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Diálogo con una salvedad

Fuentes: Rebelión

Que perdonen los camaradas y militantes de izquierda, pero fue imposible no parodiar al gran poeta del Establecimiento Eduardo Carranza cuando en su famosa oda Poema con una Salvedad, escribió el celebrado verso: Salvo mi corazón todo está bien. Los poetas nadaístas quienes produjeron el gran movimiento contracultural de Colombia en los años sesenta del […]


Que perdonen los camaradas y militantes de izquierda, pero fue imposible no parodiar al gran poeta del Establecimiento Eduardo Carranza cuando en su famosa oda Poema con una Salvedad, escribió el celebrado verso:

Salvo mi corazón todo está bien.

Los poetas nadaístas quienes produjeron el gran movimiento contracultural de Colombia en los años sesenta del siglo pasado, no se lo perdonaron y como grito de batalla de su genial insurgencia que pretendía no dejar títere con cabeza, lanzaron su proclama para que los señores del sistema fueran sabiendo a qué atenerse:

Salvo Eduardo Carranza, todo está bien.

Pero bueno, eso es otro tema, recuerdo que entre oportuno e impertinente se nos coló a propósito de las palabras liminares de este escrito y que nada tiene que ver con la materia que nos convoca. Esta es los Diálogos de La Habana entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y la insurgencia de las FARC-EP. en el propósito de ponerle fin al conflicto armado que vive Colombia, logrando una paz estable y duradera.

 

El diálogo gobierno-insurgencia ésta precedido de un Acuerdo General suscrito por las partes al más alto nivel, con las condiciones en las que se llevará a cabo, el firme propósito que lo anima y naturalmente la agenda temática. Valga decir, los asuntos esenciales de la vida nacional que por existir sobre ellos ancestral descontento de las mayorías que no los ven tramitarse en su beneficio, generó la rebelión. Esos puntos sobre los que versarían las conversaciones -¿habrá qué decirlo?-, no con otro fin que el de acordar cambios significativos en ellos -no revolucionarios- que atiendan la inconformidad que mal que le pese a la clase en el poder y no esté dispuesta a reconocerlo, en algún nivel recoge e interpreta la guerrilla.

 

Las conversaciones comenzaron mal. La parte formal bien, las primeras declaraciones protocolarias mejor, las intenciones manifiestas, excelente. Solo que… al poco andar las conversaciones cuando como era mandatorio tenía que pasarse del discurso a los hechos, del gesto para la tribuna a la adopción de reformas y de las frases de ocasión hacia la comunidad internacional a la aceptación de las llagas del sistema, en lugar de eso aparecieron los gestos de descalificación del otro, las palabras denigrantes del interlocutor, las mentirosas razones morales que impedían atender las propuestas insurgentes, cómo si venían de la orilla del crimen y el pecado. En fin…

Y siguieron mal las pláticas. Y eso acabado de relatar, como una posición de cuerpo de la clase en el poder que se abroquelaba defendiendo sus intereses y privilegios, apostando por no alterar un statu quo que les es favorable. Ello, con desprecio por los reclamos de una mayoría que, simpatizantes o no de la guerrilla, comparte y reclama la necesidad de un cambio drástico en la democracia formalista que tenemos excluyente y represiva en lo político, inequitativa y elitista en lo social.

Vinieron entonces muy en las primeras de cambio ante las iniciales propuestas de los combatientes sobre el punto que encabezaba la agenda, las declaraciones del vocero del Establecimiento el jefe negociador Humberto de la Calle ante los desconcertados periodistas, en el sentido de que si la guerrilla quería cambios, que lo que debía hacer era dejar las armas, ir a elecciones, ganarlas e implementar su modelo. Y al ministro de defensa un anodino Juan Carlos Pinzón simple ventrílocuo de los generales, pregonando que con terroristas y bandidos no se podía negociar. Y a los generales advirtiendo que el modelo militar -es decir, la «doctrina» del enemigo interno, el terrorismo de estado, la estrategia contrainsurgente paramilitar y el ciego acatamiento de la doctrina de la seguridad nacional del Pentágono-, no estaba en discusión en la Mesa. Y al procurador general Alejandro Ordóñez amenazando que cualquier acuerdo con las Farc era violatorio de las leyes divinas y humanas y que él actuaría en consecuencia. Y todo eso lo decían y lo dicen desde luego con la aquiescencia del jefe de todos ellos el presidente Juan Manuel Santos.

