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Comunicación presentada por Rosa Amelia Plumelle-Uribe en la Primera Conferencia Europea sobre el Racismo Antinegro. Ginebra, 17 y 18 de marzo de 2006

«Crimen contra la humanidad, memoria y deber de reparación»

Fuentes:

Traducido por Juan Vivanco para Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística (www.tlaxcala.es).

Hay una problemática suscitada por el derecho a acceder a la memoria y el deber de reparación en relación con los crímenes de la trata de negros, la esclavitud y la barbarie colonial.

Desde la Conferencia Mundial contra el racismo celebrada en Durban en 2001, las antiguas potencias negreras han desatado una ofensiva general para tratar de restar legitimidad al principio de las reparaciones, planteado en Durban.

Los que se oponen a las reparaciones esgrimen dos argumentos principales que trataremos de analizar brevemente.

Empecemos por el primer argumento.

Un primer argumento consiste en decir que los esclavos africanos eran producidos, transportados hasta los embarcaderos, encerrados y tasados por negreros negros.

Los negreros europeos fueron meros intermediarios de un comercio de esclavos africano, regulado y organizado por los poderes locales.

Los que defienden este argumento sostienen que la oferta de esclavos fue lo que hizo posible la trata, porque los europeos no tenían medios para dominar a la población africana. Dicen que el África negra entró voluntariamente en el engranaje negrero porque la trata era rentable para muchas minorías locales que controlaban el monopolio sobre el comercio de esclavos. Los que argumentan así prescinden sistemáticamente de todas las pruebas, informaciones y trabajos que no confirmen su tesis.

Por ejemplo, silencian los testimonios coincidentes de los geógrafos y viajeros que recorrieron el África negra entre el siglo X y el siglo XVI y describen unas realidades de las que fueron testigos oculares.

Estos relatos hablan de una África negra densamente poblada y próspera, gracias a una producción agrícola abundante, un artesanado fuerte y avanzado y un comercio muy dinámico. Dibujan el panorama de grandes imperios y reinos cuyas poblaciones gozaban de un bienestar social que en esa época no existía en los países europeos. Estos relatos, muy numerosos, corresponden a una época anterior a los ataques portugueses y marroquíes que desmembraron los imperios y reinos africanos, con las consecuencias que ello implica.

Partiendo de estos testimonios sobre África antes del siglo XVI, nos gustaría saber y comprender lo que pasó en el continente entre los siglos XVI y XVIII. Es preciso comprender cómo y por qué, en el intervalo de dos siglos, el continente se vació de la mitad de su población. Cómo y por qué su economía se arruinó, su tejido social se destruyó y el bienestar de la población dio paso al caos y la miseria que asolan África desde el siglo XVIII.

Es importante comprender cómo se transformaron en negreros tantos africanos. Cómo a los imperios y reinos destruidos les sucedieron unos reyezuelos que hicieron del comercio negrero una de sus actividades más importantes.

No hay tiempo aquí para desarrollar este asunto, que aún está por explorar.

La cuestión permanece abierta y los que quieran profundizar en ella pueden consultar, con gran provecho, el ensayo multidisciplinario Afrique Noire Démographie Sol et Histoire de Louise Marie Diop Maes. Como es un trabajo difícil de rebatir, lo que han hecho ha sido rodearlo de un silencio que es preciso romper.

Pasemos ahora al segundo argumento.

Otro argumento que se esgrime de forma unánime en los países occidentales para rebatir el principio mismo de la reparación a los negros es que la trata no fue una invención de los europeos. Que cuando los europeos llegaron al continente, África ya era desde hacía seis o siete siglos una reserva de esclavos para los países arabomusulmanes, y la trata negrera de tipo arabomusulmán continuó en África cuando la trata negrera transatlántica ya había cesado.

Recuerdan que en 1960 seguía habiendo trata de negros hacia algunos países arabomusulmanes, como Mauritania y Arabia Saudí, donde la esclavitud todavía era legal.

Estos argumentos se basan en hechos históricos verificables. Los que por razones políticas se abstienen de mencionar los crímenes contra la humanidad cometidos en el marco de la trata negrera arabomusulmana carecen de autoridad moral para denunciar los crímenes contra la humanidad de la trata negrera transatlántica blanco-bíblica.

