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Defender la paz, no rotundo al retorno de la guerra

Fuentes: Rebelión

Toda guerra comienza con una orden y un grito de muerte y termina con una inmensa fosa común de la que nadie está exento o en una mesa de conversaciones con un pacto. La guerra es tragedia, no es comedia. Al final nadie asume responsabilidad de nada, pero todos pierden. En la memoria reciente hay medio millón de muertos, diez millones de víctimas y un pueblo entero con afectaciones de salud mental. La guerra entre pulsiones y deseos de maldad de quien la ordena sigue el arquetipo de la envidia. Hace creer que ocurre por un motivo justo y acusa de injusticia a quien también recurra a ella para atacar o defenderse. También hace creer que soluciona los problemas de la desigualdad causada por la voracidad del capital, y reproduce el esquema clásico infame y fallido (pharmakon griego) de que la guerra es veneno y antídoto a la vez, enfermedad y curación, mal y remedio.

     La guerra deja ruinas, enormes costos humanos, económicos y sociales. Impone odio como patrón, rompe la distinción entre armados legales, ilegales y civiles y omite reglas y costumbres para evitar el sufrimiento por la crueldad. La guerra es implacable con el cuerpo, la mente humana y el planeta, las actuales dejan 9 víctimas civiles por cada combatiente, porque los dueños del poder y el capital, ven a los demás humanos como cosas sin valor, de cuya vida pueden disponer a voluntad y capricho.   

     Las consecuencias psicológicas que quedan son difíciles de superar y el aparato productivo medio y pequeño como tiendas, negocios del día a día e informalidad, son destruidos. Son drásticas las caídas del PIB, empleo, salarios, pérdida del bienestar. Se amplían las inequidades y crecen la inflación y las esquizofrenias colectivas. Viejos, pensionados y enfermos se convierten en anomalías, objetos prescindibles y los jóvenes son cargados con pesadas mochilas repletas de artefactos para la muerte. Las garantías a derechos y vida con dignidad como los bienes de sobrevivencia, infraestructuras esenciales de hospitales, escuelas, universidades, agua potable, energía y viviendas son afectadas, la comunicación confiable averiada y generaciones enteras afectadas en su condición de grupo social.

     La guerra desintegra el tejido social, polariza, crea desconfianza, excluye la solidaridad y las secuelas pueden traducirse en espirales de resentimiento y venganza. Como parte de la herencia maldita para las próximas generaciones queda miseria, rabia, desastres ecológicos, desechos de guerra, minas, venenos, gases, tierras contaminadas, animales destrozados, residuos de armas biológicas y químicas, aguas envenenadas y perdida de la noción del entramado ecosistema-cultura, que sostiene la vida en el planeta. Después de la guerra la reconstrucción repara cosas y bienes, pero nunca sana del todo los cuerpos y las mentes. Lo material tendrá como inversionistas de la recuperación a los mismos criminales que planificaron la destrucción, que volverán a ganar de nuevo.

      La paz, representa todo lo contrario al daño, es dignidad, reconocimiento del ser humano igual, diferente, creativo, libre del temor y la miseria, con derechos y garantías, tranquilidad, confianza, cuidado, prudencia, paciencia, opciones de futuro. En la paz se reconoce al ser humano con capacidades y creatividad suficiente para resolver cualquier conflicto a través del dialogo, el debate, la palabra, la conversación entre diferentes que se comunican y saben cuidarse mutuamente como humanos relacionados con un entorno físico y mental necesario para seguir existiendo como humanidad civilizada, no solo conforme a sus normas y constitución, si no a sus prácticas y sentidos.   

     La paz siempre será mejor que la guerra. La gente se va de un lugar a otro en busca de paz, estudia para tener paz, lucha por su bienestar para vivir en paz. En paz hay tranquilidad, afecto, amor, confianza, solidaridad, sueños, futuro, respeto, dialogo, dignidad, música, arte. En paz se piensa en el significado de ser humano, sus debilidades, necesidades, capacidades y valor de la vida humana como la mayor riqueza del universo y el Estado tiene la obligación de garantizarla.

     Luchar por la paz siempre tendrá más sentido que sufrir la impiedad de la guerra. Los beneficios de la paz están en la manera de vivir y respetarse como seres humanos iguales, sin colonialismos, corrupción, autoritarismo o amenazas. Donde hay paz las naciones alcanzan mayores niveles de desarrollo humano como ocurre en Noruega, Finlandia, Islandia, Singapur, Portugal, Irlanda, Suiza, Dinamarca, que son naciones sin odio, sin la soberbia de gobiernos guerreristas. Allí la dignidad y derechos se respetan, no se destinan fondos a la guerra, lo importante se centra en salud, educación, bienestar social, cuidado, infraestructuras y generación de empleo y su prestigio global les permite ser naciones respetadas, soberanas, civilizadas, sanas y lograr ganancias con el comercio internacional e inversiones que florecen por tener contextos estables y utilizar la política y el gobierno como herramientas para construir garantías para la vida, nunca para la muerte que es de total rechazo.

P.D. Vuelve la trampa de guerra o paz. La toma de partido es por paz, derechos y dignidad. No guerra.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.