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¿De vuelta al pasado?

Fuentes: Rebelión

La plutocracia global que nos oprime se comporta, al estilo de los grandes imperios que asolaron habitantes y tierras a su alcance en sus respectivas épocas, como si realmente el mundo les perteneciera. El aire que respiramos, el agua que bebemos, la energía que consumimos, el espacio aéreo, los mares y océanos, el sol que […]

La plutocracia global que nos oprime se comporta, al estilo de los grandes imperios que asolaron habitantes y tierras a su alcance en sus respectivas épocas, como si realmente el mundo les perteneciera. El aire que respiramos, el agua que bebemos, la energía que consumimos, el espacio aéreo, los mares y océanos, el sol que nos alumbra; nuestro pensamiento, nuestras vivencias, nuestra fuerza de trabajo, nuestro modo de sentir y de amar…, todo consideran de su propiedad. Y como nuevos amos, como tecnológicos señores de horca y cuchillo, como modernos emperadores planetarios, se comportan, buscando eliminar los últimos y escasos obstáculos que aún les impide dar carta de naturaleza legal a su pretendido derecho sobre la totalidad de nuestras insignificantes vidas de meros recursos de explotación.

Poco les falta para conseguir su propósito; en suma: que el espacio concreto de los Estados termine de caer abatido, junto con sus fronteras, ante el espacio abstracto del mercado. Todas las barreras deben ser suprimidas, sean éstas físicas, legales, culturales o ideológicas. La hegemonización del nuevo imperio global requiere el cumplimiento categórico de una premisa capital: la homogeneización absoluta bajo la dictadura del pensamiento único y la lógica sacrosanta del Neoliberalismo. De esta forma, mercancías y capitales tendrán el camino expedito para circular libremente por todos los confines de la Tierra con el grueso de la humanidad a su servicio.

Para ello, todo el patrimonio público debe ser invadido, gradual o bruscamente, por las avanzadillas de la privatización; toda autonomía política, económica o cultural, debe ser supeditada a los intereses del mercado global, cuyos órganos ejecutivos velarán por el férreo cumplimiento de las leyes impuestas desde el imperio panterráqueo. Dados los inconfesables deberes adquiridos, los gobiernos se verán instados a consentir ajustes estructurales que acabarán por meter a sus respectivos países en una espiral de empobrecimiento y deuda, mientras los plutócratas, gracias a ella, aumentarán beneficios y poder desmantelando, una por una, todas las conquistas logradas por el pueblo trabajador en más de siglo y medio de luchas colectivas.

Inmersos en el póquer de crisis actual -donde a la económica, ecológica y energética, hay que sumar también la ideológica que sustentaba el pensamiento de izquierdas-, no hemos sido capaces de reaccionar ante la invasión en todos los frentes que ha permitido a las clases más reaccionarias del capitalismo global imponernos las bases del pensamiento social que a ellas interesaba. Su visión totalitaria nos enfrenta a la Historia como si ésta fuera un espectáculo fosilizado del que hemos dejado de formar parte y de cuya experiencia no cabe ya sacar la mínima enseñanza. Las ideologías han muerto, la Historia ha muerto, ergo es una inutilidad perder el tiempo husmeando en el pasado para encontrar el acceso a una vida histórica e ideológica fenecidas por decreto hasta la eternidad.

Sin referencia pretérita que nos guíe, sin conciencia de clase a la que pertenecemos, les es fácil situar el origen de coordenadas en el instante más conveniente para devolvernos, sin que lo advirtamos, al siglo XIX, invirtiendo el proceso histórico con que el estallido de las fuerzas productivas pulverizó las antiguas relaciones de producción hasta convertir en histórico todo lo que se consideraba absoluto. La inversión actual, por el contrario, pretende eliminar lo histórico para convertir el proceso en que estamos inmersos en algo absolutamente inamovible.

Despido libre, salarios en función de la productividad que tasan los amos, sanidad y educación sólo para quien pueda pagárselas, fondo de pensiones privados, eliminación del derecho de huelga, ilegalización de las asociaciones sindicales, cuerpos represivos públicos y privados al servicio de la oligarquía, muestran un paisaje que socialmente nos transporta a un tiempo anterior a la revolución soviética y a todo lo que el comunismo consiguió erradicar a lo largo del tiempo. Y sin embargo, ese es el futuro inmediato que se nos viene encima. Es como si en vez de avanzar en el tiempo, éste cambiara el sentido de su vector irreversible y nos llevara de nuevo a la época de un capitalismo salvaje en que el bienestar material y espiritual de los trabajadores padeciera víctima del más terrible de los abandonos.

Si tú eres uno de los damnificados, ¿crees que merece la pena luchar contra ello?

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.