Recomiendo:
1

A los quince años de su asesinato (30 de abril de 1999)

Darío Betancourt Echeverry (1952-1999): maestro, historiador y bohemio

Fuentes: Rebelión

«…Es la primera vez que en sus cuarenta y cinco años de vida institucional se atenta y se calla con el crimen la palabra, el pensamiento y la vida de un docente de la Universidad Pedagógica Nacional. Nuestra indignación y nuestra protesta nunca igualarán la magnitud del crimen cometido contra la inteligencia, la academia y […]


«…Es la primera vez que en sus cuarenta y cinco años de vida institucional se atenta y se calla con el crimen la palabra, el pensamiento y la vida de un docente de la Universidad Pedagógica Nacional. Nuestra indignación y nuestra protesta nunca igualarán la magnitud del crimen cometido contra la inteligencia, la academia y la pedagogía en la persona de Darío Betancourt Echeverry. Nuestra respuesta, en cambio, si puede estar a la altura de la inteligencia y de la misión pedagógica que tuvo y que cumplió nuestro compañero».

Editorial Revista Didaskalia, (Asociación de Profesores Universidad Pedagógica Nacional), No. 12, julio de 2000.

 

1. SU VIDA

En la ladera oeste de la cordillera occidental que mira al mar, en jurisdicción del Departamento del Valle del Cauca se levanta la población de Restrepo. Sus habitantes descienden de los colonizadores antioqueños que desde finales del siglo XIX ocuparon estos territorios, llevando consigo el cultivo del café, los frijoles diarios y su acendrado catolicismo. Los habitantes de Restrepo y los pueblos cercanos de colonización tardía hablan con acento paisa y mantienen muchas de las costumbres de los antioqueños: les gusta la música vieja (Olimpo Cárdenas, Julio Jaramillo, los Trovadores del Cuyo) y los tangos, les apasionan los negocios, «quieren ser alguien en la vida» y una buena parte de sus hombres mayores aun portan el carriel y se emborrachan con aguardiente, como herencia de sus ancestros que hace más de un siglo descuajaron selva, sembraron café y fundaron pueblos montañeros muy lejos de los lugares donde partieron sin rumbo fijo.

En este pueblo, antioqueño por sus orígenes y costumbres, pero vallecaucano por su geografía y por las influencias culturales (allí también se escucha y se baila salsa), nació Darío Betancourt Echeverry el 10 de diciembre de 1952, en plena época de la Violencia, cuando allí mismo y en los contornos cercanos merodeaban los «Pájaros» que conservatizaban a sangre y fuego a los pueblos liberales. Darío, el menor de seis hermanos, apenas conoció a su padre pues este falleció cuando aquel sólo tenía seis años. Por esta circunstancia, su madre, Ligia Echeverry junto con uno de sus hermanos, tuvo que defenderse para sacar a flote a su numerosa familia. Darío recibe sus primeras letras en la escuela del pueblo, en la que un tío suyo era profesor. Posteriormente, su familia se trasladó a Buga y luego a Villavicencio, en donde Darío terminó su bachillerato. A comienzos de la década de 1970, Darío llega a Bogotá e ingresa en el programa de Ciencias Sociales de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), siendo expulsado en 1973 por su activa participación en las luchas estudiantiles de la época. Aunque a algunos de los estudiantes expulsados se les concedió una amnistía, Darío se negó a reincorporarse a la UPN e inmediatamente se matriculó en el programa de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional. En ese tiempo, la Nacional permanecía gran parte del tiempo cerrada, por disposición de los gobiernos nacionales de turno que la consideraban como un problema de orden público y era también la época en que cualquier estudiante inquieto y con sensibilidad social resultaba involucrado en las luchas estudiantiles, como fue el caso de Darío, que ya tenía una experiencia previa en la UPN. Hastiado por la interrupción académica, Darío se trasladó a la Universidad Libre, en donde concluyó sus estudios de Licenciatura en 1979, no sin antes soportar un prolongado cierre de un año. Su tesis de grado verso sobre el Movimiento de los Comuneros de 1781, investigación con la que obtuvo una mención de honor en el concurso organizado por la Universidad Nacional con motivo del bicentenario de ese acontecimiento histórico.

