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Camilo Torres Restrepo

Fuentes: Rebelión

Hace cuarenta años cayó combatiendo en las cercanías de Patio Cemento, una pequeña aldea perdida en la selva colombiana, uno de los representantes más destacados de la Teología de la Liberación, el sacerdote católico Camilo Torres Restrepo. Hacía poco tiempo había ingresado en la guerrilla después de una destacada vida académica y de su irrupción […]

Hace cuarenta años cayó combatiendo en las cercanías de Patio Cemento, una pequeña aldea perdida en la selva colombiana, uno de los representantes más destacados de la Teología de la Liberación, el sacerdote católico Camilo Torres Restrepo. Hacía poco tiempo había ingresado en la guerrilla después de una destacada vida académica y de su irrupción fulgurante en la política nacional como líder del Frente Unido del Pueblo, desde el cual llamó a la lucha popular contra el injusto orden social del país.

Camilo no solo era sacerdote. Había estudiado sociología en Lovaina y era profesor en la Universidad Nacional además de ser guía espiritual de los estudiantes (era su párroco, en un país entonces muy católico). Fue además destacado investigador y asesoró programas como la frustrada Reforma Agraria y otros similares. Su trabajo teórico y su compromiso práctico lo llevaron a la convicción de que en Colombia el cambio social era imposible por las vías pacíficas. Por eso ingresó a la guerrilla.

Como hijo de una familia relativamente acomodada, Camilo Torres recibió una educación sólida y gozó de todas las facilidades que garantizaba su condición de feliz niño pequeño burgués. Solo tardíamente optó por la vocación religiosa pero conservando siempre la independencia intelectual de su padre- un médico anticlerical muy destacado- y el espíritu indomable de su madre, una mujer excepcional que sostuvo su causa hasta el final de sus días.

Camilo fue sin duda, fruto de los aires nuevos que por entonces removían las estructuras tradicionales de la Iglesia Católica. No es una coincidencia que hubiese estudiado precisamente en Lovaina, uno de los centros de pensamiento teológico más avanzado del catolicismo. Si en Europa los «curas obreros» enviados a las fábricas y a las barriadas populares para contrarrestar la influencia comunista terminan muchos de ellos descubriendo que no había incompatibilidades entre la palabra de Jesús y las doctrinas revolucionarias de Carlos Marx, en América Latina los curas que se inspiran en la Teología de la Liberación llegan a conclusiones similares.

No será extraño entonces que tanto en Europa como en América Latina estos sacerdotes sean objeto de represión interna por parte de una Iglesia oficial en plena contrarreforma y comprometida con el capitalismo. En Europa serán objeto de aislamiento, ostracismo y hasta de la misma expulsión de la Iglesia; en Latinoamérica ocurre otro tanto, sufriendo además la represión de los gobiernos dictatoriales y hasta la muerte a manos de los militares o de las fuerzas oscuras del paramilitarismo, que de consuno, asesinan a decenas de sacerdotes y monjas y persiguen con saña a las llamadas Comunidades de Base que congregan a una feligresía pobre y necesitada del cambio social. Una transformación social que las democracias de papel de este continente prometen siempre y jamás realizan.

Como era natural, este movimiento rebelde no puede sustraerse a las condiciones generales de violencia que caracterizan Colombia a lo largo de su historia. Aunque la clase dirigente se vanagloria de la naturaleza civilista de sus instituciones aduciendo que aquí solo ha habido un golpe militar en todo el siglo pasado (Rojas Pinilla 1953-1957) lo cierto es que su sistema político resulta cerrado y excluyente y en la época de Camilo, lo era de forma mucho más aguda: regía entonces en el país el Frente Nacional, un acuerdo entre las diversas facciones de la clase dirigente para distribuir el botín burocrático del Estado a partes iguales entre los partidos tradicionales (la conocida como «paridad») y turnarse durante dos décadas en la presidencia, con independencia de los resultados electorales y con exclusión de cualquier otra fuerza política (la alternación). La consigna de la oposición popular según la cual «paridad y alternación son dictadura» no podía ser más acertada pues denunciaba una democracia formal que funcionaba en los hechos como una dictadura civil.

No es de extrañar pues que en estas condiciones y enraizado en las viejas tradiciones guerreras de un país en conflicto bélico permanente desde su Independencia de España en 1819, el movimiento de protesta pacífica de Camilo Torres terminara por unirse a las guerrillas del ELN.

Hoy, buena parte de la izquierda de entonces no suscribe el camino guerrillero, apostando generosamente por el sistema democrático burgués. Todos, eso sí, coinciden en señalar que la denuncia de Camilo estaba más que justificada en un país caracterizado por la desigualdad, la pobreza, la explotación y la ausencia de un proyecto nacional autónomo. Un país que de entonces a hoy y a pesar de los cambios inevitables que trae consigo casi medio siglo, no presenta un panorama social muy diferente. De otras maneras pero con igual dureza Colombia sigue siendo uno de los lugares más desiguales del planeta, la pobreza afecta a más del 60% de sus habitantes, ha perdido más de tres millones de trabajadores cualificados por la emigración al mundo metropolitano, tiene más de tres millones de campesinos desplazados por las bandas del paramilitarismo, alcanza niveles de miseria cercanos al 20% de sus habitantes y soporta una clase dirigente indolente y fatua, carente de todo sentimiento nacional, «agringada» en extremo y atrincherada tras un sistema político excluyente y violento.

Hoy la izquierda legal apuesta en Colombia por las vías parlamentaria con la esperanza de que la democracia formal permita las reformas que el país necesita; la izquierda armada, por su parte, tampoco desea la guerra. A diferencia del resto del continente persiste aquí un movimiento guerrillero de dimensiones tales que no es posible ni prudente pensar en los cambios sociales y políticos sin buscar un entendimiento generoso con los insurrectos. La fórmula de Uribe Vélez, apostando por la salida militar del conflicto ha sido un fracaso y hasta sus más fieles partidarios saben que tarde o temprano tendrán que sentarse a negociar con los levantados en armas. Además, tanto el ELN como las FARC proponen salidas pacíficas del conflicto armado, coincidiendo en este propósito con la izquierda legal y hasta con sectores lúcidos de la misma clase dirigente.

Cuarenta años después de la muerte de Camilo Torres, el país sigue padeciendo por la incapacidad de una clase dirigente que no ha logrado eliminar las condiciones sociales y políticas que impulsaron a aquel sacerdote idealista a llevar su vocación de entrega hasta las últimas consecuencias. Además, la actual política de guerra sin cuartel a la insurgencia y terror paramilitar contra la oposición no hace más que alimentar las peores tendencias del sistema político colombiano.

Sin duda, la mayor responsabilidad de todo recae en la clase dirigente. Ellos han retenido todo, propiedad y poder, y deben responder por el desangre casi interminable de un país amable que no merece la clase dirigente que tiene. Si en los años 60, por ejemplo, se hubiera realizado la tibia reforma agraria que impulsó el liberal Lleras Restrepo, en lugar de promover desde el Estado la represión generalizada contra el movimiento campesino, es casi seguro que hoy no habría movimiento guerrillero, ni tantos -como Camilo- se hubieran visto impulsados a empuñar las armas de la insurgencia.

Camilo es ya un patrimonio de todos como ejemplo de honestidad intelectual y consecuencia personal. Para los cristianos, en particular, el cura guerrillero colombiano será siempre un símbolo de la entrega a la causa de los más débiles, la causa de los humildes, de esos que las Bienaventuranzas consagran como los que legítimamente heredarán la tierra.