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Edison Llanos: Testimonio de un ex interno

Detrás de los muros del Servicio Nacional de Menores

Fuentes:

Edison Llanos (Coquimbo, 1977), ex internado en el Centro de Orientación y Diagnóstico del Servicio Nacional de Menores (Sename) y del Centro de Rehabilitación Conductual Cereco o Cárcel de Menores, es el autor del libro Mi infierno en el Sename (Ansias de libertad) (Ceibo Ediciones, 217 págs.). Entrega un testimonio de los abusos que sufrió, […]

Edison Llanos (Coquimbo, 1977), ex internado en el Centro de Orientación y Diagnóstico del Servicio Nacional de Menores (Sename) y del Centro de Rehabilitación Conductual Cereco o Cárcel de Menores, es el autor del libro Mi infierno en el Sename (Ansias de libertad) (Ceibo Ediciones, 217 págs.). Entrega un testimonio de los abusos que sufrió, junto a sus compañeros, mientras estuvo internado y cómo logró escapar hacia la libertad. El libro es una denuncia contundente y desgarradora acerca de una institución del Estado destinada a la protección de los menores en situación de riesgo, que finalmente termina convirtiéndose en un infierno. Los abusos de funcionarios, monjas e incluso de un obispo que relata el libro, son aberrantes y recuerdan los horrores de la Dina-CNI.

¿Qué lo motivo a escribir este libro?

«Era para mi hija: cuando estuviera en esa etapa llamada adolescencia y tuviera comportamientos rebeldes, se lo entregaría y le diría ‘así vivió tu padre’. Pero en el transcurso del tiempo junto a Marcela Concha, abogada de los niños, vi que esto sigue repitiéndose 23 años después de yo haber egresado, y la sociedad sigue sin saberlo o derechamente sin querer saberlo. Fue cuando cambió mi percepción, y decidí publicarlo como una forma de hacer justicia social y acercar al país a esta realidad».

¿Por qué llegó al Sename, a qué edad?

«Unicamente por pobreza. Habré tenido entre dos años y medio y tres».

El libro habla de torturas, violaciones, muertes. ¿Quiénes cometían estos delitos?

«Cuidadores externos integrados a contrata por el Sename y por las casas cuidadoras u Ocas (Organismos Colaboradores del Sename). Así como también terceras personas, ajenas al internado pero que entraban como Pedro por su casa y sacaban a pasear a los niños; uno en especial, con un alto cargo en la Iglesia Católica de aquellos años. Esto deja en claro la vulnerabilidad que existía, puede que ahora hayan cambiado, pero también puede ser que en el listado, que ni el Sename maneja, acerca de la identidad de niños de-saparecidos, estos hayan sido secuestrados o quién sabe qué cosa le ha sucedido. Las Ocas funcionan cuando ya no hay cupo en hogares administrados directamente por el Sename».

¿Cuál es el nombre de ese miembro de la Iglesia Católica?

«En el libro aparece».

(En la página 149 del libro aparece el testimonio de la violación de un niño por el obispo Francisco José Cox).

¿Qué pasa con el gobierno, el Parlamento, la policía?

«Había supervisiones pero hacían caso omiso de ellos. Hay parlamentarios que tienen casas colaboradoras (Ocas), y no les conviene acabar con el sistema. Hablamos de millones de dólares por concepto de subvención. Facturan con el dolor de los niños. Por otro lado, existe protección al gobierno, que pidió blanquear el informe de la comisión investigadora. Responsabilizo al diputado Ramón Farías: me consta que hizo cuanto estuvo a su alcance para encubrir estos horrores».

¿Qué parlamentarios tienen estas Ocas?

«La familia Walker».

¿Quiénes son responsables directos de las aberraciones en el Sename?

«El Estado. Los cargos directivos son otorgados por compadrazgos políticos. La directora del servicio, Solange Huerta, que como fiscal de la Zona Sur había tenido más de 300 denuncias por abusos sexuales en casas colaboradoras y de administración directa, decidió no perseverar en las investigaciones y cientos de niños quedaron sin justicia. Hoy ella dirige el Sename, cargo obtenido, evidentemente, porque se negó a formalizar a quien ahora dirige al país por el caso tsunami. También está Alicia del Basto, quien se encarga de archivar sumarios internos en contra del personal. Hablamos de torturas, violaciones y otras brutalidades. Ella es la presidenta del sindicato de funcionarios (Afuse). Ninguno de los sumarios logra terminar, ya que se encargan de lograr la prescripción y el victimario sigue cumpliendo funciones».

