En un despliegue de cinismo político que desafía al sentido común, el Gobierno de los Estados Unidos (EE.UU.) persiste en catalogar a Cuba como una “amenaza inusual” a su seguridad nacional. Esta infamia, carente de rigor moral, no es más que un recurso de esa potencia en declive para tratar de justificar el recrudecimiento de […]
En un despliegue de cinismo político que desafía al sentido común, el Gobierno de los Estados Unidos (EE.UU.) persiste en catalogar a Cuba como una “amenaza inusual” a su seguridad nacional. Esta infamia, carente de rigor moral, no es más que un recurso de esa potencia en declive para tratar de justificar el recrudecimiento de una política de asfixia económica —que data de más de 64 años— contra un pueblo que se niega arrodillársele.
Es un despropósito geopolítico que la mayor potencia militar de la historia pretenda sentirse acechada por una isla de once millones de habitantes, cuyo único “arsenal” exportado ha sido solidaridad mediante brigadas médicas, entrenadores deportivos y alfabetizadores. Esta supuesta amenaza no resiste el menor análisis de seguridad comparada, se desmorona cada año en las Naciones Unidas. Allí, la comunidad internacional ratifica, dejando en soledad absoluta a Washington, que el verdadero peligro no es la Revolución cubana, sino la persistencia de un bloqueo que asfixia el acceso a alimentos, medicinas y otros bienes vitales para el desarrollo económico, convirtiendo contradicciones políticas e ideológicas en castigo colectivo.
Y pudiera resultar aterrador observar cómo las narrativas producidas por los imperios no han mutado en cinco siglos. Del Requerimiento de los conquistadores españoles de 1513 a la política del presidente Trump hacia Cuba de 2026, la narrativa se mantiene casi idéntica en contenido y forma. Esta última se construye, una vez más, sobre la base de un ultimátum absoluto que niega el diálogo e intenta establecer un falaz marco legal —sustentándose únicamente en su poderío imperialista— para imponer un bloqueo energético total, castigando incluso a terceros países que suministren petróleo a la isla.
Lo más cínico es que, al igual que el Requerimiento de 1513 responsabilizaba a los indígenas de su propia destrucción si no se sometían “de inmediato” a la Corona, la administración Trump aplica la misma lógica: si el pueblo cubano sufre apagones de veinte horas o falta de alimentos debido a las sanciones, la culpa será exclusivamente de los propios cubanos por su “terquedad” al no aceptar el “trato” (léase: sometérsele).
Sesenta y cuatro años de cerco no han logrado doblegar la voluntad de un país que ha convertido la resistencia en su forma más alta de soberanía. Mantener a Cuba en listas espurias y bajo leyes anacrónicas no es un acto de seguridad, sino una confesión de impotencia política ante un ejemplo que Washington no logra asimilar. Es hora de que la soberbia imperial ceda ante la razón universal: la isla de Martí y Fidel no es una amenaza, sino un referente de dignidad que ha ganado el derecho a labrar su propio destino sin tutelajes ni bloqueos. El mundo lo demanda, la historia lo reconoce y el pueblo cubano, con su persistencia indomable, lo demuestra cada día al negarse a claudicar. Cuba volverá a vencer.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


