Recomiendo:
0

Egreso

Fuentes: Rebelión

Progreso

La modernidad ha construido una parte decisiva de su legitimidad sobre una idea extraordinariamente poderosa, al tiempo que históricamente destructiva: la idea de progreso, especialmente en su vertiente material. Como ha señalado Miller McDonald (2026), aunque su formulación propiamente moderna sea relativamente reciente, puede rastrearse una genealogía mucho más antigua de esta concepción lineal, teleológica y ascendente del tiempo, desde las primeras civilizaciones estatales de Mesopotamia hasta sus sucesivas secularizaciones occidentales. Lo que inicialmente pudo expresarse mediante relatos religiosos, imperiales o escatológicos terminó transformándose bajo la modernidad en una renovada promesa prometeica: la humanidad avanzaría hacia estadios cada vez superiores de conocimiento, riqueza, dominio técnico, complejidad, bienestar y libertad. El viejo relato de la conquista del Paraíso, pero en versión capitalista, ya fuera liberal o estatal. 

De hecho, la mayor parte de las grandes ideologías modernas compartieron, pese a sus diferencias, esta delirante metafísica progresista e industrialista. El liberalismo imaginó el progreso mediante el mercado, la ciencia, los derechos individuales, la propiedad y el Estado moderno; el socialismo y el comunismo históricos lo hicieron mediante la supuesta emancipación de las clases explotadas, el desarrollo de las fuerzas productivas y la superación del capitalismo. Las metas podían ser radicalmente distintas, pero subsistía una misma estructura temporal: la historia tenía una dirección y esa dirección apuntaba hacia delante, hacia algún tipo de salvación portadora de una sociedad perfecta. De hecho, según Emmanuel Rodríguez (2025:200) «resulta inquietante y revelador que hasta los críticos más feroces del capitalismo compartieran el mismo sustrato de la historia como progreso». El futuro debía superar al presente del mismo modo que el presente supuestamente había superado al pasado. El glorioso trayecto a seguir quedaba perfectamente trazado y desarrollado por el proceso de globalización capitalista (Hernàndez, 2013), aunque en el camino transitara todo tipo de falsas democracias y sórdidos totalitarismos. 

Hoy podemos afirmar, sin embargo, que esa progresión se ha demostrado materialmente inviable y contraproducente. No porque todos los logros asociados a la modernidad deban rechazarse. Sería absurdo negar los avances científicos, sanitarios, jurídicos, políticos o tecnológicos que han mejorado innumerables vidas, aunque también millones de personas pagaran con las suyas para que el Norte global marcara el camino. Lo que ha fracasado es la conversión del progreso en principio civilizatorio ilimitado, especialmente en sus consecuencias políticas, sociales y económicos: la pretensión de que la expansión material, energética, productiva y tecnológica podía continuar indefinidamente y de que cada problema producido por esa expansión sería resuelto mediante una nueva expansión. La ausencia de límites elevada a máxima virtud.

Sin embargo, el colapso ecosocial en curso constituye la refutación biofísica de esa metafísica civilizacional. El progreso indefinido del Sistema-Mundo ha terminado chocando contra la finitud y los límites del Sistema-Tierra. Cambio climático caótico, pérdida brutal de biodiversidad, destrucción de ecosistemas, agotamiento de recursos, contaminación sin freno, simplificación biológica, crisis energética imparable y creciente fragilidad de sistemas sociales extraordinariamente complejos revelan una paradoja fundamental: la civilización que pretendía asegurar el futuro está destruyendo las condiciones materiales de su propio futuro. 

Pero hay algo todavía más relevante. La progresión moderna no solo ha terminado generando colapso. Ha estado históricamente asociada a una determinada forma de agresión. Para progresar había que conquistar territorios, extraer recursos, colonizar pueblos, disciplinar cuerpos, destruir comunidades, transformar bosques en materias primas, ríos en energía, animales en mercancías, territorios en explotaciones, combustibles fósiles en energía para la depredación a gran escala y seres humanos en fuerza de trabajo asalariado o esclavo. La naturaleza debía ser cartografiada y dominada porque se encontraba fuera y por debajo de lo humano. Los pueblos considerados atrasados debían ser civilizados porque ocupaban estadios supuestamente anteriores de la evolución histórica. La idea hegemónica de progreso construyó así una jerarquía temporal que legitimaba una jerarquía política y una lucha de clases donde siempre ganaban las mismas: quienes se consideraban más avanzados podían disponer de quienes eran definidos como inferiores. El avance de unos se ha producido demasiadas veces mediante el desplazamiento, explotación o destrucción de otros. Y, finalmente, esa agresión ha adquirido dimensiones planetarias. La guerra contra determinadas poblaciones se ha convertido también en una guerra contra los ecosistemas y, en última instancia, en una guerra contra la vida.

