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¿Charlie a cualquier precio?

Fuentes: Le Monde diplomatique

Traducido del francés para Rebelión por Susana Merino

Cuando el poder de transfiguración que ejerce la muerte, ese ritual social que exige elogiar a los desaparecidos, se une al poder emocional de toda una sociedad, es de temer que la claridad mental pase por un mal momento. Es sin duda necesario tomar partido, porque cada cosa tiene su tiempo social y cada cosa tiene bajo el cielo su hora social: un tiempo para meditar, para redefinir todo.

Pero que uno se deba en primer término a la memoria de quienes murieron no implica, ni aún en las situaciones más traumáticas, que toda palabra nos sea prohibida. Y como para intentar especialmente clarificar algo la inextricable confusión intelectual y política que en tamaño acontecimiento no podía faltar, de producirse en sí, sobre todo bajo la iluminada dirección de los medios que no dejarán escapar la oportunidad de recuperarse a expensas de la «libertad de expresión» y de esos políticos expertos en el arte de la recuperación.

Digamos de inmediato que lo esencial en esta confusión se concentrará en una sola frase: «Yo soy Charlie» que parece traducir una límpida evidencia mientras tantos otros implícitos problemas se hallan replegados.

«Yo soy Charlie» ¿Qué puede querer decir una tal frase, aunque en apariencia resulte de una perfecta simplicidad? En retórica se llama metonimia a una figura que reemplaza a otra con la que está relacionada: el efecto por la causa, el contenido por el continente o la parte por el todo. En «Yo soy Charlie» el problema es que la palabra «Charlie» reenvía a una multitud de cosas diferentes, pero vinculadas entre sí por una relación de metonimia. Ahora bien, esas cosas diferentes nos convocan a deberes diferentes, precisamente porque sus vínculos tienden a confundir y a sumergir todo en lo indistinto.

Charlie, son en principio seres humanos privados, por suerte se descubrió rápidamente que decir simplemente «Charlie» involucraba espontáneamente a dos policías, un obrero de mantenimiento, un desafortunado visitante de aquel día y también a las otras cinco personas, cuatro de ellas judías, asesinadas un par de días después. Solo careciendo de toda humanidad habría sido posible no sentirse estupefacto y espantado ante la noticia de tales asesinatos.

Pero la emoción fue mucho más considerable porque todos percibieron que el ataque excedía evidentemente a las personas individuales. Y he aquí el posible segundo sentido de «Charlie»: Charlie como metonimia de los principios de libertad de expresión, de los derechos a expresar el miedo a la inseguridad, como parte central de nuestra forma de vida.

Uno podía sentirse Charlie como homenaje a las personas asesinadas, a condición siempre de acordarse de que hay a menudo personas asesinadas, Zied y Bouna hace algún tiempo, Remi Fraisse más recientemente, y que la compasión pública se distribuye a veces de un modo extraño, extrañamente desigual, quiero decir.

Uno podría sentirse igualmente Charlie en nombre de una idea general, de una cierta manera de vivir en sociedad o al menos de organizar el discurso, es decir en nombre del deseo de no dejarse captar por las agresiones que buscan negarlo radicalmente. Y podría decirse que una comunidad que puede regresar a uno de sus más poderosos denominadores comunes, los más poderosos demuestran su vitalidad.

Pero las cosas se vuelven menos simples cuando «Charlie» se refiere -y es seguro que su lectura inmediata tenía toda la posibilidad de imponer su fuerte evidencia- cuando «Charlie» se refiere no ya a personas individuales sino a principios generales de personas públicas reunidas en una revista. Uno puede haberse sentido abatido, sin la menor contradicción, por la tragedia humana y no haber cambiado en cuanto a la opinión que nos inspiraba esa revista, por mi parte era objeto de mi fuerte desacuerdo político. Si como hubiera sido lógico escuchar «Yo soy Charlie» fuera una orden de adherirse a la revista Charlie, esa orden me habría sido imposible de cumplir. Yo no soy Charlie y no podría serlo en ningún momento.

No podría serlo aún más desde el momento en que esta fórmula ha funcionado como una sumatoria. Y en pocas horas hemos oscilado en un sistema de órdenes inseparablemente emocional y político. Desde los primeros momentos, la difusión como reguero de pólvora del «Yo soy Charlie» nos hizo pensar en aquello de «Todos somos estadounidenses» del periódico Le Monde del 12 de septiembre de 2001, no hizo falta más que medio día para que esta reminiscencia se confirme y ha sido Liberation la encargada de pasar la consigna al plural «Todos somos Charlie», bienvenida al mundo de la unanimidad decretada y mala suerte para los refractarios. Y luego sobre todo celebremos la libertad de pensar sobre el aplastamiento de todo disenso, mezclando subrepticiamente la emoción de la tragedia y la implícita adhesión política a una línea editorial. Al punto de juzgar a la prensa anglosajona por mostrarse hipócrita e insuficientemente solidaria (obediente) cuando rechaza publicar las caricaturas. Era necesario atravesar al menos un mar para tener la oportunidad de encontrar cabezas frías y escuchar ese normalmente elemental argumento en el que defender la libertad de expresión no implica suscribir las expresiones de aquellos cuya libertad defendemos.

