos ciudades japonesas, no se encuentra en Vietnam aquella perfección de modernidad técnica e impersonal, aquella abstracción científica de la muerte que caracteriza a la muerte atómica.17

La naturaleza contradictoria del «progreso» y de la «civilización» moderna se encuentra en el corazón de las reflexiones de la Escuela de Frankfurt. En La Dialéctica del Iluminismo (1944), Adorno y Horkheimer constatan la tendencia de la racionalidad instrumental a transformarse en locura asesina: la «luminosidad helada» de la razón proyectista «acarrea la simiente de la barbarie». En una nota redactada en 1945 para Minima Moralia, Adorno utiliza la expresión «progreso regresivo» tratando de dar cuenta de la naturaleza paradojal de la civilización moderna.18

Entretanto, esas expresiones también son tributarias, a pesar de todo, de la filosofía del progreso. En verdad, Auschwitz e Hiroshima no constituyen para nada una «regresión a la barbarie» o, por lo mismo, una «regresión»: no hay nada en el pasado que sea comparable a la producción industrial, científica, anónima y racionalmente administrada de la muerte en nuestra época. Basta comparar Auschwitz e Hiroshima con las prácticas guerreras de las tribus bárbaras del siglo IV para darse cuenta de que no tienen nada en común: la diferencia no es solamente de escala, sino de naturaleza. ¿Es posible comparar las prácticas más «feroces» de los «salvajes» (muerte ritual del prisionera de guerra, canibalismo, reducción de cabezas, etcétera) con una cámara de gas o una bomba atómica? Son fenómenos enteramente nuevos, que no serían posibles fuera del siglo XX.

Las atrocidades en masa, tecnológicamente perfeccionadas y burocráticamente organizadas, pertenecen únicamente a nuestra civilización industrial avanzada. Auschwitz e Hiroshima no constituyen «regresiones»: son crímenes irremediable y exclusivamente modernos.

Existe entretanto un dominio específico de «barbarie civilizada» en la que se puede efectivamente hablar de regresión: se trata de la tortura. Como destaca Eric Hobsbawn en su admirable ensayo de 1994, Barbarie: una guía para el usuario: «A partir de 1782, la tortura fue formalmente eliminada del procedimiento judicial de los países civilizados. En teoría, no era más tolerada en los aparatos coercitivos del Estado. Un preconcepto contra esa práctica era tan fuerte que la misma no podría retornar después de la derrota de la Revolución Francesa que la había abolido… Puede sospecharse que en los reductos de la barbarie tradicional que resisten al progreso moral -por ejemplo, las prisiones militares u otras instituciones análogas- la tortura de hecho no desapareció…» Ahora, en el siglo XX, bajo el fascismo o el estalinismo, en las guerras coloniales (Argelia, Irlanda, etcétera) y en las dictaduras latinoamericanas, la tortura es empleada de nuevo a gran escala.19

Los métodos son diferentes -la electricidad substituye al fuego y los torniquetes-, pero la tortura de prisioneros políticos se tornó en el curso del siglo XX una práctica rutinaria -e igualmente oficial- de regímenes totalitarios, dictatoriales y también, en ciertos casos (las guerras coloniales), «democráticos». En ese caso, el término «regresión» es pertinente, en la medida en que la tortura era practicada en innumerables sociedades premodernas, y también en la Europa de la Edad Media y durante el siglo XVIII. Una metodología bárbara que el proceso civilizador parecía haber suprimido en el curso del siglo XIX retornó en el XX, bajo una forma más moderna -desde el punto de vista de las técnicas-, pero no menos inhumana.

Considerar la barbarie moderna del siglo XX exige el abandono de la ideología del progreso lineal. Eso no quiere decir que el progreso técnico y científico sea intrínsecamente portador de maleficios ni tampoco lo inverso. Simplemente, la barbarie es una de las manifestaciones posibles de la civilización industrial/capitalista moderna o de su copia «socialista» burocrática.