Usted estudió y logró salir adelante. ¿Qué porcentaje de internos del Sename logra lo mismo?

«Aún no soy abogado y lograrlo es un camino que tengo que retomar el próximo año. Tramito causas por más de doce años para el magister en derecho penal, Rolando Vio González. Tengo título de contador. He avanzado con el apoyo de personas que confiaron en mí y, sobre todo, con las ganas de querer cambiar mi destino. Es difícil, pero se puede.

Con respecto a cuántos logran lo mismo, es fácil la respuesta: solo un puñado, ya que al salir de un internado del Sename, sales sin herramientas que te permitan sociabilizar o con habilidad en un oficio. Los días adentro son monótonos: de un lado a otro, caminar, esperando que el tiempo sea compasivo y pase rápido».

¿Cree que en la comisión investigadora del Parlamento se logrará algo?

«Fui a cada una de sus sesiones, teníamos esperanza en Claudia Nogueira, Ricardo Rincón, Maya Fernández, Camila Vallejo, Urrutia, etc. Puedo decirte que el único diputado que estuvo a la altura y realmente sabe de infancia, es René Saffirio, quien quedó prácticamente solo. El resto son una vergüenza, en especial, Ramón Farías y Camila Vallejo, quien nada entiende de infancia. Junto a Marcela Concha nos reunimos con cada uno. Ellos les fallaron a lo que es el mañana de Chile… los niños».

¿Cuál sería la solución para que nunca más ocurrieran los hechos que narra en su libro?

«Crear una nueva institucionalidad del Sename. Pero con otras personas, no con los mismos de siempre, o será un Transantiago más».

 

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RECUADROS

 

Monjas torturadoras

 

«La hora del rezo era el momento en que quedábamos más descuidados y desprotegidos, ya que en muchas ocasiones las auxiliares usaban este momento para holgazanear; tanto así, que si algo nos ocurría, al menos durante una hora no tendríamos atención oportuna. Aquel día, como de costumbre, las auxiliares desaparecieron de la faz de la tierra y las hermanas se fueron a preparar el rezo de la semana. Entonces, un grupo de internas que estaban cansadas del maltrato, aprovecharon dicha hora, saltaron la reja principal y huyeron del internado. Mariana, Olavia, Alicia, y no recuerdo a las otras dos, corrieron hasta donde pudieron, no sé cómo ni quién las delató, pero volvieron en un furgón policial.

Al preguntar la policía por las auxiliares, dijimos que nos encontrábamos solos. Los uniformados esperaron por dos horas, hasta que se asomó una monjita y detrás de ésta la madre superiora. Fue ella quien recibió a las internas, con amor inconmensurable las abrazó, las acarició y hasta le brotaron una que otra lágrima. Nosotros estábamos asustados, era la primera vez que veíamos un acto de amor semejante. Eran contadas las veces en las que éramos receptores de tanta armonía. Mientras observábamos atónitos la escena, comenzamos a acercarnos a los carabineros y ellos nos saludaban, hasta nos dejaban tocar sus esposas y decían que eran para atrapar delincuentes, gente mala, y que esperaban que nosotros fuéramos gente buena. En eso comenzó una absurda conversación entre los uniformados y la hermana superiora, ellos dijeron que no levantarían un reporte y que era una bendición conocer su obra; ella les sonrió, les besó las manos y ellos partieron.

Apenas desapareció el móvil en la esquina, la monja que estaba como directora en ese instante, tomó a dos de las fugadas del cabello, arrastrándolas hacia el comedor; las otras tres fueron llevadas a golpes.

Detrás de las murallas de aquel comedor se forjó una de las palizas más fuertes de la que hayamos sido testigos. Las golpearon con las sillas; las arrastraban del pelo de un lado a otro; las golpeaban con los pies, dándole patadas en el estómago. La monja y otras dos auxiliares que estaban fuera de sí, eran verdaderas energúmenas atacando a un par de niñas que no superaban los 13 años de edad. Garabatos varios e insultos resonaban.

-¡Huachas, hijas de perra! ¡Sus madres fueron putas! ¡Por eso están acá!».

 

(Del libro Mi infierno en el Sename )

 

 

El monseñor violador

 

«Ese fin de semana, a eso de las 5 de la tarde nos llevaron a visitar el Arzobispado de La Serena, lugar al que asistiríamos en más de una ocasión y en donde fui testigo de la más deplorable abominación en contra de uno de mis compañeros.

