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Cómo visitar un país socialista

Fuentes: Monthly Review Vol. 61, nº 11

Traducido por Esther Perez

Quienes viajan de los Estados Unidos a Cuba atraviesan más de noventa millas de mar: recorren décadas de historia. Puede que se tengan que atener a la restricción de llevar consigo una sola maleta, pero cargan baúles llenos de equipaje ideológico, que incluye prejuicios sobre Cuba, creencias acerca de los comunistas, compromisos contraídos a partir de lo que creen que es una sociedad justa y un conjunto de fórmulas convencionales extraídas de la ciencia política acerca del poder, el gobierno y la conducta humana.

Un comentarista cubano señala:

Al llegar procedente de Norteamérica o Europa a un típico barrio cubano, la primera impresión del visitante puede ser de pobreza: edificios a punto de derrumbarse o faltos de mantenimiento, calles llenas de baches, autos antiquísimos, hogares donde hay pocos extras, etc. Por otro lado, si el viajero procede de la América Latina o de otro país en vías de desarrollo, es posible que llamen su atención otros aspectos de la vida cubana: la ausencia de niños de la calle, de rostros desnutridos y de mendigos; o la casi total carencia de temor de las personas que caminan por las calles de noche. [1]

O puede que al ser fácilmente identificados como extranjeros, los visitantes se vean acosados por anunciantes de pequeñísimos restaurantes privados, ofertas de recorridos turísticos guiados o jineteras (eufemismo cubano para referirse a las prostitutas, por lo general no profesionales).

Los miembros de delegaciones suelen tener itinerarios planificados que incluyen visitas a diversas instituciones y eventos culturales. Reciben información sobre la salud pública, la educación, las instalaciones culturales y deportivas, el compromiso con una vía ecológica al desarrollo, la agricultura urbana, la distribución equitativa mediante el sistema de racionamiento, el pleno empleo, aspectos formales de los sistemas político y judicial, los logros en el terreno de la igualdad de género y raza. Todo ello es real, y es una muestra de cuánto puede lograr un país pobre con muy pocos recursos. Pero es obvio que no se trata de toda la historia. No hay nada siniestro en ello. Son las cosas en las que Cuba ha sido pionera y de las que Cuba se siente más orgullosa y deseosa de mostrar ante el mundo.

Una vez que se conoce mejor a la gente, las descripciones se hacen más matizadas. Dada la plataforma de logros existente, las dificultades e insatisfacciones son las que ocupan su atención en el día a día. La igualdad básica ha sido erosionada, no por el socialismo, sino por las concesiones realizadas al capitalismo. No hay personas sin hogar, pero alrededor de un 16% de las viviendas está clasificada como en mal estado. No hay desempleo, pero sí empleos innecesarios, como los de parqueadores, que sólo han aparecido debido a las desigualdades. Se ha producido una incorporación masiva de maestros para reducir el número de alumnos por aula, pero la enseñanza no es sólo un empleo, sino que constituye una vocación. Hay quienes ingresan a ella llevados por el entusiasmo y después advierten que no les gusta, y ello lleva a que haya una gran movilidad en el magisterio. Y hay quienes se las ingenian para vivir sin trabajar. Hay pocos delitos, comparado con la situación en los Estados Unidos, pero hay que pasarle llave al auto.

Según mi experiencia personal, son los revolucionarios comprometidos los que hacen las críticas más serias, complejas y profundas, mientras que los contrarrevolucionarios por lo general se quejan de dificultades específicas o incidentes desagradables.

Los turistas que andan por su cuenta están menos expuestos a los logros que se muestran con orgullo y más a las insatisfacciones. Los cubanos son un pueblo dado a quejarse. Un viejo chiste habanero decía que, en Cuba, todos los planes económicos se sobrecumplen. Todos los planes se cumplen, pero las tiendas están vacías. Las tiendas están vacías, pero todos tienen lo que necesitan. Todos tienen lo que necesitan, pero todos se quejan. Todos se quejan, pero son fidelistas.

Quienes simpatizan con el proceso cubano, así como algunos anticomunistas de izquierda, en ocasiones portan una tablilla y un formulario para evaluar a Cuba en los terrenos de la salud pública, el sexismo, el racismo, la contaminación, la homofobia, las elecciones, el número de partidos políticos, la libertad de prensa, las huelgas o cualquier otra cosa que se les ocurra. Al final, en dependencia de la calificación promedio acumulada, deciden si Cuba «es» o «no es» socialista (o si el socialismo es o no algo bueno). Después, al volver a casa, escriben sus elogios o sus denuncias. Los temas que aparecen en el formulario pueden ser liberales, una relación de derechos por los que luchamos en el capitalismo y después convertimos en principios universales. O pueden provenir de esquemas apriorísticos acerca de lo que es el socialismo, principios como «de abajo hacia arriba, no de arriba hacia abajo» o «consejos obreros al frente de las fábricas».

En Cuba viven también algunos expatriados que encuentran que la tranquilidad y el sentimiento de colectividad y de propósito compartido bien valen las dificultades de la vida cotidiana. Otros están allí porque se han casado con cubanos, y unos pocos son refugiados políticos. Son especialmente capaces de explicarles Cuba a los norteamericanos y de poner a disposición de los cubanos las observaciones amistosas de los extranjeros. Y los norteamericanos que dividen su tiempo entre los dos países pueden ofrecer una visión singular «desde adentro» y «desde afuera» de ambos.

El abordaje del formulario está sujeto a muchos errores. Quienes evalúan no hablan con una muestra representativa de los cubanos. Sus descripciones están influidas por lo que piensan que sus lectores ya saben o por lo que creen importante que conozcan, lo que les preocupa más en ese momento, las cosas sobre las que quieren convencer a su público. Imagine que lo aborda un marciano en Harvard Square y le hace la siguiente pregunta: «¿Cómo andan las cosas por acá por la Tierra?» Recuerdo que en un ómnibus habanero me abordó una mujer bien vestida que me dijo en inglés y en voz muy alta: «¡Aquí no se puede decir nada!» Su afirmación desató un bullicioso seminario sobre política, Miami y cualquier otro tema en el que participaron todos los viajeros.

Las cosas que ven o sobre las que oyen hablar los visitantes no están ubicadas en un contexto. Una vez asistí a una reunión internacional en la que una delegada estadounidense se paró para preguntar por qué el gobierno cubano no les permitía a los extranjeros ver los mismos canales de televisión que veían los cubanos. Había ido a la habitación de su hotel, sintonizado el canal 6 (Cubavisión), y la pantalla había permanecido en blanco. No podía acceder a la programación nacional cubana, sólo a CNN y el canal turístico. A partir de sus imágenes previas del totalitarismo, asumió que se trataba de un acto de censura. Pero en esa época del Período Especial, debido a la severa escasez de combustible, la televisión cubana sólo transmitía unas pocas horas al día en las mañanas y en las noches, y durante el resto del día la pantalla en blanco era el canal nacional que compartía todo el pueblo cubano. Mi crítica no es que esa delegada estuviera equivocada –es fácil cometer errores en un medio que no nos resulta familiar–, sino que cometiera un tipo específico de error: llenar las lagunas de su información con prejuicios traídos de su propia sociedad.

Otra equivocación proviene de aplicar juicios acertados a la sociedad equivocada. Por ejemplo, los visitantes se enteran por la prensa cubana de que muchos militares ocupan puestos en el gobierno, y de que algunos son delegados a la Asamblea Nacional. En Cuba, eso no significa que «los militares» hayan asumido el poder. En la isla no existen «los militares» como una casta separada, como sí sucede, por ejemplo, en Pakistán. Lo que vemos en realidad es a comunistas designados por la sociedad para asumir la tarea de la defensa. Con los problemas económicos que Cuba enfrenta no tiene sentido tener unas grandes fuerzas armadas dedicadas únicamente a esperar una invasión, aunque el país tiene que estar preparado para esa eventualidad. Parte de la solución ha consistido en emplear a las fuerzas armadas en la actividad económica, en empresas que suelen estar mejor administradas que las demás y que cuentan con oficiales experimentados en temas económicos. Son esos juicios fuera de contexto, derivados de otras situaciones, los que confunden a muchos de los que quisieran ser aliados de la Revolución cubana.

Pero más allá de estos errores simples, el concepto general de calificar la revolución mediante un formulario previamente elaborado es equivocado.

El socialismo no es una cosa, sino un proceso: aquel mediante el cual las clases trabajadoras de la ciudad y el campo, junto a sus aliados, toman en sus manos las riendas de la sociedad para satisfacer sus necesidades compartidas. Con el uso de un telescopio podemos vislumbrar la importancia histórica mundial de los primeros esfuerzos por reemplazar no sólo al capitalismo, sino a toda sociedad de clases, por un modo de vida más generoso, justo y sostenible. En otras palabras, intentamos superar un desvío de diez mil años de duración durante los cuales nuestra especie adoptó la agricultura; deforestó buena parte del planeta; creció en número y aumentó su esperanza de vida, sus conocimientos y su capacidad de destrucción; se dividió en clases de modo que dejamos de ser un «nosotros»; y expandió su capacidad productiva hasta el punto de que pudiéramos librarnos de las clases y volver a ser ese «nosotros».

Al examinar el primer siglo de innovación socialista lo anterior es más importante que evaluar el éxito de los revolucionarios, las decisiones específicas y los cambios inesperados que ocurren sorpresivamente, e incluso las enormes dificultades y experiencias de esos empeños. Pero al mirar a través del microscopio de la vida cotidiana, todos esos detalles cobran una enorme importancia, y la historia mundial no compensa la falta de proteínas en la dieta. Necesitamos tanto el telescopio como el microscopio.

