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Sobre la infinitud del universo y de la estupidez

Divertimento

Fuentes: Rebelión

No hay nada más parecido a un fascista que un burgués asustado.

Bertolt Brecht

Como siempre, los políticos, ‘intelectuales’ orgánicos, opinólogos y sátrapas afines (y el mundo, al igual que México, tiene una particular y variada panoplia orgánica al respecto), esas viejas ‘nuevas’ vanguardias con sus vuelos de altura –que hablan de todo, porque al parecer todo está de moda y todo da lo mismo (Sloterdijk),[2] hoy de nuevo nos dicen cómo salvarnos.

Si no ya no de la falsa conciencia, de la colonización del mundo de la vida, del pensamiento sistémico, del orden capitalista, del populismo machista supremacista y heteronormativo y de un eterno y amplio etcétera; salvarnos ahora de la catástrofe del COVID 19, del fin del sistema y del neo-orden social.

Frente a la pandemia, e inspirados en la casuística emocional y en el axioma antirracional o en el idealismo panlingüístico ‘inclusivo’, y contrarios a la ciencia ‘normativa’ (pensemos en el ‘epistemicidio’ o la tan en boga perspectiva emic: emotions and feelings), desde la planura de su plano ‘neopostcontrapicado’,[3] obnubilados por la liminalidad del extremismo y de la estupidez ilustrada, estos renovados alegóricos de la democracia liberal y nostálgicos del deber ser nos hablan del fin del capitalismo y el ignoto comunismo soft (Zizek, dixit), del colectivismo anarquista, inclusivo y de género (Agamben, Butler), de la aceleración del orden mundial global y la consolidación de la democracia liberal (M. Vargas Llosa, S. Piñera, J. Bolsonaro, N. Bukele), del ‘nuevo’ orden mundial ahora controlado por nanobots integrados al organismo biológico (B. Gates, Rockefeller Fundation) o de un mundo hipercontrolado por ordenadores, teléfonos y edificios inteligentes; la sociedad Matrix con gente cada vez más idiota (Zizek, Byung-Chuk). Es claro que esto último no lo dicen porque todos ellos son gente “educada”, seria y ‘políticamente correcta’.

Así, y con diferentes axiomas de completud, avizoran la catástrofe y peligros (no riesgos) que hoy nos acechan (Rancière) y, de paso, nos aclaran que estamos en guerra (E. Macron, D. Trump, S. Piñera), estabilizando una retórica militar cada vez más intensa. Una guerra en donde la negatividad del enemigo deviene neopositividad, la cual se expresa entre otras cosas por la escasez de rendimiento y por el acelerado exceso de comunicación (Byung-Chuk). Y en esta guerra, la recodificación del enemigo interno va reactualizando las variaciones de viejas doctrinas de seguridad nacional, ese McCarthismo reelaborado por los franceses en su guerra colonial (Argelia), aplicado después por las dictaduras latinoamericanas (Uruguay, Chile, Brasil, Argentina), y consagrado luego por la Patriot Act tras el 11 de septiembre de 2001, y por México en la ‘guerra en contra del narco’ emprendida por Caderón Hinojosa (2006).

Una guerra en donde la alteridad de ese ser otro, legítimamente otro (Maturana), deviene nuevamente en enemigo interno –solo que ahora bajo una otra caracterización (COVID 19)–, lo cual da pábulo al fundamento de la militarización de la sociedad y al eterno discurso bélico para ‘salvar la patria’ (Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, Perú).

Mientras, estos ‘expertos’ en realidades sociopolíticas y administración social del tremendismo y del miedo, al alero de sus atalayas mediáticas y amparados por la seguridad que ofrece la Postsocial History (Cabrera),[4] el trending topic (blogs, conversatorios, teleconferencias inclusivas para ‘ell@s’ y ‘todxs’ vía zoom), y otras hierbas, opinan sobre lo ‘nuevo’ de la ‘novedad’ y también sobre lo ‘dificultoso’ del mundo por venir, para anunciarnos –como la buena nueva– que todo aquello que nos parecía natural de la noche a la mañana ha dejado de ‘existir’, y lo que nos espera es la catástrofe económica y el caos social.[5]

Catástrofe y caos (no contingencia e incertidumbre) que nos llevará a espacios del todo incongruentes e innaturales, lo cual –‘evidentemente’– será ‘más’ terrible en aquellos países en dónde los gobiernos están en manos de presidentes ‘populistas’ (Vargas Llosa dixit), puesto que nos harán derrapar por el sendero de la angustia y el caos (solo le faltó citar a Joaquín Sabina).