Ahora, al ser adulto, agradezco no haber tenido una apariencia llamativa cuando niño, sino todo lo contrario. No tenía ojos claros, ni dentadura perfecta; tenía una cicatriz que había hecho parte de mí y mi mejor aliada. Mientras que del resto de mis compañeros era, la mayoría, de ojos claros, tez blanca. Quizás por ese motivo…, o quizás fue su belleza infantil que se convirtió en su desgracia y maldición.

En uno de los paseos que ya eran rutina, unos 6 niños, incluyéndome, nos encontrábamos en el Arzobispado. Por alguna extraña razón el trato hacia mí, por parte del obispo y sacerdotes, era más que displicente. Quizás por ello, tenía la libertad para recorrer hasta el último rincón de la casa pastoral como si fuera mía y fue en uno de estos recorridos que escucho quejidos fuertes, era una mezcla aguda, como si uno proviniera de un niño y otro de goce de un adulto.

Estábamos tan acostumbrados a hablar del más allá que me embargaba la intriga y curiosidad por descubrir de dónde provenían esos sonidos. Era tal mi interés que, de descubrirlo, tendría algo que contarle a mis compañeros; esto significaba popularidad, respeto por parte de ellos, y no por poco tiempo.

Caminé por el pasillo hacia el fondo, en el segundo piso; mientras más avanzaba hacia el dormitorio principal, más agudas y fuertes oía las voces. La luz tenue se hacía más y más grande a medida que mis pies avanzaban a ella. Por un instante imaginé que así debería ser estar en el mundo de los muertos, hasta creo que pensé que aquello podría ser un purgatorio, un pasillo oscuro y una luz al fondo.

Este momento era mi oportunidad, por lo que comencé a orar, para que Dios tomara mi alma, como si fuese un halo de suspiro y me llevase a su presencia, disfrutando de aquel camino de las maravillas que ofrece el mundo del más allá, definido por muchos, como la paz eterna.

El palpitar del corazón me daba la clara señal que estaba caminando hacia algo desconocido, eso hasta aumentaba mi presión arterial. Por primera vez en mi vida vería con mis propios ojos un alma en pena, tendría algo que contar a mis nietos e hijos.

Estaba emocionado, mi aliento era frío. Ya estaba a uno o dos pasos del lugar de donde provenían los sonidos, cuando noto que la luz no era un ente, sino que eran rayos sobrantes y traviesos que salían de una ampolleta desde la habitación más grande del lugar: las habitaciones de monseñor Francisco José Cox; la puerta estaba entreabierta…

No alcancé a cruzar cuando vi notoriamente una imagen que me provocó la confusión más grande de mi vida, sentí una mezcla de odio, rencor, repulsión, asco y curiosidad. No comprendía bien lo que estaba viendo, no sabía si hablar o huir, mi cuerpo temblaba y mis piernas se estaban convirtiendo en una hilacha de lana. Era tanta la mezcla de sentimientos que tenía que, en un cambio de segundos a milisegundos, mi cuerpo fue acechado por el miedo y el temor y sin poder contenerme, sencillamente reaccionó y terminé orinando mis pantalones.

Mi compañero, de quien reservaré su nombre, estaba de rodillas a un costado de una cama gigante, mientras que el señor obispo, de apellido Cox, estaba detrás, completamente desnudo, abusando de él como si fuera un muñeco de trapo, así como a su vez, lo acariciaba grotescamente. Me es difícil describir detalladamente la escena, toda vez que la recuerdo y aún me tiemblan las manos, fue chocante. Recién ahora comprendo que aquello era una violación, era un vejamen a un niño, a mi compañero.

Podía notar su llanto apagado, y de haber llorado a viva voz, por la distancia que había entre este dormitorio y el lugar donde se encontraban todos, era seguro que nadie lo habría escuchado. Algo en mí me dice que muchos trabajadores que en aquel entonces cumplían funciones allí, estaban en conocimiento de estos abusos. Solo ahora hablo de esta situación de la que fui testigo; solo ahora, a esta edad en que entendí.

Debo decir que estas visitas fueron varias veces, y cada vez el obispo Cox desaparecía largas horas con uno u otro compañero».

 

(Del libro Mi infierno en el Sename ).

 

Publicado en «Punto Final», edición Nº 879, 7 de julio 2017.

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