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Muchos nombres para una sola realidad

¿Cuentan con nosotros para la paz?

Fuentes: Rebelión

El 9 de abril, día oficial de las víctimas del conflicto, no fue posible acordar en la ciudad de Pereira el acto institucional por la paz con las marchas programadas por sindicatos, estudiantes y organizaciones sociales. Los vampiros del establecimiento realizaron un evento en la plazoleta de la Gobernación con acompañamiento de autoridades locales y […]

El 9 de abril, día oficial de las víctimas del conflicto, no fue posible acordar en la ciudad de Pereira el acto institucional por la paz con las marchas programadas por sindicatos, estudiantes y organizaciones sociales. Los vampiros del establecimiento realizaron un evento en la plazoleta de la Gobernación con acompañamiento de autoridades locales y mandos militares, mientras la izquierda hizo una movilización por el centro de la ciudad. Terrible pero real fue la ironía de los periodistas locales: «Ni para eso se ponen de acuerdo».

En Bogotá, por destreza de encantamiento mediático, la movilización de miles de ciudadanos llegados de todas partes para exigir lo mismo de siempre, logró una visibilidad inédita. ¿Tal vez porque el Presidente Santos la incluyó en la baraja de su póker político? Un 9 de abril dónde marcharon los mismos que en octubre durante las movilizaciones de respaldo a los diálogos de La Habana eran peligrosos colaboradores del terrorismo, sólo que ahora como el Presidente y el Alcalde de Bogotá iban con ellos, la policía no repartió la avalancha de palos que acostumbra, sino que se sumó a la caravana. Qué rápido cambian de opinión mi General Palomino, el doctor Santos y los periódicos en éste país.

Lo curioso es que más allá del consenso por terminar con la confrontación armada, no existan puntos de concordancia entre ninguna de las partes. En la Casa de Nariño se habla de una paz equivalente a prosperidad económica, con tranquilidad paradisíaca para inversionistas y multinacionales. Una paz en todo sentido más barata al gran capital que el financiamiento a largo plazo del conflicto: simple relación costo y beneficio. Entre los cuarteles se habla de victoria, no de paz. Si los militares entienden por victoria la aniquilación total de la insurgencia, es que no han aprendido nada desde cuando el bandolero liberal José del Carmen Tejeiro, pasada la guerra de los mil días, se burlaba de la tropa robando los calzones a los antepasados del actual Ministro de Defensa, literalmente, sin echar un tiro.

Para las gentes del común que en abril del año anterior pintaron de indignación la Plaza de Bolívar en Bogotá, la paz significa el fin de las masacres y los operativos militares, el cese de la persecución contra cualquier disidencia, la necesidad de reconocer que el combustible del conflicto tiene su origen en una estructura social infame, de usurpación, de hambre, de exclusión, de explotación sin vergüenza y sin frenos.

Otros -algún ex presidente con vocación de pandillero, reconocidos narcotraficantes y honorables propietarios rurales- hacen lo imposible, e incluso más, por impedir que se avance siquiera un milímetro en revertir el medio siglo de sangre y despojos en el que estamos metidos, esta espiral de brutalidad y salvajismo. Siempre habrá a quién convenga que las cosas sigan como están.

Muy lejos de Bogotá y más de La Habana, por San Isidro, un caserío de mil campesinos desplazados que no tiene calles ni atención de salud, sin transporte ni servicio de alcantarillado, dónde la gente hace sus necesidades en bolsas plásticas y come mal siete días de cada semana, la esperanza en este proceso de paz se me fue a la mierda. Allí sin duda se entiende algo diferente sobre la paz y la violencia. La última se siente a cualquier hora, sin presencia de armas ni detonaciones. Los potreros de miles de hectáreas que aprisionan el caserío acogen vacas obscenamente gordas, vergonzosamente tranquilas. ¿Esta calma apacible es el significado de la paz? Son haciendas y ganaderías de familias terratenientes del Valle del Cauca, de barones electorales de la zona y de narcotraficantes que cualquiera escucharía nombrar en los noticieros.

Pregunto cómo se pobló San Isidro y me dicen que la gente empezó a llegar desplazada -y sigue llegando- a invadir los terrenos públicos de la antigua vía del ferrocarril desde los tiempos de la violencia bipartidista, cuando mataron a Gaitán. Un 9 de abril de 1948. Esta guerra la empezaron los mismos que no quieren ahora que se termine.

En San Isidro, Joanna ha enterrado 3 de sus 10 niños. Muertos de hambre. Roberto tiene 68 años y todavía no sabe escribir Roberto. Franklin vive en un rancho con piso de barro, paredes de barro, calles de barro y techo de chatarras: su cielo es de oxido, su mundo de fango. María Emilia no tiene zapatos para sus pies, ni juguetes para sus travesuras. Amparo recoge basuras para poder comer. Su vecina se prostituye. Así desde siempre y para siempre.

Estos son todos sinónimos de violencia.

Los niños de San Isidro marcharán el primero de mayo a Pereira, una ciudad que muchos nunca han visto aunque aparecen dentro de sus estadísticas oficiales. Llevarán una pancarta de colores que dice «San Isidro: Cuenten con nosotros para lo de la paz». Esta frase tiene varios sentidos posibles. Refleja el anhelo de las víctimas de construir un país normal dónde no se utilice la excusa de la confrontación para negar derechos y libertades a los más pobres. Pero también puede leerse como advertencia: sin resolver el conflicto social, sin tener en cuenta a los eternamente humillados y ofendidos, no habrá solución real a la violencia.

La gran paradoja de estos días es que el fin del conflicto sea una realidad cada vez más deseable, y al mismo tiempo, materialmente imposible. ¿Cuentan con nosotros para la paz?


Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.