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Contra la competencia, la emulación

Fuentes: Le Monde diplomatique

Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

El mundo espera mucho de Europa. Al menos esto es lo que hacen pensar algunas obras recientes (1). Los llamamientos a «otra Europa» formulados por el movimiento social en el Viejo Continente también manifiestan este anhelo. Europa sólo se constituirá dándose los medios de responder este anhelo. Sin embargo, ¿qué es lo que se espera?

El mundo no espera buenas intenciones: espera que Europa invente un nuevo modelo industrial capaz de acabar con el proceso de desindividuación generalizada que mina a las sociedades occidentales. Gilbert Simondon llamaba individuación psicosocial al proceso por medio del cual un individuo colectivo se convierte en lo que es por medio de la individuación psíquica de aquellos que lo componen. Este proceso es una dinámica en la que la individuación psíquica participa esencialmente de la individuación social contribuyendo a esta individuación. Una verdadera constitución de Europa debería crear un nuevo proceso de individuación psíquica y colectiva de sus habitantes, al hacer converger entre ellos unos procesos de individuación existentes: las naciones europeas.

Ahora bien, la individuación psíquica y colectiva industrial surgida del capitalismo contemporáneo pasa por una crisis sin precedentes. Padece una enfermedad grave y peligrosa: la desublimación, es decir, la captación y la explotación ilimitada de la energía libidinal de los productores y de los consumidores en todos los dominios. Porque desde el momento en que la energía libidinal del los individuos y de los grupos es desviada hegemónicamente hacia los objetos de consumo, todos los demás objetos de la libido y, en particular, aquellos que permiten la constitución de una civilización, son desinvestidos y seriamente amenazados.

Es lo que ocurre con la familia, la educación -y, por lo tanto, la escuela y todos los saberes – pero también con la política, el propio derecho y todas las sublimidades del espíritu, fruto de los que los alemanes llamaron Bildung. El proceso de individuación capitalista e industrial ha entrado en contradicción con él mismo y tiende a autodestruirse por una bajada tendencial de la energía libidinal que se traduce en un pérdida de individuación. Ésta priva a los individuos de las posibilidades de existir y a la larga es mortífera para la sociedad mercantil en su conjunto, porque la libido y la sublimación están en el principio tanto del mercado como de la producción (2).

Así pues, si Europa quiere constituirse, existir, debe luchar de forma prioritaria contra la desindividuación generalizada a través de una nueva política industrial (3). En otras palabras, el mundo entero y los propios europeos esperan de ella que reinvente la idea de una civilización industrial y que afirme que la industria no es inevitablemente lo que engendra la regresión.

Sin embargo, en el curso de los últimos años la Unión Europea ha privilegiado sistemáticamente la expresión de un modelo industrial caduco y ha hecho de la transformación en mercados de todas las prácticas sociales -reducidas así al pobre estatuto de comportamientos de consumo- su único objetivo. A partir de este momento, la construcción de Europa se vive cada vez más como un proceso de destrucción de Europa.

Este sentimiento de amenaza se ha vuelto tanto más vivo cuanto que el único objetivo del desarrollo de los mercados en todos los sectores de la existencia siempre ha sido más objetivamente el objetivo en nombre de una ideología que plantea como principio absoluto que las naciones europeas deberían competir unas con otras. Y ello sin que se haya despejado y afirmado fuertemente ningún horizonte de unidad superior a los conflictos de intereses posibles. Ahora bien, los europeos saben a lo que, en otros tiempos, les llevó la competencia entre sus naciones: dos guerras mundiales en el siglo XX que asolaron la mayor parte de Europa, además de los conflictos sociales de los siglos pasados. Esta amenaza es tanto más sensible cuanto que la desublimación, que resulta del consumismo ilimitado, convertido en el único objetivo, segrega el impulso de la muerte (4).

La competencia constituye, a todas luces, un factor dinámico fundamental en todo proceso de individuación psicosocial. La critica de la economía estatal se basa, a justo título, en los efectos de contra-prestación y de desmotivación característicos de los países comunistas para demostrar que la competencia de los intereses individuales es la condición de toda vitalidad económica.

Sin embargo, en el estadio actual de la ideología ultraliberal la organización capitalista de la competencia también produce a partir de ahora y de forma masiva desmotivación y «pesimismo», como a veces deploran los responsables políticos (5) -además del hecho de que engendra monopolios capitalistas.

Los ciudadanos de Europa temen lo que ellos viven cada vez menos como una construcción de Europa y cada vez más como su destrucción porque desconfían, con razón, de la idea falsa y peligrosa según la cual se podría construir Europa haciendo competir a unos países con otros. ¿Cómo imaginar que una comunidad pueda constituirse haciendo únicamente competir entre sí, es decir, oponerse, a los pueblos que deberían constituirla?