Tal que, para estos publicistas, ‘intelectuales’, ‘científicos sociales’ y ‘académicos’ –que además pueden ‘conocer el futuro’ (¡me cacho!, diría Manolito)–, deviene claro que si la pandemia nos ha devastado, entonces el periodo postneocoronavirus será mundialmente catastrófico, incrementando la desintegración, afectando la economía, el crecimiento y la industria, y de paso generando miseria, precarización y pobreza, peor todavía si esos ‘gobiernos populistas’ no intervienen para solicitar y activar los ‘generosos’ préstamos de la banca mundial y del FMI (rescates). Ciertamente, para reactivar la economía y ‘salvar a la humanidad’, clama la retórica del tremendismo y de la especulación.

Sesudos opinólogos y comentócratas, por cierto siempre ‘críticos’, que ávidos por sacarnos de la oscuridad a la luz nos explican el todo y la causalidad de un modo ‘simple’ y categórico, misturando datos con alucinaciones, mentiras y manipulaciones ad hoc (además con palabritas en inglés, para ser ‘serios’, cuestión que también yo hago por puro joder. Aber Bitte!), y en donde la clave es esencialmente hablar de todo en tanto y cuanto sustituto funcional a su ortopedia cognitiva, la cual además funciona como deus ex machina.

Cierto, hablan de todo, solo que también siempre ajustados a los marcos preconcebidos que dicta el que paga. Zopilotes y zánganos disfrazados de ‘periodistas y académicos’, que reciben fortunas a raudales (al respecto baste solo ojear la prensa nacional de cualquier periferia),[6] y que ahora se organizan para más que a la humanidad, salvar a los bancos y a los empresarios (pacto fiscal), a la ‘democrática’ narcocracia y a sus intelectuales orgánicos (mafias académicas incluidas), mientras reducen lo político y potencian las tecnologías para acceder a todas nuestras interacciones, en donde incluso a las formas extremas de confinamiento se le llaman movilización total (Santiago López Petit).

Así, junto con el COVID 19, el tremendismo no solo está de moda, sino que también se estabiliza tanto como el homeworking, las internet classroom o la teleeducación, alimentando la máquina burocrática del miedo y de la hiperinformación, pero no el conocimiento y mucho menos la reflexión (Philippe Meirieu, Francesco Tonucci, Cristián Bellei); porque no es eso lo que interesa.

Al contrario, lo que interesa es buscar lo espectacular, el opinar y la escénica descripción primera de la cosa en la cosa, evidenciado la dantesca manifestación de la impotencia intelectual, del ‘ilustrado sentido común cotidiano’ y de los relatos falaces y frenéticos de la comentocracia.

No es casual entonces que estos brillantes comentócratas de todo color, género y pedigree no se hayan enterado –o no sapan– que en el mundo han muerto, mueren y siguen muriendo un significativo número de personas por causas ajenas al COVID-19:[7] diarrea infantil, infarto, cáncer, diabetes, tuberculosis, cólera, tabaquismo, alcoholismo, automedicalización y consumo de drogas, accidentes de tránsito, asesinatos, suicidios (OMS), guerras y exterminio de personas vía violencia del Estado (verbi gratia Chile).

Guerras de ocupación, que han destruido millones ‎de vidas (Afganistán, Irak, Libia, Siria, Yemen), aniquilando los derechos de las víctimas, de las naciones y de las ‎leyes internacionales, y todo esto bajo la escandalosa impunidad que brinda la retórica sempiterna de los desastres humanitarios y de la ‘defensa de los derechos humanos’ y el obsecuente silencio de estos señores del tremendismo; quienes, al parecer, tampoco sabían que todos los años mueren más de seis millones de menores de quince años, la mayor parte por afecciones vinculadas a la desnutrición. Que la malaria se cobra un millón de muertes al año, la diarrea, casi dos millones, la tuberculosis, al menos un millón y medio; y todas estas son enfermedades curables, incluso fácilmente curables (OMS).

Que, como en México, los refrescos y la comida chatarra matan más que cualquier pandemia conocida, por no señalar el número de muertos y víctimas de la absurdidad de las guerras (‘contra el narco’) que cada año asolan al mundo.

Que en algunas regiones del mundo (África, América Latina, Asía), no existen dispositivos higiénicos, como las redes de agua potable, de drenaje sanitario y de manejo de basura y que la pobreza afecta al 50% de la población (ONU, CEPAL), por no hablar de la concentración y redistribución económica (Índice GINI, 2020).

