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Domingo Laín, Golconda y la CELAM de 1968

Fuentes: ELN

¿Qué tienen en común un cura aragonés, un movimiento de sacerdotes católicos socialistas y la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) reunida en Medellín en 1968? Como se trata de hechos ocurridos hace medio siglo, la mayoría de las actuales generaciones los desconocen. El sacerdote se llamó Domingo Laín Sanz, murió un 20 de febrero de 1974, […]

¿Qué tienen en común un cura aragonés, un movimiento de sacerdotes católicos socialistas y la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) reunida en Medellín en 1968?

Como se trata de hechos ocurridos hace medio siglo, la mayoría de las actuales generaciones los desconocen.

El sacerdote se llamó Domingo Laín Sanz, murió un 20 de febrero de 1974, a los 33 años de edad, igual que Jesucristo. Cayó en combate -como decimos en el lenguaje guerrillero-, en la quebrada La Llana, del Bagre, Antioquia, como integrante del Ejército de Liberación Nacional.

El grupo de sacerdotes y religiosos de orientación socialista, reunido en junio de 1968, en una finca de Cundinamarca, llamada Golconda, estuvo liderado por el obispo de Buenaventura, Monseñor Gerardo Valencia Cano; y de él hicieron parte Domingo Laín, Manuel Pérez, José Antonio Jiménez, los tres sacerdotes españoles, que en octubre de 1969 ingresaron a las filas guerrilleras del ELN, tras los pasos de otro gigante: Camilo Torres Restrepo (1929-1966). Las guías que asumió este grupo, fue la de llevar a la práctica la doctrina de la CELAM de Medellín.

La CELAM de 1968 pasó a la historia, porque en ella la iglesia católica latinoamericana adoptó una «opción preferencial por los pobres»; para dejar atrás una conducta histórica, que el periodista Javier Darío Restrepo, en su libro «La rebelión de las sotanas», criticó así:

«Su mayor tentación no fue la riqueza sino el poder… su mayor infidelidad fue con los pobres y los desposeídos… el alejamiento del clero de los asuntos políticos era asentir en la política de los poderosos, cuando la lógica del Evangelio impone estar del lado de los pobres».

El Papa Bueno tuvo la culpa

Pasadas las guerras civiles europeas del siglo pasado, las más sangrientas de la historia, la iglesia católica se propuso actualizarse y repensar sus posiciones tradicionales ante los poderes mundiales, de donde surgieron vientos frescos de renovación, institucionalizados por el Concilio Vaticano Segundo, en 1965.

El jefe de los católicos, su santidad Juan XXIII, llamado el Papa Bueno, tuvo un liderazgo destacado en esta renovación. De su iniciativa fue impulsar que «la iglesia es de todos y especialmente de los pobres»; también es de su autoría el que «debemos insistir en todo lo que nos une y prescindir de todo lo que nos separa»; lema aplicado al diálogo entre cristianos y marxistas, del que este Papa fue un decidido promotor, al sostener que, a estas dos grandes corrientes ideológicas, las une la defensa de la dignidad humana.

Estas ideas, en Colombia se les recuerda, entre otros motivos, porque Camilo Torres las difundió y aplicó con el tesón que lo caracterizó.

El siguiente Papa, Paulo VI, en El Progreso de los Pueblos (1967), denunció el armamentismo, que engendra la guerra imperialista:

«Cuando tantos pueblos tienen hambre, cuando tantos hogares sufren miseria, cuando tantos hombres viven sumergidos en la ignorancia… toda carrera de armamentos se convierte en un escándalo intolerable».

Además de reconocer el derecho de los pueblos a rebelarse incluso con la fuerza contra un régimen opresor.

La iglesia un factor de cambio

La Conferencia de los obispos de América Latina [1], reunida en Medellín en 1968, critica el estado de subdesarrollo de estos países, llama a la independencia de la iglesia frente a poderes constituidos y rechazó la posesión egoísta de bienes terrenales. Define el desarrollo como el logro de condiciones más humanas para estos pueblos, convoca a crear un nuevo orden que asegure la paz, en el que la fe sea factor de cambio. Caracteriza que América Latina se encuentra en un momento de liberación, orienta a la iglesia a estar presente en las actuales transformaciones del continente, porque es la hora de la acción.

La CELAM de 1968 recuerda que autoridad política debe estar exclusivamente al servicio del bien común, alienta a los ciudadanos a ejercer su participación en la vida política de la nación, como un deber de consciencia y como un ejercicio de la caridad. Anima a la gente a crear sus propias organizaciones de base y a desarrollar la concientización y educación social.

Los sacerdotes socialistas

En Golconda, una finca ubicada en Viotá, Cundinamarca, en junio de 1968, realizaron la primera reunión con el fin de estudiar la encíclica de Pablo VI, llamada El Progreso de los Pueblos. La segunda la realizaron en Buenaventura en diciembre, acogiendo la hospitalidad de su obispo, Monseñor Valencia Cano; allí se dedicaron estudiar la problemática social de Colombia, a la luz de la recién concluida CELAM de Medellín. Así nació el grupo Golconda, que en su segundo encuentro reunió a 48 sacerdotes, incluyendo al obispo anfitrión.

