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Covid-Ceguera

¡Despierta! La Tierra es feliz sin los hombres de la guadaña

Fuentes: Rebelión

Tuvo que llegar el coronavirus y extenderse por todo el planeta para que la vida renaciera en lugares donde estaba muriendo, agonizando. Los pájaros volvieron a cantar como no lo hacían desde hacía un siglo. El aire ennegrecido comenzó a mutar echando bocanadas de oxígeno. Las flores y plantas embellecieron. El mar, saturado de plástico y petróleo, pudo curarse un poquito y regresaron el verde y el azul a su vientre, a su placenta, y al cielo protector. Hemos visto estos meses a ciervos entrar en las iglesias, a osos cruzarse en el camino, a tierras estériles y marchitas, reverdecer. Por doquier brotaba, como dándonos las gracias por regresar a la cueva, un paraíso terrenal.

¡Qué miedo da el regreso a “la normalidad”, sinónimo de barbarie “animal! Cuando caigan las mascarillas perforaremos hasta llegar al infierno minas de carbón, pozos de oro negro. Los bosques arderán como castillos de naipes, y en los océanos y selvas explotarán ballenas y elefantes ahogando en sangre “nuestra civilización”.

La Covid-19 (hija de “hybris” y “otros murciélagos” que habitan en las cavernas donde los muertos fabrican el vil metal) traerá también hambrunas, pobreza, niveles de desempleo hasta ahora desconocidos. A la vuelta de la esquina veremos la irresistible ascensión de las máquinas y los robots y, por si fuera poco, seguiremos con las viejas recetas que nunca funcionaron (ni a la izquierda ni a la derecha) y con el antiquísimo adagio, padre y madre de todas las verdades, del “burro, la noria, el palo y la zanahoria”.

¿Qué tiene que pasar para que demos un giro de 180 grados, una oportunidad a la imaginación? Para que, partiendo del respeto absoluto al Otro y a la Tierra, pongamos las bases de un mundo nuevo que gire en torno al ser humano y sus necesidades, y no al ritmo que marcan los cómitres, esos mercenarios de los mercaderes y fantasmas que se nutren de la sangre de “la plebe” que tratan cual rebaño que, una vez estrujado, abandonan en los mataderos donde se apiñan los que nacieron sin escudo y sin espada.

¡Bienvenido un mundo sin fronteras ni religiones en el que no haya motivos para matar ni morir! Un planeta en el que hagamos “la guerra” a la competitividad, al humus del capitalismo que se expande, cual ominosa miasma, en sociedades cainistas, turbias, con borrosos ángeles y demonios. Peleemos (con la inteligencia y la razón) contra la sociedad del “tanto tienes, tanto vales”. Contra la sociedad del eterno retorno del más fuerte. Contra la del péndulo de la muerte.

No al macho del puño de hierro que se queda con los brazos cruzados cuando un “homínido” apuñala a una hembra, cuando el capitalismo (ya sea de Estado como en China o “guay” como en EEUU y los suyos) ruge girando, cual hélices enloquecidas, sus guadañas de sangre en “las amazonías” de la aldea global dejando a su paso cementerios sin fronteras que llenan los bolsillos de los espectros del capital que, al mismo tiempo que prometen la luna, cavan tu tumba y la de media humanidad.

Ya no valen las fórmulas del pasado. Ha llegado la hora de acabar con los dioses y los héroes caducados que moldearon un mundo podrido basado en intereses comerciales o en doctrinas que ya tuvieron su época y se secaron. En verdad, no hay otra alternativa: o nos renovamos siguiendo caminos opuestos (guadaña versus flecha) o “los nadies” regresarán al pozo sin fondo. En verdad, la Tierra vive mejor sin los hombres “marciales”.

Digo sin los hombres porque ellos (y no ellas) son los que han estado matando y muriendo en guerras interminables durante milenios, los que han estando exterminando pueblos enteros durante milenios, los que han estado practicando el genocidio, la tortura, las violaciones de las madres e hijas de los vencidos durante milenios, los que en el nombre de dioses ambiguos han estado cortando las alas de las mujeres durante milenios, los que en nombre del progreso han estado destruyendo el planeta durante milenios, los que no dejan de clavar el puñal en las Evas de todo el mundo, los que continúan hundiendo la daga en el corazón de Gea, paradigma supremo de todas las niñas, muchachas, adultas y ancianas que fueron castigadas por morder la primera manzana.

Si está pandemia “y toda la estructura que la rodea” no pone punto final al endemoniado crecimiento cancerígeno que nos llevará al colapso total, el ser humano tendrá que emigrar a estrellas fugaces que arden como mil millones de soles. A esos puntitos brillantes habitados por divinidades, hombres y androides carbonizados.

Si de esta lección no aprendemos nada bajaremos para siempre la cerviz esperando la llegada del verdugo de los mil nombres: la alienación, el cirujano de cuerpos y almas, el hombre del cuello y la rodilla, la enfermedad, la pobreza, el sicario del mercado, la ruleta rusa que gira en paraísos fiscales disparando sus balas en la sien del inocente, la lluvia negra, la sinfonía de los misiles con música de Wagner, etc.

(No hay maestra más sabia que la naturaleza, ella es la gran diosa que encierra todos los conocimientos. Ninguna biblioteca del mundo, ninguna universidad o escuela sabe una millonésima parte de lo que ella atesora. Si ella sonríe, el mundo va bien y el hombre hace lo correcto. Si ella sufre, como ahora, es porque los hijos están matando a su madre)

¡¡¡SOLUCIÓN!!! ¡Claro que hay solución! el nacimiento de un hombre nuevo, de una sociedad que aborrezca la competitividad (madre de la locura y de otras enfermedades físicas y mentales) y abogue por la solidaridad y la libertad sin patrias ni banderas. Un mundo en el que los besos, los abrazos y el acoplamiento amoroso (al estilo de Mother y su creador en Raised by Wolves) se coticen en bolsa, y los negocios oscuros (y sus criminales secuelas) queden, como un mal recuerdo, cual infame huella de un pasado superado.

Blog del autor Nilo Homérico

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