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Del espectáculo electoral a la guerra cultural

Fuentes: Rebelión

La campaña presidencial colombiana deja una imagen tan extraña como reveladora: candidatos convertidos en frutas, tigres digitales destruyendo trenes, neveras parlantes y videos hechos con inteligencia artificial circulando más rápido que cualquier programa de gobierno. A primera vista, parece otra escena del circo politiquero o una rareza de TikTok instalada en la competencia por la Casa de Nariño. Pero el problema es más inquietante: ¿qué ocurre cuando la deliberación pública es desplazada por una economía algorítmica de afectos administrados?

Este interrogante emerge en esta coyuntura. Según se ha visto, los videos generados con IA inundaron la publicidad de la primera vuelta y desbordaron la competencia entre candidaturas de centro y derecha, alcanzando también a la campaña progresista [1]. Para algunos analistas, este fenómeno empobrece el debate público al desplazar la discusión de ideas por contenidos superficiales, diseñados como “ganchos” para consumidores de redes sociales.

En esa lógica, la inteligencia artificial corre el riesgo de sustituir la elaboración programática por el histrionismo electoral orientado a provocar respuestas automáticas y convertir la política, en última instancia, en una mercancía sensacionalista. Al final, repiten los asesores, “las campañas se ganan con votos”, aunque para conseguirlos se vacíe de contenido la contienda democrática.

Sin embargo, ese pragmatismo debería preocupar por sus repercusiones políticas. La Misión de Observación Electoral alertó recientemente sobre la violencia digital, los discursos ofensivos y la desinformación detectados en el monitoreo de más de 42.000 publicaciones en Facebook y X, pocas semanas antes de la primera vuelta [2]. Esto sugiere que no estamos ante expresiones espontáneas ni inocentes, sino ante un síntoma de degradación del debate público que exige un análisis más riguroso.

En este punto, el uso electoral de la IA parece expresar una nueva fase de guerra cultural. No se trata solo de opciones distintas de proyectos, gustos o valores, sino de una lucha encarnizada por organizar el sentido común, o sea, por moldear percepciones, emociones, miedos, identificaciones y expectativas colectivas mediante el uso de herramientas digitales capaces de amplificar, acelerar y automatizar la confrontación política.

Algunos dirán que hoy es inevitable que la política adopte estas formas. Otros justificarán su utilización en clave defensiva: si el adversario emplea esas armas, ¿por qué no hacerlo también? Pero esa lógica plantea una pregunta fundamental: ¿qué lugar queda para la ética cuando todo recurso se legitima en nombre de la victoria? Si la política renuncia a disputar proyectos colectivos y se reduce a administrar técnicamente la manipulación, entonces todo parece valer, en cuyo caso, ninguna promesa política podría conservar su valor.

Así, en el capitalismo contemporáneo, la lucha política estaría cada vez más subordinada a las tecnologías de vigilancia, las plataformas digitales, los mercados de atención y a la inteligencia artificial predictiva. Todos deberíamos advertir que estos medios no solo buscan persuadir, sino también producir subjetividades vulnerables, reactivas y disponibles para ser incorporadas al orden discursivo de la democracia liberal, tanto en sus variantes progresistas como en sus derivas autoritarias.

Dentro de esta clave tecnológica, es posible que la ideología ya no opere solo como un conjunto de ideas que indican qué pensar, sino que funcione como una administración sensible de la experiencia vital, esto es, como instigadora del sentir, indicando a quién temer, de quién burlarse, con quién identificarse y hasta qué futuro es deseable imaginar. Recordemos que, en el “mundo administrado” del que hablaba Adorno, la dominación se vuelve más eficaz cuando moldea de antemano las formas de percibir, desear y reaccionar [3].

En este contexto, la IA no crea esta lógica de dominación desde cero; solo la acelera, la abarata y la convierte en mercancía afectiva infinitamente reproducible. Así que, el problema no se reduce al deepfake que engaña al votante, sino que abarca un riesgo más profundo y es que la política termine reducida a una fábrica de emociones, donde la ciudadanía ya no es convocada a reflexionar, organizarse y decidir, sino entrenada solo para reaccionar.  

Ideología, afectos y producción de sentido común

Hemos usado aquí el término “ideología”, aunque debemos precisar su alcance. No se trata de reducirlo a una “falsa conciencia” ni a una “mentira” difundida por los poderes facticos. Tampoco basta explicarlo como “ideas dominantes” implantadas por grupos, sectores o clases. Ambas lecturas acotarían demasiado la cuestión. Cabe señalar que, la ideología no solo encubre la realidad, también organiza las percepciones, afectos y significados desde las cuales esa realidad se vive, se acepta o se controvierte.