Luego de graduarse, Darío se desempeñó como funcionario en el HIMAT (Instituto de Hidrología, Meteorología y Adecuación de Tierras), durante 2 años. En ese cargo, comprendió que la burocracia no es lo suyo y a la primera oportunidad docente que se le presentó, renunció a su cargo y se trasladó a la cátedra universitaria, asumiendo el curso de Historia de Colombia en la Universidad Santo Tomas. Desde ese momento, Darío demuestra ser un maestro de verdad -y no un simple profesor-, ya que la cátedra y las actividades universitarias eran su verdadera pasión; allí se sentía como el pez en el agua, conversaba, discutía, animaba grupos de estudios, elaboraba propuestas, escribía libros y artículos, compartía tragos y rumbas con amigos y colegas. Todo esto era hecho con enjundia y dedicación, porque para Darío, a diferencia de muchos profesores universitarios de nuestro tiempo, no eran antagónicas la investigación y la enseñanza, sino que las concebía como actividades complementarias que se nutrían mutuamente: en las clases socializaba los apasionantes temas que investigaba y en la investigación incorporaba las críticas, sugerencias y preguntas que escuchaba en clase o en las conversaciones informales en que cotidianamente resultaba involucrado. Darío era un conversador nato y envolvente con su dejo paisa, sus carcajadas espontáneas y su lenguaje franco y coloquial. Los alumnos que tuvieron la fortuna de compartir sus enseñanzas quedaban impresionados por su entrega, sinceridad, franqueza y capacidad crítica.

Como una clara muestra de sus preocupaciones intelectuales, Darío curso estudios de postgrado de Filosofía Latinoamericana en la Universidad Santo Tomas. En 1984 inició estudios en la recién creada Maestría en Historia de esta última universidad, espacio en el que se destacaría por sus polémicas intervenciones, por sus constantes cuestionamientos y, sobre todo, por hacer públicas dos de sus obsesiones intelectuales: el rescate de la historia regional del Valle del Cauca y el análisis de los «Pájaros» (los asesinos a sueldo del partido conservador). Esas dos pasiones se materializaron tanto en su tesis de grado, como en su primera obra sobre el tema de la Violencia que fue publicada en 1990 con el título de Matones y Cuadrilleros por la Editorial Tercer Mundo.

La actividad docente de Darío se desplegó en diversos claustros universitarios de Bogotá, tales como la Universidad Distrital, la Universidad Javeriana, La Universidad Nacional y, principalmente, en la Universidad Pedagógica Nacional -la misma en que fue expulsado en 1973, a la que regreso quince años después y en la que permaneció hasta el día de su asesinato. Así mismo, se desempeño como investigador en el IEPRI de la Universidad Nacional y en el CINEP. Como fruto de esa actividad escribió su libro Contrabandistas, marimberos y mafiosos. Historia social de la mafia colombiana (1965-1992).

Darío adelantó estudios de Doctorado en París, bajo la dirección de Daniel Pecaut, entre 1995 y 1997 y, en el momento de su trágica muerte, avanzaba en la elaboración de su tesis. A su regreso de París asumió la dirección del Departamento de Ciencias Sociales de la UPN y desde ese cargo organizó mesas redondas, debates, foros, charlas, conferencias y un sinnúmero de actividades culturales que reanimaron el bucólico discurrir de una carrera signada por la apatía, la rutina y el conformismo. La orientación de Darío le dio un nuevo hálito de vida al Departamento de Ciencias Sociales y durante ese período desfilaron por las aulas de la institución investigadores de prestigio nacional e internacional.

