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En respuesta a Sergio de Castro Sánchez

Consideraciones sobre Darwin, el darwinismo, la izquierda y asuntos afines (II)

Fuentes: Rebelión

«Descubrí, aunque de manera inconsciente e insensible, que el placer de la observación y el raciocinio era muy superior al de la pericia y el deporte». El viaje en el Beagle cambió decisivamente a Charles Darwin en muchos aspectos; en cambio, en otros hizo que se ratificara en sus posiciones y principios. Al llegar a […]

«Descubrí, aunque de manera inconsciente e insensible, que el placer de la observación y el raciocinio era muy superior al de la pericia y el deporte». El viaje en el Beagle cambió decisivamente a Charles Darwin en muchos aspectos; en cambio, en otros hizo que se ratificara en sus posiciones y principios. Al llegar a Brasil, se incendió de indignación ante la esclavitud «que todavía era legal», recuerda Janet Browne, en la antigua colonia portuguesa. El nieto del ilustrado Erasmus Darwin recogió en su diario algunos relatos terribles. Hechos tan repugnantes, llegó a escribir, que si hubiera tenido de conocimiento de su existencia en Inglaterra habría pensado que eran inventados para producir algún efecto periodístico. Sus escritos de aquellos años contienen referencias a las diversas comunidades humanas que encontró durante la trayectoria: a los gauchos (viajó con ellos a través de Argentina), a los indígenas de Tierra de Fuego, a los tahitianos, a los maoríes y a los aborígenes australianos. Su opinión se mantuvo inalterable: todos los seres humanos eran hermanos, no existían «discontinuidades» antropológicas; ningún maltrato era aceptable. La política antiesclavista estaba fuertemente arraigada en la opinión general de su familia. Todos apoyaron los movimientos contrarios a la esclavitud de comienzos del siglo XIX. La ley de emancipación de 1832 la abolía la en Inglaterra. Se gritaron «vivas» y el júbilo se extendió en la familia Darwin.

Janet Browne da cuenta en su historia de El origen de las especies de la única vez en que Darwin, que aunque nunca fue un revolucionario en asuntos poliéticos recibió con cortesía el regalo –Das Kapital I- de su vecino londinense Karl Marx, se enfadó fuertemente, hasta el borde la ruptura, con el capitán del Beagle, FritzRoy [2]. Durante una larga estancia en Brasil, un propietario de esclavos hizo comparecer ante él a todos sus hombres y les preguntó si querían ser libres. Respondieron que no claro está. FritzRoy se dio o quiso darse por satisfecho: aquella respuesta no ofrecía discusión, la pura verdad resplandecía ante sus ojos, la esclavitud estaba en el alma de los propios esclavos. Darwin le señaló lo obvio: nadie correría el riesgo de decir una palabra en sentido contrario, nadie era tan estúpido. FritzRoy salió del camarote donde discutían vociferando, la convivencia ya no era posible. La ruptura entre ambos permaneció en el horizonte durante semanas. Darwin vio con claridad cual era la actitud atemorizaba de los esclavos brasileños. Un día, también en Brasil, así lo cuenta Janet Browne, «mientras un barquero negro le llevaba en trasbordador a través de un río, agitó los brazos distraído para dar indicaciones y quedó horrorizado al ver que el hombre se agachaba de miedo». Pensó, aterrado, que el naturalista inglés iba a pegarle. Era el maldito, injusto e inhumano trato al que era sometido todas las jornadas. Su pan diario.

Darwin desembocó en el muelle de Falmouth en octubre de 1836. Meses después, a principios de 1837, se convenció de que las especies vivas habían surgido sin intervención divina. Por extraño que parezca, comenta Browne, «no sabemos cómo ni cuándo alcanzó esa convicción». La génesis de todo idea original encierra algo de misterio, añade la gran historiadora de la Medicina de la Universidad de Londres. No es el único caso. ¿Cómo surgió en Aristarco de Samos la idea del heliocentrismo? ¿Cómo irrumpió en Plank la discontinuidad energética? Más allá de la manzana caída, ¿cómo dio Newton con la idea de la gravitación universal y con otras grandes conquistas teóricas? Grandes científicos y científicas se han referido al modo en que cuajó en su conciencia un cambio de perspectiva, una nueva «cosmovisión», un cambio categorial. En su mayoría coinciden en afirmar que su mente estaba predispuesta a la irrupción de esa nueva idea, de esa nueva hipótesis, tras años de trabajo, reflexión, desasosiego e incluso de pérdida de rumbo, «y que un conjunto de factores, algunos personales, otros intelectuales, otros circunstanciales, otros imposibles de expresar y otros profundamente sociales y políticos, les llevaron a un determinado punto» [3]. Thomas S. Kuhn -y tantos otros- habló también de ello en La estructura de las revoluciones científicas.