Que los sistemas de salud (medicamentos, estructuras y camas disponibles por población, respiradores, personal médico, etc.) fueron y han sido pulverizados por la lógica mercantil tanto en Italia, Francia, España cuanto en América Latina, Asia y África, y en aquellos lugares como el medio oriente (Irán) o la ex Yugoslavia (Bosnia, Croacia), en donde se ha vulnerado la salud de las personas con guerras y pruebas de armas biológicas desde hace ya tres décadas (balcanización de los Balcanes), lo que hace a su población más vulnerable al contagio frente a cualquier infección, sumado a las que ya traen en sus genes (pulmonía, cáncer), productos de las guerras.

¿No les escandaliza que la mitad de la población mundial viva en condición de pobreza, muera de hambre y enfermedades, reciba un dólar diario por su trabajo y para el sustento, y no tenga seguro médico ni acceso a una educación mínimamente decente?[8]

¿Acaso esto no es catastróficamente pandémico?

Tal que, ‘señoras y señores’, entschuldigen, el coronavirus no es el fin del mundo ni el apocalipsis (tampoco sé si uno debe alegrarse o preocuparse por ello), como quieren hacernos creer con la interminable ola de especulaciones basadas en opiniones y fuentes anónimas, además siempre incomprobables.

El virus no es fin de mundo, como pensaban en el tardo medioevo (1347).

Más bien el virus pone de manifiesto algo que ya es y que, al límite, nos permite observar cómo en la actualidad cada orden políticosocial pueda definirse frente a esta amenaza, así como también el modo de organización sistémica frente a ella.

Incluso, nos permite reflexionar si este malestar de la cultura es producto de una expectativa de consumo insatisfecha o de una acelerada inflación de demandas, consecuencia de la propia evolución del sistema sociedad al aumentar su capacidad de disolución y recombinación de los elementos del sistema, para construir nuevas condiciones y posibilidades de uso.[9]

Porque si bien, es indudable, que la crisis global provocada por la pandemia del coronavirus puede constituir diferentes oportunidades y variaciones para que se estabilicen otras estructuras de coordinación y orden social; sea hacia una mayor inclusión (siempre habrá excluidos y pobres, si queremos citar a Jesús) o hacia un mayor autoritarismo, clientelismo, caciquismo, patrimonialismo, esto no está determinado a priori.

No existe la predestinación y, además, hace rato que ya sucumbió la narrativa onto–teleológica (aún cuando de eso tampoco se enteraron), y más bien, como brillantemente escribe Calvino, somos nosotros los que acá, en la tierra, construimos nuestro cielo y también nuestro infierno.

La ‘catastrófica’ pandemia nos obliga entonces a reflexionar sobre las formas de coordinación y estabilización del orden social actual (instituido), y si bien el brote de la pandemia es un catalizador que puede forzar a la humanidad para ensayar otros diferentes –nuevos– ordenes sociales, también puede reactivar viejas formas de control en la era de la hipertecnología y de las pretendidas redes ‘sociales’. Peor aún cuando estas redes constituyen –en general– uno de los lugares de propagación de la parálisis mental fanfarrona, de los rumores fuera de control, del descubrimiento de las ‘novedades’ antediluvianas, cuando no son más que simple oscurantismo fascista (Alain Badiu).

Sin embargo, el problema de la epidemia más que a reflexionar, conduce al tremendismo y la fabulación de la comentocracia. Por un lado, la narrativa del ‘fin de la globalización’, fundamentalmente económica (¿volvemos en el tiempo a septiembre de 1492?), y el retorno de la soberanía, del aislamiento y del chauvinismo nacionalista, con una nueva ‘división regional del trabajo’ (Doctrina Cebrowski, Trump) y, por otro lado, a que desde cualquier plataforma mediática disponible se profetice sobre los ‘nuevos’ movimientos sistémicos, la floppy emic revolution y el cambio de paradigma (Zizek, Agamben, Byung-Chuk, etcétera como diría Vonnegut).

Se reactiva ese inventario tantas veces vendido, con sus recurrentes viejas novedades, sus fracturas y alteraciones, y que luego viene representado como grandes cambios sociales o coloridas revoluciones (Rancière). Inventarios que constituyen más bien verdaderos obstáculos epistemológicos, toda vez que prescriben el bestiario de la variedad, pero no de la variación (Luhmann), tal que cuanto más cambien las cosas, más se mantengan igual (Alphonse Karr).

Precisamente, en qué momento –por ejemplo–, se problematiza el problema del delirante establecimiento del ‎teletrabajo y de la teleeducación que, sin ningún tipo de preparación o estructuras previas, se implementó de la noche a la mañana, pero en donde sería iluso asumir automática e inexorablemente que esto va a provocar e impulsar la ‘productividad’, o el conocimiento, la reflexión y el ‘cambio’ social (about Revolution), o que ese ‘cambio’ tan idealizado favorecerá instintivamente a las clases subalternas –a los condenados de la tierra–, ya sea a un nivel estructural social local o global, como alardea por la red la comentocracia académica y los zopilotes (López Obrador dixit).