Dicho esto, es evidente que los crímenes cometidos por los negreros arabomusulmanes no pueden cambiar el cariz de los crímenes cometidos por los negreros occidentales. Invocar un crimen para tratar de disculparse de otro es una indecencia.

Además, los negros descendientes de africanos desterrados a los campos de concentración de América no tienen absolutamente nada que ver con los antiguos negreros arabomusulmanes, ni con los países musulmanes.

Más allá de la complicidad y colaboración con que contaron los negreros europeos en África, la responsabilidad de los crímenes perpetrados contra millones de niños, mujeres y hombres africanos, obligados a cruzar el Atlántico, encadenados en la bodega de los barcos negreros, esos crímenes cuyo escenario fue el océano Atlántico, recae exclusivamente en unos europeos que obraban así en nombre de una potencia occidental o con arreglo a sus leyes. Durante más de tres siglos, los africanos desembarcados en los campos de concentración de América y sus descendientes, reducidos a la esclavitud y tratados como animales, fueron obligados a producir unas riquezas que en Europa propiciaron la revolución industrial, la democracia política y la prosperidad de que disfrutan hoy las antiguas potencias negreras. Esta política genocida, que duró más de tres siglos en los campos de concentración de América, fue ideada, ejecutada y desarrollada por las potencias occidentales en nombre de los valores cristianos, la superioridad de la raza blanca y la civilización occidental. Por consiguiente, las antiguas víctimas de este crimen exigen la reparación a las potencias occidentales.

El derecho a la memoria

Para los negros, ya sean africanos o descendientes de africanos desterrados a los campos de concentración de América, acceder al derecho a la memoria y a un conocimiento de su historia es muy problemático. Voy a poner dos ejemplos.

Veamos cómo fue la trata negrera arabomusulmana. Es un fenómeno histórico que duró unos doce siglos, porque abarca un periodo comprendido entre los siglos VIII y XX. Doce siglos durante los cuales los africanos negros, introducidos masivamente en los países musulmanes, lo fueron en calidad de esclavos.

Esta relación de sometimiento configuró la mentalidad de los esclavos y los esclavistas. Dio lugar a la imagen degradada y repulsiva de los negros que encontramos en la literatura arabomusulmana a partir del siglo IX e incluso anterior. A todos estos estragos socioculturales producidos por la esclavización sistemática de los africanos negros en los países musulmanes, hay que añadir los daños colaterales causados por la trata durante más de mil años.

Son hechos históricos de interés tanto para la historia como para la sociología, las ciencias políticas o la economía. Sin embargo, este tema de reflexión está ausente por completo de la investigación universitaria, tanto en los países musulmanes que usaron esclavos africanos como en los países africanos que suministraron a esos esclavos. Es un tema ausente en el debate político entre intelectuales arabomusulmanes, incluidos los militantes anticolonialistas más radicales. También está ausente en el debate entre la mayoría de los intelectuales del África negra, incluidos muchos de los que denuncian las calamidades de la trata negrera transatlántica. ¿Por qué?

No hay respuesta única y definitiva a esta pregunta. Pero podemos mencionar el hecho de que a partir del siglo XIX los países arabomusulmanes, antaño conquistadores, fueron conquistados a su vez y soportaron el dominio colonial de las potencias occidentales. Considerados indígenas, a sus habitantes les trataron con todo el desprecio que ellos creían reservado exclusivamente a los africanos negros. Para más inri se produjo la gran injusticia que desde 1948 martiriza al pueblo palestino.

Como pueblos víctimas del dominio colonial, los países arabomusulmanes se incorporaron al llamado tercer mundo. Desde entonces, cualquier alusión a los prejuicios desfavorables a los negros y a la deuda contraída por estos países con los países africanos, sus antiguos suministradores de esclavos, son temas tabú de los que es mejor no hablar. Quien se atreva a hacerlo se expone a una reacción agresiva. Estos inconvenientes no favorecen nada el derecho a la memoria.