 

2. SU OBRA

A lo largo de su actividad como estudiante y como profesional, Darío Betancourt fue un infatigable trabajador del intelecto, cuya obra se desplegó en numerosos terrenos del conocimiento social y en la actividad docente. Escribió 7 libros, artículos, ponencias y ensayos que fueron publicados en revistas de Colombia y de otros países, como Venezuela y Francia. En su obra sobresalen los estudios sobre la violencia y el Valle del Cauca, cuyas contribuciones esenciales reseñamos brevemente:

  • Los «Pájaros»: historia de los matones conservadoresi: En el contexto de la evolución de la violencia en el Valle del Cauca, cuyos orígenes se remontan a los conflictos agrarios que sacudieron a esa comarca desde finales del siglo XIX -caracterizados por la influencia bipartista y el peso de las maquinarias electorales- se estudia por primera vez en la historiografía colombiana al temible «pájaro», al matón «aquella fuerza oscura y tenebrosa que era movilizada para amedrentar, presionar y asesinar, que luego de actuar desaparecería bajo el espeso manto de humo tendido por los Directorios Conservadores, autoridades y funcionarios públicos». Los pájaros fueron los principales agentes de la violencia conservadora que pretendía homogenizar políticamente a la región, expulsando y matando a los liberales. Esas «aves de mal agüero» se desprendieron de las Guardias Cívicas creadas en los pueblos por los Directorios Conservadores, actuando al principio en una forma espontánea para convertirse luego en «profesionales» del asesinato -los antecesores de los sicarios de nuestros días- al servicio de los minoritarios godos. Entre esos pájaros profesionalizados sobresalió León María Lozano, «El Cóndor», el más temible de todos y quien dirigió durante casi una década el aparato de terror que se desplegó en parte del Departamento del Valle, con el apoyo de los gobiernos conservadores y de la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla.

Los «pájaros aficionados» eran de extracción pueblerina y veredal y actuaban principalmente a nivel agrario, pero los «pájaros profesionales» emigraron del campo a la urbe operando en grandes pueblos y ciudades, dando origen al sicario político urbano. No tenían ningún tipo de base social porque no la necesitaban para llevar a cabo sus acciones criminales, ya que operaban en pequeños grupos de tres a cinco hombres. Actuaban a nombre de los ideales conservadores y católicos para defenderlos contra las «dañinas fuerzas del mal».

Como respuesta a los crímenes de los pájaros surgieron grupos de bandoleros liberales después de 1955. Cuando los pájaros perdieron importancia, los conservadores también organizaron cuadrillas de bandoleros, pero con menos influencia y radio de acción que las cuadrillas liberales. En términos económicos las cuadrillas estuvieron ligadas al café, porque los recolectores y peones reclutados eran los bandoleros y porque robar café era una importante fuente de financiación. Además, con las acciones de la cuadrilla se originó la reapropiación de tierras y se formaron «nuevos ricos», porque «hubo un reacomodo de clases», dando como resultado el ascenso de fracciones de las clases medias, «a la sombra y el estruendo de las carabinas de los cuadrilleros y de los bandoleros».

  • Historia de la mafia de la cocaínaii: El complejo mundo de las drogas en Colombia es analizado a la luz de la categoría Mafia, empleada frecuentemente para el caso italiano y estadounidense. La noción de mafia alude a la conformación de núcleos familiares que actúan al margen y contra el Estado, constituyéndose en organizaciones criminales que amasan fortunas en actividades ilegales y que por eso usan la violencia contra todos aquellos que se les oponen. Puede hablarse de la «mafia de la cocaína», puesto que alrededor de esta actividad ilegal se ha constituido una poderosa organización económica, con bases sociales en algunos de sus principales focos, con proyecciones políticas directas en ciertas oportunidades e indirectas por sus indudables nexos con la clase política tradicional, ligada a la organización de grupos de sicarios en complicidad con sectores estatales. Según el autor, «la irrupción de las mafias de las ‘drogas’ en Colombia debe entenderse… como un fenómeno histórico en el largo tiempo, con raíces económicas y sociales profundas que, sumadas a las características complejas de la estructura estatal y a la estratégica localización del país en la esquina norte de Sudamérica, facilitaron su desarrollo y consolidación ante una creciente demanda de esta sustancia desde el interior de las sociedades norteamericana y europea, a partir de la década del setenta».