Más que vetustas y degastadas fórmulas de la utopía virtual, de la propaganda subliminal (que habla tanto de un tema hasta que lo convierte en una verdad aceptada aún cuando no sea real), del esoterismo y del virus de la ignorancia, sería interesante entonces problematizar el problema de las condiciones de posibilidad para instituir recombinaciones estructurales sobre la base de esas condiciones (sistema educativo, sistema económico, sistema del derecho, sistema de la ciencia, sistema de la política), incluso cuando la excepción se convierta en realidad –en regla–, sobre todo en un mundo en el que las interconexiones técnicas de todas las especies alcanzan una intensidad hasta ahora desconocida y que va en aumento.

Al respecto, para puntualizar datos que todos conocemos.

En nuestra región las políticas públicas –y en la actualidad, sociales (ese nuevo opio del pueblo: Rolando Franco)– se han articulado fundamentalmente en dos direcciones; desde la revolución popular y el anhelo de ‘igualdad radical’ a la exacerbación del éxito personal y la meritocracia clientelar, que en la actualidad viene a conjugar el oportunismo y el hedónico éxito individualista.[10]

Es decir, el anhelado cambio social metamorfoseado por el crecimiento económico del sálvese quien pueda y como pueda.

En ese contexto, la pandemia ha evocado –presto agitato entre otras cosas–, uno de los problemas más acuciantes y graves en nuestros países; el de la sobrecarga a la que están sometidos los sistemas de salud y de educación.

Mientras se prioriza declamativamente la salud, en los hechos no hay capacidad para atenderla ni prevenirla de otra forma que no sea descargando el gasto y la angustia en la población, cuyas condiciones habitacionales y laborales hacen insufrible la cuarentena (Mario Borini). Incluso, se ha hablado de la posibilidad de elegir entre pacientes que pueden ser curados y pacientes que no pueden ser atendidos (de ahí quizás el vetusto y preocupante delirio de Sergio Aguayo). Solo que esto no es nada ‘nuevo’: en Chile, seas niño, joven o viejo, mujer, hombre u otro, si no tienes dinero para pagar la atención en salud simplemente te mueres (con o sin pandemia te jodes).

Con el sistema educativo –perpetuum movile a todo nivel– pasa otro tanto. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura señala que, al mes de abril, hay unos 826 millones de estudiantes en el mundo que no tienen acceso a un ordenador en sus hogares, y unos 706 millones de alumnos que, además, no tienen internet en sus casas (mayo 2020).

Debemos preguntarnos entonces si, en le escenario pandémico, la sola implementación de un sistema de adquisición de ‘saber a ‎domicilio’ no potencia más bien el síndrome del mono y del papagayo (Galeano), o la producción en masa de cotorras desprovistas de espíritu científico, aptas solo para repetir y copiar, como los opinólogos y comentócratas que nos inundan, quienes ‘saben ‎de todo’, pero sin conocer nada y con la profundidad de un océano de un centímetro.

Inclusive aún cuando la tecnología y las máquinas logren sustituir la ausencia de interacción y todo contacto (o ‘todo’ contagio) entre los seres humanos, serán capaces de contener el virus de la estupidez.

Insisto, información no es conocimiento, y las terapéuticas y remedios para el alma, la sobre carga de información, el individualismo ‘participativo’ frente al monitor, solo alientan y consolidan las pseudociencias, las opiniones, así como la prescripción casuística del anecdotario y de la estupidez.

Anecdotario y uso indiscriminado de un lenguaje pseudocientífico (conceptos esponja le llama Bachelard) que no constituyen reflexión científica sino tan solo un impresionante y vetusto bulto de repetidos refritos y en donde, quizás, lo único ‘nuevo’ es la capacidad casi infinita para difundir el chamullo y las mentiras a través del ‘ruido’ generado en las nuevas redes sociales y ‘conversatorios’, incrementado la desinformación, paradojalmente, sobre la base del ‘exceso de información’,[11] que promueve la comentocracia y el academicismo académico de internet.

No obstante, queda siempre la expectativa de que el virus haga lo que no hemos sido capaces de hacer…


[1] Libres variaciones atonales sobre la idea de Albert Einstein. Aclaro que no estoy contra del uso de la tecnología, sino en contra de esa otra infinitud.