El concepto de competencia empleado aquí se presenta como una nefasta simplificación de la emulación tal como la pensaban los griegos, que la llamaban eris. Que la emulación esté en el principio del dinamismo interno de toda comunidad económico-política parece no sólo concebible sino insuperable. Sin embargo, debe elevar a quienes ella dinamiza por encima de unas particularidades y ser, en ello, un potencia primordial de integración y de individuación.

Por consiguiente, la competencia no puede constituir el principio primero y, menos aún, único, de una nueva comunidad política y económica. Precisamente porque las relaciones entre los países miembros de una misma comunidad política no se reducen a los intercambios económicos y a la competencia -y suponen un interés superior a los intereses particulares-, se puede distinguir una unión política de una simple liga de intereses económicos como lo fue, por ejemplo, la Liga Anseática o con lo es el Acuerdo de Libre Comercio Norteamericano (Alena) y tantas otras zonas de intercambios económicos privilegiados. Se trata, pues, precisamente de hacer existir a través de los habitantes de las naciones que componen Europa la consistencia de una idea europea, es decir, la afirmación de un modo de vida europeo.

Este modo de vida europeo debe expresar un espíritu europeo, él mismo constituido históricamente por una idea de la razón que es una herencia típicamente europea, pero que está lejos de ser un concepto puramente formal: según Freud, debe ser concebida como deseo y encarnada como motivo. Ahora bien, el deseo es él mismo e intrínsecamente una potencia de sublimación. Lo que ha hecho de la eris de Hesiodo, que tanto chocaba al joven Nietzsche, la potencia de la propia polis es lo que implica que la eris sea lo que eleva hacia un mejor: hacia el ariston. En Los trabajos y los días (6) el campesino compite o emula, es cierto, a otro campesino, pero es para dirigirse a un mejor.

Este mejor, que en Grecia tiene el nombre de dioses, es lo que remite a lo que los griegos descubridores del derecho llaman dike y aidos -justicia y vergüenza- que no son simplemente unos «valores» sino efectivamente unos principios fundadores.

El aidos, que también se traduce como pudor y a veces como honor, se encuentra en la base de la eris. De no ser el caso, la eris ya no es «la buena eris«, como dice Hesiodo: se convierte en una potencia de autodestrucción, expresa el instinto de la muerte -es lo que conduce a la guerra. Ahora bien, la competencia ilimitada, no limitada por unos principios unificadores, es lo que lleva a un mundo sin vergüenza: es lo que en nombre de la eficacia rebaja siempre a al nivel inferior. Es lo que nivela a la baja, tanto los programas de televisión -como dijo sin vergüenza Patrick Le Lay , presidente-director general de la cadena privada de televisión TF1 (7)- como las legislaciones sociales.

Desgraciadamente Europa es el continente de las guerras y una constitución política de Europa es necesaria en primer lugar para luchar a cualquier precio contra la vuelta de éstas. Los europeos teme que una Constitución fundada en una competencia ilimitada lleve, por el contrario, a los países a nuevos conflictos. No creen que los «valores» que postula el proyecto de Constitución europea tengan relación alguna con los principios fundadores de una unión política que lucha contra la desunión que lleva siempre consigo el necesario principio dinámico que organiza la emulación y la competencia, sin los cuales, en efecto, no existe ninguna motivación duradera. Por ese motivo la retórica de los valores, que es objeto del artículo segundo del proyecto de Constitución, les suena falso: no creen en él porque en él no leen la encarnación de motivo alguno.

(1) Léase, por ejemplo, Jeremy Rifkin, Le Rêve européen, Fayard, Paris, 2005.

(2) » Le désir asphyxié, ou comment l’industrie culturelle détruit l’individu «, Le Monde diplomatique, junio de 2004.

(3) Éste es el objetivo de Ars Industrialis, asociación internacional para una política industrial de las tecnologías del espíritu.

(4) Richard Durn, el asesino de ocho miembros del ayuntamiento de Nanterre confiaba » hacer el mal para, al menos una vez en (su) vida tener el sentimiento de existir «, Le Monde, 10 de abril de 2002.

(5) Por ejemplo, el presidente Jacques Chirac, en una entrevista televisada con jóvenes franceses, el 14 de abril de 2005.

(6) Para releer [en francés] Los trabajos y los días, reconocida unánimemente como la obra de Hesiodo : Le livre de Poche, Paris, 1999 ; Mille et une nuits, Paris, 1999. [En castellano existe una traducción en la editorial Gredos]

(7) » Ahora bien, para que un mensaje publicitario sea percibido es necesario que el cerebro del telespectador esté disponible. Nuestros programas tienen por vocación hacer que esté disponible: es decir, divertirlo, relajarlo para prepararlo entre dos mensajes [publicitarios].. Lo que vendemos a Coca-cola es el tiempo disponible del cerebro humano… « Cf. Les Dirigeants face au changement, Editions du Huitième Jour, Paris, 2005.

Bernard Stiegler es un filósofo francés. Algunas de sus obras están traducidas al castellano por la Editorial Hiru: La técnica y en tiempo, volúmenes I, II y II; Pasar al acto.