Pero la constatación del fracaso del progreso abre inmediatamente otro peligro: la regresión reaccionaria. Cuando la promesa progresista pierde credibilidad y las sociedades comienzan a percibir que el futuro puede ser peor que el presente, emerge la tentación de buscar seguridad en un pasado idealizado. Aparecen entonces proyectos políticos que prometen restaurar el orden, la autoridad, la nación, la familia tradicional, las jerarquías sociales, las identidades cerradas o determinadas certezas religiosas y culturales. Frente al futuro amenazador, ofrecen regresar a un mundo supuestamente estable. Sin embargo, esa regresión conservadora, más retórica que real, tampoco constituye una salida del paradigma de la agresión. Al contrario: la regresión reaccionaria es también agresión, a la postre compatible con la idea clásica de progreso.

La reacción retardataria necesita identificar quién debe perder derechos para que el antiguo orden pueda ser restaurado; quién debe callar, quién debe obedecer, quién debe volver a ocupar posiciones subordinadas, quién debe quedar fuera de la comunidad protegida. Mujeres, migrantes, minorías, disidentes ideológicos, pobres, culturas subalternas o cualquier grupo construido como amenaza pueden convertirse entonces en objetos de esa violencia restauradora. Y tampoco existe necesariamente una reconciliación ecológica. El reaccionarismo contemporáneo puede defender simultáneamente jerarquías premodernas imaginadas y un productivismo radicalmente moderno. Puede reivindicar patria, tradición y autoridad mientras exige más extracción, más combustibles fósiles, más explotación territorial y menos restricciones ambientales. Su tradicionalismo cultural puede convivir perfectamente con una aceleración material del capitalismo industrial. Véase el caso, por ejemplo, de los fascismos, las dictaduras desarrollistas o las petromonarquías contemporáneas.

De este modo aparece una simetría inquietante. La progresión del progreso puede convertirse en agresión, pero la regresión reaccionaria también. Una agrede en nombre del futuro; la otra, en nombre del pasado, pero ambas se subordinan al implacable progreso capitalista. Ambas opciones pueden terminar declarando la guerra a todo aquello que dificulta su proyecto. Por eso la alternativa no puede formularse simplemente como progreso progresista frente a regresión reaccionaria.

Regreso

Porque el pasado humano no está compuesto exclusivamente por imperios, monarquías, patriarcados, teocracias y sociedades rígidamente jerarquizadas. Esa imagen constituye, en buena medida, una proyección retrospectiva producida por el propio relato progresista. Para poder presentarse como culminación de la historia, la modernidad necesitó imaginar todo lo anterior como atraso y oscurantismo. La arqueología y la antropología contemporáneas han complicado profundamente ese relato. Como han demostrado, por ejemplo,  David Graeber y David Wengrow (2022), sabemos que durante milenios existieron sociedades capaces de experimentar con formas muy diversas de organización política y económica; comunidades relativamente igualitarias, sistemas de deliberación colectiva, igualdad de géneros, instituciones destinadas a impedir la concentración permanente del poder, economías basadas parcialmente en los comunes, en la ayuda mutua, en redes de reciprocidad y formas de relación con el territorio considerablemente menos destructivas y más simbióticas que las desarrolladas posteriormente por las sociedades industriales.

No se trata de construir ahora un nuevo mito del buen salvaje que jamás existió.  Ni de idealizar el comunismo primitivo. Aquellas sociedades neolíticas y premodernas conocieron conflictos, violencia, desigualdades, dominaciones y sufrimiento, pero parece que en mucha menor medida que las actuales, tan soberbias y convencidas de constituir el punto álgido de la historia. El pasado humano nunca fue, evidentemente, un paraíso perdido. Pero tampoco fue esa larga noche de barbarie que habría tenido que esperar a la modernidad para ser iluminada por el progreso y el “desarrollo”. Lo decisivo es reconocer que la historia humana contenía múltiples posibilidades, como sostiene David Graebner (2002) que fueron progresivamente clausuradas, pero que no eliminadas para siempre. De manera que el desarrollo de determinados estados, imperios, estructuras patriarcales, sistemas de propiedad, mecanismos de acumulación y finalmente del capitalismo industrial no representa necesariamente el despliegue inevitable de una evolución humana. De entre todas esas posibilidades más mutualistas y ecológicas, algunas prosperaron por un tiempo o resistieron como pudieron, otras fueron destruidas, absorbidas, subordinadas o simplemente quedaron acosadas por la expansión de sistemas parasitarios con mayor capacidad militar, extractiva y organizativa.

