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Ciencia, civilización y barbarie (I)

Fuentes: Adital

Pensar es el primer deber de la intelligentsia. Y en ciertos casos, el único» (Octavio Paz). El diálogo multidisciplinario, tanto dentro como fuera de los ámbitos académicos e institucionales formales, ha sido siempre una poderosa herramienta heurística, y hoy más que nunca debemos continuar practicándolo. En la actualidad, la creciente agudización y generalización de una […]

Pensar es el primer deber de la intelligentsia. Y en ciertos casos, el único»
(Octavio Paz).

El diálogo multidisciplinario, tanto dentro como fuera de los ámbitos académicos e institucionales formales, ha sido siempre una poderosa herramienta heurística, y hoy más que nunca debemos continuar practicándolo.

En la actualidad, la creciente agudización y generalización de una crisis que de general se ha tornado rápidamente en integral, compleja y multidimensional, justifica con creces la necesidad de volver los ojos a la práctica sistemática, seria, desprejuiciada y horizontal, del diálogo inter y multidisciplinario, y en particular, al diálogo entre las Ciencias Sociales y las llamadas «Ciencias Puras», «Físicas» o «Exactas».

El espíritu prevalente en algunos de quienes desde hace mucho tiempo hemos venido abogando (y practicando) este tipo de diálogo, ha sido el de la necesidad de recordar permanentemente la misión irrenunciable de la ciencia, en relación a la búsqueda de humanizar este planeta, buscando sin cesar, de manera honesta e incansable, alternativas y soluciones a los problemas más acuciantes y lacerantes que nos agobian.

Lejos de ser una costumbre exótica, la práctica del diálogo multidisciplinario es muy antigua, y algunas veces se ha ejercido en torno a ejes y problemáticas que han ocupado y obsesionado a cadenas enteras de generaciones, prolongándose incluso, a lo largo de siglos enteros de esfuerzo reflexivo constante entre pensadores, científicos e investigadores.

Quizá uno de los casos más ilustrativos de esto sea el diálogo multidisciplinario iniciado por Platón y Aristóteles, en torno a lo que entonces no era otra cosa más que un problema metafísico, centrado en interminables discusiones sobre las relaciones entre la materia y la forma.

Mucho tiempo, gente y neuronas hubo de emplearse hasta que finalmente S. Carnot, en el siglo XIX, mediante la formulación de sus conocidos principios de la termodinámica, hiciera «aterrizar» los frutos de tan largas y abstractas discusiones, correlacionando por vez primera los fenómenos de la energía con los de la entropía (donde e= – H), es decir, la entropía como negación/obstrucción de la información en cualquier sistema cerrado o abierto.
 
Desde entonces la noción ha sido aplicada en disciplinas tan diversas como heterogéneas, que van desde la física clásica hasta la física teórica y cuántica, pasando por la lingüística y la semiótica, y me parece, utilizada también y con distinto nombre entre algunas corrientes psicoanalíticas.

El siguiente salto en esa misma dirección lo dio Einstein, estando ya en el siglo XX, con su archi conocida fórmula que correlaciona la materia con la energía, y poco tiempo después, Wiener y Shannon, siguiendo la misma línea reflexiva-investigativa, vincularon la noción de energía con la noción de información.

Esa es la «breve» historia» del «bit», parámetro a través del cual ahora todos medimos la cantidad de información que tenemos y procesamos en nuestros juguetes informáticos (y telemáticos), de uso cotidiano en la oficina y en la casa.

Empero, cualquier mortal contemporáneo con los pies bien plantados sobre la tierra, de inmediato tiende a pensar que hoy en día ya no contamos con las mismas posibilidades y recursos (y con el mismo tiempo), para entretenernos y distendernos en largos y abstractos alegatos propios de la metafísica ontológica. 

Y sin embargo, al estilo de Napoleón frente a su esposa («vísteme despacio que tengo prisa»), habría que decirle a los pragmáticos cortoplacistas (y a uno que oto «ignorante ilustrado»), que nunca como ahora este tipo de reflexión (metódica, horizontal, rigurosa, conceptualmente estructurada y no- anecdótica), es hoy más que nunca muy necesaria.

En la medida que se va acentuando la presente crisis civilizatoria (con su indetenible cauda de barbarie), se va haciendo cada vez más evidente la importancia invaluable de formular (se) preguntas vitales. Estamos viviendo un momento crucial en el cual las interrogantes son igual de importantes (o quizás aun más), que las mismas respuestas.

Es más, el primer requisito indispensable para encontrar las respuestas adecuadas es formular las preguntas adecuadas.  Lo cual de inmediato y por simple asociación de ideas, me hace recordar unas palabras de Canclini, ese lúcido antropólogo argentino-mexicano: «vivimos actualmente una época crucial, en la que los procesos son más importantes que las acciones heroicas».

Y resulta a todas luces evidentes, que sin reflexión no hay procesos.