Conviene, sin embargo, conservar esta idea central: las ideas dominantes no flotan en el aire, sino que se anclan en relaciones materiales de poder. Como señala Ludovico Silva, la ideología no opera solo como falsificación de la realidad, sino como una trama que organiza representaciones, hábitos, sensibilidades y deseos [4]. Gramsci, por su parte, enseñó que el poder no domina únicamente por la fuerza, sino también mediante dirección intelectual y moral [5]. Desde esta última perspectiva, un video aparentemente absurdo de frutas deja de ser inocente y pasa a funcionar como una pequeña máquina de producción de sentido.

Ahora, pensemos en lo que “no” hacen estas piezas. No explican una reforma tributaria, no comparan modelos de salud ni discuten deuda, paz, empleo juvenil, transición energética o la cuestión agraria.  Solo buscan transmitir sensaciones, activar estados de ánimo y fijar asociaciones afectivas.

En la guerra cultural contemporánea, el sentimiento opera como infraestructura política: la rabia, el miedo, el asco, la ternura o la vergüenza no surgen espontáneamente, sino que son producidos, ordenados, monetizados y puestos en circulación. Pero, como es obvio, las plataformas no premian necesariamente la verdad, la complejidad ni el diálogo, sino la capacidad de capturar atención; y, en tiempos de cansancio social y saturación informativa, esa atención se conquista más fácilmente con escándalo, ridiculización y frenesí social que con matices argumentativos.

En efecto, una campaña debería preguntarse si sus piezas ayudan a comprender mejor el país, sus conflictos y sus alternativas. Pero la lógica algorítmica desplaza esa pregunta por otra más funcional al mercado de la atención: ¿esto se comparte, indigna, divierte, polariza, se vuelve viral? Cuando esa segunda pregunta devora a la primera, la política se devalúa. No porque el humor, la creatividad o la ironía sean negativos; al contrario, toda política viva necesita símbolos, imaginación y lenguajes capaces de conectar con la experiencia cotidiana.

Por tanto, el problema aparece cuando esa imaginación queda subordinada al cálculo efectista, y la ciudadanía deja de ser interpelada como sujeto deliberante para ser tratada como un conjunto de impulsos medibles, emociones administrables y reacciones disponibles para la explotación algorítmica.

En Colombia, esta dinámica adquiere una gravedad particular. El país conoce demasiado bien la fabricación del “enemigo interno” como tecnología de dominación. Durante décadas, la protesta social, el sindicalismo, el campesinado organizado, los movimientos populares y las izquierdas han sido presentados como amenazas antes que como actores legítimos de la vida democrática. Por ello, no es menor que algunas piezas digitales, bajo el ropaje aparentemente inofensivo de la sátira o la caricatura, reactiven la asociación entre izquierda y criminalidad. En una sociedad marcada por asesinatos políticos, estigmatización, conflicto armado y memorias abiertas de persecución, una imagen puede parecer un juego, pero también sedimentar miedos, reactivar reflejos contrainsurgentes y alimentar una pedagogía de la sospecha. Allí la guerra cultural deja de ser solo rivalidad simbólica: se convierte en una forma de organizar afectos, clasificar enemigos y preparar condiciones anímicas para la exclusión y la violencia.

La cuestión se agrava cuando se cruza con el territorio. Una frutinovela puede parecer entretenimiento político para un joven en Bogotá, pero para una lideresa rural en el Cauca, el Catatumbo o Arauca puede reactivar una historia de señalamientos que ha costado vidas. La hegemonía no pesa igual en todas partes: en la ciudad, la mano dura puede presentarse como promesa de orden; en regiones atravesadas por la guerra, economías ilegales y, puede traducirse en militarización, estigmatización y cierre de espacios comunitarios. Por consiguiente, la comunicación electoral no es un juego de campaña, sino que también define qué vidas son escuchadas y cuáles son convertidas en potenciales blancos legítimos.  

En consecuencia, el problema no consiste en condenar la sátira ni en exigir, ingenuamente, campañas desprovistas de emoción. La política siempre ha trabajado con símbolos, relatos, gestos, humor y afectos. Lo decisivo, entonces, es preguntarse quién controla hoy esa producción simbólica, con qué intereses y bajo qué responsabilidad democrática. La inteligencia artificial no llegó a una esfera pública sólida, sino a un terreno ya erosionado por la desigualdad, la precariedad, el resentimiento social, la concentración mediática, el clientelismo, el miedo y la desconfianza.