La cocaína se ha extendido por diversas regiones de la geografía nacional y ha alterado la vida social, política y económica del país. Una historia de larga duración de formas ilegales de producción y comercialización, que van desde el contrabando, la explotación de esmeraldas y el tráfico interfronterizo clandestino, explica la emergencia de la mafia de la cocaína. A esto se asocia la constante debilidad del Estado colombiano, junto con la corrupción, el clientelismo, el tráfico de influencias y el bipartidismo, todo lo cual ha facilitado la irrupción de actividades ilegales. También influye la existencia de una sociedad con mínimos niveles de participación y poca organización y una permanente marginalidad política y económica. En el caso colombiano, la mafia está formada por » aquellos grupos que, identificados por intereses económicos, sociales y políticos, asumen una actitud ilegal frente al Estado y frente al ordenamiento jurídico que le sustenta, y que para resolver sus conflictos no recurren a los jueces ni a los entes estatales sino que, por el contrario, hacen uso de las organizaciones de sicarios creadas con el propósito de figurar como agentes locales que saben infundir respeto y aceptación. Al igual que otras mafias, la colombiana se fue fortaleciendo alrededor del núcleo familiar (padres, hermanos, tíos, primos, sobrinos, etc.) hasta penetrar otros grupos sociales».

A partir de esta perspectiva, se reconstruye la historia colombiana de los últimos 35 años del siglo XX considerando la forma como la mafia y los fenómenos asociados a ella se fueron desplegando en la totalidad del tejido social colombiano, lo cual tiene un trasfondo histórico concreto en las comarcas, localidades y regiones del país.

  • Rebuscadores y narcos en el Valle del Caucaiii: Los mediadores son los individuos que a lo largo de la historia vallecaucana establecen nexos entre la política, la economía y la sociedad nacionales con la región y la localidad, siendo los personajes que expresan la debilidad del Estado y la consolidación de micropoderes locales. La violencia en el Valle es tan ancestral como el mismo proceso de mediación, pues se gestó desde la colonización antioqueña tardía, pasando por las disputas agrarias, los conflictos políticos bipartidistas, adquiriendo un cariz singular con el «empollamiento» de los «pájaros» y continuando con los sicarios contemporáneos al servicio del narcotráfico.

En las «organizaciones de tipo mafioso del Valle del Cauca», los narcos son los mediadores, tanto con el Estado – de cuya fragilidad se alimentan y se aprovechan – como con las diversas fracciones de las clases dominantes. Estos «nuevos mediadores» combinan los patrones ancestrales de comportamiento político y familiar con los requerimientos de acumulación de capital a partir de los negocios asociados a un producto «ilegal». La mediación de los focos mafiosos abarca todos los aspectos de la vida social, política, económica e incluso cultural, en la medida en que el enriquecimiento fácil ha penetrado hasta los últimos poros del tejido social de gran parte de pueblos y localidades de la región valluna, propiciando el uso de la violencia individual como forma de control territorial y el soborno de los funcionarios de la administración pública.

El papel de los mediadores en la violencia vallecaucana de las últimas décadas es complementado con breves relatos de personajes que han servido a los terratenientes, los gamonales, los partidos tradicionales y a los narcos. Un antiguo «pájaro» relata la continuidad entre la violencia de ayer y la de hoy, cuando con amargura comenta: «Y pensar que ahora me encuentro aquí, de cuidandero en una casa de los Urdinola, achacado y enfermo. Hasta hace unos dos años nos reuníamos en bares y cafés de La Unión, Zarzal, La Victoria y el Dovio con muchachos (pollos), que trabajaban como sicarios para las mafias, y hacíamos comparaciones entre la vida de los ‘pájaros’ y la de los sicarios de ahora… Hay elementos que se mantienen o son constantes en una y otra violencia. La diferencia es que ahora hay más plata y mejores armas y carros. Yo pienso que los pájaros éramos más frenteros que los sicarios de ahora, que no saben bien por qué es que matan; nosotros teníamos un ideal: defender la supervivencia de los conservadores y para eso no se nos arrugaba el ánimo».

En sus estudios, Darío Betancourt realizó una obra de largo aliento que abrió importantes vetas a la investigación social, destacándose entre muchos de sus contribuciones las siguientes: una mirada de largo plazo a la violencia que le permitió establecer continuidades desde finales del siglo XIX hasta la época actual; un análisis de la política local y regional en términos sociales, lo que supuso relacionar la historia social y la política para explicar la complejidad social del Valle del Cauca; y una avance significativo a la historia regional, rompiendo con los chovinismos locales y mostrando los nexos con la realidad nacional e incluso internacional, como lo demostró con el caso de la mafia de la cocaína.

