Recomiendo:
0

Prólogo a la edición mexicana de El Capital, Historia y método

Con Marx y con Zapata, después del posmodernismo

Fuentes: Rebelión

El marxismo constituye una concepción del mundo, de la sociedad y de la historia de carácter universal. Por su escala de análisis, por el alcance de sus pretensiones políticas de cambios sociales radicales (que jamás se conforman con la tímida e inviable ilusión de construir «el socialismo en un solo país») y, fundamentalmente, por su […]

El marxismo constituye una concepción del mundo, de la sociedad y de la historia de carácter universal. Por su escala de análisis, por el alcance de sus pretensiones políticas de cambios sociales radicales (que jamás se conforman con la tímida e inviable ilusión de construir «el socialismo en un solo país») y, fundamentalmente, por su método dialéctico.

El corazón de este método -que tratamos de auscultar en el libro- reside en la categoría de «totalidad concreta». Hoy, más que nunca antes en la historia, la totalidad social más concreta, la más múltiplemente determinada, es la sociedad capitalista mundial. El marxismo pretende ser una teoría que la explica críticamente mientras señala sus tendencias latentes y sus crisis potenciales, esforzándose por trazar un rumbo para su derrocamiento y su transformación radical.

Ahora bien, ese carácter universalizante no está reñido con la contextualización histórica de cada aproximación a El Capital. Toda lectura está moldeada por un ángulo de abordaje y condicionada por una perspectiva. No puede ser igual la lectura evolucionista de El Capital que canonizó la socialdemocracia alemana a fines del siglo XIX que la que impulsaron los bolcheviques, a instancias de Lenin, desde abril de 1917. (No casualmente Antonio Gramsci caracterizó a la revolución socialista rusa como una «revolución contra El Capital«… es decir, contra El Capital tal como lo entendía la ortodoxia kautskiana-plejanoviana). No hay equivalencia posible entre el desciframiento del marxismo que en forma abierta propiciara el peruano José Carlos Mariátegui en los ’20 y la codificación cerrada que impuso burocráticamente el ítalo-argentino Victorio Codovilla a partir de los años ’30. Del mismo modo que no pueden homologarse las recetas y manuales oficiales de las Academias de Ciencias de la URSS con los seminarios de lectura y grupos de discusión sobre El Capital en los que participaron Fidel Castro y principalmente el Che Guevara en la Cuba de inicios de los ’60.

Cada generación construye -o debe construir, cuando el marxismo se resiste a convertirse en un calco y una copia- su propio acercamiento al pensamiento de Marx. Esa aproximación no puede hacerse en forma deshistorizada. Nuestras preguntas e interrogantes están impregnados por los problemas, las preocupaciones y los debates que han marcado nuestra experiencia política. Nadie puede eludir -consciente o inconscientemente- esos presupuestos básicos subyacentes. Nosotros tampoco.

Por eso, intentar leer, estudiar e interrogar El Capital desde el México contemporáneo (como nosotros intentamos hacerlo desde Argentina) presupone dar cuenta y hacerse cargo de la propia historia del marxismo mexicano, de sus avatares, sus aportaciones y sus límites.

En nuestro aprendizaje intelectual y nuestra propia historia -de donde surge el presente intento de leer y comprender El Capital– el marxismo elaborado en México ha estado sumamente presente.

Por ejemplo, existe un pensador (de origen español pero que ha trabajado su original interpretación del marxismo en el contexto cultural mexicano) que ha dejado su huella indeleble en nuestros estudios. No ha sido el único, pero sí uno de los más importantes maestros y guías inspiradores (junto con Antonio Gramsci, el joven Lukács, Isaac Rubin, el Che Guevara, José Carlos Mariátegui, Michael Löwy, entre varios otros). Nos referimos, obviamente, a Adolfo Sánchez Vázquez -con quien nos une una entrañable amistad, además de nuestra sincera admiración político-intelectual por la coherencia ética de su trayectoria- y su filosofía de la praxis. Aunque el grueso de su producción marxista no gira específicamente sobre El Capital, su obra nos ha servido para terminar de saldar cuentas con las lecturas e interpretaciones predominantes en la vulgata stalinista.