Pero esa unanimidad ordenada estaba bien hecha para que la penetren toda clase de recuperadores. En primer término los medios, de los que uno podría estar seguro de que con un reflejo oportunista, muy parecido al de los poderes políticos con los que comparten el descrédito, no perderían la oportunidad de involucrarse con la «libertad de prensa», ese asilo de su infamia. A la manera por ejemplo de Liberation, que incluye con la publicidad más ostentosamente posible haber albergado a Charlie Hebdo. Liberation, ese barcucho vendido a todos los poderes temporales, que se autotitula ¡última morada de la libertad de expresión, tal vez y además en todos los sentidos del término. Y ¿cuánta de la misma harina habrá detrás de Libé para competir con el Charlismo?

«Si ese hombre que según se dice se reía de todo, reapareciera en este siglo, seguramente se moriría de risa» escribió Spinoza en una de sus cartas. Y es cierto que tenemos de qué reírnos largamente viendo de tal manera a los órganos de la sumisión al orden social entonar con tanta sinceridad las melodías del anticonformismos y de la subversión radical. Reír largo tiempo… en fin, no demasiado, sin embargo porque algún día habrá que comenzar a pensar en salir de esta impostura.

Y esto se hará sin la ayuda del poder político, que jamás tiene interés por el desistimiento y de quien la unión nacional ha sido el más fiel de sus recursos. Unión nacional y también internacional en la ocasión, en la que se nos suministrará una versión con carabina. Era necesario que fuese incontenible la pulsión recuperadora de François Hollande de lucirse a la cabeza de París «capital del mundo» invitando de vecino a vecino, hasta a Orban, Porochenko y luego a Netanyahu, Liberman, etc., altas figuras morales conocidas para compartir con los defensores de la libertad de prensa y los amigos del diálogo interconfesional (1).

Por suerte, se han encontrado ya suficientes voces para preocuparse por sus usos o mejor dicho sus usos abusivos por los que este poder no dejará de hacer una movilización masiva que se apresurará a considerar como un mandato.

Esperemos igualmente que estará en condiciones de recomendar a algunos editorialistas una corta estancia en una celda para borrachos y de llevarles café salado. En la competencia por estar a la altura de la Historia y también -pendiente tan fatal como grotesca de la información permanente- para ser los primeros en «anunciar» la Historia, es lógico que todos apelasen a la Historia y a lo histórico en la manifestación de ayer. Si nos permiten reírnos, diríamos que histórica sin duda lo ha sido en algún informe, o por lo menos la primera del género en la que el cálculo de la policía tenía la posibilidad de ser mayor que el de los organizadores. No parece sin embargo que haya resultado gran cosa de las monstruosas manifestaciones de Carpentras y del 1 de mayo de 2002, efusiones colectivas que habían generado ya histéricos comentarios, pero en las que es justo reconocer que su productividad política fue rigurosamente nula.

Nos gustaría mucho que esta vez fuera diferente, pero es imposible evitar plantearse a nivel general la cuestión de saber si no existe un efecto de sustitución entre el grado de unanimidad y su posible tenor político. Por su construcción, arrasando toda conflictividad que es la materia básica de la política, la masa unida es tendencialmente apolítica. O entonces, esta es la Revolución, pero no es seguro que estemos en este caso.

Tendríamos efectivamente motivos para cuestionar el realismo de la «unión nacional» que se festeja en todo sentido. Todo lleva a creer que el desfile parisino, tan enorme como lo fuera, se mostró con una notable homogeneidad sociológica: blanca, urbana, educada. Es que la cantidad bruta no es un indicador de representatividad, es suficiente con que sea excepcionalmente alta la tasa de movilización de un cierto subconjunto para producir un resultado similar.

Entonces ¿»unión nacional»? ¿»Pueblo en marcha»? ¿»Francia de pié»? Habría tal vez que mirarla dos veces y especialmente para saber si esta manera de proclamar la solución del problema por el levantamiento en masa no es un modo especialmente insidioso de considerar de otro modo el problema o de negarlo. A imagen de los que dominan, siempre inclinados a tomar por universal su propio enfoque y a creer que su presencia en el mundo social agota todo lo que puede decirse sobre el mundo social, podría ser que en las marchas de ayer, la burguesía educada hubiera visto su propia potencia, abandonándose al encantamiento de sí misma. No es seguro sin embargo que eso constituya un «país» ni tampoco un «pueblo», como podríamos tener muy pronto la ocasión de recordarlo.

Existe una manera ciega de extasiarse en una historia imaginaria que es la manera más segura de dejar escapar la verdadera historia, la que sucede por fuera de toda fantasmagoría y lo más a menudo a nuestras espaldas. Ahora bien, la historia real que se anuncia tiene ciertamente las fauces sucias. Si queremos mantener alguna oportunidad de recuperarla, una vez superado el duelo, tendremos que pensar en salir del aturdimiento y rehacer la política. Pero definitivamente.

Nota :

(1) Leer de Alain Gresh D’étranges défenseurs de la liberté de la presse à la manifestation pour «Charlie Hebdo«, Nouvelles d’Orient, 12 de enero de 2015.

Este texto se ha tomado de la reunión «La disidencia mediante el silencio», organizada por el diario Fakir en la Bourse du travail, París, el 12 de enero de 2015.

Fuente: http://blog.mondediplo.net/2015-01-13-Charlie-a-tout-prix

 

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