[2] Cretinismo académico le llama Morin. Hoy en día es más fácil encontrar a estos ‘intelectuales orgánicos’ –todos por cierto progresistas, pro-nigger y hasta feministas– en los programas de televisión o en ‘conversatorios virtuales’ que en las aulas de clase. (Ver Sloterdijk: Crítica de la razón cínica; Luhmann: “El ocaso de la teoría critica”; Zamorano Farías: La democrazia dei postmoderni…).

[3] Un ‘nuevo’ neologismo, para ser mediática y retóricamente very cool. El delirante paroxismo postmoderno contribuye a crear un clima favorable para atacar la razón, exacerbar el relativismo y la indiferenciación entre la realidad y la ficción, para luego apelar a las emociones como forma de generar vínculos políticos colectivos y revolucionarios (Zamorano Farías y Hernández García).

[4] K. Jenkins aboga por una futura sociedad sin ‘Historia’, una sociedad que no se moleste en historizar el futuro pasado, sino tan solo el bullado subjetivismo de moda y el idealismo virtual, lo cual para sus gurués (y su feligresía local) funciona casi como una especie de rito de paso.

[5] La palabra catástrofe deriva del griego katastrophe (ruina, destrucción), y está formada por las raíces kata (hacia, bajo, contra, sobre) y strophe (voltear).

[6] ‘Periodistas y académicos’ que, en México, anidan en los mass media para desde siempre (Jacobo Zabludovsky) montar falsos positivos (Carlos Loret de Mola, Denise Dresser –quien tiene su propio grupo de choque en el ITAM–, Ciro Gómez Leyva, Brozo el payaso –literalmente–), quienes recibieron y reciben millones de pesos para general el caos y promover la desestabilización y el miedo en contra del gobierno de Andrés López Obrador y hoy de la pandemia. Al respecto, véase la investigación publicada por la periodista Nancy Flores en la Revista Contralínea (23 de febrero de 2020), en donde demuestra como amparados en vacíos legales ad hoc, ofertan(ban) ‘comentarios o cápsulas noticiosas’. Dineral que han cobrado y cobran, señoras –Denise Dresser, Adela Micha, Denise Mearker, Beatriz Pagés– y señores como Joaquín López Dóriga, Federico Areola, Enrique Krauze, Oscar Mario Beteta. Callo de Hacha, Raymundo Riva Palacio, Ricardo Alemán, Pablo Hiriart, Jorge Fernández Menéndez, Rafael Cardona, Ricardo Rafael, Leo Zuckermann; todos ellos ‘respetables académicos y periodistas’ que constituyen solo una muestra de los beneficiados al amparo del poder y de las mafias corporativas, pero que hoy desgarran vestiduras por la democracia, la división de poderes, los derechos humanos, la defensa del genero, etcétera, etcétera, etcétera.

[7] Cuya incidencia mortal, a la fecha, es menor al uno por ciento de la población mundial. No obstante, en la red (WhatsApp, redes sociales, páginas de Internet, Facebook) y medios de prensa, circula una inmensa cantidad de mensajes alarmistas donde no se brinda ninguna precisión sobre cuál es la base demográfica de los cálculos; pues no es necesario ser Dr. o PhD para saber no que lo mismo diez decesos cada cien habitantes, que diez decesos cada cien personas infectadas (¡no sé si me explico!).

[8] Huelga decir que desde hace ya medio siglo, más allá o acá de las teorías de conspiración (dios está castigando a la humanidad, es la venganza de la madre tierra en contra de los hombres o porque los simios están en el poder y un largo etcétera), o de que la pandemia haya sido criminalmente inducida, consecuencia de un plan maquiavélico de gobiernos o corporaciones (Trump y corifeos dixit), sectores importantes de la comunidad científica internacional (científicos no crápulas de la opinión) nos vienen alertando sobre los problemas presentes y futuros del crecimiento económico y de la distribución de la riqueza.

[9] La función de la ciencia descansa en una posible reorganización de lo posible, en una combinatoria de un nuevo tipo, no en una representación de lo existente, en una mera duplicación de los objetos (Luhmann: La ciencia de la sociedad).

[10] Como observa D. Harvey, a nivel mundial cuarenta años de laissez faire liberal han dejado a los gobiernos totalmente al descubierto y mal preparados para enfrentarse a una crisis sanitaria de este género, gracias a una política de austeridad destinada a financiar recortes de impuestos y subsidios a las grandes empresas y a los ricos.

[11] La pomposamente hoy denominada postverdad, que más allá de lo post no representa nada nuevo. Manipular y tergiversar deliberadamente la realidad y utilizar la mentira para determinados fines apelando a las emociones tiene ya una amplia tradición, que incluso antecede a J. Geobbels y a los antiguos grecoromanos.