Como ha recordado Stephen Jay Gould, Darwin adoptó un infrecuente enfoque igualitario en torno a las fuentes del conocimiento. Sabía muy bien que «los datos más fiables sobre el comportamiento y la cría de organismos domesticados y cultivados procedían de granjeros y agricultores en activo, y no de señores feudales o autores de tratados teóricos». ¿Obvio? Tal vez. Pero no está mal, nada mal [4]. Sea como fuere, ¿qué papel jugaron autores como Herbert Spencer y Adam Smith en las nuevas ideas que irrumpieron en la mente del naturalista británico? ¿Cuál fue su papel en la larga y decisiva revolución teórica que se puso en marcha en la mente de Darwin tras la vuelta del decisivo viaje en el Beagle?

Las ideas de progreso continuado y la existencia de leyes en la historia humana estaban muy presentes en grupos liberales de la Inglaterra de aquellos años. Amigos de Darwin como Buckle o el propio H. Spencer estaban entusiasmados por los cambios en la sociedad y en la naturaleza. En los escritos de este último, señala Browne [5], estas mismas ideas adoptaban la forma de una ley de la evolución que Spencer aplicaba a animales y plantas con la misma facilidad que a la política, la economía, la tecnología y la sociedad humanas. Valían para un cosido y también para un fregado; la generalización apresurada tendía ya entonces a extender sus alas uniformes. Así, en 1852, Spencer publicó un artículo titulado «The development hipotesis» en el que defendía una teoría general de inspiración lamarckiana de la transmutación animal. No sólo eso. El mismo Spencer alimentó una ambiciosa reformulación de la metafísica cuya primera parte publicó diez años después, en 1862, tres años después de la publicación del clásico de Darwin. Creía Spencer que el progreso social y biológico constituía un continuum, que ambos estaban gobernados por las mismas leyes inmutables y estaban sometidos a las mismas fuerzas de la naturaleza.

Darwin, así lo asegura la editora de su correspondencia, nunca se tomó en serio ninguno de sus escritos. Spencer no había sido bendecido con el don de la claridad. Darwin intentó acercarse a sus obras con la mente abierta pero «por más que lo intentaba, las definiciones de Spencer le parecían sin sentido» [6]. Su estilo era demasiado duro. Nunca llegó a decirlo abiertamente, pero el naturalista estudioso de las orquídeas y los percebes pudo haber pensado que la filosofía spenceriana era, digámoslo así, un pelín extravagante. No andaba muy errado.

En su Autobiografía, ya con menos cautelas, casi al final de su vida, Darwin se expresó en los siguientes términos sobre el «metafísico evolucionista»: «[…] Me dio la impresión de que Herbert Spencer tiene una conversación muy interesante, pero no me cae especialmente bien y no he tenido la sensación de que pudiese llegar a intimar con él (…) Después de leer cualquiera de sus libros, siento por lo general una admiración entusiasta por su talento sin límites y a menudo me he preguntado si en un futuro lejano no llegaría a encontrarse a la altura de los grandes hombres como Descartes, Leibniz, etc, sobre quienes, de todas formas, sé poca cosa. Sin embargo, no soy consciente de haber aprovechado en mi obra los escritos de Spencer. Su carácter deductivo en cada tema es completamente opuesto a mi estado de ánimo. Sus conclusiones nunca me convencen; y una y otra vez he dicho para mis adentros, tras leer una de sus discusiones. «Qué buen tema seria éste para una media docena de años de trabajo» [la cursivas son mías]. La modestia, como querían Engels y Sacristán, es la primera virtud del intelectual; el naturalista inglés no la desconocía. Él, como cualquier otro autor, no es omnisciente ni indiscutible sobre las influencias en su propia obra pero vale la pena dejar constancia de su opinión sobre este asunto controvertido, parcial o totalmente resuelto

Adam Smith es otro nombre a tener en cuenta, otro autor citado frecuentemente. El caso merece ser analizado con cierto detalle.