El socialismo es una senda compleja, zigzagueante y contradictoria, porque quienes participan en él tienen intereses diferentes, responden de maneras diversas a los acontecimientos que se producen a lo largo del camino, difieren en cuanto a conocimientos y objetivos, sentido de la urgencia y perspectivas a largo plazo. Las mismas experiencias pueden producir transformaciones muy diversas de sus aspiraciones, a veces en sentido convergente, y en otras ocasiones divergente.

La expresión «junto a sus aliados» tiene una enorme importancia, porque la lucha por el socialismo es muy heterogénea. Esa heterogeneidad le impone muchas de sus características a la trayectoria. Los individuos se suman a la lucha por el socialismo por muchas razones, pero, por lo general, comienzan porque aborrecen las injusticias más sentidas que perciben en sus sociedades. Esas injusticias son diferentes para los diferentes grupos que componen el bloque revolucionario. Algunos de sus miembros son conservadores que luchan para defender sus derechos consuetudinarios cuando la clase dominante intenta negárselos. En la América Latina, las comunidades indígenas se levantan para defender su derecho a la tierra contra la explotación de las empresas transnacionales y la degradación ambiental. En países cuyas culturas han permanecido más intactas, como Bolivia, Ecuador, Venezuela y el estado mexicano de Chiapas, tradiciones como la toma de decisiones comunitaria, la colectividad, y los esfuerzos para encontrar consensos se trasladan a las formas políticas del socialismo que allí evoluciona. En ocasiones, sectores de las clases medias se suman a la lucha por la independencia nacional.

En China, incluso muchos de los terratenientes se aliaron a los comunistas, porque estos eran los defensores más militantes y coherentes de la independencia china contra la invasión japonesa. Por otro lado, los empresarios chinos deseaban eliminar las restricciones feudales a su libertad para ejercer la explotación. Más tarde se convirtieron en una fuerza que contribuyó a minar los objetivos socialistas a favor del capitalismo. Algunos intelectuales aspiraban al establecimiento de una meritocracia libre de corrupción, pero los campesinos les resultaban indiferentes. Todos contribuyeron a hacer la revolución y presionaron sobre la dirección que esta tomaría.

En el seno del Movimiento 26 de Julio había profesionales indignados por el régimen corrupto y represivo del presidente Batista. Sólo algunos de ellos se oponían a la subordinación del gobierno cubano al imperialismo estadounidense. Entre quienes sí lo hacían, sólo algunos deseaban una mayor justicia social. La clase trabajadora compartía esos objetivos con sus aliados de la clase media, pero también aspiraba a la justicia social. Esa justicia social significaba, en primer lugar, empleos con un salario decoroso, atención médica adecuada, agua potable y educación. Para algunos, la justicia social incluía también la igualdad de géneros, la abolición del racismo e incluso de la homofobia. Unos pocos soñaban con revertir la deforestación y la erosión de Cuba.

Los socialdemócratas suelen favorecer una redistribución del consumo, como se aprecia en las sociedades escandinavas y en Brasil, con un diferencial salarial estrecho y un amplio consumo social, pero sin una redistribución de la propiedad y el poder estatal, aunque sí con una participación de los trabajadores en el gobierno. Los aliados pequeñoburgueses de las clases trabajadoras por lo general son más educados, tienen mayor confianza en sí mismos, formulan mejor sus ideas, hablan y escriben con más soltura, han tenido más experiencias de liderazgo y dirección. Por tanto, a menudo están sobrerrepresentados en los rangos de la dirigencia durante las primeras etapas de los movimientos revolucionarios. A partir de los primeros años del proceso, los componentes del bloque revolucionario se influyen mutuamente. Los individuos, con independencia de su origen de clase, contemplan cómo se despliegan ante su vista las perspectivas de transformación, ven retados sus prejuicios, cambian sus conceptos acerca de cómo debe ser la vida.

En los años sesenta viajé en un avión que iba de La Habana a España con varias mujeres de la alta clase media. Eran desafectas a la revolución, porque para ellas esta significaba sobre todo dificultades y temían por la educación religiosa de sus hijos, mientras que sus esposos veían en la construcción de una nueva sociedad la compensación por las privaciones materiales. En la elaboración de un programa revolucionario pueden converger corrientes políticas muy diversas, y sus orígenes pueden ser visibles en las demandas tempranas de la revolución. Cuando las cosas no resultan como deseaban, los individuos pueden volverse contra el proceso en su conjunto.

Pero las ambiciones y el individualismo de la sociedad capitalista son capaces de adaptarse a nuevas circunstancias. Se puede aspirar a un puesto en busca de influencias, y expresar los prejuicios en nuevas condiciones. Quienes han sufrido privaciones pueden entender la liberación como el acceso a los privilegios de quienes mandaban antes. Quienes trabajaban en exceso pueden imaginar que el socialismo es una liberación del trabajo. Las necesidades urgentes pueden imponerse a los objetivos a largo plazo, y las improvisaciones que resultan útiles en un momento pueden ser desastrosas a la larga. Rosa Luxemburgo advertía que tratamos de construir el futuro con los materiales del pasado, incluidos nosotros mismos. El heroísmo y el sacrificio pueden coexistir en un mismo individuo con la avaricia y la ambición, la solidaridad con el sexismo. (Las mujeres cubanas solían decir en los setenta que sus esposos eran «revolucionarios en la calle y reaccionarios en la casa». La tasa de divorcios en Cuba es alta. La Federación de Mujeres Cubanas plantea que los hombres sueñan con mujeres que ya no existen, mientras que las mujeres sueñan con hombres que todavía no existen.)

Hay incluso quienes ven los privilegios como la recompensa por años de riesgos y sacrificios, como sucedió en Nicaragua durante la famosa piñata. Un trepador social sudafricano dijo con toda franqueza que no había arriesgado su vida en la clandestinidad para ser pobre. Un dirigente de la juventud comunista en los Estados Unidos me confesó unos años después, cuando ya se había transformado en un liberal en vías de convertirse en un economista conservador, que durante los años de su militancia, cuando la persecución contra los izquierdistas comenzaba a arreciar, esperaba que la revolución triunfara no sólo en el curso de su vida, sino durante su juventud, y que ocuparía en ella un lugar prominente.

Las revoluciones pueden ser derrotadas en el curso de la lucha con sus enemigos de clase externos e internos, y hundirse de nuevo en el capitalismo, de la misma forma que los primeros pasos hacia el desarrollo capitalista se vieron frustrados en la China de la dinastía Sung, las ciudades estados del Renacimiento italiano, Bohemia durante la Reforma y Egipto bajo la conducción de Mohammed Ali en el siglo XIX. El feudalismo polaco experimentó una especie de reavivamiento en fecha tan tardía como el siglo XVI, como consecuencia del capitalismo mercantil de Europa Occidental, sobre todo de la demanda de granos. Las concesiones al capitalismo pueden no ser meramente medidas de emergencia para garantizar la sobrevivencia, sino que también pueden minar la moral y el compromiso.

Debido a los conflictos entre los sectores revolucionario y contrarrevolucionario, debido a los enemigos externos, debido a la heterogeneidad del movimiento, debido a la inexperiencia y debido a los enormes problemas que supone encontrar el camino correcto para superar el atraso, no todo lo que sucede durante un proceso revolucionario es resultado de los deseos de un grupo específico o de los dirigentes. Y no todo cambio de política es resultado de una lucha en el seno del liderazgo, o de una tendencia «reformista», o del auge o la caída de los dirigentes «de línea dura».

El léxico de la ciencia política suele apelar con regularidad a falsas dicotomías para explicar los cambios que se observan en las políticas o las prácticas. Entre ellas, algunas de las más frecuentemente invocadas son las dicotomías entre «reformistas» versus «dirigentes de línea dura», y «pragmáticos» versus «ideólogos». Se supone que a los pragmáticos no les importan los principios, sino que sólo quieren que «las cosas se hagan». Por supuesto, esto omite la pregunta: «¿Qué cosas?» Si las «cosas» son indicadores de crecimiento económico, algunas políticas tienen sentido; pero si el objetivo es satisfacer las necesidades de la población o reforzar su capacidad de resistencia, son otras las medidas que resultan prácticas.

De manera similar, el compromiso con la satisfacción de las necesidades del pueblo puede calificarse de «ideológico» por contraste con el compromiso liberal con el mercado, que se califica de «no ideológico». Si las creencias de alguien son similares a las nuestras, las consideramos apegadas a los principios; si son contrarias, podemos tildarlas de «ideológicas». Y las medidas que aprobamos son «pragmáticas», mientras que si no nos gustan, son «oportunistas».

Otra explicación favorita para los cambios de política, tomada del léxico de la ciencia política burguesa, es la famosa cita de Lord Acton: «El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente.» Su corolario también es muy popular: El objetivo fundamental de quienes detentan el poder es permanecer en el poder. Eso casi nunca es verdad. Ni siquiera el presidente Bush promovería la salud pública universal y gratuita, subsidiaría a Venezuela o renunciaría a Cristo sólo para conservar el poder. Los gobernantes del pasado erigieron monumentos sólo para conmemorar su poder y su éxito militar, y los tributos obtenidos sobre la base del pillaje; pero hoy en día, detrás de cada fachada de ansias de poder se esconde un individuo con principios, incluso si se trata de principios malsanos.

Si Lord Acton hubiera vivido en un país del Tercer Mundo con una clase dominante y un gobierno supeditados a la embajada de los Estados Unidos, quizás habría añadido: «La impotencia corrompe; la impotencia absoluta corrompe absolutamente.» Esa es la tragedia del gobierno puertorriqueño en la actualidad. Tal vez entonces Acton habría entendido mejor la corrupción de las capas gobernantes de una parte tan sustancial de la periferia global, a la que se culpa de la pobreza supuestamente causada por su «falta de responsabilidad».

