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Carola Rackete, inmigración y soberbia teórica

Fuentes: Rebelión

El conocimiento de los mecanismos sociales que provocan y reproducen el desprecio a los inmigrantes es imprescindible. ¿Por qué las personas son llevadas a pensar que los inmigrantes son los causantes de la pobreza y no a pensar que son los empresarios capitalistas, quienes se apropian del producto de nuestro trabajo y lo utilizan en […]

El conocimiento de los mecanismos sociales que provocan y reproducen el desprecio a los inmigrantes es imprescindible.

¿Por qué las personas son llevadas a pensar que los inmigrantes son los causantes de la pobreza y no a pensar que son los empresarios capitalistas, quienes se apropian del producto de nuestro trabajo y lo utilizan en su beneficio, los culpables de ella, pues contratan a los inmigrantes a cambio de salarios de miseria, para presionar a la baja en las condiciones del mercado laboral?

La respuesta está, pienso yo, en que la estructura afectiva de mucha gente no contempla un rechazo emocional hacia las prácticas de explotación económica, que se han asumido como «naturales e inevitables» como producto de una determinada educación ideológica.

Sin embargo, el rechazo afectivo hacia los inmigrantes está presente. Tiene su origen en el miedo a lo desconocido, que está muy enraizado y tiene un fundamento bio psíquico.

El encuentro entre diferentes sistemas culturales (diferentes lenguajes naturales y códigos morales, fundamentalmente) genera, además, problemas de comunicación entre los grupos.

Ese miedo que tiene una base biológica y cultural puede ser mitigado o potenciado. Los poderes económicos, políticos y mediáticos lo potencian, porque resulta útil para diversificar la explotación y señalar a un grupo como peligroso, colocando en dicho grupo el peso de la culpabilidad de una gama de problemas sociales. Cuando esto ocurre, el miedo además puede transformarse en odio o aversión.

Racismo y aporofobia, ambos fenómenos están ampliamente instalados en la mente de muchos trabajadores y de muchos votantes de izquierda.

Desde algunos sindicatos, muchos se han pasado décadas haciendo un discurso soterrado contra la inmigración, por verla como una amenaza para los intereses de los obreros nacionales, en lugar de trabajar por extender la fraternidad internacionalista, por consolidar una ética de la acogida y el encuentro intercultural. De modo que la ecuación entre «conciencia de clase» y «conciencia antirracista» no se da en los hechos.

La desigualdad, el paro, la precariedad laboral, el desmantelamiento de los servicios públicos, el saqueo de la hucha de las pensiones, etc. no los han provocado los inmigrantes, sino el creciente sometimiento de la economía al poder del capital y las malas decisiones políticas adoptadas para favorecer los intereses de éste, al dictado de una ideología socialmente nociva.

El rechazo a la inmigración funciona como un encubrimiento ideológico para dar cobertura a la entrada ilegal, más propicia para los intereres del capital, a sabiendas de que el fenómeno migratorio es imparable. Cuando los europeos apoyan que se aplique una política migratoria sumamente restrictiva, no hacen otra cosa que favorecer la inmigración ilegal y a quienes se benefician de la explotación laboral, factible gracias a un mercado laboral formado en su base por trabajadores sin derechos y sin protección. A medio-largo plazo, todos, nativos y extranjeros, salimos perjudicados por igual.

Tanto los extranjeros como los nativos, en tanto que trabajadores, padecemos un orden económico y político que nos ahoga. Precarizando sus vidas, precarizamos también las nuestras, pues permitimos que la generación de los beneficios económicos se sostenga sobre la explotación y la pérdida de derechos, que a la postre aumenta la desigualdad y disminuye el poder del conjunto de los trabajadores.

Todo esto es cierto y hay que decirlo.

Además, conocer las causas que provocan el éxodo masivo de personas de unos lugares a otros del planeta, así como los modos en que podemos intervenir en tales causas, es algo necesario para abordar correctamente, a largo plazo, una estrategia social con el fin de evitar más muertes, más desarraigo y más marginalidad.

Ese conocomiento es importantísimo para la acción política colectiva de largo alcance. Pero sólo ese conocimiento no basta para detener el drama que estamos viviendo desde hace años. Hace falta también una serie de acciones que lo acompañen.

Como la culpa es del capitalismo, sólo «la revolución» solucionará el problema, dicen algunos. Y ya está. Asunto resuelto. Todo lo demás es «inútil». Invocan la Revolución como quien reza a Dios para curar sus dolores. Pero esa apelación suya no se traduce en ninguna acción tangible.

Mucho me temo que cuando a todas horas a algunos se les llena la boca hablando de las leyes de la historia y de la contradicción última, no hacen otra cosa más que alejarse de lo concreto, inmediato y urgente, para poder escapar con su discurso perfectamente trabado a un lugar teórico abstracto desde el que poder pontificar a salvo (a salvo de la contradicción entre el ser y el deber ser).