Darío se atrevió a hablar de manera clara y directa sobre el comprometedor tema de la Violencia, sin eufemismos, llamando a las cosas por su nombre e intentando desentrañar los mecanismos y los responsables del baño de sangre que sacude al país. Esto actitud independiente y crítica le costo la vida cuando todavía estaba fresca la tinta de su última obra, cuyo contenido – sobre todo los relatos que allí se publican – pudo haber molestado a más de un «mediador mafioso».

 

3. SU MUERTE

El viernes 30 de abril de 1999, Darío Betancourt abandonó por última vez las instalaciones de la Universidad Pedagógica Nacional a las 7.30 de la noche, despidiéndose cordialmente de los funcionarios y amigos con los que departía. Conduciendo su Renault 4, de color rojo, se dirigió hacia su apartamento, ubicado en la carrera 20 con calle 37, en el Barrio La Soledad, donde lo esperaban sus dos hijas, con las que puntualmente solía cenar todas las noches. En el camino estuvo en un Bar de Palermo al que asistía con alguna frecuencia, y de allí salió para no volver jamás. Después de salir de ese lugar, Darío no llegó a su apartamento porque en el trayecto fue raptado, sacado a la fuerza de la ciudad y luego fue asesinado a dos horas de Bogotá en la vía que conduce a Tunja.

Cuando al día siguiente se supo que Darío no había ido a su casa se inició su búsqueda, que se prolongó a lo largo de varios meses, por parte de sus familiares, amigos y colegas. Durante las primeras semanas, cientos de estudiantes y algunos trabajadores y profesores en una labor casi detectivesca nos dimos a la tarea de seguir, a partir de rumores y suposiciones, lo que pensábamos eran las huellas de Darío. Nunca antes en la historia de la Universidad Pedagógica Nacional, una comunidad de estudiantes se había movido en una forma tan espontánea y tan solidaria en pos de uno de los suyos. Una inmensa pancarta de varios metros cubrió durante meses el edificio A de la Universidad, en la calle 72 y los muros de las paredes de algunos lugares del norte y el centro de la ciudad se llenaron con grafitis que denunciaban la desaparición del Profesor Darío Betancourt y que exigían su regreso.

Del seno del mundo académico e intelectual se escucharon las más variadas voces de solidaridad y aliento, incluso algunas provenientes de Francia, en donde Darío estaba matriculado en un Doctorado en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales.

El 9 de septiembre el Instituto de Medicina Legal, luego de efectuar unos exámenes de ADN, comprobó que los restos encontrados en un municipio cercano a Bogotá correspondían a los de Darío Betancourt. La llegada de sus restos a la Universidad y su posterior entierro fueron acompañados por un multitudinario cortejo de estudiantes, profesores, amigos y conocidos que lo quisieron acompañar hasta su última morada.

Algunos de sus alumnos, colegas y amigos le escribieron poemas y textos de solidaridad y admiración, en los que con profundo dolor se expresaba el impacto anímico de su desaparición y posterior asesinato. Sólo quiero recordar en esta ocasión el poema titulado Análisis Sincrónico de un Amigo, escrito por Néstor Sanabria, uno de nuestros discípulos de la década de 1990, que dice así:

 

Dura la ausencia

Dura de aguanta

Dura de duradera

Falta una estrepitosa carcajada…

La risa es incompleta

La felicidad aún más distante

En el insondable océano de

la incertidumbre

Estar vivo…

Estar muerto

Lo que importa es haber estado

 

La Historia la hacen los hombres,

La Historia la escriben los hombres,

Usted amigo la escribe y la vive,

Usted amigo es un hombre,

«Usted amigo hoy nos falta»…

Para que vuelva la estrepitosa carcajada

Para que la felicidad se acerque

Para hacer más navegable el océano

Para estar vivos o muertos

Para volver a estar presentes

Viviendo, haciendo o escribiendo la historia.