Las políticas cambian porque las circunstancias cambian o porque los individuos aprenden. El racionamiento en Cuba ha sido, en los períodos más duros, la garantía de una igualdad al menos mínima en el acceso a los alimentos. En otros momentos, cuando se dispone de una mayor variedad de bienes, puede convertirse en un obstáculo para la distribución y crear un espacio para los «intermediarios». Los mercados campesinos ofrecen más productos del agro, pero también permiten el enriquecimiento ilícito de algunos. El turismo puede proporcionar la entrada de divisas, pero también convertirse en un foco de corrupción y socavar la igualdad. Las políticas cambian para reconciliar demandas opuestas en un sistema que trabaja bajo una severa presión. Internet puede estar limitada fundamentalmente a los usuarios institucionales cuando el costo en dólares del acceso al satélite es demasiado grande, o puede resultar más accesible cuando se dispone de recursos: ello es expresión de un orden de prioridades y no de una «reforma».

La política cubana de limitar el acceso a los hoteles fundamentalmente a los extranjeros era muy injusta, pero resultaba necesaria para captar las divisas que se requerían con urgencia. Para contrapesar esa política, se reserva cierto número de habitaciones para cubanos que las ocupan según prioridades socialmente determinadas. Por ejemplo, los recién casados son la primera prioridad (esto ha cambiado en los últimos tiempos a favor de salarios más altos), y también acceden a ellas personas a quienes se premia por un trabajo destacado. Como el trabajo destacado suele significar una combinación de trabajo productivo y contribución social, esta política tiene sentido para los cubanos, pero sería considerada una forma de discriminación política por los críticos de la isla. Un hermoso atlas de Cuba cuesta alrededor de $100 en las tiendas para turistas, lo que obviamente está fuera del alcance de los cubanos. Pero mis amigos cubanos lo compraron por $10, lo que todavía no es barato, pero sí un precio manejable. Ha menudo ha sucedido que medidas muy comentadas que socavan los valores socialistas son contrarrestadas parcialmente por otras medidas menos conocidas cuyo objetivo es mitigar el daño.

Cualquier estudio del socialismo debe examinar esos procesos históricos reales y no comenzar con una serie de imperativos abstractos para evaluar el socialismo de determinado país. En los acápites que siguen me basaré sobre todo en mi experiencia de participante/observador del proceso cubano, pero haré referencia a otros movimientos revolucionarios y quizás le daré un peso excesivo a los temas de la democracia, porque suelen ser los más polémicos.

La «lógica» del desarrollo socialista

Cuando una revolución socialista sobrevive, su desarrollo están regido por una lógica que gradualmente se impone. «Lógica», en este sentido, no se refiere a un místico espíritu de los tiempos ni a unas leyes universales de la actividad humana. (Un proceso histórico nunca está gobernado por «leyes». Estas no son más que constructos intelectuales extraídos de los procesos reales y empleados para interpretar las observaciones). La lógica es el conjunto de relaciones sociales, retos, compromisos, categorías de análisis e ideas dominantes que establece las condiciones en cuyo marco los seres humanos toman decisiones. Es el conjunto de los principios que determinan la panoplia de decisiones posibles, aceptables, en ocasiones obvias, y excluye otras. Es el rango de las opciones para enfrentar todas las urgencias a las que se debe dar respuesta para que continúe el proyecto socialista. En ocasiones algunas tienen que posponerse a causa de limitaciones materiales, carencia de personal calificado, ausencia de consenso u hostilidad de los vecinos. Pero si por esas razones se niegan demasiados de esos imperativos durante un tiempo demasiado largo, todo el proceso puede desplomarse y la sociedad puede regresar al capitalismo. La historia no es un avance sin obstáculos del atraso a la modernidad, sino un proceso lleno de encrucijadas, vueltas y revueltas, estructurado por relaciones sociales. Las encrucijadas se ven muy influenciadas por quiénes deciden y cómo lo hacen.

La lógica del socialismo hace que algunas decisiones parezcan necesarias, obvias y atractivas. Entre ellas se encuentran el pleno empleo, la salud pública y la educación universales y gratuitas, y la protección del medio ambiente. Otras pueden parecer objetivos evidente, pero tienen que ser redefinidas. Por ejemplo, considérese la «eficiencia». La «eficiencia» parece ser un valor positivo obvio y evidente, y las sociedades se esfuerzan por ser más «eficientes». Pero la eficiencia ha tenido significados muy diferentes en distintos contextos. En la Biblia hebrea, la eficiencia agrícola se mide por el número de granos cosechados por semilla plantada (solía ser de 1 a 3 granos cosechados por semilla plantada; por encima de una proporción de 1:1, hay semilla para la próxima siembra, y por encima de ese nivel, hay alimentos).

En la Europa escasa de tierras de cultivo, una medida razonable de la eficiencia ha sido el rendimiento por hectárea. En los Estados Unidos, donde tradicionalmente ha habido tierras abundantes y escasez de mano de obra, la «eficiencia» se medía en términos de rendimiento por jornada de trabajo, y el país se ufanaba de que un granjero podía alimentar a cuarenta personas. En tiempos más recientes, los ecologistas han introducido los conceptos de eficiencia energética y de calorías cosechadas por calorías invertidas, y han insistido en que se midan los «costos reales» de un proceso, esto es, no sólo los costos de producción, sino también los costos asociados a la eliminación de la contaminación. En un feudo medieval no había una medida general de la eficiencia. Podía ser muy productivo en granos, pero carecer de madera o carne y no tener modo de intercambiar madera por carne; o disponer de mucha mano de obra, pero no de suficiente tierra de buena calidad para emplearla bien. Si empleáramos precios sombra para integrarlo todo, ellos nos mostrarían que, durante trescientos años, el feudo perdía dinero, pero proveía al sostenimiento del señor y los siervos. El koljoz soviético era notoriamente ineficiente en términos de ganancias. Pero entre sus gastos debía incluir el de proporcionarles atención de salud y educación a sus miembros, lo que hacía que su balance financiero fuera desfavorable pero produjera un beneficio social neto.

Como el trabajo es un gasto importante en la producción, en el capitalismo se considera que una compañía es más eficiente si reduce su personal, despide trabajadores y obtiene más plusvalía por trabajador al aumentar la jornada laboral, intensificar el ritmo del trabajo y reducir los salarios. Los trabajadores despedidos desaparecen del balance financiero. Todo ello se describe con el término meliorativo de «flexibilidad». El gerente recibe una bonificación. A menudo se justifican las fusiones de empresas porque prometen incrementar la eficiencia en este sentido.

Pero en una sociedad socialista, en la que se garantiza que todos coman, despedir trabajadores de sus empleos no constituye un mejoramiento de la eficiencia social. Sencillamente, no es una opción. Hay otras posibilidades. En ocasiones es mejor tener personal excedente y utilizar las horas de trabajo también con fines educativos. Cuando tienen un excedente de trabajadores, las empresas pueden liberar temporalmente a algunos de sus empleados para que participen en una cosecha o construyan viviendas. O pueden eliminarse empleos y darles a los trabajadores otros puestos de trabajo con al menos el mismo salario, o reestrenarlos para que realicen otras labores, o darles un estipendio para estudiar. Cuba ha adoptado el principio de «estudio como trabajo» para los trabajadores desplazados de los centrales azucareros que se han cerrado. Sea cual fuere la decisión, en todos los casos, el criterio de la eficiencia social al nivel del conjunto, y no de la empresa, está presente como un contrapeso a las metas financieras de corto plazo.

Cuando múltiples metas de la sociedad convergen en programas específicos, estos se tornan casi inevitables. Por ejemplo, la agricultura urbana en Cuba satisfizo la necesidad de disponer de alimentos de modo inmediato cuando la economía se vino abajo tras la pérdida del intercambio comercial con la Unión Soviética y Europa Oriental. Fue una fuente de empleo en un momento en que las fábricas cerraron sus puertas por falta de materias primas o energía y por primera vez desde el triunfo de la revolución apareció el desempleo. Simplificó la distribución de los productores a los consumidores en un momento en que se dificultaba el transporte y los frecuentes apagones hacían que el almacenaje refrigerado de los productos no fuera una opción segura. El Ministerio de las Fuerzas Armadas estaba interesado en promover la autosuficiencia de las localidades, para el caso de que los desastres naturales o una agresión militar interrumpieran la coordinación al nivel nacional. La producción urbana de vegetales estaba en consonancia con el objetivo de los nutricionistas de lograr que la dieta de los cubanos se basara más en el consumo de vegetales y menos en el de carne y féculas. Los urbanistas alentaban la preservación de áreas verdes en el interior de las ciudades para mitigar el ruido, absorber la lluvia y reducir las inundaciones, contrarrestar el calentamiento de las ciudades y estimular la interacción social en los barrios. Y como se trataba de una agricultura orgánica, era más saludable para los trabajadores. El Ministerio de Salud Pública no quería pesticidas en las ciudades. Los ecologistas presionaban a favor del policultivo y el manejo biológico de las plagas y la fertilidad del suelo. Distintas organizaciones, ministerios e instituciones se preocupaban específicamente por uno u otro de estos objetivos, pero todos convergían en hacer de la agricultura urbana una opción obvia y, en cierto sentido, inevitable. Había también concepciones ideológicas que tornaban atractiva la agricultura urbana, en especial el objetivo marxista de restaurar el metabolismo entre la ciudad y el campo, y el compromiso de que el desarrollo urbano no estuviera determinado por los mercados inmobiliarios.