Por eso quizá haya que pensar una forma completamente distinta de regreso que no se confunda con regresión reaccionaria y que, paradójicamente, apuntaría al verdadero progreso en un sentido ético y moral. No supondría una regresión hacia los órdenes jerárquicos mitificados que precedieron inmediatamente a la modernidad, sino una recuperación actualizada de las citadas posibilidades humanas mucho más antiguas que la propia modernidad dejó sepultadas: cooperación, reciprocidad, comunes, autonomía comunitaria, deliberación colectiva, suficiencia material, igualdad plena, la forma-comuna, responsabilidad  ecológica, límites al poder y mecanismos sociales destinados a impedir que determinados individuos o grupos pudieran acumular indefinidamente riqueza, autoridad o capacidad de coerción.

Obviamente no es posible regresar sin más a aquellas sociedades del pasado. No podemos volver al Neolítico ni reproducir comunidades de hace cinco mil, diez mil o veinte mil años. Han sucedido demasiadas cosas desde entonces. La modernidad industrial ha implicado un gigantesco y traumático proceso histórico, de más de dos siglos, del que ahora debemos escapar por razones de pura supervivencia de la especie humana. Pero antes hay que reconocer que las víctimas del colonialismo, las guerras, la explotación capitalista y la devastación ecológica no constituyen el precio inevitable de ningún proyecto superior. Significa algo distinto: puesto que esa historia ya ha ocurrido, no podemos deshacerla. Solo podemos decidir qué hacemos con lo aprendido. Y el colapso ecosocial probablemente intensificará brutalmente ese aprendizaje para retomar y volver a poner en marcha lo mejor de aquellos logros casi sepultados bajo la marea moderna del falso progreso.

Evidentemente, ese regreso será un tránsito en su mayor medida traumático, es decir, forzado por las duras circunstancias del presente y el futuro inmediato. La revelación cruda de los límites planetarios nos obligará a aprender aquello que la metafísica del progreso se negó sistemáticamente a aceptar: que no todo lo técnicamente posible es ecológicamente viable; que aumentar la complejidad puede aumentar también la vulnerabilidad y la fragilidad; que crecer no equivale necesariamente a prosperar y a repartir con justicia; que la abundancia material depende de enormes flujos de energía y materiales que tienden a agotarse; que ninguna sociedad puede emanciparse de la biosfera que la sostiene; que existen límites infranqueables que no pueden ser negociados políticamente ni superados tecnológicamente. Que la democracia real todavía es una meta a la que hay que llegar. 

Egreso

Por todo ello ese proceso deberá constituir también un aprendizaje político, cultural y espiritual. Habrá que desaprender la identificación entre bienestar y acumulación, entre libertad y consumo, entre poder y dominio, entre inteligencia y control, entre historia y progreso. Solo después de ese difícil aprendizaje, que implicará descender hasta el fondo de nosotros mismos, podremos hablar propiamente de egreso. Egresar no significa simplemente salir, sino de salir después de haberse formado. Quien egresa de una institución educativa no regresa al estado anterior a su entrada. Sale transformado por un proceso de reflexión, trabajo sobre uno mismo y aprendizaje sobre la vida, aunque sea sobre una de sus parcelas en forma de disciplinas académicas o conocimientos especializados. Egreso como egresión. Ese individuo egresado ha adquirido conocimientos, ha cometido errores, ha experimentado, ha desarrollado capacidades y finalmente abandona el lugar de formación llevando consigo aquello que ha aprendido. El egreso es maduración tras un rito de paso, que a escala social iría más allá del referente educativa para abarcar la integridad de la existencia individual y colectiva. 

El egreso, o egresión, contendría entonces un movimiento de regreso, pero sería un regreso producido después de la experiencia transformadora y transcendente que dará la enorme prueba de atravesar el colapso. Si se pone empeño y voluntad, quizás se podrían recuperar formas antiguas de cooperación, reciprocidad, suficiencia, espiritualidad, democracia comunitaria y relación ecológica, pero este proceso se completaría después de haber dejado atrás lo peor de la modernidad destructiva, comenzando por el capitalismo, y conservando críticamente aquello que merece sobrevivir: conocimientos científicos, derechos humanos, emancipación de las mujeres, reconocimiento de la diversidad, conciencia histórica, pensamiento crítico, tecnologías compatibles con los límites materiales y una conciencia ecológica a escala global. La egresión sería, por tanto, una especie de regreso transformado. No volveríamos al mismo lugar porque quienes regresan ya no son los mismos. Han egresado hacia un mundo en recomposición, en regeneración.

