Recomiendo:
0

El 15M y la estrella de Occam

Fuentes: Rebelión

Quien lea estos días la prensa del régimen español comprobará que toda ella constata una menor presencia del 15M en las calles. Algunos hablan de una «mejor organización, otros temen una «radicalización», pero todos coinciden en su menor presencia como movimiento en el espacio público, por mucho que el 12 de mayo de 2013 se […]

Quien lea estos días la prensa del régimen español comprobará que toda ella constata una menor presencia del 15M en las calles. Algunos hablan de una «mejor organización, otros temen una «radicalización», pero todos coinciden en su menor presencia como movimiento en el espacio público, por mucho que el 12 de mayo de 2013 se volviera a llenar la Puerta del Sol de gente para la celebración del segundo aniversario. Ciertamente, si el 15M hubiera sido un movimiento, esto es un grupo de personas con un objetivo político o social preciso, no les faltaría razón a quienes celebran o lamentan su desgaste, pero el 15M es otra cosa o tal vez ni siquiera una cosa, sino un acontecimiento. En primer lugar, el que se le nombre con una fecha debería alertarnos de este hecho. Nadie duda de que el 15 de mayo de 2011 ocurrió algo importante en el Estado español, primero en las grandes ciudades y, posteriormente en el conjunto del país. Por primera vez, una multitud fuera del control del Estado, de los partidos o de los sindicatos toma masivamente los centros de varias ciudades importantes reclamando una refundación de la democracia, clamando contra la corrupción y contra los efectos de la crisis sobre una población juvenil ya terriblemente azotada por el paro masivo. Se trataba de redefinir las reglas del juego para que dejaran de ser siempre los mismos -las mayorías sociales- los que perdían. El 15M se prolongó un mes en la puerta del Sol y se convirtió en el parlamento real, aquel en que se tratan los problemas de la población e intervienen libre y directamente los propios ciudadanos en el marco de una asamblea abierta. Lo primero fue reconquistar la democracia como espacio de palabra y de responsabilidad de cada uno ante los demás. No se trataba solo de comprobar que la multitud rebelde del 15M existía: esto se hizo en las primeras semanas en las que el contacto de realidades sociales, ideológicas, estéticas muy diversas creó un clima de confianza y de amistad general. Más allá de esto se trataba -sin saberlo- de recuperar una de las evidencias en las que se basaba la ciudad antigua en la que, como afirmaba Aristóteles, «los ciudadanos son amigos». La pasión política en la democracia produce amistad. Antagonismo también.

La crisis aportó los contenidos para los debates y movilizaciones. La oleada de recortes en los salarios y en los servicos públicos fundamentales como la salud y la educación, la pérdida masiva de derechos de los trabajadores, de los ancianos, de las personas dependientes y sus familiares, los centenares de miles de desahucios se conviertieron en temas urgentes de movilización. Se crearon comisiones, órganos que aportaban sus contribuciones a las asambleas sobre todos estos temas. Sobre todo, las personas que despertaron a la política y a la ciudadanía real ese 15M participaron en multitud de actividades concretas de reivindicación de bienes comunes y de derechos, de detención de desahucios. En todos estos frentes, el poder ha sido sordo y ciego, pero la movilización ha seguido adelante. Las distintas mareas de los servicios públicos que reúnen a trabajadores usuarios y ciudadanos en general se mantienen activas y en lucha a pesar de la falta de respuesta del poder. El choque permanente con el poder como obstáculo da, dentro del pacifismo imperante, un tono antagonista a la reivindicación. Ya no se trata solo de formular peticiones al poder, sino explícitamente, de hacer caer lo que ya se denomina abiertamente «el Régimen». Se forma así una serie de movimientos sociales cuya trayectoria depende cada vez menos de la reacción del poder y que mantiene sus exigencias de manera autónoma. Del mismo modo, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca ha cosechado ya importantes éxitos: la presentación de la ILP respaldada por un millón y medio de firmas, las sentencias del Tribunal Europeo de Justicia contra la ley hipotecaria española y de varios jueces legitimando las ocupaciones. Todo esto no es el 15M, pero sí que constituye una realidad contaminada por el virus del 15M, es algo que no podría haber existido a esta escala sin aquel acontecimiento inicial.

La independencia de los movimientos, su perseverancia en sus objetivos sobre un fondo de empobrecimiento general de la sociedad por parte de un gobierno «democrático» que es una agencia de cobro de la deuda al servicio del capital financiero, están haciendo tambalearse los equilibrios fundamentales del régimen. Si el franquismo se mantuvo gracias al mito de las «dos Españas», hay desde el 15M otras dos Españas, pero distribuidas según una proporción muy distinta: la del 1% y la del 99%. Esto hace que los sondeos muestren un porcentaje enorme de apoyo al 15M, a la PAH, a las mareas, un porcentaje que supera con creces los resultados de los dos grandes partidos unidos. El 15M llega a tener un apoyo del 75% y la PAH de casi el 90%. Las instituciones y los consensos de la Transición pierden legitimidad a toda velocidad, mientras que los movimientos la ganan. Tal vez sea esto el famoso proceso constituyente: el despliegue progresivo de una potencia de las mayorías sociales que quiere darse otra forma de vida política y otra organización social que le permita algo tan normal -pero tan imposible para muchos hoy día- como vivir con dignidad. Se puede alguna vez rodear el Congreso, se puede interpelar al poder en los escraches: todo esto tiene su utilidad, pues deslegitima el orden existente. Sin embargo, lo esencial es la perseverancia admirable de los movimientos sociales, su capacidad de convergencia con otros movimientos, su capacidad de crear hegemonía. En este momento, como decía recientemente una amiga madrileña, «se habla de política en la sala de espera del médico» y en las colas de los mercados. En un país cuyo régimen actual fue fundado por un hombre, Francisco Franco, cuyo principal objetivo era «que no se hablase de política» y en el que la democracia recortada «de partidos» hoy vigente sirve para cumplir por medios algo menos brutales los designios del «Caudillo», esto es una victoria colosal para la democracia.

Sabemos que existen estrellas muertas que nos siguen enviando su luz milenios después de haberse apagado. En cierto modo, una causa ya inexistente sigue produciendo efectos. Guillermo de Occam afirmó esta hipótesis -antes de que se conociera este fenómeno astronómico- para ilustrar su tesis según la cual causa y efecto estaban conectados entre sí por la voluntad divina, que también podía disociarlos. La imagen de una estrella muerta que sigue alumbrándonos es una imagen triste para referirnos al 15M, pues el 15M sigue vivo, pero pervive en sus efectos. El 15M, como todo verdadero acontecimiento que cambia la historia, se ha convertido en una causa ausente, pero a diferencia de la estrella de Occam, una causa ausente sigue actuando, es sus efectos, que se confunden con ella misma. Tardaremos en apreciarlos enteramente en términos de cambios de nuestra propia subjetivación política, de afirmación de nuestra potencia singular y colectiva, pues los efectos del 15M siguen produciéndose en nosotros y contrarrestando las pasiones tristes inducidas por el poder. Dormíamos, despertamos.

Blog del autor: http://iohannesmaurus.blogspot.com

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.