Adoptar un punto de vista holístico sobre la agricultura era obvio. Pero lo obvio no siempre se impone. Muchos de los errores cometidos por el gobierno cubano fueron respuestas a urgencias que no tuvieron el cuenta las consecuencias más amplias y a más largo plazo de una decisión.

O considérese la respuesta del sistema educativo a la contracción económica. En los Estados Unidos, las juntas escolares locales enfrentadas a una insuficiencia de recursos optaron por eliminar lo que consideraban lujos innecesarios. Se produjo un movimiento de concentración en las habilidades básicas de la lectura, la escritura y la aritmética a expensas de los estudios sociales, la literatura, las artes y la educación física. Se redujeron los suministros y aumentó el número de alumnos por aula. A los estudiantes universitarios se les comenzaron a cobrar matrículas y cuotas cada vez mayores. Se apoyaron los programas académicos de ciencias y matemáticas y se eliminó la mayoría de los dedicados a las artes. Todo ello tenía sentido en el marco del capitalismo, donde la educación tiene como meta fundamental entrenar a trabajadores competentes y dóciles y sólo a una reducida minoría de dirigentes e innovadores, y donde el estudiante es un cliente que hace una inversión para obtener un empleo mejor remunerado.

Enfrentada a las dificultades económicas del Período Especial, Cuba optó por una expansión de la educación. El número de alumnos por aula se redujo a veinte (con dos maestros) en la escuela primaria, quince en la secundaria y diez en el preuniversitario. La educación artística se amplió, se crearon escuelas para instructores de arte y se organizaron programas especiales para los estudiantes con discapacidades. La educación superior se expandió mediante el establecimiento de sedes universitarias en todos los municipios. El pago de un salario por estudiar se convirtió en una opción para los trabajadores azucareros desplazados por el cierre de algunos de los centrales.

Tanto la decisión capitalista como la socialista tienen sentido en sus sociedades respectivas. Para los cubanos, la educación es algo más que el mero entrenamiento de una fuerza laboral calificada. Su objetivo -que tiene como guía el mandato martiano de «Ser cultos para ser libres»– es formar ciudadanos. La expansión de la educación era una forma de construir para el futuro, a la vez que una manera de darles empleo a los maestros.

La «lógica» del socialismo hace énfasis en una producción encaminada a satisfacer las necesidades del pueblo y lograr una igualdad básica, una toma de decisiones colectiva y un nivel de vida ascendente. Parte del consumo es individual, y por lo general se adquiere con los ingresos personales. Otra parte es consumo social, y se recibe, por ejemplo, en forma de salud pública y educación. Y otra parte se adquiere de modo individual, pero está subsidiada por los recursos colectivos: ese es el caso de la alimentación básica, el transporte público, los bienes culturales y el acceso a los deportes y la recreación. Aparte del consumo, una parte del producto se reinvierte con fines de desarrollo. Es ahí donde se puede apreciar el impacto del bloqueo. Los costos para Cuba de cincuenta años de hostilidad suman un monto que es varias veces el del ingreso nacional, una fracción significativa de lo que el país necesita invertir para avanzar. Es esa mezcla de distribución gratuita, subsidiada y basada en la oferta y la demanda lo que torna ridículos los cálculos que se hacen de los salarios de los cubanos. Si la mayoría de los habitantes de la isla ganara el equivalente de su salario a la tasa de cambio actual, los tan llevados y traídos $20 mensuales, ya estarían todos muertos.

Consumo

Como todos los pueblos y la mayoría de los gobiernos proclaman como objetivo el incremento de los niveles de vida, una de las preguntas que surge es, ¿Qué bienes son necesarios para ese incremento del nivel de vida sin que constituyan una caída en el «consumismo»? Vale la pena examinar más de cerca el «consumo». En los países pobres existe una real necesidad de incrementar el consumo de bienes básicos: alimentación, vivienda, salud pública, transporte público, etc. Bill McKibben calcula que hasta un ingreso per capita de unos $10 000 anuales, los aumentos del ingreso mejoran la vida de las personas y se reflejan en las encuestas de los niveles subjetivos de felicidad. Los individuos comen con regularidad, disponen de techo y ropa, y tienen acceso a la salud y a la educación. Ese es aproximadamente el nivel en el que el descenso de la mortalidad infantil deja de correlacionarse estrechamente con el ingreso. [2]

Aparte de ese tipo de consumo, está el que se deriva de relaciones sociales específicas. El automóvil, originalmente un lujo de los ricos, se tornó cada vez más necesario en los Estados Unidos debido a la ausencia de un transporte público barato, el desarrollo de los suburbios y los largos viajes diarios, la distancia entre los lugares de residencia y los lugares de trabajo. Los empleos de oficina exigen cierto tipo de vestuario. Los varones japoneses necesitan varios trajes de color oscuro, no para no sentir frío, sino para parecer respetables y conservar sus empleos. Los códigos de vestuario para las mujeres suelen ser todavía más exigentes.

Parece ser que los gustos y estilos de una clase o una sociedad dominantes adquieren un prestigio que trasciende con mucho su valor intrínseco. En el Medio Oriente de la época bíblica, Babilonia era el centro de la moda. Los israelitas deportados a Babilonia en el año 586 AC quedaron deslumbrados por el esplendor de esa antigua ciudad, tanto que setenta años más tarde, cuando Ciro el Grande les permitió regresar a su tierra natal, muchos decidieron quedarse en el lugar de su exilio. Más tarde, Herodes pasó su juventud en Roma, entre fiestas e intrigas. Y después trató de llevar las costumbres romanas a Jerusalén. Hoy en día, por supuesto, debido a la hegemonía estadounidense, McDonald’s y Coca-Cola han adquirido un valor simbólico que trasciende con mucho su valor nutritivo o las cualidades de su sabor. Para muchos cubanos, su Roma o su Babilonia es Miami.

Por último, en una sociedad que aísla a las personas unas de otras, el remedio para la desesperación es comprar. A quienes han vivido en la pobreza, acumular objetos en ocasiones les produce una sensación de seguridad. Y el imperativo capitalista de expandirse conduce a gigantescos esfuerzos de venta para promover esos sentimientos, al tiempo que se inventan nuevas maneras para que las personas se endeuden. Todas esas dimensiones alimentan el consumismo.

Pero, para el socialismo, el aumento de los niveles de vida no consiste en un consumo ilimitado de energía y materias primas, sino que se centra en el aumento de la calidad de la vida. De ahí que una gran proporción del producto nacional cubano se invierta en el consumo social, la salud, la educación, la cultura, los deportes y el medio ambiente, aunque, en el corto plazo, ello pueda disminuir el ritmo del crecimiento y prolongar escaseces que producen frustración. Alrededor de un 10% del Producto Interno Bruto se invierte en la formación de capital, lo que lleva a una tasa de crecimiento que oscila entre 8 y 12%. (Aun tras la devastación provocada por los tres huracanes del 2008, Cuba logró crecer alrededor de un 4%, pero en la actualidad, debido al impacto de la recesión mundial capitalista, el crecimiento se ha estancado). Mientras existen tantas escaseces y casi cualquier incremento de la producción mejora la calidad de la vida, podría parecer que criticar el consumismo es partir un pelo en dos, pero esa crítica es importante para la formación de los objetivos sociales e individuales.

Quizás el aspecto más complejo y contradictorio del proceso socialista es el que tiene lugar en la psiquis de los individuos. El entusiasmo del triunfo alienta una orientación voluntarista que asume que podemos hacer todo lo que nos propongamos, y lleva a afirmar con entusiasmo que el «hombre nuevo» (sic), empeñado en el logro de las metas colectivas, es generosos, abierto, dedicado y valiente. Todo ello es real, pero incompleto. Los cínicos citan el descreído adagio de que «todo tiene que cambiar para que siga siendo como siempre», que olvida los cambios reales y profundos que tienen lugar y subraya lo que no ha cambiado. Recuerdo cuando era un niño en la década de los treinta el inacabable debate sobre si es necesario cambiar la sociedad para que cambien las personas o cambiar a las personas para que cambie la sociedad. Es claro que la respuesta es un proceso de ida y vuelta en el que las nuevas condiciones hacen posibles nuevos comportamientos y los individuos transformados impulsan los cambios sociales que tienen como objetivo un mundo en el que tiene sentido ser bueno. Pero a lo largo de ese camino, los individuos son muy disímiles.

En tiempos difíciles, algunos retornan a hacer individualmente lo que el colectivo ya no puede lograr, mientras que otros asumen las dificultades como un reto que exige más cooperación y esfuerzos. Esas contradicciones distinguen a las personas unas de otras, pero también se dan al interior de los individuos. Parecería que el típico error de los marxistas consiste en exagerar los cambios en la psicología colectiva, de modo que nos sorprende la persistencia del racismo o el sexismo, el esnobismo clasista, el oportunismo y otras virtudes burguesas. Los comentaristas y periodistas hostiles aprovechan cualquier señal de ellos para burlarse y descartar cualquier posibilidad de transformación y toda esperanza de progreso. Lo que les resulta importante es lo que no ha cambiado o lo que incluso ha retrocedido. Pero lo que pone en evidencia las posibilidades y despierta el entusiasmo es lo nuevo, mientras que lo viejo nos advierte acerca de los obstáculos y las dificultades, y sobre todo lo que queda por hacer.

Una orientación filosófica marxista subraya la totalidad, la interconexión y el contexto histórico, lo que facilita entender cómo afecta una esfera de la vida a las demás. Esa perspectiva no determina el futuro, sino que proporciona las herramientas para pensar acerca de lo que sucede y decidir qué hacer. Es un contrapeso parcial a las inevitables urgencias que alientan la adopción de medidas cortoplacistas que socavan los objetivos a largo plazo.