Otros, plantean implícitamente un falso dilema cuando oponen, como cosas incompatibles, la movilización de grupos que pretenden incidir en la realidad a través de acciones solidarias, frente a la «verdadera acción revolucionaria», que sería la que llevan a cabo los sujetos encuadrados en los respectivos partidos políticos de vanguardia, iluminados por «la verdad».

Lo cierto es que la acción politica -institucional no conlleva el repudio de otro tipo de acciones por parte de la sociedad civil, sino que, en el marco de una visión mucho más global del cambio social, ambas formas de lucha se coimplican. Pero quienes sólo confían en la acción providencial del Estado todopoderoso no lo entienden.

El caso es que mientras la revolución que algunos esperan no llega, otras personas han decidido que no merece la pena «esperar», que es más efectivo, entretanto, actuar. Actuar allí donde se pueda y como se pueda, de una manera siempre frágil, provisional, limitada, dentro de ciertos márgenes y asumiendo a veces algunas contradicciones. Porque eso de «cambiar el mundo a través de la revolución» suena muy bien, pero tiene al menos un inconveniente: que de momento no se produce.

Por eso algunos se remangan las mangas de la camisa y acuden ellos mismos a hacer lo que los gobiernos deberían y no hacen. Y acuden porque quieren hacerlo, aún pudiendo optar por una vida mucho más cómoda, lo que aumenta el mérito de su hazaña. Puede que no estén cambiando «el mundo» de esa forma. Puede que sean muy conscientes de ello. Pero saben que sus acciones tienen efectos concretos sobre personas concretas: pueden salvar cuarenta vidas, cien, doscientas, dar de comer, educar, curar, acompañar… Pueden evitar mucho sufrimiento, en definitiva. Y eso es más importante que encerrarse en una torre de marfil a contemplar el mundo desde la soberbia teórica.

Sin embargo, varias voces se han apresurado a afirmar que los cooperantes que viajan en los barcos de salvamento marítimo son cómplices de las mafias que trafican con los migrantes. Es lo que ha dicho, por ejemplo, el italiano Diego Fusaro (celebre estos días por la entrevista que Esteban Hernández le realiza en El Confidencial). Este argumento (o pseudoargumento más bien) se ha convertido en el favorito por parte de los neofascistas, así que tienen suerte de que incluso gentes de presunta izquierda se lo sirvan en bandeja.

Tienen razón en señalar la existencia de esas mafias, pero eso no cambia ni un ápice el valor ético de la acción de Carola Rackete. Se sabe que las mafias existen y operan. Una sola persona no puede destruir a una mafia, pero puede salvar vidas que han sido traficadas por ella. Eso es lo que ha hecho Carola. Si un barco lleno de personas está en alta mar a la deriva, sólo hay dos opciones: o dejarlas morir o llevarlas a tierra a un lugar seguro aunque para ello haya que entrar en un puerto sin consentimiento. No hay más. O tomamos una alternativa o tomamos la otra, porque en el momento en que unas personas están en riesgo de morir, ya no importa cómo han llegado a ese punto. Todo lo demás es escurrir el bulto de la decisión ética central: salvarlas o dejarlas morir.

¿Qué harían en su lugar quienes critican la decisión de Carola? Porque aquí lo que importa es responder a esa pregunta. Que nos digan qué consideran más ético: salvar a unas personas o dejarlas morir. Parece que subyace en sus planteamientos un criterio utilitarista extremo: puesto que la mejor forma (supuestamente) de desincentivar a las mafias es no rescatar a quienes suben a sus barcos, entonces es preciso que dejemos morir a muchas personas y que su sacrificio se haga para conseguir un bien superior. Pues si ese es el argumento, es atroz. Atroz, además de falaz, porque se puede desactivar a las mafias de otras maneras que no pasan por dejar morir a personas en alta mar: por ejemplo, adoptando una política migratoria distinta en el conjunto de la Unión Europa.

Mientras la Unión Europea no diseñe un plan integral de acogida e integración de inmigrantes y refugiados, todo seguirá igual. Y habrá que seguir salvando vidas de personas que se lanzan al mar a la desesperada, huyendo de los horrores.

Tal vez todas esas personas que se embarcan para rescatar a otros, los que ponen su tiempo, sus energías y sus habilidades haciendo voluntariado en ONG’s, los que colaboran de una forma u otra en ayudar a los demás, sean a ojos de algunos simplemente «ilusos» y «pueriles». Pero si alguien piensa que este mundo puede avanzar moralmente sin gentes comprometidas personalmente con valores como la justicia y la compasión, está muy equivocado.

A personas como Carola les debemos un respeto casi reverencial, porque gracias a ellas la conciencia ética se mantiene viva. Y eso ya es mucho. Lo es prácticamente todo.

Termino con estas palabras hermosas del gran Eduardo Galeano (que en paz descanse), quien siempre supo expresar de la forma más bella lo que muchos creemos:

«Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción y de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable.»

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.