La tarea pedagógica realizada en México por Sánchez Vázquez ha resultado para nosotros muy importante, no sólo por sus propios textos y clases sino también por la publicación de toda la literatura marxista heterodoxa que él impulsó como director de la colección Teoría y praxis de editorial Grijalbo (muchos de esos textos están presentes de una forma u otra en este libro). Esta colección imperdible formó parte de una constelación todavía mayor: el amplio abanico editorial mexicano -donde merecen destacarse, junto con Grijalbo, ediciones ERA y Siglo XXI, entre otras- que durante los ’60 y ’70 difundió en gran escala el pensamiento de Marx y su tradición. Aun hoy, quien recorra las librerías de textos viejos y usados en el distrito federal de México se chocará con una increíble biblioteca de clásicos marxistas. Para un lector argentino esa imponente acumulación de títulos -ya desgraciadamente ausente de las librerías mexicanas actuales- resulta sobrecogedora, fundamentalmente si la comparamos con lo editado de marxismo en Argentina, Chile o Uruguay durante los últimos cuarenta años. El contraste -notablemente favorable a México- es abrumador. Los recurrentes golpes de estado del cono sur de nuestra América, la quema de libros y de personas, el asesinato masivo de ideas y de compañeros de ideas, los exilios forzados y los recurrentes maccartismos, han dejado su sucia huella en nuestra cultura política y en la pobreza editorial de literatura marxista en cada uno de nuestros países. Algo no muy distinto podría decirse sobre la aridez en cuestiones de marxismo de nuestras bibliotecas públicas, incluyendo las universitarias.

Junto con la obra de Sánchez Vázquez y el inestimable papel de las editoriales mexicanas, en nuestra formación también ha sido muy importante poder contar con revistas teóricas editadas en México. Entre otras no podemos olvidarnos de Dialéctica (impulsada por Gabriel Vargas Lozano); Cuadernos Políticos (orientada por Ruy Mauro Marini, Bolívar Echeverría y Carlos Pereyra, entre otros) y Críticas de la economía política (editada en su versión latinoamericana por Alejandro Gálvez Cansino).

A pesar de esta evidente asimetría entre la divulgación editorial marxista de México y la del cono sur latinoamericano, no todo ha sido un lecho de rosas para el marxismo mexicano. La cooptación estatal o la conversión planificadamente inducida del pensamiento marxista en objeto de consumo exclusivamente académico también se han hecho allí presentes. Los sutiles pero poderosos mecanismos de disciplinamiento intelectual, neutralización de toda disidencia radical y la cooptación política de la burguesía mexicana han constituido, lamentablemente, la otra cara de la moneda de aquella «tolerancia» y aquel «pluralismo» ideológico que llama la atención de los sudamericanos. Mientras que en Argentina el marxismo era perseguido a sangre, tortura, fuego, desaparición y muerte, en México era permitido y hasta subvencionado… a condición de que no se animara a cruzar el límite del perímetro universitario.

Allí están todavía los jóvenes impunemente masacrados en Tlatelolco en 1968 para corroborarlo. Siempre que se pongan en discusión los rígidos parámetros de la «tolerancia» represiva del capitalismo el poder feroz del capital -ese mismo que viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros- muestra su verdadero rostro. México -el de ayer, el de hoy- no es la excepción. La cultura crítica, especialmente en el caso de la herencia de Marx, tiene que vérselas tarde o temprano con el poder. No nos hagamos falsas ilusiones.

El poder, siempre el poder. La gran preocupación del marxismo. El ABC de toda revolución, según el Che Guevara.

Lejos de nosotros ese relato de ficción posmoderna y su doctrina del «poder difuso» que estaría supuestamente en todos lados y que todos lo tendríamos todo el tiempo. Sospechamos que esto no es cierto. En el mundo contemporáneo, el de la globalización de los mercados y la mundialización del capital, el poder está cada vez en manos más reducidas, crueles y agresivas. Los pueblos estamos progresivamente más explotados, sojuzgados, dominados y sometidos. No es eludiendo ni evadiéndose ilusoriamente de esta realidad aplastante y opresiva como vamos a emanciparnos en forma colectiva.

