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Tercera Paradoja: Soberanía como insumo de la subordinación

Cuatro paradojas del Gobierno Petro ante el espejo del imperio (Tercera parte)

Fuentes: Rebelión

En los dos primeros artículos de esta serie se mostró cómo el progresismo no solo canaliza la movilización social que lo hace posible, sino que la reorganiza en formas administrables, produciendo al mismo tiempo un excedente humano que no logra ser incorporado y que, por ello, es gestionado mediante dispositivos de violencia que ya no operan como excepción sino como parte constitutiva del orden. Sin embargo, tanto la absorción como la eliminación permanecen incompletas si se las analiza únicamente en la escala interna, pues su inteligibilidad depende de un entramado más amplio en el que las relaciones entre Estados no son exteriores a la dinámica social, sino su prolongación en otro nivel. Es en ese punto donde emerge una tercera paradoja, que obliga a abandonar una concepción sustancial de la soberanía para pensarla como una relación históricamente producida, atravesada por conflictos que no se reducen a la oposición entre naciones, sino que remiten a antagonismos más profundos.

La reunión del 3 de febrero de 2026 en la Casa Blanca entre Gustavo Petro y Donald Trump no constituye simplemente un episodio diplomático ni un giro táctico, sino un momento de condensación en el que se hace visible la forma concreta en que esa soberanía es producida y puesta en circulación. Durante los primeros años del gobierno, la construcción de una retórica de autonomía no puede entenderse como una superestructura desligada de la realidad material, sino como una intervención efectiva en el campo de fuerzas internacional, capaz de modificar posiciones relativas, alterar expectativas y redefinir los términos en los que se procesa la subordinación. La apelación a la dignidad nacional, la inscripción en un horizonte del Sur global y la toma de distancia frente a ciertos imperativos de Washington no solo configuraron una imagen, sino que produjeron un efecto político que elevó el costo de la alineación directa.

Sin embargo, lo que este proceso acumuló no fue una ruptura con la dependencia, sino una forma específica de capital político que solo revela su función en el momento en que es utilizado. La aparente autonomía no se opone a la subordinación, sino que puede convertirse en una de sus condiciones de posibilidad, en la medida en que permite negociar desde una posición menos desventajosa sin alterar las estructuras que organizan el campo. La distancia discursiva no opera entonces como límite, sino como recurso, y es precisamente en su reducción donde adquiere valor. Lo que se presenta como reconciliación no es el abandono de una postura previa, sino su conversión en instrumento.

Este desplazamiento obliga a repensar la soberanía más allá de su representación clásica como atributo del Estado. Si la nación no constituye una unidad homogénea, sino un espacio atravesado por antagonismos que responden a posiciones diferenciadas en el proceso de producción, entonces la política exterior no puede entenderse como expresión de un interés nacional abstracto, sino como una forma específica en la que se articulan esos conflictos en el plano internacional. En este sentido, la soberanía no desaparece bajo la presión externa, sino que se ejerce dentro de una estructura en la que las clases dominantes reconfiguran constantemente su inserción en el orden global, incluso cuando esa inserción se presenta como confrontación.

Los efectos de esta operación se hacen visibles en la reorganización de prácticas concretas que, lejos de constituir una simple continuidad, revelan una mutación en la forma de articulación entre coerción y gestión. La reactivación de la ofensiva militar, el relanzamiento de esquemas de cooperación en zonas estratégicas, la reinstalación de políticas de erradicación que privilegian el control territorial y la reanudación de mecanismos de deportación no son decisiones aisladas, sino momentos de una recomposición más amplia en la que la administración de la violencia se integra de manera más coherente a los objetivos de estabilización. En este mismo movimiento, la redefinición de actores armados como interlocutores y como objetivos simultáneamente no expresa una incoherencia, sino la forma en que la distinción entre guerra y paz se vuelve funcional a un dispositivo que requiere ambas dimensiones para operar.

A esta reorganización se suma una dimensión material que impide reducir el análisis al plano de la política exterior en sentido estricto. La posible participación en la reconfiguración de la infraestructura energética regional bajo condiciones alineadas con intereses externos muestra que la cuestión de la soberanía está íntimamente ligada a la forma en que se reorganizan los circuitos de acumulación. La dependencia no se limita a la subordinación política, sino que se inscribe en la estructura misma de la economía, donde las decisiones estratégicas responden a una lógica que excede el marco nacional y en la que la inserción subordinada puede adoptar formas negociadas sin dejar de ser subordinada.

Lo que se revela entonces no es simplemente la persistencia de la dependencia, sino su transformación en una forma más compleja en la que la autonomía es producida, administrada y utilizada como parte del propio funcionamiento del sistema. La soberanía no se pierde en el momento de la negociación, sino que se ejerce precisamente a través de ella, adquiriendo un carácter performativo que la vuelve inseparable de las relaciones de poder que la constituyen. En este punto, la idea de una autonomía plena se muestra como una abstracción, pues toda forma concreta de soberanía aparece mediada por un campo de fuerzas en el que las posiciones están determinadas por relaciones materiales que no pueden ser modificadas únicamente en el plano discursivo.