Este concepto de «lógica» de una sociedad resuelve la contradicción entre el hecho de que lo que sucede depende de las decisiones de millones de individuos y la percepción de que hay «leyes» de la sociedad. No implica inevitabilidad, sino sólo contingencia: mientras más se aparta una sociedad de los imperativos de su «lógica», más tendencias que amenazan socavar todo el proyecto se acumulan. Pero en un proyecto socialista siempre operan tendencias contrarrestantes.

La brecha

En todas las sociedades e instituciones hay una brecha entre los ideales proclamados y la práctica real. Los sacerdotes pecan, los policías cometen delitos, los generales budistas comandan guerras. En las sociedades, esa brecha es inevitable y necesaria. Su inexistencia, un funcionamiento exacto al que se pretende, sería evidencia de una terrible ausencia de imaginación y aspiraciones. Obviamente, no se trata de mantener la brecha empeorando las prácticas, sino elevando las aspiraciones.

En el capitalismo, la clase dominante debe proclamar ideales para el consumo público y convencer a los individuos de que esos ideales se cumplen, aunque sea de manera incompleta. Por tanto, la brecha se construye con fines de control social.

El concepto brezhneviano de «socialismo realmente existente» pretendía eliminar esa brecha al plantear: «Esto es todo, no hay nada más. Pedir más es idealismo. Así que cállense.» En el seno del cristianismo, una corriente reconoce esa brecha al considerar que los ideales emanan de Dios y la incapacidad de vivir de acuerdo con ellos se deriva de la imperfección humana o del pecado original. Incluso cuando la propia Iglesia o sus líderes no se muestran a la altura de esos ideales, se considera que ello evidencia la necesidad de la Iglesia.

Una anécdota personal: una mañana de domingo cuando, recién iniciada la adolescencia, le dije a mi padre que iba en busca de mi primera organización comunista, su respuesta fue: «Muy bien. Pero no esperes que una organización comunista sea idéntica a una sociedad comunista. Si lo fuera, no haría falta una revolución.»

Esa es una de las contradicciones inevitables que enfrentan los revolucionarios. La construcción del socialismo es mucho más complicada y a veces más dolorosa de lo que imaginábamos, y el proceso a menudo produce frustración además de ser fuente de inspiración. El asunto consiste en reconocer que los defectos del socialismo son, al mismo tiempo, inevitables e inaceptables, analizar sus causas y descubrir maneras de luchar contra ellos como parte del proceso revolucionario, en vez de emplearlos como excusa para abandonar la lucha. Una manera de circunscribir la contradicción es ver no sólo los «errores», sino incluso los crímenes del socialismo, de una manera dual: no son el socialismo, sino distorsiones del socialismo. Pero son también distorsiones del socialismo. Se puede establecer una analogía con las enfermedades de las plantas: el tizón del maíz no es maíz, sino una enfermedad del maíz. Pero es una enfermedad del maíz, y no una calabaza.

Tomada de manera independiente, la primera afirmación podría conducir a descartar a la ligera un montón de cosas terribles ocurridas bajo las banderas del socialismo por ajenas al socialismo y, por tanto, no verdaderamente relevantes. ¿Pol Pot? ¿Beria? ¿Cayetano? Nunca fueron de los nuestros. Esa variante también lleva a la racionalización de lo inaceptable tildándolo de «necesario». El conocido argumento de que «no se puede hacer una tortilla sin cascar huevos» se transforma en la falsa idea de que cascando huevos se hace una tortilla, y, por tanto, a la de que romper huevos es una señal de militancia. Salimos limpios del problema y no aprendemos nada. La «objetividad» y la «necesidad» se convierten en los disfraces del instrumentalismo más cínico. [3]

La segunda afirmación, tomada también por sí sola, puede conducir a apartarse, a la conclusión de que el socialismo es una quimera ingenua que inevitablemente desemboca en hechos horrorosos, así que es mejor cuidar de uno mismo. O al descubrimiento de que como el socialismo no tiene el aspecto que se esperaba, es normal sentirse traicionado y desilusionado, y se justifica sumarse al bando contrario. Muchos de quienes han renegado del socialismo han recorrido este camino. Ambas interpretaciones, tomadas por separado, conducen al cinismo.

Democracia

La democracia es un tema central para los socialistas. Vale la pena examinar la cuestión de la democracia en los socialismos emergentes, no sólo para corregir algunas interpretaciones obviamente erróneas, sino, lo que es más importante, para ampliar nuestra propia comprensión de la democracia. Los liberales que critican a Cuba por su desempeño en el terreno de los derechos humanos son muy selectivos en lo tocante a los artículos de la Declaración Universal a los que hacen referencia. Suelen reconocer de una rápida pasada cosas tales como los derechos a la satisfacción de las necesidades básicas, como la alimentación, el agua, la educación, la salud pública, la igualdad de géneros, el acceso masivo a la cultura, los deportes y la seguridad social en la vejez, pero los consideran carentes de importancia comparados con los derechos políticos. Y su crítica sobre la ausencia de derechos políticos asume que nuestros derechos formales son la única medida legítima de la democracia. Para sustentar el modelo antidemocrático de Cuba que trazan, dicen cosas como «Fidel le entregó el poder a su hermano Raúl», cuando lo que ocurrió en realidad fue la sucesión legal del presidente del Consejo de Estado por el primer vicepresidente, debido a razones de enfermedad del primero.

Los críticos de Cuba, profundamente sumidos en la ignorancia, lamentan constantemente la ausencia de elecciones en el país. Por supuesto que hay elecciones en Cuba, mediante el voto secreto y directo, con urnas custodiadas por escolares e inmunes al depósito de votos fraudulentos. Peter Roman ha hecho el mejor estudio de esos procesos eleccionarios, que difieren mucho de los nuestros: no se elige entre miembros de distintos partidos, pero tampoco son unipartidistas (el Partido Comunista no postula candidatos, aunque muchos candidatos son comunistas). Las nominaciones de candidatos a delegados a las asambleas municipales se hacen en reuniones abiertas en los barrios, y se vota por uno de entre dos a ocho propuestos. En alrededor del 10% de los casos, ninguno obtiene más del 50% de los votos, así que se va a una segunda vuelta entre los dos contendientes que obtuvieron más sufragios en la primera. No hay campañas electorales, anuncios en la televisión ni entrevistas, sino sólo una biografía de una página de cada candidato. Los cubanos se ufanan de que no hay que ser rico ni tener amigos ricos para ser candidato en sus elecciones.

En los niveles superiores (provincial y nacional), los candidatos son propuestos por comités de nominación. El propósito expreso es garantizar una amplia representación de cada sector de la población y contar con personas capacitadas que alimenten los debates. Los cubanos quieren que su Asamblea Nacional sea lo más representativa posible de todos los sectores. Pero «sectores» significa ocupaciones, capacidades, edades, etc., no ideologías políticas. En las pasadas elecciones se consideró un logro importante que aumentó la representación de las mujeres, los afrocubanos y los jóvenes. Todo el proceso se asemeja más a las elecciones de las sociedades de profesionales, o de nuestras cooperativas locales para la producción de alimentos que a unas elecciones políticas a nivel nacional en el capitalismo. Si se entienden las elecciones como un proceso de selección de un grupo diverso bien informado y con un alto grado de compromiso, el sistema parece funcionar bien. Pero si se entienden como un campo de batalla de ideologías diversas, es terriblemente deficiente. Aunque no hay ningún obstáculo legal a que un disidente se postule e incluso sea elegido, todos sabemos que no sucedería. Las elecciones son dentro del socialismo, no sobre el socialismo, excepto en el sentido de que la participación y la votación constituyen una especie de referendo. Los cubanos evalúan el porcentaje de participación y consideran los votos en blanco o nulos como muestras de desafección. Según esa medición, la oposición cuenta con menos de un 10% de los electores, aunque algunos amigos que son miembros del Partido me han dicho que estiman que la cifra se acerca más al 20%.

La Asamblea Nacional por lo general analiza muy pocos proyectos de ley en sus dos sesiones anuales. No hay proyectos que sean favores políticos, o presentados para poner en evidencia al gobierno, o tan vastos que los representantes votan sin haber leído sus contenidos. Cuando un proyecto de ley importante se lleva a votación, ha pasado previamente por las comisiones de la Asamblea Nacional, reuniones con los votantes y consultas con las organizaciones implicadas. Los diputados reciben un borrador al menos veinte días antes de que se ponga a votación. Las leyes suelen aprobarse por unanimidad. Al observador suspicaz, ello le parece una mera ratificación ceremonial, por parte de una asamblea dócil, de decisiones ya adoptadas por otros (¿Por el Partido? ¿Por el jefe de estado?). No obstante, el proceso legislativo es mucho más complejo. Peter Roman estudió el funcionamiento de la Asamblea Nacional siguiendo el desarrollo de la Ley Agraria del 2006. La iniciativa procedía de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP). En el 2008, una nueva ley de Seguridad Social que incrementó la edad de la jubilación de sesenta a sesenta y cinco años para los hombres y de cincuenta y cinco a sesenta para las mujeres, se debatió en 85 301 asambleas organizadas por los sindicatos, a las cuales asistieron 3 085 798 participantes. De ellos, noventa asambleas y 28 596 miembros votaron contra la ley. La Federación de Mujeres Cubanas, por intermedio del Centro de Educación Sexual, trabaja en la actualización del código de familia para que se reconozca legalmente la existencia de distintos tipos de familias y para reforzar los derechos de lesbianas, homosexuales, bisexuales y transgéneros. La diputada Mariela Castro planea presentar la legislación en una próxima sesión de la Asamblea.