Muchos científicos, sostiene Stephen Jay Gould [SJG], no acaban de reconocer que «toda actividad mental debe efectuarse en un contexto social y que, en consecuencia, toda obra científica debe estar sometida a una variedad de influencias culturales» [7]. Los que sí aprecian esa conexión, sostiene el gran y malogrado evolucionista usamericano con conocimiento de causa, suelen contemplar esta impregnación cultural como un componente negativo, un nudo invariablemente negativo de la investigación libre: mera ideología versus conocimiento justificado. Las influencias culturales, en fin, son un estorbo, «un conjunto de sesgos que sólo pueden distorsionar las conclusiones científicas» y que, por ello, deben ser combatidas con tesón sin perderlas nunca de vista. Algunas interpretaciones del positivismo clásico, pisando fuerte, hacen aquí acto de presencia. Jay Gould gira temperadamente la mirada, con razones atendibles y fructíferas en mi opinión: «las influencias culturales también pueden facilitar el cambio científico, por razones incidentales, desde luego, pero aun así con resultados positivos cruciales: ¡el principio exaptativo que los evolucionistas deberían apreciar y reverenciar por encima de todo!».

El origen del concepto darwiniano de la selección natural ofrece el ejemplo favorito de «contexto cultural promotor» de SJG. El autor de La riqueza de las naciones entra ahora en escena.

El físico e historiador de la ciencia Silvan S. Schweber, señala el autor de El pulgar del panda, ha trazado la cadena de influencia de la escuela de economistas escoceses «desde principios de 1830 hasta el estudio a fondo de estas ideas por Darwin mientras intentaba desentrañar el papel de la acción individual durante las semanas anteriores a su revelación «maltusiana» en septiembre de 1838″. SJG sostiene que, en su opinión, Schweber, quien documenta numerosas fuentes en las lecturas de Darwin, ha encontrado efectivamente la clave de la lógica de la selección natural y de su atractivo para el naturalista inglés, «en el doble papel de presentar eventos cotidianos y palpables como la materia prima de toda evolución (el polo metodológico) y subvertir el confortable mundo de Paley [el teólogo, el defensor de Dios como diseñador natural] invocando el más radical de los argumentos posibles (el polo filosófico)».

SJG va más lejos. Su tesis ampliativa, expresada sin ropajes: la selección natural es, en esencia, la economía de Adam Smith transferida a la naturaleza. Pero, y éste es el punto -hic Rodhus, hic salta!-, es necesario tomar nota del decisivo (y aparentemente paradójico) corolario que SJG infiere del aserto anterior: «los seres humanos somos agentes morales y no podemos permitir la hecatombe (la mortandad a través de la competencia entre casi todos los participantes) derivada de la competencia individual desatada a la manera del más puro laissez faire». Así, pues, esta es su tesis: «[…] la economía de Adam Smith no funciona en economía; pero la naturaleza no tiene por qué atenerse a las normas de la moralidad humana» [la cursiva es mía]. Es decir, el equivalente natural del laissez faire puro puede funcionar y funciona de hecho, acaso con contraejemplos de interés, en la naturaleza [8], de tal modo que el mecanismo propuesto por el economista escocés encuentra «su más refinada, y quizás única, aplicación en este dominio análogo y no en el de la economía humana».

El principio, o su trascripción o traducción natural, vale para la naturaleza, pero no, en cambio, para el ámbito humano que no es, sin más mediaciones, una simple prolongación de aquel por mucha sociobiología o afín que queramos echarle. Los organismos individuales en la Naturaleza actuarían como actúan aparentemente, porque tampoco es el caso (carteles, acuerdos bajo mano, pactos secretos, oligopolios) las grandes corporaciones en la economía capitalista: sin principios, sin humanidad, sin cooperación, en lucha despiadada por la existencia y por el «honrado penique» (¡todo por la pasta!); el éxito reproductivo natural, por así decir, sería el equivalente económico a la búsqueda y obtención del máximo beneficio corporativo. El punto esencial de la lectura darwinista que nos propone SJG: la teoría de la selección, inspirada en principios de la escuela escocesa de economía (no es posible ni concebible, more geometrico podríamos decir, un Dios-conjunto de expertos que diseñe sin hecatombes y racionalmente la economía humana, algo así como un diseñador social inteligente) vale para el mundo natural (cuando vale, que no es siempre: Frans de Waal nos ha enseñado mucho al respecto) pero no, en cambio, para el ámbito humano. Somos naturaleza, desde luego, pero somos también seres morales.