De ahí que la desinformación prenda con tanta facilidad: no porque la gente sea incapaz de pensar, sino porque toca heridas reales. La inseguridad, el abandono y la falta de futuro producen malestares que pueden ser traducidos en demanda de orden, búsqueda de culpables o deseo de venganza. La guerra cultural opera sobre esas fracturas organizando afectos, fabricando enemigos y desviando la atención de las estructuras que producen este malestar. Cuando el adversario aparece una y otra vez como fruta podrida, traidor, monstruo o conspirador, la polémica pierde su piso democrático y la política deja de reconocer al otro como un contendiente legítimo.

Alfabetización algorítmica y contrahegemonía popular

Frente a este escenario, la respuesta no puede limitarse a validar fuentes, aunque esa tarea sea necesaria. Desmentir una falsedad ayuda, pero no basta para ganar la hegemonía. Como sugeriría Gramsci, se trata de construir buen sentido dentro del sentido común existente, es decir, partir de problemas concretos, reconocer miedos reales y ofrecer explicaciones más profundas sin humillar a quienes piensan distinto [6]. En diálogo con Freire, una alfabetización algorítmica popular no debería ser una charla técnica, sino una práctica colectiva capaz de convertir la experiencia diaria en pregunta política: ¿quién gana con mi rabia?, ¿qué enemigo se fabrica?, ¿qué problema se oculta?, ¿qué solución se sugiere? Allí puede formarse una ciudadanía menos manipulable, no porque deje de sentir, sino porque aprende a leer políticamente sus emociones [7].

Dicha alfabetización debe asumirse también como práctica organizativa. No basta con detectar si un contenido fue producido con IA; es necesario discutir qué impresiones genera en nosotros. Una junta de acción comunal, una escuela popular, una emisora comunitaria o un grupo juvenil pueden analizar una pieza viral preguntando qué emoción activa, qué enemigo construye, qué salida promete y qué intereses encubre. Aunque parezca un ejercicio modesto, tiene una fuerza profundamente política: transforma el consumo pasivo en lectura crítica y convierte la pantalla en punto de partida para hablar de empleo, tierra, seguridad, racismo, paz, fascismo o futuro.

En el fondo, la puja sigue siendo por el sentido común. La cuestión es si aceptaremos que la política se reduzca a capturar unos segundos de atención o si seremos capaces de exigir una conversación pública donde el divertimento no exima la responsabilidad, la tecnología no sustituya la iniciativa de transformación y la emoción no funcione como carnada. En suma, la inteligencia artificial podría ampliar voces, producir materiales pedagógicos y acercar debates complejos a territorios históricamente excluidos; pero, bajo la lógica actual de las plataformas, también puede operar como una tecnología barata de simplificación, resentimiento y espectáculo.

La conclusión es incómoda pero necesaria. El desafío no consiste en volver a una política incontaminada que nunca existió, sino construir una política popular capaz de disputar deseo, imaginación y atención sin reproducir la misma degradación que critica. La contrahegemonía no consiste, entonces, en gritar más fuerte ni en fabricar memes más crueles, sino en producir otra dirección moral e intelectual: una forma de nombrar el país que tome en serio la vida concreta de la gente, sus dolores, alegrías, contradicciones y derecho a comprender. Frente a tigres digitales, frutas parlantes y neveras convertidas en propaganda, la tarea no es refugiarse en la solemnidad, sino recuperar la pregunta por el país real que esas imágenes, entre la risa y el algoritmo, pueden inducirnos a olvidar.

Notas y bibliografía

[1]Para una revisión de fuentes ver notas periodísticas en agencia EFE, (2026, 20 de mayo), La inteligencia artificial reemplaza las propuestas en las elecciones en Colombia y también El País, (2026, 16 de mayo), Los videos con IA inundan la campaña presidencial de Colombia con fantasías electorales.

[2]Misión de Observación Electoral. (2026). Mapas y factores de riesgo electoral. Elecciones nacionales 2026.

[3]Adorno, T. W. (2008). Crítica de la cultura y sociedad I. Prismas. Sin imagen directriz* (Obra completa, vol. 10/1). Akal.[4]Silva, L. (1978). Teoría y práctica de la ideología. Nuestro Tiempo.

[5]Gramsci, A. (2016). Hegemonía y lucha política en Gramsci. Selección de textos (G. A. Varesi, Comp.). Ediciones Luxemburg.[6]Gramsci, A. (1981–2000). Cuadernos de la cárcel (6 vols.). Era.

[7]Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.