De allí que indagar e interrogar El Capital desde la crítica de la economía política pero también desde la teoría marxista del poder y la dominación constituya una de las obsesiones del presente libro.

Para nosotros el poder constituye una relación social de fuerza entre las clases, que atraviesa íntimamente tanto el plano de la economía, como la esfera de la política y el terreno de las subjetividades sociales y sus representaciones ideológicas en pugna.

Sin embargo, esa caracterización de alcance general se encuentra siempre históricamente situada. Tomamos distancia, descreemos y cuestionamos toda metafísica… incluyendo las metafísicas del Poder (con mayúsculas) popularizadas por diversos pensadores postestructuralistas de La Sorbona. No es cierto que lo único que interese sea «cómo funciona el poder», sin importar qué clases sociales lo ejercen. Ambas dimensiones son fundamentales. Sin atender a sus condicionamientos históricos y determinaciones clasistas, el poder se vuelve un demiurgo dotado de vida propia, un nuevo dios ante quien hay que arrodillarse. Se transforma en un nuevo fetiche (por más que se lo enmascare o maquille con la jerga «pluralista» y seudolibertaria del postestructuralismo y el posmodernismo). El poder está siempre atravesado por la lucha de clases que se desarrolla en la historia. Luego, no hay ni existe ningún poder omnímodo, transhistórico, por más absoluto que parezca. De allí que la historia constituya una dimensión imprescindible, tanto para analizar el entramado social que lo conforma en la sociedad capitalista como para comprender las diversas conceptualizaciones teóricas que las ciencias sociales han elaborado acerca suyo.

Sin historia, el poder se torna incomprensible. Gravísimo error metodológico el de aquellos compañeros y teóricos, con pretensiones libertarias u «horizontalistas» (apresurados impugnadores, dicho sea de paso, de la herencia de Lenin y el Che Guevara…) que pretenden teorizar sobre el poder, la revolución y el cambio de la sociedad en abstracto, en general, de forma radicalmente desterritorializada y completamente al margen de la historia. El imperialismo capitalista de nuestros días, de alcance y poder mundial, opera a partir de territorialidades bien concretas. Las resistencias antiimperialistas y anticapitalistas también.

Tenemos el máximo respeto por estos compañeros. No nos confundimos. Son compañeros. No son «el enemigo». Sin embargo, sin perder nunca el respeto (que jamás debemos abandonar), discrepamos. Creemos ilegítimo apelar al atractivo iconoclasta de la militancia altermundista o incluso a la autoridad moral del zapatismo mexicano para contraponer en forma artificial las luchas libertarias contra las luchas de inspiración marxista, como si ambas fueran dicotómicas y mutuamente excluyentes.

Cualquiera que se imagine que la perspectiva política que nutre sus raíces en la tradición de Emiliano Zapata es opuesta o inclusive contradictoria con el pensamiento marxista de Lenin (y sus herederos), bien haría en recordar aquella hermosa carta que el líder de la revolución mexicana escribiera en Tlaltizapán, Morelos, el 14 de febrero de 1918 (publicada por primera vez en mayo de ese año en el diario El Mundo de La Habana). Trazando un paralelo directo entre la rebeldía de los campesinos insurrectos de México y la revolución bolchevique de obreros y campesinos encabezada por Lenin y Trotsky, entre muchas otras cosas Emiliano Zapata afirmaba: «Mucho ganaríamos, mucho ganaría la humanidad y la justicia, si todos los pueblos de América y todas las naciones de la vieja Europa comprendiesen que la causa del México Revolucionario y la causa de Rusia son y representan la causa de la humanidad, el interés supremo de todos los pueblos oprimidos. […] Aquí como allá, hay grandes señores, inhumanos, codiciosos y crueles que de padres a hijos han venido explotando hasta la tortura a grandes masas de campesinos. Y aquí como allá los hombres esclavizados, los hombres de conciencia dormida, empiezan a despertar, a sacudirse, a agitarse, a castigar. […] No es de extrañar, por lo mismo, que el proletariado mundial aplauda y admire la Revolución Rusa, del mismo modo que otorgará toda su adhesión, su simpatía y su apoyo a esta Revolución Mexicana, al darse cabal cuenta de sus fines».