¿A qué puede llamarse entonces darwinismo? ¿Qué principios o postulados deben aceptar quien quiera llamarse a sí mismo darwinista? La propuesta de SJG: por encima, se aprecia la centralidad teórica de la conclusión de Darwin de que la selección natural se efectúa a través de la lucha entre los organismos individuales, no entre especies ni entre tipo de entidades, por el éxito reproductivo; se reconoce el papel de la adaptación como el fenómeno central que requiere una explicación causal «porque el buen diseño también había sido el problema central para la teología natural [Paley] de tradición británica». Estos dos principios, la actuación de la selección sobre los organismos en competencia como agentes activos y la creatividad de la selección en la construcción del cambio adaptativo, prosigue SJG, «bastan para validar la teoría en su expresión observacional y microevolutiva». La tercera proposición, el tercer postulado, la premisa extrapolacionista, pretende que la selección natural, trabajando paso a paso a nivel organísmico, puede construir la vasta y casi inabarcable panoplia del cambio evolutivo «a base de acumular incrementos pequeños a través de la plenitud del tiempo geológico». El geólogo Charles Lyell, otra gran influencia en Darwin, asoma ahora su amplia cabeza y su importante obra. La combinación productiva de los cambios «infinitesimales» con el ámbito potencialmente infinito de su despliegue temporal daría origen a la enorme diversidad natural que nos rodea, acompaña y abona. En términos digamos «dialécticos»: de la cantidad (imperceptible) a la cualidad (manifiesta); de los pequeñísimos cambios imperceptibles acumulativos a la irrupción de nuevos atributos, diría tal vez Daniel Dennett sin apartarse en exceso de la clásica concepción hegeliano-marxista. Este sería, pues, el contexto histórico básico de la teoría de la selección: su descubrimiento y utilización por Charles Darwin como refutación de la teología natural del diseñador cósmico propuesta por Paley a través de la incorporación de la estructura causal, en el ámbito natural, de la «mano invisible» de Smith.

En contra de la opinión conservadora, que suele hacer tenaz labor de espantapájaros social, las revoluciones no arrasan con todo. No todo cambia, algo permanece. Tampoco la darwiniana alteró sin restos nuestra vieja concepción de la naturaleza y de la vida. Incluso el gran científico británico estuvo convencido de que el resultado de ejercitar determinados órganos podía transmitirse a la generación siguiente [9]. También Kuhn en La estructura nos habló de ello, de ese naufragio-creación con algunos restos viejos y muchas, arriesgadas e incomprendidas propuestas nuevas. Pero no hay duda que el cambio conceptual que abonó Darwin insistentemente, con inaudito trabajo empírico, observacional, reflexión prudente, conjetura sólida y admirable espíritu científico, pocos científicos a su altura, ha alterado profundamente nuestras coordenadas culturales más esenciales. Las más profundas. También, desde luego, cómo si no, las del pensamiento de izquierda que quiera soñar y abonar utopías, rebeldías, resistencias y oponerse al determinismo genético pero que quiera hacerlo con solidez, tocando realidad y sin embarrarse en ella [10].

Notas:

[1] Janet Browne, La historia de El origen de las especies de Charles Darwin, Debate, Madrid, 2007 (traducción de Ricardo García Pérez), p. 32-33

[2] Ibidem, p. 38.

[3] Ibidem, p. 50.

[4] Stephen Jay Gould no olvida otras caras del poliedro Darwin. Darwin se mantuvo fiel a los valores «aristocráticos» en lo que respecta al juicio de su trabajo como científico: le importaba un pimiento la opinión del pueblo, la vox populi, en determinados asuntos, pero le «inquietaba sobremanera las opiniones de unas pocas personalidades bendecidas con esa rara mezcla de inteligencia, celo y conducta atenta que llamamos pericia (una propiedad humana democrática que sólo atiende a las facultades mentales y la constancia requeridas y que no guarda ninguna correlación intrínseca con la clase social, la profesión o cualquier otra eventualidad o circunstancia social)».

[5] Janet Browne, ed cit, p. 74.

[6] Janet Browne, Charles Darwin. El poder del lugar, PUV, Valencia, 2009, traducción de Julio Hermoso, p. 243.

[7] Tomo pie en el apartado «Darwin como revolucionario filosófico» de la primera parte -«La historia de la lógica y el debate darwinistas»- del descomunal e inagotable ensayo de Stephen Jay Gould, La estructura de la teoría de la revolución, Tusquets editores, Barcelona, 2004 (traducción de Ambrosio García Leal), p. 146 y siguientes.

[8] SJG cita una carta de Darwin de 1856 dirigida a Joseph Hooker: «¡Qué libro podría escribir un capellán del diablo sobre las desmañadas, inmoderadas, desatinadas, bajas y horriblemente crueles obras de la naturaleza!».

[9] Guy Deutscher, Prisma del lenguaje. Cómo las palabras colorean el mundo. Ariel, Barcelona, 2011, p. 65 (traducción de Manuel Talens).

[10] Por otra parte, para una novedosa aproximación a la obra de Smith, debe verse: David Cassasas, La ciudad en llamas. La vigencia del republicanismo comercial de Adam Smith, Montesinos, Barcelona, 2010 (prólogo Antoni Doménech).

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