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Dios lo quiere

Fuentes: La Estrella Digital

Corrían los últimos años sesenta del siglo pasado. En círculos militares no era raro oír criticar a Franco. Era incluso más usual y frecuente entonces que lo que ocurrió después, tras su muerte en 1975, cuando se radicalizaron las opiniones y un manto de recelo y desconfianza se extendió sobre los miembros de la Institución […]

Corrían los últimos años sesenta del siglo pasado. En círculos militares no era raro oír criticar a Franco. Era incluso más usual y frecuente entonces que lo que ocurrió después, tras su muerte en 1975, cuando se radicalizaron las opiniones y un manto de recelo y desconfianza se extendió sobre los miembros de la Institución Militar.

Con motivo de no recuerdo qué decisión adoptada por el Gobierno, varios capitanes conversábamos sobre los intríngulis políticos del régimen. Uno que conocía bien, por sus relaciones familiares, al almirante Carrero Blanco (por entonces Vicepresidente del Gobierno), nos comentaba que éste se hallaba firmemente convencido de que Dios ayudaba directamente a Franco, y por eso creía que «el Generalísimo» jamás podría cometer errores de bulto en la dirección del país. Cuando algunos mostramos incredulidad, sospechando que se trataba de una broma, nos replicó así: «No hay broma alguna. Carrero es consciente, y así se lo he oído decir personalmente, de que en los momentos difíciles la divina providencia ha venido siempre en ayuda del Caudillo». Y añadió, a modo de explicación, que Franco se encerraba ante el sagrario abierto de la capilla del palacio de El Pardo, antes de tomar cualquier decisión difícil.

Suponiendo que el anterior Jefe de Estado hubiera adoptado alguna vez decisiones difíciles – varios de sus más acreditados biógrafos aseguran que su método preferido para resolver asuntos complicados consistía en dejar que se solucionaran por sí mismos (y la suerte le acompañó a menudo) – resultaba sorprendente, cuando no preocupante, imaginar que los más altos destinos de España estuvieran en manos tan poco ortodoxas, políticamente hablando. Establecer una línea directa y privada con alguna divinidad parecía ser copia, muchos siglos después, de las funciones reservadas antaño a las pitonisas griegas o a los arúspices romanos. No se puede decir que unas y otros dieran mal resultado a polemarcas y césares en sus aventuras guerreras, siempre que una política hábil y decidida y unos ejércitos poderosos respaldaran los augurios divinos.

Pues no debía andar Franco tan desencaminado cuando ahora, desde la cúspide de la única gran potencia mundial, Bush parece recurrir también a iluminaciones emanadas de lo inefable para decidir la política de EEUU. Sincerándose, no hace mucho, en una visita claramente preelectoral a los «amish» pensilvanos (miembros de la Iglesia Menonita), les aseguró que tenía «una relación muy estrecha con Dios». Declaró: «Confío en que Dios habla a través de mí. Sin esto, no podría hacer mi trabajo».

Por si la cosa no estuviera clara, un periodista del diario británico The Observer reproducía la siguiente confesión de Bush, antes de su nombramiento como candidato a la presidencia en el año 2000: «Siento que Dios quiere que me presente a las elecciones presidenciales. No puedo explicarlo, pero siento que el país me necesita. Algo va a pasar… No será fácil para mí ni para mi familia, pero Dios quiere que lo haga». Y el año pasado, el diario israelí Haaretz transcribía una conversación de Bush con el entonces Primer Ministro palestino Mahmud Abbas, en la que aquél manifestaba: «Dios me dijo que atacara a Al Qaeda y la ataqué; después me dijo que atacara a Sadam, y lo hice».

Junto con estos ejemplos extraídos del ámbito occidental y cristiano, está claro, por otro lado, que en el mundo islámico de hoy la divinidad es también responsable de muchas decisiones políticas, tomadas por los que interpretan la inefable voluntad desde el poder político, sean los ayatolás en Irán o Iraq, los feudales señores de Arabia Saudí o los fanáticos terroristas de las células de Al Qaeda dispersas por todo el mundo. De sobra se han reproducido declaraciones islamistas mostrando que su dios respalda el terrorismo de los comandos suicidas, del mismo modo que el dios cristiano ha apoyado – según Bush – los implacables bombardeos de Afganistán o Iraq, que han enviado anticipadamente a su paraíso a un número considerable, aunque todavía desconocido, de creyentes mahometanos. Basta recordar la cinta de vídeo en la que Al Qaeda se responsabilizaba de los atentados en Madrid, donde se decía textualmente: «Esto es la respuesta a los crímenes que han perpetrado en el mundo, especialmente en Iraq y Afganistán, y habrá más si Dios lo quiere».

¡Dios lo quiere!, además de ser el grito de guerra con el que a finales del siglo XI se iniciaron las cruzadas («Deus volt»), es también una fórmula que, a lo largo de los siglos, ha autorizado y legitimado toda extralimitación en el ejercicio del poder a los gobernantes de cualquier signo político, religión, raza o nacionalidad. ¿Quién es capaz de averiguar la voluntad divina y certificar que los actos y decisiones políticas responden a ella? Reyes y sacerdotes, actuando al unísono, se han aprovechado de esa inveterada fórmula mágica, para mejor someter y explotar a los pueblos ignorantes.

La ciencia moderna acaba de descubrir, en unas excavaciones realizadas en Abydos (Egipto), que se consideraba voluntad divina el asesinar y enterrar con el faraón muerto a sus servidores más inmediatos, para que le atendieran en el largo viaje al más allá. Siete mil años después, sigue siendo la voluntad de los dioses la que exige llevar la guerra, la muerte y la destrucción a los pueblos que de uno u otro modo se resisten a las exigencias del poder político iluminado por la deidad. Pilotos de bombardero y terroristas suicidas actúan hoy, en muchas ocasiones, convencidos de que están cumpliendo fielmente la voluntad de sus respectivos dioses, aniquilando a los infames. ¡Dios lo quiere!


* General de Artillería en la Reserva
Analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM)