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Día de la paz para Colombia

Fuentes: Rebelión

El día de la paz invita a ver las posibilidades que tiene Colombia de superar su conflicto social y armado de medio siglo de evolución. Mejor hacerlo nuevamente desde Asturias, pues hablar de paz en Colombia es peligroso. Las élites lo consideran una idea de los terroristas y puede costar la cárcel o la muerte. […]

El día de la paz invita a ver las posibilidades que tiene Colombia de superar su conflicto social y armado de medio siglo de evolución. Mejor hacerlo nuevamente desde Asturias, pues hablar de paz en Colombia es peligroso. Las élites lo consideran una idea de los terroristas y puede costar la cárcel o la muerte. Sin embargo no hay otro camino que la paz, vistos el horror cotidiano y el enorme costo -humano y económico- de una guerra cada vez más intensa e inútil.

El Plan Colombia no consiguió sus objetivos. Muchos millones de dólares en armas de última tecnología, miles de asesores extranjeros y medio millón de soldados profesionales no lograron acabar con las guerrillas y resultan demasiado costosos para un pueblo empobrecido, que en su mayoría no ingresa dos dólares diarios, pero al que endeudan y esquilman para pagar los más de 50 mil millones de dólares que ha costado mantener en los últimos años semejante pié de fuerza.

Tras muchos años de guerra el tiempo se agota para nuestra tierra que entró en una fase avanzada y aguda del conflicto. La guerrilla, que se ha ido refugiando en las fronteras y en las áreas selváticas, está golpeada pero no derrotada. Para el Comité Internacional de la Cruz Roja, en Colombia la guerrilla » se ha adaptado dinámicamente a la situación y una vez más tiene la capacidad de ser un actor importante en el conflicto armado «. Los narcotraficantes penetraron al estado y colocaron sus alfiles en puestos claves de los poderes públicos. Al tiempo se agudizó la crisis de los derechos humanos, las masacres, amenazas, asesinatos, desapariciones y desplazamiento forzado.

El plan de guerra diseñado en los Estados Unidos sirvió para el lucro de sus fabricantes de armas y para que algunos empresarios y los jefes de las mafias se apoderaran con violencia y gratuidad las tierras de los campesinos, los pueblos indígenas y los afrocolombianos, y para aniquilar sindicalistas y opositores de la guerra. También sirvió para que Colombia sea hoy uno de los tres países de América en los que creció la desigualdad económica, con Guatemala y República Dominicana.

La población colombiana está cansada de la guerra y es alto el costo político para las partes. Las guerrillas vienen perdiendo apoyo social por los secuestros y la toma de rehenes, y la fuerza pública por los graves atropellos que comete a diario contra la población civil, como la ejecución extrajudicial de más de dos mil personas hasta hace menos de dos años, siendo Ministro de Defensa el actual Presidente Juan Manuel Santos Calderón.

El nuevo gobierno tampoco parece dispuesto a invertir en la paz y continúa con la vieja e inútil exigencia de rendición de las guerrillas como requisito previo a una negociación. En tanto  incrementa el presupuesto para la guerra y el número de profesionales dedicados a ella, haciendo del Ministerio de Defensa el primer empleador de la nación. Con todo, los hechos más notorios son que la guerra va dejando de ser funcional a la acumulación del capital y que, a pesar del riesgo, los sectores sociales más organizados siguen exigiendo diálogo y negociación política.

Ahí surgen los obstáculos. La desconfianza entre las partes, la incidencia del narcotráfico en las dinámicas de la guerra, la pérdida del mando centralizado en la guerrilla, la injerencia de los Estados Unidos y su creciente presencia militar, y los intereses de quienes tienen en la guerra un medio efectivo de incrementar ganancias. Pero sobre todo, conspira contra la aspiración de paz la impunidad en la que se quedan graves violaciones de los derechos humanos y la comprobación histórica de que en Colombia las tierras y los bienes acumulados mediante la violencia pasan a ser propiedad indiscutida de los usurpadores, con lo cual estaría sembrado el siguiente ciclo de violencia.

El Presidente Juan Manuel Santos dice que no botó al mar las llaves de la paz, pero insiste como Alvaro Uribe en mantener como única presencia del estado en las regiones la de los uniformes y las armas oficiales. Pero eso en medio del abandono y de la miseria absoluta de las gentes tiene un límite.

El reto de los colombianos es lograr que las partes dialoguen y aborden las agendas que dan contenido a la paz, previstas desde hace casi veinte años. Tiene razón Bruno Moro del PNUD al afirmar que la paz en Colombia no es el silencio de los fusiles. Hace falta reformas que traigan equidad y justicia social. Urge crear espacios de cultura de paz pues terminar el conflicto sin eliminar sus causas materiales y culturales, puede traer la paradoja de que haya más muertes tras la guerra que durante ella, como se ve en algunos países de Centro América.  

La comunidad internacional que está dejando solos a quienes luchan por la paz de Colombia, puede asumir la verdad tangible de que ese país no está en etapa de posconflicto. Europa y España pueden comprometerse con una agenda en la que la paz y los derechos humanos sean el eje de la agenda bilateral, relegados por los intereses económicos hasta ahora.

La paz de Colombia es posible y necesaria, es la paz de Suramérica. La entrega unilateral por las FARC de un grupo de personas en estos días es un gesto que hay que valorar para buscarle salidas a esta guerra sin fin.

 

(*) Javier Orozco Peñaranda es sindicalista, miembro del Colectivo de Colombianos/as Refugiados en Asturias «Luciano Romero Molina».


Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.