 

 

El asesinato de Darío, como lo manifesté en forma emocionada y con la voz quebrada por el dolor el día en que sus restos entraron a nuestra Alma Mater, fue un golpe directo contra el pensamiento crítico y contra la libertad de cuestionar e investigar, porque el compañero ido representaba todos esos valores que han enaltecido los espacios democráticos construidos a fuerza de sangre y sacrificios en la universidad pública. Ese fue el anuncio macabro de que al pensamiento crítico y al historiador del presente se le había declarado la pena de muerte, en un país donde la muerte llega diariamente a los sitios más insospechados, incluyendo ahora a los «lugares del pensamiento» y a todos los sujetos interesados en preservar la memoria colectiva y en impedir que esta sociedad sea amnésica y desmemoriada.

 4. UN RECUERDO PERSONAL

Conocí a Darío Betancourt en 1984 cuando se inició la primera promoción de la Maestría en Historia de la Universidad Nacional. Desde ese momento y durante los siguientes 15 años nuestras vidas siguieron un curso más o menos paralelo. En 1986, por sugerencia suya, ingresé a trabajar a la Universidad Santo Tomás, donde trabajamos en el programa de Educación a Distancia hasta que fuimos expulsados, junto con otros 14 profesores, por haber adelantado una reforma en la orientación de ciertos programas académicos. Compartimos labores docentes en la Universidad Distrital y en septiembre de 1988 nos presentamos a un concurso público en historia convocado por la Universidad Pedagógica Nacional. Luego de superar todas las fases del concurso, quedamos igualados en el primer lugar con un total de 77 puntos sobre 100, destacándose que el jurado académico de ese concurso estuvo conformado por el lamentado Germán Colmenares y por Bernardo Tovar Zambrano. Por pura coincidencia nos posesionamos el mismo día, el 8 de febrero de 1989, momento desde el cual y en forma casi ininterrumpida compartimos espacios laborales, intelectuales y en algunos momentos personales, hasta el desgraciado viernes 30 de abril de 1999, cuando vi a Darío por última vez a eso de la cinco de la tarde en el pasillo del tercer piso del edificio A de la UPN.

Estábamos en vísperas del Primero de Mayo, fecha en la que casi todos los años nos encontrábamos en las manifestaciones obreras de Bogotá, por lo común en la plaza de Bolívar. Aunque a Darío le gustaría ir a esa manifestación, que pensaba iba a ser muy concurrida y beligerante, me manifestó que lo consideraba poco probable pues debido a la muerte de uno de nuestros colegas de Ciencias Sociales, como Jefe de Departamento debía estar presente en las exequias que se realizaban ese mismo sábado primero de mayo. Agregó que pasado mañana, el domingo dos de mayo, debería partir con los estudiantes de sexto semestre a una salida de campo a su amado Valle del Cauca, en razón de lo cual nos veríamos una semana después, luego de regresar del Valle y nos despedimos. Nunca imaginé que esa sería nuestra última conversación.

A lo largo de quince años, con Darío fuimos construyendo espacios comunes de trabajo y reflexión. Compartimos la elaboración de varios de nuestros libros y artículos. Participamos en planes de reforma académica en la UPN. Reformulamos programas en un ambiente tan conservador y tradicional como el que se respiraba en esta universidad cuando entramos a trabajar en 1989. Incluso, coincidimos en París en 1995 y 1996, cuando ambos adelantamos nuestro Doctorado. En pocas palabras, con Darío fuimos construyendo una estrecha y cordial amistad que, como las buenas y verdaderas amistades, con el paso del tiempo se convierte en complicidad.

Participamos en incontables actividades comunes, como conferencias, mesas redondas, simposios, charlas informales y debates en la UPN. En esos espacios teníamos oportunidad de intercambiar opiniones, puntos de vista sobre distintos tópicos del trabajo, de la situación de la universidad y del país. Desde que él asumió la Jefatura del Departamento de Ciencias Sociales tuvimos la ocasión de ampliar nuestros vínculos alrededor de la propuesta que él esbozó para reanimar la carrera de ciencias sociales. En estos dos fructíferos años -los más dinámicos e interesantes que he vivido en la Universidad- pusimos en marcha muchos proyectos e ideas, que bajo el liderazgo de Darío se convirtieron en realidad, tal y como lo atestigua la creación de la Maestría en Enseñanza de la Historia y el impulso de la modificación del Plan de Estudios de Ciencias Sociales.