 

Lo anterior, aunado a las expresiones más feroces de la poderosa extrema derecha -tampoco nada muy diferente en su ideología ni en su posición de aquéllas las oficiales-, que como forma de defender y posicionar su causa recalcitrante en favor del modelo inicuo que los enriquece, acusa al Presidente Santos de converso aliado de la facción más terrorista de la extrema izquierda (¡!!). Tonterías en realidad, pero que no dejan de hacer mella al proceso de paz y lo minan ante la opinión pública, como que ese sector encabezado por el cada día más cuestionado ex presidente Uribe Vélez, su dos veces destituido superministro Fernando Londoño y el apologista vergonzante del paramilitarismo el ex vicepresidente Francisco Santos, cuentan con amplia resonancia en los medios de comunicación con base en la generosa financiación del gremio financiero y de las multinacionales agroindustriales y minero energéticas.

 

 

La conclusión de todo ello, es que en los diez meses de negociaciones de paz entre el gobierno y la guerrilla de las FARC. , el resultado es paupérrimo. Casi nada. Y eso obedece a esas expresiones que aquí se han consignado, que recogen la posición real y sentida de un Establecimiento cuya tradición de apelación a la violencia, despojo de tierras y exclusión de quienes estén por fuera de sus élites, es ancestral, proverbial en América Latina. No otra cosas fueron las guerras civiles del Siglo XIX, no otra cosa fue la hegemonía conservadora de los primeros treinta años del siglo XX que tuvo «feliz» coronación con la masacre de las bananeras, «La violencia» liberal conservadora de los años 40 y 50 del siglo XX, no otra cosa fue el Frente Nacional liberal conservador, ni el horror del terrorismo de Estado y la estrategia paramilitar con la que se enfrentó la inconformidad social y la insurgencia armada de los últimos treinta años.

La gran paradoja de este proceso es que el presidente Santos respondiendo a su más auténtica tradición y naturaleza de clase, cada día habla de él más en sintonía con sus contradictores de la extrema derecha. Que vemos, ya no lo son tanto, y habría que ponerlos entre comillas. Y es que apenas ayer 5 de octubre el presidente dijo que aquí no se va a implementar un modelo comunista, ni castrista -debió guardar respeto con su anfitrión en la Habana-, ni chavista. Óigase bien: ni chavista. Y eso, que apenas llegó a la presidencia y debía tratar de tú a tú con el primer mandatario venezolano, se vio precisado a revocar sus múltiples expresiones de odio hacia él, y en una inopinada declaración donde lo que más sobresalía era su hipocresía, llamó al presidente Chávez «mi nuevo mejor amigo». Pero ahora que murió «su amigo», que ya no tiene que guardar las apariencias ni se ve precisado a estrecharle la mano, vuelve sobre su anterior opinión, la que siempre ha tenido del caudillo venezolano. Y si consideramos que en Venezuela no ha habido una revolución, ni cambiado el sistema, ni desconocido la Constitución, ni se ha actuado por fuera de las leyes aprobabas por un congreso legítimo, ¿qué significa éso de que «aquí no se va a instaurar un régimen chavista?

 

La respuesta a lo anterior es, y no otra cosa, que en las negociaciones del gobierno con las FARC, ni remotamente se va a pactar nada que tenga que ver con la justicia para los más pobres, ni redistribución del ingreso, ni aumento del gasto social, menos autonomía frente a los Estados Unidos, tampoco integración y solidaridad latinoamericanas fiel al ideario del Padre Bolívar, ni muchísimo menos nada que tenga relación con el sometimiento de los capitales extranjeros y las multinacionales a los intereses de la nación y sus nacionales.

Eso y no otro fue lo que insólitamente dijo apenas ayer el presidente Santos. Como si el chavismo significara la destitución de toda democracia, la implementación de la tiranía, la eliminación de la propiedad privada o la nacionalización de los medios de producción, que son los puntos nodales en los cuales la dureza de la oligarquía colombiana hace recaer «el peligro» de las negociaciones con las FARC. ¿Qué es entonces lo que va a negociar el Estado? Por lo expresamente manifestado, ¡nada! ¿Qué es lo que se va a revocar de lo ominoso del régimen que en privado se reconoce? Por lo con rabia pregonado, ¡nada! ¿Qué es lo que se va a acordar en materia de apertura en la participación democrática con espacio político para los rebeldes? Por lo con indignación alegado, ¡nada!

 

Tal el estado del arte de las en un momento esperanzadoras negociaciones de paz en Colombia. Lo cual nos obliga a cerrar estas notas con fundada desesperanza: paz no se vislumbra. Las negociaciones de La Habana están en sus últimos momentos. El gobierno jamás quiso entender que la Mesa era de negociación, no de rendición. Y la mezquindad de la clase dirigente, los gremios económicos, los partidos políticos y los todopoderosos medios de comunicación, echaron al traste un sueño.

Así, otra vez y de nuevo pidiendo perdón, tenemos que parodiar al poeta oficial y decir que los Diálogos de Paz de La Habana son «Diálogos con una Salvedad». Porque, Salvo el corazón del gobierno, todo estaba bien.


(*) Luz Marina López Espinosa es integrante de la Alianza de Medios por la Paz.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.