Las estructuras del gobierno cubano han venido evolucionando desde mediados de los años setenta y lo siguen haciendo. La invención de la democracia socialista es un proceso complejo. Sus deficiencias y problemas no resueltos son los suyos propios –y se miden por sus objetivos–, y no desviaciones de la democracia capitalista. Entre esos problemas no resueltos están los siguientes:

a) Liderazgo político y productores asociados. La membresía en la Asamblea Nacional no es un empleo de tiempo completo. Los delegados tienen empleos regulares, y, dado que fueron nominados, es probable que participen también en cierto número de organizaciones locales. Están muy presionados por el tiempo y no tienen asesores que los ayuden. En una sociedad en la que la división sexista del trabajo sobrevive en muchos hogares, este es un problema especialmente agudo para las mujeres. El cargo no conlleva ningún privilegio. Exige mucho de quien lo desempeña y a menudo es fuente de frustración, cuando todo lo que puede hacer el delegado es explicar por qué un problema no puede solucionarse por el momento. La tasa de renovación es alta, tanto porque las personas deciden no volver a ser candidatos como porque los votantes son muy exigentes y críticos.

Es deseable contar en la Asamblea Nacional con miembros provenientes de las comunidades, que mantienen fuertes vínculos con sus vecinos, y con expertos en los diversos temas que la Asamblea debe considerar. No siempre las mismas personas cumplen ambas condiciones. Los expertos sueles ser dirigentes nacionales en sus esferas. En una sociedad en la que la educación masiva es un fenómeno nuevo en términos históricos, se le concede un gran valor al conocimiento, lo que puede implicar que se nomine a los jefes de las organizaciones. De ahí que el parlamento del pueblo no esté compuesto fundamentalmente por obreros, sino por líderes de obreros (Un poco menos de la mitad de los diputados, fundamentalmente los que también son delegados en sus municipios, son obreros).

Al visitante norteamericano que considera que la dirigencia es antagónica con la membresía de fila, y que están en una relación de «ellos y nosotros», esto le resulta sospechoso. Puede considerarse que una brecha en las condiciones de vida y la ideología entre los dirigentes y los miembros de fila podría socavar la naturaleza democrática del proceso. Durante el Período Especial, las desigualdades aumentaron en Cuba, aunque no entre los dirigentes y el resto de la población. Los nuevos ricos son más bien quienes reciben dinero de sus parientes de Miami, o quienes trabajan en los hoteles o compañías extranjeras, donde tienen acceso a los dólares, o los dueños de los pequeños negocios que se han legalizado, o quienes operan en la economía informal (mercado negro).

Pero si los dirigentes a nivel nacional que cuentan con los conocimientos necesarios no siempre están vinculados a sus distritos y a la población, puede que no sean conocidos por la mayoría de los votantes ni tengan una relación con ellos. He oído a algunos comunistas leales declarar que no votarían por personas que no conocen. Por tanto, como ocurre en muchas elecciones europeas, a los votantes se les insta a votar por la candidatura completa y no por candidatos individuales. Estos han sido propuestos por los comités de nominación por sus conocimientos, pero es muy probable que se elimine a quienes se considera demasiado críticos.

La ideología cubana entiende que la sociedad se torna cada vez más democrática mediante una amplia participación y el esfuerzo por lograr consensos. Desde los primeros grados, los niños eligen representantes de aula, y en todas las organizaciones de masas los dirigentes son electos. En cierto sentido, el proceso consultivo desdibuja la distinción entre gobierno y sociedad civil, un giro inesperado hacia «la extinción gradual del estado» que Lenin anticipara. Es más cercano a la realidad considerar que todas las organizaciones de masas son órganos de la sociedad.

Peter Roman describe de la siguiente manera la Asamblea Nacional:

La Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP) funciona sobre la base de cinco principios. Primero, debe ser representativa de la sociedad cubana. Por tanto, los diputados provienen de la mayoría de los sectores y ámbitos de la sociedad, lo que incluye expertos en economía, agricultura, salud, educación, deportes y otras áreas que supervisa la Asamblea Nacional. Segundo, debe sostener un contacto y una relación estrechos con la población. Ello se logra, en buena medida, gracias a que casi la mitad de los diputados son también miembros de las asambleas municipales. Tercero, la Asamblea debe consultar con los votantes, los diputados, los expertos, las partes interesadas, funcionarios gubernamentales, el Partido Comunista de Cuba (PCC), la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) y las organizaciones de masas las leyes que se proponen y la determinación de las listas de candidatos. Cuarto, debe permitir la expresión de la oposición en lo que respecta a las medidas que se debaten, tales como acápites específicos de las leyes propuestas, pero no de la oposición organizada o una oposición que ataque el sistema. Y quinto, su papel es reconciliar las diferencias para alcanzar consensos antes de presentar las medidas a sus sesiones plenarias. [4]

La relación entre las organizaciones locales y las instancias superiores varía mucho. Un amigo se negó a ser electo secretario general del núcleo del PCC en su centro de trabajo porque decía que su función se limitaba a trasladar instrucciones de las instancias superiores acerca de las tareas a realizar. Otro, un diplomático, me dijo que el núcleo de su misión diplomática debate sobre todo las tareas de la misión y tiene poco tiempo para discutir cuestiones políticas. Cuando les conté lo anterior a algunos amigos de otro centro de trabajo se mostraron indignados. Su núcleo siempre sostiene debates políticos y había encabezado la demanda de que se despidiera al director de la empresa por no atender las necesidades de los trabajadores. Asistí a una discusión con miembros de un núcleo de otro centro donde planificaban cómo presentar su enfoque ecológico sobre el desarrollo en una reunión nacional, y anticipaban la oposición de quienes seguían fascinados con la tecnología «avanzada» y consideraban que la ecología era mera nostalgia de una mítica edad de oro. Un estudiante me describió los debates sostenidos en su aula de secundaria acerca del rock and roll: el tema era si se podía separar la música del estilo de vida de sus practicantes.

Aun con todas sus dificultades, las estructuras formales del gobierno cubano resultan adecuadas para que los productores asociados conduzcan la sociedad. Los factores limitantes son más ideológicos que formales. Entre ellos, el primero es la mentalidad de plaza sitiada como respuesta al hecho de que tres generaciones de cubanos han vivido sujetas a la agresiva hostilidad de los Estados Unidos. Esta no es una excusa para las escaseces e ineficiencias, sino un verdadero factor de la vida en Cuba.

b) Identidad y diferencia. Un segundo problema no resuelto es que en la historia cubana abundan los ejemplos de sublevaciones revolucionarias fracasadas debido a la desunión entre sus miembros. De ahí la alta prioridad que se le concede a la unidad, que no siempre distingue entre acción enemiga y desacuerdo, y, por tanto, fomenta la timidez a la hora de expresar grandes diferencias de opinión. La metáfora militar del asedio está muy extendida. Una valla habanera, muy común durante el Período Especial, mostraba un retrato de Fidel vestido de uniforme y la consigna «¡Comandante en Jefe, ordene!», lo que sin dudas no alentaba el pensamiento crítico.

Las maneras de referirse a Fidel Castro son diversas. Antes de su retiro, la prensa reproducía la lista de sus cargos, esto es, presidente de los Consejos de Estado y de Ministros y primer secretario del Partido. Ahora se le llama líder de la revolución. El papel de Fidel en Cuba es dual: es un símbolo de la revolución y el político más capaz del país. Pero el primero de esos dos papeles es el predominante y desalienta la crítica. También fomenta los estereotipos, el consignismo y las expresiones de aprobación rutinizadas. Lo más irritante son los discursos leídos por niños muy pequeños en las Tribunas Abiertas, en los que se incluyen palabras que no pueden haber escrito por sí solos y quizás apenas entienden.

La prioridad que se le concede a la unidad también le establece límites al debate, dado que las personas no quieren que se las margine por parecer demasiado negativas. Quizás puedan temer que no se les tome en serio y después se les relegue a la hora de las promociones o del acceso a bienes escasos, que se conceden a quienes hacen «contribuciones a la sociedad». La deferencia hacia los dirigentes respetados a menudo sirve como disuasivo a las señales de alarma.

Estuve presente en un foro en el que un participante se mofó de la participación recitando:

Yo participo

Tú participas.

El y ella participan.

Nosotros participamos.

Ellos deciden.

Esto es injusto como generalización, poro sí identifica el problema de la toma de decisiones de arriba hacia abajo. Los progresistas sienten aversión por la toma de decisiones «de arriba hacia abajo» por contraposición a la de «de abajo hacia arriba», y por lo que a menudo es lo mismo: el poder centralizado por contraposición a la descentralización del poder. Además de que la centralización se opone a nuestro concepto de la democracia, la criticamos porque muy a menudo conduce a tomar decisiones erróneas al tratar de aplicar en todas partes la misma fórmula, al no reaccionar ante la crítica, al no tomar en cuenta las peculiaridades, necesidades y posibilidades de cada situación; y también porque subutiliza la gran creatividad de las comunidades y los talentos de los individuos. No obstante, la singularidad de lo particular también es un argumento a favor de la centralización, dado que lo que puede ser óptimo para una localidad puede no ser bueno para el país. En Yugoslavia, el control obrero de las empresas a menudo condujo a los colectivos a comportarse como empresas capitalistas en busca de la maximización de las ganancias.

En la agricultura, la crítica a la centralización es también la crítica al monocultivo a escala industrial. Pero no son exactamente lo mismo. Es en el capitalismo donde la propiedad plena y el derecho a alienar la tierra, a decidir cómo se emplea y a disponer de su producto está concentrado en las mismas manos. Pero no tiene por qué ser así.