En cuanto al genocidio africano-americano, hay sobre todo una criminalización del debate. Todos sabemos que en Estados Unidos, después de la abolición legal de la esclavitud, se mantuvo a los descendientes de los africanos desterrados en una condición subhumana durante mucho tiempo. Por eso en los años sesenta el movimiento por los derechos cívicos, encabezado por el pastor Luther King, todavía luchaba por que se reconociera a los negros como seres humanos completos. Esta lucha, indiscutiblemente justa y pacífica, concitó la hostilidad de la elite judía estadounidense.

A este respecto, en su ensayo El holocausto en la vida norteamericana, el profesor Peter Novick recordaba que los judíos, al ocupar una posición privilegiada en la sociedad norteamericana, tanto por sus ganancias como por su condición social, tenían mucho que perder con un reparto más justo de la riqueza. Lo cual podría explicar, en palabras del profesor Novick, que, aparte de algunos judíos de izquierda sin apenas vínculos con la comunidad judía, las principales organizaciones judías se mantuvieran al margen de la lucha contra la segregación racial. En 1966 -recuerda Novick-, tres de cada cuatro judíos neoyorquinos consideraban que el movimiento de los derechos civiles iba demasiado deprisa.

Al mismo tiempo, numerosos estudios publicados en Estados Unidos por investigadores de este país ponían en evidencia el papel destacado de los banqueros, comerciantes y plantadores judíos en el genocidio africano-americano.

Pero en esa época las elites judías estadounidenses tendían ya a definirse como la comunidad víctima por excelencia del holocausto. Este monopolio del sufrimiento sembró mucha amargura en el movimiento negro, como revela un discurso de James Baldwin en 1967:

«No pretendemos […] que ningún judío estadounidense nos diga que su sufrimiento es tan grande como el de un negro estadounidense. No lo es, se ve claramente que no lo es por el propio tono con que él asegura que sí […]. No es aquí, no es ahora cuando están matando al judío; nunca le desprecian, aquí, como desprecian al negro, porque es un estadounidense. Los sufrimientos del judío se produjeron al otro lado del mar, y América le sacó de la casa de la esclavitud. Pero América es una casa de esclavitud para el negro, y no hay país que pueda liberarle».

Una criminalización lograda

El rencor aumenta y la confusión también. Una campaña en los medios ha presentado a los militantes negros de Estados Unidos como antisemitas primarios. Esta campaña pretende criminalizar cualquier alusión al papel de los negreros y esclavistas judíos que, como miembros de la raza superior, participaron en el genocidio africano-americano. Hoy en día, en los países europeos y sobre todo en las antiguas potencias negreras, asistimos a una criminalización de cualquier análisis que tenga en cuenta o aluda a la participación de hombres de negocios judíos en la trata y esclavización de los negros en los campos de concentración americanos. En Francia, por ejemplo, a lo largo del año 2005 muchos intelectuales, historiadores, portavoces de organizaciones de derechos humanos, profesores y políticos, decidieron, contra toda evidencia, que ningún judío había participado jamás en la trata ni la esclavización de los negros. Por consiguiente, si alguien osaba afirmar lo contrario se le acusaba unánimemente de «judeofobia». Con todo lo que implica semejante acusación, el acceso de los negros a ciertas verdades para conocer su historia resulta, por lo menos, un tanto ardua.

El pasado 10 de marzo la sala 17 del Tribunal Correccional de París declaró culpable de incitación al odio racial a Dieudonné M’Bala M’Bala por haber recordado que el genocidio africano-americano contó con la participación de negreros y esclavistas judíos. El tribunal consideró que con estas palabras Dieudonné «induce a la venganza contra los judíos al asimilarlos a mercaderes de esclavos que habrían amasado fortunas con la trata de negros, sacando así provecho de un crimen contra la humanidad»**. El tribunal condenó a Dieudonné a pagar una multa de 5000 euros por difamación.

Verdades históricas muy embarazosas

Pero la verdad a veces es obstinada. A comienzos de los años ochenta Pierre Pluchon publicó Nègres et Juifs au XVIIIe siècle, un ensayo en el que el autor denuncia el antisemitismo francés en el Siglo de las Luces. Quiere demostrar que, en lo referente al antisemitismo, el progreso está del lado del absolutismo monárquico y la reacción del lado de las Luces. Para ilustrar esta hipótesis recuerda que en agosto de 1550 el rey Enrique II firmó en Saint-Germain-en-Laye unas letras patentes que otorgaban a los judíos llamados españoles y portugueses los mismos «privilegios, fueros y libertades» que el resto de los súbditos del reino.