La paradoja se vuelve entonces evidente y profunda. Para poder afirmar su capacidad de decisión, el progresismo necesita construir una imagen de confrontación que le permita acumular legitimidad y margen de maniobra, pero esa misma construcción, al traducirse en acuerdos concretos, termina reforzando las condiciones que limitan esa capacidad. La tensión no es un obstáculo para la subordinación, sino una de sus mediaciones, y es precisamente a través de ella que se produce una forma de alineación que no aparece como imposición, sino como resultado de una negociación en la que se ejerce una libertad que no logra escapar de sus propias condiciones.

En este sentido, la subordinación no puede pensarse como algo exterior que se impone sobre un sujeto previamente autónomo, sino como un proceso en el que intervienen activamente las estrategias mediante las cuales las clases dominantes buscan asegurar su posición en un orden que no controlan plenamente, pero del que tampoco pueden sustraerse. La libertad que se invoca en este contexto no es la de una emancipación efectiva, sino la de una elección situada dentro de un marco que permanece intacto, lo que introduce una ambigüedad que no puede resolverse apelando a la voluntad política.

Así entonces, habría que entender que el discurso de la autonomía forma parte del modo en que esa realidad se organiza. No se trata de un encubrimiento, sino de un dispositivo que produce una determinada forma de la subordinación, haciéndola operativa y, en cierto sentido, aceptable. La soberanía deja de ser un horizonte exterior al sistema y se convierte en uno de sus mecanismos internos de regulación.

La tercera paradoja obliga a desplazar de manera radical las categorías con las que habitualmente se abordan las relaciones internacionales y la dependencia latinoamericana, pues aquello que suele pensarse como autonomía aparece aquí no como una propiedad que se posee o se pierde, sino como una posición que se construye y se disputa dentro de un campo atravesado por relaciones de fuerza desiguales. En este sentido, la noción de campo de fuerzas permite comprender que la autonomía no remite a una sustancia, sino a una ubicación relacional cuya eficacia depende de las mediaciones a través de las cuales se produce y se pone en juego. Desde allí, el capital simbólico acumulado mediante la retórica antiimperialista no constituye un simple exceso discursivo, sino un recurso que habilita una forma específica de negociación, en la que la reinserción en la órbita estadounidense no desaparece, pero se reconfigura en sus condiciones, de modo que lo que se presenta como margen de maniobra es, al mismo tiempo, la forma concreta que adopta la subordinación en un contexto determinado.

Los resultados de la reunión condensan esta lógica en una serie de decisiones que no deben leerse como hechos aislados, sino como momentos de una reorganización más amplia en la que se articulan coerción, gestión y reacomodamiento geopolítico. La reactivación de la ofensiva contra el ELN, el relanzamiento de la cooperación militar en escenarios estratégicos, el compromiso de erradicación de cultivos de coca bajo esquemas que privilegian el control territorial, la entrega de información que redefine a actores en negociación como objetivos y la reanudación de los vuelos de deportación configuran un entramado en el que la política de seguridad y la política exterior convergen en una misma racionalidad. A ello se suma la posible participación de Ecopetrol en la reactivación petrolera venezolana bajo condiciones alineadas con intereses externos, lo que evidencia que esta reconfiguración no se limita al plano militar, sino que se inscribe en una reorganización más amplia de los circuitos económicos regionales.

En este contexto, la libertad invocada en el discurso oficial adquiere un sentido profundamente ambivalente, pues ya no remite a la superación de la dependencia, sino a la posibilidad de elegir la forma específica de inserción dentro de ella, lo que transforma la afirmación de autonomía en una mediación funcional a su propia limitación. La paradoja se vuelve entonces más densa, porque el progresismo, para ser reconocido como interlocutor válido, necesita escenificar su capacidad de confrontación, pero esa misma escenificación, al traducirse en acuerdos concretos, termina reforzando los dispositivos que estructuran la subordinación. La tensión no bloquea el acuerdo, lo hace posible en condiciones que, aunque modificadas, no alteran el orden que las produce.

Sin embargo, esta subordinación reconfigurada no puede entenderse como un fin en sí mismo, sino como parte de una dinámica más profunda que responde a intereses materiales específicos, vinculados a la forma en que se reorganiza la acumulación en el presente. Es en este punto donde la paradoja se desplaza hacia un nuevo terreno, pues la articulación entre negociación, control y violencia deja de aparecer como una anomalía para revelarse como condición de posibilidad de un nuevo ciclo económico, en el que la pacificación militar y la reorganización territorial se vuelven momentos necesarios de un proceso más amplio. Sobre esa relación entre guerra, economía y acumulación se abre la cuarta y última paradoja, que será desarrollada en el cierre de esta serie.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.