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¿Cultura de paz?

Fuentes: Crónica Popular

Texto basado en la i ntervención del autor en la mesa redonda Cultura de Paz, celebrada el pasado 7 de diciembre de 2017, en el marco del Festival de Cine y Derechos Humanos de Madrid, junto a Federico Mayor Zaragoza y Ramiro Pinto.

El derecho a la paz está implícitamente señalado en la Declaración Universal de Derechos Humanos cuando el artículo 28 establece que«Toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos».

El único orden internacional y social que puede hacer efectivos los derechos humanos es un orden que asegure la paz. Recíprocamente, solo con la protección efectiva de los derechos humanos puede conseguirse la paz. El 10 de diciembre de 1997, celebrando el Día Internacional de los Derechos Humanos, el secretario general de Naciones Unidas de aquel momento, Kofi Annan, declaraba: «Los derechos humanos, bien entendidos e interpretados de manera justa, no son extraños a ninguna cultura; son inherentes a todas las naciones. (…) Los principios consagrados en la Declaración Universal de Derechos Humanos tienen profundas raíces en la historia de la humanidad. Pueden encontrarse en las enseñanzas de todas las grandes tradiciones culturales y religiosas del mundo». Efectivamente, encontramos numerosos documentos históricos en los que aparecen ideas seminales sobre los derechos humanos. Pero no solo eso, numerosos pasajes nos muestran la necesidad de proteger los derechos si se quiere conseguir la paz. Una muestra:

«…considerando que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad…» Preámbulo de la Declaración Universal de Derechos Humanos, 1948.

«…considerando que la ignorancia, la negligencia o el desprecio de los derechos del hombre son las únicas causas de las calamidades públicas y de la corrupción de los gobiernos». Preámbulo de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, Francia, 1789.

«…si la sociedad no reconoce los derechos del individuo, se producen conflictos»… «para mitigar la angustia y eliminar los conflictos, lo mejor es instituir una sociedad que reconozca claramente los derechos del individuo». Siun Tseu (seguidor de Confucio), siglo III a.C.

Estas citas nos muestran no solo que la idea de que sin paz no hay derechos humanos y sin derechos humanos no hay paz ha estado presente a lo largo de la historia, sino que el sentido común nos dice lo mismo: si los derechos no están protegidos -no solo proclamados- no podremos evitar conflictos que desestabilizan las sociedades.

Pero consideremos también brevemente las relaciones entre paz y democracia. A la hora de enfrentarnos a intentar una definición de democracia que vaya más allá de las retóricas habituales y de la noción extremadamente pobre de democracia representativa que se va imponiendo, que va dificultando cada vez más el derecho a la disidencia, podemos proceder indicando los requisitos que requiere una democracia. Aparte del control de los gobernantes a través de la rendición de cuentas, la democracia requiere una serie de derechos y libertades sin las cuales se convierte en una cáscara sin ningún fruto dentro. En relación con esto, en 1941 el presidente Roosevelt, cuya viuda encabezó unos años después la comisión redactora de la Declaración Universal de Derechos Humanos, pronunció ante el Congreso de los Estados Unidos el que se conoce como discurso de las cuatro libertades, un discurso que influyó en la redacción de la Carta de las Naciones Unidas y también en la redacción de la Declaración Universal de Derechos Humanos. La cuarta de las libertades que mencionó es la libertad de vivir sin miedo, o el derecho a vivir en paz, como tituló una de sus canciones Víctor Jara.

Esta libertad de vivir sin miedo es imprescindible para que podamos hablar de un concepto de democracia que vaya más allá de la indigencia del concepto a la que quieren acostumbrarnos las élites y los poderes económicos. El miedo ha sido históricamente un instrumento al que han recurrido los gobernantes y las élites. En la etapa actual del capitalismo, el miedo se prodiga en múltiples direcciones. El neoliberalismo ha domesticado a un ciudadano que en los países más desarrollados (no me detengo ahora en la discusión en torno al concepto de desarrollo) tiene miedo a la pérdida del trabajo (precariedad laboral que, encima, se vende como algo positivo, porque te permite ser «emprendedor»), a un futuro sin pensiones o con pensiones insuficientes, al terrorismo y a las guerras.