En algunas sociedades, la tierra pertenece a la comunidad, pero se divide entre las familias para hacerla producir, en ocasiones periódicamente, atendiendo a sus necesidades o su capacidad para darle uso. En otras sociedades, una familia tiene derecho a cultivar y otra a llevar a sus animales a pastar, etc. Al analizar cómo se debe organizar la agricultura, hay que distinguir entre las unidades de planificación, cultivo y remuneración. Las unidades de planificación dependen de las escalas en las que los planes resultan relevantes. La divisoria de las aguas es una unidad natural para algunos fines, y se seleccionan los cultivos según sus demandas estacionales de agua y trabajo y la diversidad requerida para satisfacer las necesidades nutricionales y de consumo de la población. El tamaño deseable de un terreno se relaciona más con el tipo de cultivo y la movilidad de las plagas. Por ejemplo, yo recomendaría que un campo de boniato tuviera unos cuarenta metros de ancho y estuviera flanqueado por matas de plátano, de manera que la hormiga león que vive en los platanales pudiera buscar su sustento entre los boniatos, hacer sus hormigueros alrededor de los tubérculos en desarrollo y repeler al gorgojo del boniato. La unidad de remuneración no puede depender del valor de las cosechas, porque no existe una relación necesaria entre el valor alimenticio y el valor económico de un cultivo. No es justo pedirles a los agricultores que sacrifiquen parte de sus ingresos para que su tierra incremente la producción de la de sus vecinos o satisfaga las necesidades de los almuerzos escolares. Tiene que hacer cierta redistribución de los ingresos entre las unidades productivas para recompensar equitativamente un trabajo igualmente arduo. Lo que se requiere, obviamente, es una planificación en múltiples niveles, según las escalas de los problemas.

Una adecuada división de la autoridad entre los organismos locales y los de niveles superiores no es algo que se pueda establecer de manera abstracta, sino que depende de las circunstancias. En un momento de la década de los sesenta, a una cubana amiga mía, una costurera con muchos años de experiencia en la lucha contra Batista, le pidieron que dirigiera una granja de cría de pollos. Mi amiga no sabía nada de pollos, excepto algunas recetas para cocinarlos, pero en ese momento su selección era acertada, porque los que la eligieron podían estar seguros de que no sabotearía la producción. Los niveles superiores le dieron instrucciones muy detalladas, y ella se sintió agradecida por cada una de ellas. En aquellos momentos, la carencia de personal calificado hacía de la centralización el menor de dos males. Pero a veces las instrucciones pueden llevar a la parálisis. Se suele creer erróneamente que la planificación central significa directivas uniformes para cada lugar, con independencia de las condiciones, cuando puede significar en realidad la coordinación de la diversidad.

Esta faceta de la planificación central está presente de manera similar en la medicina. Es obvio que cada paciente es diferente, y que el médico tiene que ser capaz de tratar a cada uno de ellos como un ser humano completo, combinando el examen físico, la historia clínica, los exámenes de laboratorio y sus impresiones de las entrevistas con él. Pero también es cierto que los médicos poco experimentados necesitan apoyo. Sus errores suelen tener por origen la falta de experiencia, sobre todo cuando se trata de enfermedades poco comunes. Las consultas a larga distancia con los especialistas pueden resultarles útiles a los jóvenes clínicos. Pero sería igualmente erróneo juzgar a partir de una lista de resultados de laboratorio o de informes clínicos sin tener en cuenta la sutil singularidad de cada paciente. Cómo integrar esos dos tipos de conocimiento es un tema de la mayor importancia para la atención primaria, que no puede resolverse de manera abstracta.

Por ejemplo, en 1995, el pueblo de Yaguajay decidió organizar toda su estrategia de desarrollo en torno al tema de la salud. La definieron en términos generales y pronto comenzaron a evaluar el estado de la vivienda, la estructura etaria de la población, la morbilidad y la mortalidad, la atención de salud disponible, la tasa de familias disfuncionales y otros aspectos de la vida en la comunidad. Para hacerlo, llevaron especialistas a nivel nacional de varios ministerios, no para que dirigieran los trabajos, sino para que les proporcionaran los conocimientos necesarios, y todo fue coordinado por la asamblea municipal. Resulta, pues, que la fácil oposición entre lo central y lo local nos impide entender bien las cosas. El problema es cómo integrar «de abajo hacia arriba» con «de arriba hacia abajo», y no de escoger una de las dos cosas.

Los sindicatos están entre las organizaciones de masas que desempeñan un papel vital en el funcionamiento del país. ¿Pero son «sindicatos independientes» en el sentido que le damos a la expresión o «sindicatos controlados por el estado?» Y si son independientes, ¿cómo es que no hay huelgas en Cuba?

De nuevo, el visitante se siente tentado a aplicar criterios perfectamente sensatos a la situación errónea. Las relaciones entre los sindicatos y el estado son diversas. Los sindicatos pueden proponer leyes a la Asamblea Nacional. Muchos diputados son miembros de los sindicatos. Dos veces al año, los sindicatos se reúnen con los ministros para debatir cuestiones de interés mutuo. Los sindicatos auspician debates en todo el país sobre asuntos laborales, y en ocasiones han rechazado propuestas de la Asamblea Nacional. El estado y los sindicatos monitorean conjuntamente el cumplimiento de la legislación laboral (hay muchas violaciones, debidas en algunos casos a ignorancia de la ley, en otros a indiferencia o a no querer mover el bote cuando es urgente producir, y algunas veces a oportunismo). Si no vemos a grupos de trabajadores piquteando frente a las puertas de la Asamblea Nacional es por las mismas razones que no vemos a banqueros o gerentes piqueteando ante el Congreso o la Casa Blanca: ya es de ellos, e incluso si se sienten insatisfechos con algunas decisiones específicas, saben que tienen un interés compartido.

c) Burocracia e innovación. Una queja frecuente de los cubanos y los visitantes extranjeros es la burocracia. Una parte demasiado grande de la vida cotidiana se ve limitada por regulaciones y procedimientos que a menudo se aplican de manera rígida a inhumana. Por ejemplo, hay que obtener muchos documentos para hacer alguna modificación constructiva en el hogar, y las oficinas a las que hay que acudir en busca de esos documentos pueden estar en lugares alejados, o cerradas cuando llega el solicitante -aunque llegue a una hora en que deberían estar abiertas-y, mientras tanto, el interesado ha tenido que faltar al trabajo para ir y no atiende sus propias responsabilidades. O el personal que trabaja en la oficina gubernamental puede estar completamente enfrascado en una conversación y no mostrar el menor interés por las necesidades de quien acude a ella, y cuando finalmente ya están todos los papeles no se puede ir simplemente al mercado a comprar un saco de cemento. Un innovador que tenga una idea brillante a medio elaborar no puede ir corriendo a la esquina a comprar un muelle y tres baterías. (Este es el tipo de quejas que figura de manera más prominente en la sección de correspondencia de Granma, que se publica los viernes.)

Pero no se trata de simple ruindad. La burocracia surgió históricamente como el antídoto burgués al capricho feudal en la concesión de privilegios y la imposición de sanciones. El ideal de la aplicación uniforme del «estado de derecho» con independencia de los individuos resulta muy atractivo y forma una parte importante de la conciencia estadounidense en respuesta a la anarquía imperante en la frontera. Además, para mantener las prioridades y la justicia hacen falta procedimientos conocidos. La frustración de no poder entrar a una tienda y comprar un saco de cemento garantiza que una clínica o una escuela tienen la primera prioridad para la utilización de recursos escasos. Por tanto, la escasez de recursos hace necesarios los procedimientos formalizados.

Nuestro rechazo a la burocracia se basa en que interpone muchos procedimientos entre una necesidad y su solución, aplica la misma medida a todo de modo inhumano, sin atender a las circunstancias individuales, o bien es violada por los burócratas por razones malsanas u oportunistas. Además, la mentalidad burocrática se resiste a la crítica, el cambio y las quejas. El ideal sería un estado de derecho flexible que se aplicara de modo que tratara a cada quien según sus necesidades. Pero esto exige un alto nivel de conciencia y compromiso del personal burocrático, y un estrecho control por parte de la comunidad. Ello se logra de manera desigual en Cuba, aunque el movimiento de «atención al hombre» es un paso en esa dirección.

d) Socialismo y medios de comunicación. La democracia es, ante todo, la movilización de la inteligencia colectiva para solucionar problemas comunes. Cómo se logra es en sí mismo un reto importante. En la antigua Atenas, modelo de democracia (sólo para los hombres libres), no había prensa, por supuesto. El teatro era un órgano importante de formación de opinión, y las obras del teatro griego clásico a menudo eran polémicas y sátiras acerca de personajes públicos famosos. Los versos de los trovadores medievales, las rimas infantiles y otras formas artísticas también fungieron como focos de comentarios y formación de opinión.

Los observadores que examinan los niveles de democracia a menudo centran su atención en indicadores específicos que pueden o no resultar apropiados. La prensa cubana de circulación masiva no se ajusta a nuestra imagen acerca de lo que debe ser, y desde hace mucho no es, la prensa en nuestro país. Su cobertura de noticias es escasa, y muchos artículos se refieren a conmemoraciones históricas o eventos formales, visitas de diplomáticos, etc. Es, por tanto, un cruce entre un periódico y una revista. Se ha producido un aumento del periodismo investigativo en los últimos años, sobre todo de artículos que examinan por qué una empresa no cumple su misión. Las cartas a Granma, que se publican los viernes, no sólo se quejan de las muchas frustraciones de la vida diaria, sino que también incluyen las respuestas a esas quejas de las empresas criticadas. Otras publicaciones, como Havana Times y Temas, publican un rango más amplio de opiniones.