Tampoco se trata de reducir la historia del siglo XX a sus momentos de barbarie: esa historia conoce también la esperanza, las sublevaciones de los oprimidos, las solidaridades internacionales, los combates revolucionarios: México, 1914; Petrogrado, 1917; Budapest, 1919; Barcelona, 1936; París, 1944; Budapest, 1956; La Habana, 1961; París, 1968; Lisboa, 1974; Managua, 1979; Chiapas, 1994. Esos fueron algunos de los momentos fuertes -y también efímeros- de esa dimensión emancipadora del siglo. Ellos constituyen preciosos puntos de apoyo para la lucha de las generaciones futuras por una sociedad humana y solidaria.

Notas 1 Norbert Elias, La Dynamyque de l´Occident, Calmann-Lévy, Paris, 1975, pp. 181-190. Una referencia al combate abisinio suena extraña en el momento en que Etiopía combatía por su libertad contra la invasión colonial del fascismo italiano, portador de una pretendida misión «civilizadora».

2 Norbert Elias, La civilisation des moeurs, Calmann-Lèvy, Paris, 1973, p. 280.

3 Marx, Le Capital, vol. I, p.557-558,563

4 Marx, «Arbeitslohn», 1847, Kleine Ökonomische Schriften, Berlin, Dietz Verlag, 1955, p. 245

5 R. Luxemburgo, A crise da social-democracia, 1915.

6 Kafka, In del Strafkolonie, Erzählung und kleine Prosa, N. York, Schocken Books, 1946, pp. 181-113.

7 W. Benjamin, «O surrealismo. O último instante de inteligência européia», 1929, en Mythe et violence, Paris, Letras Novas, 1971, p. 312.

8 Recordemos que el gran trust químico IG Farben no solamente utilizó mano de obra esclava en Auschwitz, sino que también produjo el gas Zyklotron B, que servía para exterminar las víctimas de los campos de concentración nazis.

9 Zygmut Bauman, Modernity and the Holocaust, London, Polity Press, 1989, pp. 15 y 28 .

10 Citado por Zygmunt Bauman, obra citada en nota precedente, p. 71.

11 Enzo Traverso, L’Histoire dèchirèe. Essai sur Auschwitz et les intellectuels, Paris, Cerf. 1997.

12 Sobre ese asunto, remito a la excelente contribución de Enzo Traverso «La singularidad de Auschwitz. Hipótesis, problemas y derivaciones de la pesquisa histórica», Pour une critique de la barbarie modernes. Ecrits sur l’histoire des juifs e de l’antisémitisme, Lausanne, Ed. Page deux, 1997.

13 Citado de los archivos históricos recientemente abiertos al público en Barton J. Bernstein, «The Atomic Bombings Reconsidered», Foreign Affairs, febrero de 1995, p. 143.

14 Ib., p. 146 .

15 Sobre las reservas de Marshall, cf. Barton J. Bernstein, nota 13, p.143 .

16 De hecho, es enteramente racional si «razón» significa racionalidad instrumental, aplicar la fuerza militar norteamericana, los B-52, el napalm y todo el resto en Vietnam «bajo dominación comunista» (claramente una «causa indeseable») como un «operador» para transformarlo en «causa deseable». Joseph Weizenbaum, «Computer Power and Human Reason», en From Judgemente to Calculation, S. Francisco, W. H. Freeman, 1976, p. 252.

17 Otras guerras coloniales tuvieron lugar en el siglo XX ( Indochina, Argelia, Africa colonial portuguesa) pero ninguna alcanzó el grado de modernidad de la de Vietnam. En comparación parecen arcaicas, primitivas.

18 T. W. Adorno, M. Horkheimer, La Dialectique de la raison, Gallimard, Paris, 1974, p. 48, y T. W. Adorno, Minima Moralia, Payot, Paris, 1983, p.134.

19 E. Hobsbawn, Barbarism: An User Guide. On History, Weidenfelds and Nicholson, London, 1997, pp. 259-263 .

Michael Löwy, brasileño, sociólogo e investigador del Consejo Nacional de Investigación Científica (CNRS) de Francia y autor, entre otros, de Sublevación de melancolía: el romanticismo de contramano con la modernidad.

Traducción, Elena Raimondi; colaboración, María Elena Saludas .