Un ciudadano asustado acata dócilmente las leyes que limitan sus derechos y libertades, como estamos comprobando en los últimos tiempos. Y para esto es absolutamente funcional el escenario que se ha ido creando bajo el lema de la «lucha contra el terrorismo», que pretende justificar un estado de excepción permanente y unas guerras de ocupación bajo las falsas banderas de la lucha contra el terrorismo y de la protección de la democracia y los derechos humanos. Esta última falsa bandera la denuncia con gran lucidez Jean Bricmont en su libro Imperialismo humanitario: el uso de los derechos humanos para vender la guerra.

Como dos requisitos imprescindibles para hablar de democracia son disfrutar de una sociedad en paz y que la ciudadanía esté libre de miedos, y estos requisitos distan hoy día de reflejar la realidad, tenemos una democracia con serias carencias.

Pero, además, no podemos ignorar otro aspecto que gravita permanentemente sobre el tema de la paz. En El nuevo imperialismo (2004), David Harvey, uno de los más lúcidos analistas del capitalismo neoliberal que sufrimos, señala que la guerra y la acumulación por desposesión son los dos mecanismos primordiales del capitalismo tanto histórico como actual. El capitalismo necesita constantemente nuevos espacios, nuevos mercados y nuevos recursos que expoliar, y el expolio solo puede ser violento, una violencia que puede ser más visible o que puede ser invisible porque es estructural.

El neoliberalismo ha encontrado en el recurso al miedo un mecanismo eficaz de control. Todos estamos asustados porque el trabajo no es seguro, porque no va a haber fondos para las pensiones, porque no sabemos si seremos bien atendidos si tenemos un problema de salud, porque nos amenazan los terroristas, por las migraciones crecientes, etc. Frente a ese discurso del emprendimiento que ridiculiza la búsqueda de seguridad, la seguridad es una necesidad humana que está justo por encima de las necesidades fisiológicas, como muestra la célebre pirámide de las necesidades humanas del psicólogo Maslow.

Pero esta seguridad humana poco tiene que ver con la seguridad que plantean determinados sectores, especialmente el militar. También es de Maslow ese pensamiento que dice «Si tu única herramienta es un martillo, tiendes a tratar cada problema como si fuera un clavo». El concepto de seguridad manejado desde estos sectores, y más concretamente la Doctrina de la Seguridad Nacional, condujo durante décadas a una forma aberrante de tratar los problemas de los países y de tratar a sus ciudadanos disidentes como si fueran enemigos de guerra. Todavía recordamos cuando en febrero de 2012 el comisario Antonio Moreno Piquer en Valencia declaraba: «no es prudente revelar al enemigo cuáles son mis fuerzas». El enemigo eran los estudiantes que protestaban en esta ciudad por los recortes educativos. El comisario en cuestión era el responsable de las fuerzas policiales que en vez de proteger el derecho de manifestación de los ciudadanos se dedicaba a ejercicios de guerra, llevando a gala ser implacable con los manifestantes.

Desde una perspectiva de derechos humanos, que es la que tenemos que adoptar si queremos un mundo en paz, el concepto de seguridad que debe interesarnos es el de seguridad humana. Un concepto que debe llevarnos a tomar conciencia de que el mayor problema que tiene el planeta no es el terrorismo, como quieren hacernos ver, sino la indignante desigualdad que hace que cientos de millones de seres humanos sobrevivan en condiciones infrahumanas, sin que esto se deba a falta de recursos.

En el mundo existen actualmente entre 30 y 45 conflictos bélicos, que, aparte de los muertos, mutilados y heridos, provocan las lógicas migraciones ante las que Europa, especialmente, se está comportando miserablemente. Este escenario no parece que vaya a cambiar en el futuro inmediato. El mundo está dominado en gran parte por una potencia militar con un poderosísimo complejo industrial militar que no está dispuesto a seguir la máxima clásica «Si quieres la paz, prepara la guerra»; estos sujetos quieren la guerra y preparan la guerra. En una reciente entrevista , la politóloga experta en geopolítica del Oriente Medio Nazanín Armanian declaraba: «El salto de la administración Trump es convertir la guerra en sí en un objetivo, destruir los países y convertirlos en estados fallidos para saquearlos con compañías de todo tipo, no sólo energéticas, y hacer negocio con la reconstrucción».

