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Capitalismo y Estado

Fuentes: Rebelión

«El poder económico confiere poder político. Ahí donde los imperios antiguos desembarcaban sus ejércitos, a los imperios modernos les basta con desembarcar sus banqueros» [1]. El Estado y la descomposición  histórica de la burguesía En la última década, la «ganada», se comenzó a hablar de capitalismo de amigos para describir el lugar de privilegio que […]

«El poder económico confiere poder político. Ahí donde los imperios antiguos desembarcaban sus ejércitos, a los imperios modernos les basta con desembarcar sus banqueros» [1].


El Estado y la descomposición  histórica de la burguesía

En la última década, la «ganada», se comenzó a hablar de capitalismo de amigos para describir el lugar de privilegio que ocupan los capitalistas allegados al gobierno y los mismos gobernantes. Si bien es cierto que en estos años esta característica se profundizó y es un signo de lo que llaman el modelo, también hay que tener en claro que no es un invento del kirchnerismo. Durante los años 90 los casos de corrupción en los gobiernos  de Menem y la Alianza fueron célebres: lavado de dinero, venta ilegal de armas, «ley Banelco»,  una larga lista…

También la última dictadura cívico militar se caracterizó por dar impulso y beneficiar particularmente a algunos capitales locales y trasnacionales en detrimento de otros, como el caso del grupo Bridas.

La particularidad o el elemento extra agregado por el actual gobierno es que, luego de la crisis de 2001 el partido que se hizo cargo de la recomposición de la institucionalidad, lograda parcialmente (es decir, en la medida que lo permitieron las condiciones históricas y el grado de organización y conciencia de los trabajadores), no sólo la tajada que se llevan por los servicios prestados  es más grande, sino que además participan directamente en los negocios capitalistas empresarios políticos y políticos empresarios. Es cada vez más el perfil de quienes manejan directamente el Estado al tiempo que aumenta la participación del mismo Estado como accionista privilegiado en diferentes ramas de la producción. Esta intervención es producto de la necesidad creciente del capital de una ayuda «extra económica» para reproducirse en medio de una de las peores crisis de su historia.

Este proceso tampoco es particular de la Argentina. El «capitalismo de amigos» también creció en la última década en Venezuela bajo el nombre de socialismo del siglo XXI y en Brasil [2], por citar algunos ejemplos de los más visibles.

Es que ya a comienzos del siglo XX se derrumba la barrera ilusoria entre el capital y el Estado, promovida en los primeros siglos de dominio de la burguesía, en la época de capitalismo de libre competencia.

El imperialismo, con sus crisis y guerras, acrecentó en forma cualitativa el papel del Estado como capitalista [3]. Basta observar el período llamado de los años dorados en la pos crisis del 30, donde el impulso del capitalismo estuvo centrado en la industria estatal-militar. Si la absoluta sujeción del poder político al capital financiero condujo a la humanidad a la carnicería imperialista, esta carnicería permitió al capital financiero no solamente militarizar hasta el extremo el Estado sino también militarizarse a sí mismo, de modo tal que ya no puede cumplir sus funciones económicas esenciales sino mediante el hierro y la sangre [4].

A pesar de haber agotado sus posibilidades de impulso al capitalismo y transformarse en una enorme grieta de déficit público, este complejo industrial-financiero siguió creciendo. Los gastos militares no descendieron en los últimos años sino todo lo contrario, el imperialismo continúa acrecentando el complejo militar-industrial. Esto que por aquí llaman capitalismo de amigos, opuesto a un  capitalismo idílico separado del Estado, no es más que la forma que adopta el modo de producción en su actual fase de descomposición [5].

Estado vs capital, el mito populista

El relato de los gobiernos populistas y socialdemócratas de Nuestramérica en las últimas décadas se presenta como contrapartida a la política neoliberal. La realidad es que el Estado como herramienta de dominación de clase, en las sociedades estratificadas, no es ni puede ser un ente mediador que se coloque por encima de las clases sociales. Los períodos en los que  en países como el nuestro determinadas ramas de la producción estaban constituidas o formadas mayoritariamente por empresas de propiedad estatal fueron años coincidentes con bajas en la productividad de esas ramas de la industria, que no llegaron (algunas nunca llegaron) a alcanzar la  ganancia media mundial, por consiguiente los capitalistas individualmente no invirtieron en esas industrias, pero sí gozaron del beneficio que esas industrias le dieron como clase con precios preferenciales.

El caso de YPF en los años 60 y 70 es absolutamente gráfico al respecto. Entre 1977 y 1989 «no sólo se vio obligada a adquirir el petróleo de las contratistas a un precio muy superior al de sus propios costos de producción, sino que, además, como resultado de las políticas tarifarias aplicadas por los sucesivos gobiernos, debía venderle a las firmas comercializadoras (Esso y Shell) ese mismo petróleo a precios inferiores a los de compra» [6].

Las privatizaciones o estatizaciones de determinadas empresas están determinadas por los ciclos de acumulación y crisis del capitalismo. Promover el manejo de la economía por parte del Estado como un avance o mejora para la clase trabajadora es ignorar u obviar deliberadamente el carácter de clase del Estado capitalista.

Las añoranzas de un Estado «empresario» que implicaba altos niveles de empleo y mejores  condiciones de trabajo que las actuales no contemplan que eso no fue producto de una característica intrínseca del aparato estatal, sino fundamentalmente de años de lucha de la clase obrera y de un contexto mundial absolutamente diferente. Es ese mismo Estado hoy uno de los mayores precarizadores en materia de empleo de fuerza de trabajo y sigue siendo el garante final de la ganancia capitalista.

La debacle en curso de los populismos confirma una vez más la justeza de la concepción marxista del Estado y la necesidad imperiosa para los trabajadores de construir nuestras propias herramientas sindicales y políticas, independientes de las patronales y el Estado.

Plantear la conciliación o la posibilidad de progreso para nuestra clase ocupando espacios-cargos o utilizando el Estado como herramienta «en abstracto», no es más que oportunismo, una reedición en forma de farsa del oportunismo que tantas veces ha sido enviado al barro de la historia por la  lucha de nuestra clase.

Notas:

[1] José Carlos Mariátegui; La escena contemporánea

[2] El Economista 28/06/2013, Las protestas en Brasil

[3] Lenin, La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla (10-14 sept. 1917), t.26, p.442.

[4] Primer congreso de la Internacional Comunista, 1919.

[5] Entre el 2009 y el 2011 de 108 generales (en EEUU) pasados a retiro 76 se incorporaron a empresas vinculadas con la defensa, y varios de ellos continuaron siendo asesores del Pentágono aún cuando ya eran empleados de las mismas. http://antiwar.com/blog/2012/11/20/report-70-of-retired-us-generals-take-jobs-with-defense-corporations/

[6] Revista de historia de la industria, los servicios y las empresas en América Latina. Año 4- Nro. 6, primer semestre de 2010.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.