La segunda reunión de Golconda [2] llama a basar los análisis en una visión objetiva de realidad, reitera su opción preferencial por los marginados, además de rechazar la violencia institucionalizada contra las mayorías, la represión violenta de las luchas populares y el maridaje iglesia-Estado.

Para eliminar la indignidad humana, convoca a luchar por un cambio profundo y urgente de las estructuras socio-económicas y políticas del país, con diversas formas de acción revolucionaria, para buscar una sociedad más justa y humana, proyectada a instaurar una organización de la sociedad de tipo socialista.

Hace un llamamiento para que los sectores populares, alrededor de objetivos comunes construyan formas de unidad de acción y solidaridad, que conduzcan a un frente revolucionario capaz de romper las cadenas e instaurar el porvenir. En una unificación de fuerzas e iniciativas, que actúe colegiadamente y deje atrás posturas personalistas.

Cierran su declaración de diciembre de 1968, con una crítica a los organismos extranjeros, que distribuyen pequeñas dádivas, con las que disimulan la explotación y crean en los receptores un espíritu de pordioseros.

Los curas guerrilleros

En la reunión de Buenaventura del grupo Golconda, estuvieron presentes los tres sacerdotes aragoneses -Laín, Pérez y Jiménez-, pero solamente Domingo Laín firmó la declaración [3].

Los tres habían venido a América desde mediados del 67, Domingo se instaló en Bogotá, mientras Manuel y José Antonio lo hicieron en República Dominicana en límites con Haití; de donde fueron expulsados por colocarse del lado de los más pobres; enseguida, en octubre de 1968 llegaron a vivir a los barrios marginados de Cartagena.

Por haber firmado la declaración de Golconda, los tres fueron expulsados de Colombia en Semana Santa de 1969. Su siguiente paso fue ingresar al ELN en octubre de este año.

Nueve meses después, a los 34 años de edad, José Antonio muere por fatiga, tras una marcha muy dura, en La Ganadera, municipio de Yondó, Antioquia.

Manuel, militó tres décadas en el ELN, vino a morir en su lecho de enfermo, el 14 de febrero de 1998, a los 54 años de edad. Sus primeros 10 años como guerrillero raso, coinciden con el auge y crisis de la guerrilla elena en la década del 70, del siglo pasado. Desde 1978, Manuel ejerció un liderazgo decidido para transformar al ELN en una sólida organización del pueblo, capaz de enfrentar los tiempos difíciles, como él los llamaba.

Un Laín en América

Relata Manuel que, Domingo cae en combate, el 20 de febrero de 1974, «al tratar de recuperar un arma. Varios compañeros arriesgaron su vida tratando de recuperar su cuerpo, pero no pudieron» [4].

Su abuelo obligado por el imperio español había ido a Cuba a luchar contra los Estados Unidos, a finales del siglo XIX [5]; ahora Domingo moría en las montañas de Colombia, luchando contra el imperialismo de los EEUU y sus socios, las clases dominantes colombianas.

El 19 de abril de 1969, cuando fue expulsado del país, en un vuelo Bogotá-París, prometió que retornaría, porque «me he impuesto como misión trabajar en la liberación de lo que se considera Tercer Mundo».

Al llegar a Tauste, en Aragón, donde había ejercido el sacerdocio entre 1965 y 1966, les reconoció a sus amigos, que «una vez que conoces aquello ya no puedes quedarte al margen. Tienes que implicarte en sus problemas, si de verdad quieres tener la conciencia tranquila».

Su ingreso a la guerrilla del ELN, había sido para Domingo, una forma de ‘ascender al pueblo’, consciente, que «Cristo está con nosotros. Es de los nuestros. Y la historia es historia de salvación. Permanezcamos en la historia y seremos sus profetas».

El 15 de febrero de 1970, con ocasión del cuarto aniversario de la muerte de Camilo Torres, Domingo hizo pública una declaración, en la que, entre otras cosas, expresó:

«Me acusaron de subversivo por denunciar sin cesar la violencia opresora ejercida por un sistema social inhumano e injusto, porque llamé a la unión y a la rebeldía de todas las clases desposeídas y explotadas».

«Tomé el camino de la lucha armada porque frente a la violencia reaccionaria, opresora, de los sistemas vigentes en Colombia y en América Latina, no cabe otra alternativa sino la violencia revolucionaria y liberadora.»

«Cumplo con el deber de orientador del pueblo al incorporarme a la guerrilla del ELN… que exige el sacrifico total para que todos los hombres vivan, y vivan en plenitud.»

Notas

[1] Secretario General del CELAM: «La iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio», Vol. II. Conclusiones, Bogotá, 1.968.

[2] «Segundo encuentro del grupo sacerdotal de la Golconda», diciembre 13 de 1968.

[3] «Momentos de la vida del comandante Manuel Pérez Martínez», junio de 1999.

[4] María López Vigil. «Manuel, el cura Pérez: Camilo camina en Colombia». 1989.

[5] Santiago Sancho Vallestín. «Domingo Laín: la utopía de un sacerdote aragonés en la guerrilla colombiana». Editorial Comuniter, Zaragoza, 2007.

Fuente original: http://www.eln-voces.com/index.php/voces-del-eln/comando-central/articulos/1467-domingo-lain-golconda-y-la-celam-de-1968