Pero no nos equivoquemos, la administración Trump no está haciendo algo tan novedoso. En la reciente entrega de premios del gremio de escritores de 2017, el cineasta Oliver Stone recordaba: «en las trece guerras que hemos comenzado durante los últimos treinta años y los catorce billones de dólares que hemos gastado y los cientos de miles de vidas que han perecido en esta tierra, recuerden que no ha sido un líder, sino un sistema, ambos republicano y demócrata. Llámalo como quieras: el complejo de la industria militar, seguridad, dinero, medios, […] todos sabemos que hemos intervenido en más de 100 países con invasiones, cambios de régimen y caos económico. O guerra escondida, golpes blandos, como quieran llamarlo, es guerra de algún tipo».

En 2005 surgió desde la Asociación Española para el Derecho Internacional de los Derechos Humanos (AEDIDH) la iniciativa para promover precisamente el derecho a la paz como derecho humano emergente reconocido por las Naciones Unidas. El primer paso fue la Declaración de Luarca sobre el Derecho Humano a la Paz, de 30 de octubre de 2006, redactada por quince especialistas españoles y latinoamericanos. En 2011 un total de 1795 organizaciones de la sociedad civil lideradas por la AEDIDH respaldaron la iniciativa y presentaron ante el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas el proyecto de codificación de este derecho. En 2012, el Consejo de Derechos Humanos, con 47 miembros, votó la propuesta y hubo un único voto en contra, el de Estados Unidos. Y este es el país más poderoso de la tierra y que marca en gran parte la agenda y los acontecimientos mundiales. La iniciativa ha seguido adelante, pero al parecer en marzo de 2016 se votó una resolución que descafeinaba bastante la propuesta original y que aun así fue votada nuevamente en contra por Estados Unidos, en este caso con la lamentable compañía de España. Incluso bajo el mandato del reconocido «pacifista» Barack Obama, Premio Nobel de la Paz, Estados Unidos no ha querido reconocer no ya el derecho a la paz, sino la propia existencia de un debate en Naciones Unidas sobre la propuesta.

No podemos esperar de un país con más de 800 bases militares desplegadas por todo el mundo y cuyo gasto militar supone el 40% de todo el gasto mundial, que encabece un movimiento hacia una cultura de paz. Y hay que insistir en estos datos porque Estados Unidos es hoy el emblema supremo del capitalismo, el país que sirve de espejo a los dirigentes de la inmensa mayoría de los países capitalistas del planeta, incluida una Unión Europea que sigue servilmente el camino marcado por este imperio y su instrumento favorito, la OTAN.

Necesitamos una cultura de paz porque la paz es una necesidad humana, mientras que la guerra es una necesidad de una industria y de unos sectores vinculados a ella que trabajan contra la humanidad. Necesitamos revertir esta ola de militarismo, inculcar a través de la educación y la cultura los valores de paz, derechos humanos, defensa del medio ambiente, ciudadanía… todo aquello que ayude a conducir a la humanidad por una senda de coexistencia pacífica, de solución diplomática de los conflictos internacionales, como señala la Carta de las Naciones Unidas.

Por eso es tan importante recuperar la Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos, una educación laica para formar ciudadanos conscientes de sus derechos y respetuosos con los derechos de los demás; ciudadanos que se opongan a la industria de la muerte y no acepten el chantaje de los puestos de trabajo que podrían perderse cerrando bases militares y fábricas de armamentos.

Cuando veo imágenes de policías o militares enseñando armas a niños en colegios, ferias del libro y entornos parecidos, llevando a esos entornos una visión militarista del mundo recuerdo la frase de Maslow: el martillo solo ve clavos. ¿Cómo se combate la delincuencia, el terrorismo, los problemas sociales?, ¿con más armas y militarizando el mundo hasta el infinito?, ¿no vemos que esto conduce a una espiral sin término? Decía Víctor Hugo: «abre una escuela y cerrarás una cárcel». Posiblemente sea una frase ingenua, pero esta es la manera de abordar los problemas sociales. Las soluciones no pasan por recortar derechos, sino por ampliarlos. Si queremos la paz, eduquemos para la paz y protejamos y ampliemos los derechos humanos, este es el único camino para la paz.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.