Aunque la obra de Darío y la mía hayan seguido caminos diversos, en algunos momentos nuestros intereses se cruzaron. La primera vez, cuando los dos fuimos coautores de la Historia de Colombia en fascículos, publicada por la Oveja Negra en 1985. En este proyecto, dirigido por profesores de la UD, yo sugerí a Darío y éste de inmediato fue aceptado por su indudable capacidad investigativa. La segunda vez fue cuando yo me atreví a tocar uno de los temas en los que Darío era una indudable autoridad, el de la Violencia, al escribir y publicar Economía y violencia , para cuya elaboración Darío me proporcionó materiales, sugerencias y una gran ayuda. La tercera ocasión se presentó con relación a la enseñanza de la historia, tema en el que coincidieron nuestros intereses, como se puso de presente con la publicación de sendos libros sobre la cuestión y con la creación de la Maestría en Enseñanza de la Historia de la UPN.

A partir de mi proximidad con Darío en el sitio de trabajo, en los mismos espacios académicos, el trasegar cotidianamente con similares inquietudes docentes e investigativas me pude forjar una idea aproximada de su personalidad y de sus inquietudes vitales: amaba profundamente a su tierra natal; era un padre dedicado por completo a sus dos hijas, María Paula y Catalina; terco y persistente en indagar sobre un problema durante muchos años hasta que lo plasmaba en un libro; un apasionado por el estudio y comprensión de las diversas formas de violencia que históricamente se han enquistado en este país; combinaba productivamente docencia e investigación; conversador incansable en noches de bohemia y de tertulia; en fin, un intelectual comprometido con las causas populares y crítico acérrimo de los partidos tradicionales en Colombia, en especial del Partido Liberal.

Por todo lo que significó Darío como colega y amigo, hemos sentido su ausencia con nostalgia y dolor. Lo hemos recordado en nuestros pasillos, en nuestros salones, en la cafetería, en el Centro de Documentación y en todos los lugares que durante más de 10 años él recorrió y a los que les dio lustre y vida. Nos han hecho mucha falta su elocuencia, su terquedad, sus comentarios picantes, sus agudas intervenciones en foros y asambleas, su compañía en las marchas y manifestaciones, las tertulias improvisadas en las que departíamos al calor de un tinto, una cerveza o un trago. Por todo esto y mucho más lo hemos echado de menos, lo seguiremos extrañando y mantenemos en nuestra memoria recuerdo de alguien que no pasó ni anónimo ni desapercibido por la vida y que nos aportó lo mejor de sí, a nosotros sus compañeros y colegas pero, sobretodo, a varias generaciones de estudiantes de Ciencias Sociales, que hoy continúan su labor en diversos lugares del país, luchando como Darío contra la injusticia y la violencia estructural que nos atormentan a diario.

 

NOTAS

i. Darío Betancourt y Martha L. García, Matones y cuadrilleros. Origen y evolución de la violencia en el occidente colombiano, Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1990, 228 páginas.

ii. Darío Betancourt y Martha L. García, Contrabandistas, Marimberos y Mafiosos. Historia Social de la Mafia Colombiana (1965-1992, Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1994, 318 páginas.

iii. Darío Betancourt Echeverry, Mediadores, rebuscadores, traquetos y narcos. Valle del Cauca, 1890-1997 , Ediciones Antropos, Bogotá, 1998, 190 páginas.

(*) Renán Vega Cantor es historiador. Profesor titular de la Universidad Pedagógica Nacional, de Bogotá, Colombia. Autor y compilador de los libros Marx y el siglo XXI (2 volúmenes), Editorial Pensamiento Crítico, Bogotá, 1998-1999; Gente muy Rebelde, (4 volúmenes), Ed. Pensamiento Crítico, Bogotá, 2002; Neoliberalismo: mito y realidad; El Caos Planetario, Ediciones Herramienta, 1999; Capitalismo y Despojo, Ed. Pensamiento Crítico, Bogotá, 2013, entre otros. Premio Libertador, Venezuela, 2008. Su último libro publicado es Colombia y el Imperialismo contemporáneo, escrito junto con Felipe Martín Novoa, Ed. Ocean Sur, 2014.

 

Artículo publicado con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 

1