Y quizá por ello la imagen más adecuada para definir este proceso no sea la línea del marchito relato progresista, sino la espiral sagrada que se abre indeterminada al futuro. La progresión imagina una línea que avanza indefinidamente hacia el paraíso, trayendo el infierno. La regresión imagina esa misma línea recorrida en sentido contrario. Ambas permanecen atrapadas en la misma geometría de la historia. Pero el egreso, la egresión, rompe esa geometría: vuelve hacia posibilidades antiguas desde otro nivel de experiencia histórica, el que proporciona pasar por el trauma derivado del hundimiento de lo que en su día se tuvo por nuevo e imperecedero, pero que trajo un mundo yermo y coercitivo, para adentrarse en lo incierto, pero con posibilidades de devenir fértil, liberador y trascendente.

Podríamos formularlo así: el progreso avanza y termina agrediendo; la regresión reaccionaria retrocede y también agrede; el egreso parte de un regreso indagador, donde se aprende para volver y transformar. Ya no se trata ni de  conquistar el futuro ni de restaurar el pasado. El egreso intenta recuperar aquellas semillas de emancipación humana que la historia dominada por el tiránico progreso olvidó o clausuró, para poder ser actualizarlas después del aprendizaje derivado de la catástrofe civilizatoria.

Por eso el egreso podría convertirse en una categoría especialmente fértil para pensar el postcolapso. No significaría reconstruir la civilización industrial después del hundimiento para volver a ponerla en marcha —que sería prolongar la progresión—, ni refugiarse en comunidades autoritarias, patriarcales y excluyentes —que sería regresión reaccionaria—. Significaría seleccionar: decidir qué conocimientos conservar, qué tecnologías merecen continuar, qué instituciones deben desaparecer, qué escalas de organización son sostenibles, qué formas de democracia pueden profundizarse, qué capacidades comunitarias deben recuperarse, qué necesidades son realmente necesidades, qué antiguos logros de la plena libertad humana merecen volver a ser posibles y qué significa vivir bien. 

Quizá entonces podamos comprender el colapso como la clausura material de una trayectoria histórica catastrófica a partir de la cual se abren interrogantes y campos de nuevas posibilidades ancladas en aquellas que se cerraron injustamente hace mucho tiempo. El colapso termina con la ilusión de que podemos continuar indefinidamente por el mismo camino, pero no decide por nosotros qué camino aparecerá después. Ante esa clausura podemos intentar prolongar violentamente la progresión, podemos refugiarnos en la agresión de una regresión reaccionaria o podemos intentar egresar. Y esa diferencia resulta decisiva: egresar no consiste en regresar a antes de la modernidad, sino en salir después de ella, después de haber conocido tanto sus promesas emancipatorias como sus horrores, después de haber descubierto los límites planetarios y después de haber comprobado las consecuencias de convertir el mundo en un recurso. 

La egresión sería así como una humilde salida sin garantías de éxito del doble callejón de nuestro tiempo: ni progresión hacia el colapso ni regresión hacia la agresión, sino recuperación crítica y actualizada de aquellas posibilidades de cooperación, suficiencia, reciprocidad, autonomía, democracia y convivencia con la vida que la historia fue relegando. Egreso, egresión, alquimia, renacimiento. No se trataría, por tanto, de volver atrás ni de continuar hacia delante, sino de salir de la línea inflexible que nos obliga a elegir entre avance y retroceso para abrazar conscientemente la incertidumbre y confiar en lo mejor del ser humano. Tener fe, más que esperanza. En eso, precisamente, consistiría egresar. 

Bibliografía

GRAEBER, David y WENGROW, David (2022): El amanecer de todo. Una nueva historia de la humanidad, Barcelona, Editorial Planeta. 

GRAEBER, David (2025): Posibilidades. Ensayos sobre jerarquía, rebelión y deseo, Barcelona, Bellaterra Edicions. 

HERNÀNDEZ, G.M (2013): Sociologia de la globalització. Anàlisi social d’un món en crisi, València, Tirant lo Blanch. 

RODRÍGUEZ, Enmanuel (2025): El fin de nuestro mundo. La lenta irrupción de la catástrofe, Madrid, Traficantes de Sueños. 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.