Quizá precisamente por eso, en las dos últimas décadas, prácticamente se ha borrado de tajo la enseñanza de la filosofía en muchas unidades académicas, cosa que ocurre en una buena parte de universidades de América Latina, Estados Unidos y Europa (hasta hace muy poco tiempo, la «reina caída en desgracia», luchaba a brazo partido con las más altas autoridades de la UNAM, en México, pues en esa alta y prestigiosa casa de estudios se discutía si finalmente también de allí habría de ser echada a patadas…algo que según tengo entendido, felizmente no ocurrió).

En términos generales, a nivel de todo el sistema-mundo, quizá eso tenga algo que ver con la necesidad imperiosa de inducir a la gente de todas las latitudes, a que renuncie a desarrollar sus capacidades reflexivas y auto-reflexivas.

Quizá con ello se busca que la gente no miré más allá de la zanahoria que cada día el sistema le coloca enfrente, para conseguir que sigan adelante por simple inercia, sin siquiera preguntarse a dónde van, o mejor dicho, como diría «Momo», el acucioso personaje de la novela de Heinrich Böell, «sin siquiera preguntarse a dónde los llevan».  
 
Danú Fabre Platas y Martha Beatriz, en su ensayo «Conversión religiosa y dinámica social» (UAEH, Pachuca, México), nos recuerdan que Bonfil había comentado más de una vez, al referirse a la religión, que «esta tradicionalmente ha sido una «matriz» productora de sentido: uno de los esquemas ordenadores de mayor importancia en todas las culturas…»

En esta frase atribuida a Bonfil, sustituya usted la palabra «religión» por cualquier otra cosa o término, y de todas maneras obtendrá el mismo resultado, en particular, un resultado paradojal. Un enorme vacío para una civilización tan llena de todo tipo de cosas, pero huérfana de cosas tan importantes, por ejemplo, de hipótesis acerca de cómo será (o sería) un mundo realmente post-capitalista.
 
Ahora bien, yo me pregunto ¿Qué sucede cuando, en medio de una crisis civilizatoria y neo-barbárica como la actual, la religión (o el valor que usted quiera poner a cambio), pierde esa pretensión?

¿Qué sucede cuando el hombre moderno, «culto» y «civilizado», con sus desplantes irracionales se esfuerza por retornar a la caverna? Hemos llegado al punto en el cual nos quieren imponer la idea de que, en realidad, sólo la riqueza del oro y la del uranio valen. La del oro como refugio ante las turbulencias financieras y la del uranio para amenazar.

Estamos pues, ante una sociedad global que metafórica y literalmente ha «mineralizado» sus principios y valores vitales, como una medida alternativa ante el fracaso del actual proyecto civilizatorio.  Es una especie de «alquimia regresiva», diría un Paracelso o un Newton del siglo XXI.

En un tono algo similar al prevalente en este artículo, José Beriain, en su ensayo «Los contornos interpretativos del Self en la modernidad y en la postmodernidad», sin necesariamente emplear las mismas palabras que voy a usar para presentarlo, nos dice que la actual civilización, en su versión actual de desarrollo postcapitalista y occidental, es hasta cierto punto el resultado de una serie de «pactos» entre dos tipos de individuos: el homo economicus y el homo religioso (en el sentido puritano de la conocida versión weberiana de inicios de la revolución industrial).

Metamorfoseado poco tiempo después, en aquel «especialista sin espíritu» y «gozador sin corazón», de Thomas Mann, para quien el único y máximo logro de la humanidad del capitalismo avanzado, no consistía en otra cosa más que en haber logrado «la transformación del dinero en sustituto técnico de dios».

Pero Beriain también nos señala otro «pacto» entre otros dos actores «civilizatorios» importantes. Se refiere al pacto de mutua sumisión entre el autócrata y el «hombre masa» de Ortega y Gasset, así como también el pacto entre el financista y el burócrata, en la visión de E. A. Poe, Baudelaire y W. Benjamín, con su nefasta cauda de burocratización y monetarización de las relaciones sociales.

De alguna manera (y siguiendo la tónica de Beriain), el resultado de todos estos «pactos identitarios» (yo preferiría llamarlos «matrimonios de conveniencia»), está condensado en lo que nuestro amigo denomina como «proletarización psíquica», entendida como el actual y masivo desmoronamiento ético y moral que hoy en día afecta a importantes porciones de la población mundial, algo de lo cual, según el mismo autor, ya muy tempranamente en el siglo XX dan cuenta gente como Kafka en su obra «El Castillo»; O. Wells en «El Proceso»; Th. Benhard en su «Corrección», entre otros seres notables que han ejercido la crítica social radical.

*El autor es científico Social e Investigador. Escritor. Editor de la Revista Raf-Tulum

Fuente:http://www.adital.com.br/site/noticia.asp?boletim=1〈=ES&cod=44266