Esta decisión real fue registrada por el Parlamento de París el 22 de diciembre de 1550 y por la Cámara de Cuentas el 25 de junio de 1551. Pluchon lamenta que en 1685 el artículo primero del Código Negro ordene a los judíos, «enemigos declarados del nombre cristiano», salir de las islas en el plazo de tres meses «so pena de confiscación de cuerpos y bienes». Pero se complace en informarnos que a este texto, registrado dos años después por el Consejo Superior de Petit-Goâve, en Santo Domingo, le seguiría una orden real del 1 de septiembre de 1688 que hacía un llamamiento a la conciliación y derogaba la expulsión de los judíos. Había un buen motivo: los esclavistas judíos tenían unos conocimientos muy valiosos sobre la caña de azúcar y la elaboración del ron.

A pesar de las envidias y los obstáculos que les ponían a causa de su éxito, los negreros judíos (comerciantes, armadores, banqueros o plantadores) no estaban en mala posición. Pluchon recuerda con satisfacción que el rey ennobleció a muchos de ellos, como a Joseph Nunès Pareyre, un banquero a quien el rey otorgó en 1720 los títulos de vizconde de Ménaude y barón de Ambès. Otro negrero, Abraham Gradis, obtuvo cartas de nobleza en 1751. Los que deseen conocer mejor la trayectoria esclavista de estas familias pueden consultar el libro de Eric Saugera Bordeaux, port négrier. Dicho esto, no hay que olvidar que los cristianos conservaban celosamente el monopolio del proselitismo religioso. El cristianismo, junto con la superioridad de la raza blanca, fue el pilar ideológico de la política genocida en los campos de concentración de América.

En Estados Unidos el rabino Ralph G. Bennett publicó una historia de los judíos del Caribe (History of the Jews the Caribean). Este trabajo pretende demostrar la contribución de los pioneros judíos al desarrollo de la economía de plantación en los países del Caribe. Según el autor, a partir del siglo XVII los judíos introdujeron la caña de azúcar y un gran número de esclavos negros para hacer fructificar la tierra. Los judíos eran «la vanguardia de los colonos que dieron una contribución esencial a la colonización del Nuevo Mundo». Pero «la colonización del Nuevo Mundo» inauguró la sistematización jurídica de una deshumanización, que alcanzó su grado máximo en Europa con la barbarie nazi*.

Hoy resulta, sin duda, muy embarazoso comprobar que unos grupos que participaron en el genocidio africano-americano por pertenecer a la raza de los Señores, varias décadas después pasaran a ser víctimas de esa misma política de deshumanización y negación de la humanidad aplicada en el interior de la raza blanca. Nos gustaría que las cosas no hubieran sido así. También nos gustaría que ningún africano hubiera contribuido a la aniquilación de otros africanos, cualesquiera que fuesen las circunstancias anteriores. Lamentablemente los hechos son como son, y la censura no podrá ocultar indefinidamente la verdad histórica.

* Véase Plumelle-Uribe, La férocité blanche, Des non-blancs aux non-aryens ; génocides occultés de 1492 à nos jours, París, 2001.

París, 2001.

** Libération, sábado 11 de marzo de 2006.

Bibliografía:

Bennett, Ralph G., Histoire des Juifs des Caraïbes, traducido por Marcel Charbonnier, miembro de Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística.

Diop Maes, L. M., Afrique Noire Démographie Sol et Histoire, París, 1996

Lewis Bernard, Race et esclavage au Proche-Orient, París, 1993

Novick Pierre, L’Holocauste dans la vie américaine, París, 2001

Pluchon Pierre, Nègres et Juifs au XVIIIe siècle, París, 1984

Saugera Eric, Bordeaux port négrier XVIIème-XIXème siècles, París, 1995

Carrefour de Réflexion et d’Actions contre le racisme Anti-Noir (CRAN)

Nacida en Colombia, Rosa Amelia Plumelle-Uribe es descendiente de africanos deportados a América y de indígenas de este continente. Ha participado en la lucha por la dignidad humana.