En sentido general, la prensa cubana no es el órgano de formación de opinión que los liberales imaginan en sus idealizaciones de la prensa en el capitalismo. En otros tiempos, en las trece colonias, cuando había una imprenta en cada esquina y cada impresor era un editor, y cada editor tenía opiniones vívidas, la «libertad de prensa» era la libertad para oponerse al dominio británico y debatir las vías para conquistar la independencia. Ese tiempo feliz acabó hace mucho. Cuando los medios de comunicación están monopolizados, cuando los anuncios comerciales son la «libertad de expresión» y la guerra psicológica y la manipulación se han convertido en una ciencia, cuando los costos de publicación se han incrementado tanto que no están al alcance de las causas impopulares, la libertad de prensa se ha tornado una caricatura de lo que finge ser. Los especialistas en la guerra psicológica pueden calificarse a sí mismos de periodistas, cubrirse con un manto de objetividad y exigir la protección que esa profesión ha demandado tradicionalmente y algunas veces ha obtenido. De ahí que descubro que no estoy por la «libertad de prensa». Estoy por el derecho de los trabajadores y los oprimidos a tener acceso a la información y la oportunidad de debatir sus preocupaciones. Cómo llevarlo a la práctica no es un problema menor, pero no se resuelve con llamados generales a la «libertad de prensa». En Venezuela y Argentina se han aprobado nuevas leyes encaminadas a distribuir la banda de transmisiones nacional entre el estado, las comunidades y organizaciones populares, y la empresa privada. Estas leyes contradicen la libertad del mercado, pero amplían el nuevo tipo de democracia que se está inventando justo ante nuestros ojos.

e) Democracia en el contenido y en la forma. Muchas otras consignas democráticas son igualmente descaminadas cuando se las toma como principios absolutos y no como medios válidos para alcanzar fines humanitarios. Por ejemplo, en la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos, se denunciaba la «segregación» y la «discriminación». En el contexto del racismo imperante era una demanda obvia, justa e inspiradora. Entonces el bando contrario inventó la «discriminación inversa» para socavar la acción afirmativa. Por tanto, las universidades negras y los cursos universitarios exclusivos para mujeres llegaron a verse formalmente como una forma de segregación, cuando, en realidad, las instituciones exclusivamente blancas y exclusivamente masculinas son órganos del racismo y el sexismo, mientras que las escuelas o clases exclusivamente afronorteamericanas o femeninas son ambientes seguros para los miembros del grupo oprimido que no quieren pasarse su etapa de estudiante justificando su existencia. Algunos querrán poner en jaque el monopolio de los blancos o de los hombres y se aventurarán a entrar en la guarida del león, mientras que otros necesitan apoyo y seguridad para florecer y acumular fuerzas y después volver a salir al exterior Me doy cuenta entonces de que no estoy en contra de la «segregación», sino del racismo y el sexismo. Es un error frecuente convertir un medio efectivo en una cuestión de principio y después parecer hipócritas cuando resulta que, después de todo, no es lo que realmente queremos.

En la América Latina se han producido movimientos revolucionarios en varios países, que han tenido diversos grados de éxito. Algunos han llegado solos al gobierno (Guyana) o como parte de coaliciones (Chile, Uruguay, Brasil). Otros se han hecho del poder del estado (Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador). Cada uno de ellos es diferente, tanto porque las situaciones políticas de cada uno difieren como porque sus ideologías también muestran ciertas discrepancias. Es posible examinar esas diferencias con una lupa y contraponer las experiencias sobre la base de un determinado criterio, por ejemplo, si llegaron al gobierno mediante el triunfo en unas elecciones, movilizaciones de mases, una lucha armada o alguna combinación de lo anterior. Así, Mark Cooper, en The Nation, considera que Salvador Allende y Fidel Castro son opuestos, y apoya al primero y denuncia al segundo. Pero esos dos líderes no pensaban lo mismo. Allende fue siempre un aliado de Cuba y ayudó a escapar a los sobrevivientes de la guerrilla boliviana del Che después de su derrota. Cuba honra a Allende como a un héroe revolucionario. Lo importante de todos ellos es que encabezaron rebeliones populares contra las viejas oligarquías que mandaban en sus países en alianza con el imperialismo estadounidense. Cada quien tiene su propia historia y se desarrolla dentro de sus propios límites.

Todos han tenido relaciones distintas con «el estado de derecho». Pero el «estado de derecho» no puede avalarse inequívocamente sin preguntarnos primero: «¿Qué derecho?» De ahí que en Brasil, donde el Partido de los Trabajadores gobierna sólo en coalición, el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra hace tomas de tierras en franca violación de los derechos de propiedad que el gobierno está obligada a sustentar. En Cuba, la reforma agraria se hizo por ley. En Bolivia, Ecuador, Venezuela y Honduras, gobiernos progresistas hicieron un llamado a la redacción de nuevas constituciones y a realizar una «refundación» de cada uno de esos países sobre la base de combinaciones de democracia representativa y participativa, para que el estado de derecho se acercara lo más posible a las demandas de justicia e igualdad.

Crítica revolucionaria

Como dice la famosa cita de C. Wright Mills en Listen, Yankee!, «Estoy a favor de la revolución cubana. No me preocupa, sino que me preocupo por ella y con ella:» [5] Podemos tomar sus palabras como un principio general. El punto de partida para examinar una sociedad socialista que surge es un 100% de solidaridad con la revolución, una apreciación de su significación histórica mundial y un profundo gozo por sus logros. Ello exige una defensa incondicional de la revolución contra todos los intentos de reestablecer la explotación capitalista y el dominio imperialista.

Un 100% de compromiso con la revolución no significa estar de acuerdo con todas sus decisiones o sentirse satisfecho con todo lo que sucede en ella, o incluso ni siquiera sentir un total aprecio por todos sus dirigentes. La crítica es una parte integral del compromiso revolucionario, y la disposición a examinar las cosas de manera crítica debería considerarse uno de los requisitos para ser miembro de las organizaciones revolucionarias. Pero la crítica de la revolución tiene como objetivo fundamental la corrección de sus debilidades, No puede evitarse, pero tampoco debe ser la manera fundamental de participar. El visitante debe apoyar la revolución, aprender de ella y gozarse con ella.

La crítica revolucionaria significativa tiene tres prerrequisitos fundamentales:

La crítica debe surgir de una participación basada en el apoyo. Las críticas de los visitantes que participan en calidad de aliados y contribuyen a alcanzar objetivos compartidos pueden ser útiles y bienvenidas. Hay que recordar dos cosas: es la revolución de ellos, emprendida por personas muy parecidas a nosotros que enfrentan tareas que nadie está nunca totalmente preparado para enfrentar, y que son víctimas de una hostilidad crónica y de dificultades y frustraciones inmediatas y cotidianas. Contemplamos sus esfuerzos con admiración, simpatía y amor. Pero hay que recordar a la vez que también es nuestra revolución, ya que forma parte de un proceso global en el que todos tenemos cosas en juego, obligaciones y derechos.

La crítica tiene que estar basada en el conocimiento y en la comprensión del lugar y el momento. El primer elemento de la comprensión es el conocimiento de la historia y la cultura del país, de dónde viene, qué tratar de lograr, cuáles son sus obstáculos fundamentales. Tenemos que saber si lo que vemos es un rezago del pasado, un avance parcial, una concesión a fuerzas retrógradas o un problema no detectado. Y si se trata de una concesión, ¿se le reconoce como tal o se la exhibe como un socialismo creativo? Es importante conocer los contextos de cada decisión. La crítica tiene que basarse en las realidades sociales, históricas e intelectuales de un país, de modo que las observaciones se puedan ubicar en su contexto y los tontos y arrogantes errores producidos por la ignorancia logren evitarse. Mientras más profundos sean el conocimiento y la comprensión en simpatía, mientras mayor sea la capacidad para distinguir entre el desarrollo socialista a largo plazo y los zigzags de la fortuna, más precisa y útil será la crítica.

La crítica tiene que nutrirse de la teoría para evitar que nos abrume lo inmediato, aunque sin ser indiferentes a ello. La experiencia cubana nos permitirá ver con más escepticismo las consignas de la democracia liberal, no para arrasar con ellas, sino para apreciarlas en su relativa validez y su limitación última. Contribuir a ubicar el socialismo incipiente en el contexto de la historia mundial y la sobrevivencia de nuestra especie, viendo tanto la continuidad como la discontinuidad de nuestra evolución social, también nutrirá nuestras propias luchas en nuestro país.

Bon voyage!



[1] Circles Robinson, Havana Times, septiembre del 2008.

[2] Bill McKibben, Deep Economy (Nueva York: Times Books, 2007), 41.

[3] Este es un ejemplo de una pareja de afirmaciones que, tomadas por separado son falsas, pero que, si se toman en conjunta, son verdaderas. Otro ejemplo es el siguiente: «La salud está socialmente determinada… cada persona es responsable de su propia salud.»

[4] Ponencia presentada en el simposio «Cuba Today: Continuity and Change since the ‘Periodo Especial,'» Cuba Project, Bildner Center for Western Hemisphere Studies, Graduate Center, City University of New York, 4 de octubre del 2004.

[5] C. Wright Mills, Listen, Yankee! (Nueva York: Ballantine, 1960), 179.

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Texto en Inglés : http://www.monthlyreview.org/100401levins.php

Nota de los editores

Richard Levins ( [email protected] ) es un subversivo de tercera generación, antiguo granjero, ecologista y veterano de varios movimientos: el independentista puertorriqueño, Science for the People, contra la guerra, por la educación marxista y otras buenas causas. Es profesor de Ecología Humana en la Harvard School of Public Health e investigador extranjero adjunto del Instituto de Ecología y Sistemática de Cuba. Es coautor, junto a Richard Lewontin, de Biology Under the Influence (Monthly Review Press, 2007).