Sólo a condición de menospreciar la historia o desconocerla olímpicamente se puede contraponer a Zapata con Lenin o Marx.

Apelando entonces a diversos prestigios prestados, el relato posmoderno pretende disolver el poder despótico del capital por arte de magia y con un simple decreto filosófico. La misma operación realiza cuando se trata de acabar de un plumazo con los sujetos sociales.

Esta corriente de pensamiento, de amplia difusión en los grandes monopolios de la comunicación, repentinamente labra el acta de defunción del sujeto revolucionario, reemplazándolo sin mayores trámites ni explicaciones por los «nuevos» movimientos sociales, concibiendo a cada uno de ellos como si estuviera encerrado en sus respectivos e intraducibles juegos de lenguaje. De este modo, no sólo se «evapora» misteriosamente el poder bestial y despiadado del capital sino que también se «disuelve» la posibilidad de resistir y enfrentar organizadamente al conjunto de dominaciones que el capital entreteje, subsume, reproduce y amplifica.

Esta operación discursiva, puramente especulativa, no captura ni aprehende lo que efectivamente sucede con la globalización del capital. Si bien es cierto que durante los últimos cuarenta años han florecido nuevos sujetos de lucha, eso no implica que ya no exista el sujeto de la revolución. ¡Por el contrario! Ese sujeto se amplía, se multiplica y puede llegar a crecer en radicalidad, a condición de que las diversas luchas y resistencias puntuales logren conformar un nuevo bloque histórico, articulando fuerzas sociales heterogéneas dentro de una estrategia política unificada que las potencie, centrada principalmente en el antiimperialismo y el anticapitalismo. ¡La diversidad y pluralidad de sujetos no es necesariamente sinónimo de fragmentación, dispersión, reformismo e impotencia política!

Al intentar profundizar en el método dialéctico y en El Capital entendido como texto central de la teoría crítica marxista -tanto de la explotación como de la dominación- nos proponemos retomar una tradición injustamente «olvidada». Ya es hora de dejar atrás ese lamento permanente, paralizante, desmoralizador y lacrimógeno, por «los buenos viejos tiempos que se han ido y no volverán». Dejemos la añoranza y la nostalgia de los años ’60 a la moda retro. Las mejores luchas, las más radicales y audaces, todavía no han sucedido. El desafío que la nueva época nos pone por delante consiste en recuperar la iniciativa política y la ofensiva teórica.

Tomando en cuenta ese desafío este libro está dedicado principalmente a las nuevas generaciones. Al emprender esa tarea nos inspira la necesidad de difundir el pensamiento marxista, sin caer en las fórmulas trilladas de la manualística (que aplanaban el pensamiento complejo de Marx para que entre en un cómodo esquema de pizarrón) pero al mismo tiempo sin renunciar a la pedagogía militante. Por eso aquí se apela a un lenguaje comprensible que intenta eludir los tics del elitismo académico así como también las simplificaciones de la vulgata tradicional.

Este libro se esfuerza por navegar en ese difícil equilibrio, distante tanto del populismo (que subestima a las clases populares negándoles el derecho a la reflexión teórica y al estudio sistemático) como del aristocratismo intelectual (que confunde jerga esotérica y terminología hermética con profundidad de pensamiento).

Cuando en México, en América Latina y en todo el mundo ya se van desgastando y agotando los proyectos gatopardistas que pretenden aggiornar el capitalismo neoliberal reemplazándolo por… otra variante de capitalismo («humano», «racional», «regulado», «nacional», «keynesiano», de «tercera vía», etc.), volver a leer y estudiar El Capital se torna un reto político y teórico inaplazable. Ha llegado el momento de afrontarlo.

Buenos Aires, 4 de abril de 2005
El Capital, Historia y método (http://www.rebelion.org/docs/3318.pdf)