Recomiendo:
5

El 18 Brumario de Rodolfo Hernández

Fuentes: Rebelión

Quienes repiten que el ingeniero Rodolfo Hernández es un “viejito loco”, cometen el mismo error analítico que le criticase Marx a Víctor Hugo, respecto a su texto sobre Napoleón.

En medio de la actual vorágine electoral colombiana han pululado análisis de todo tipo, especialmente aquellos en que los sortilegios políticos individuales se nos presentan como las causalidades determinantes de la coyuntura actual. Aunque si bien es innegable lo relativamente novedoso del presente momento político dentro del hasta ahora incólume régimen político, considero válido entrar en diálogo con miradas clásicas desde el análisis socio-estructural que nos permiten ver más allá de la volátil oscilación de las encuestas y los tracking diarios, o del marketing electoral de folletín que se viene aplicando en Colombia.
No son individuos ni ideas aleatorias las que se enfrentan en los comicios: son proyectos políticos que expresan clases, facciones de clase, intereses de clase y de sectores sociales específicos, todos ellos atravesados por pugnas, contemporizaciones o irreconciliabilidad. Desde esta perspectiva cabe abordar los elementos de análisis político y teoría del Estado, legados desde el mismo Marx, en sus obras de disección de la conflictividad política de la II República Francesa. En su texto El 18 Brumario de Luis Bonaparte, además de aportar en la descripción de un fenómeno elevado a categoría en la ciencia política contemporánea –el bonapartismo- describe un camino metodológico desde postulados que conservan pertinencia para la aproximación a una realidad, que como la actual siempre se nos presenta enrevesada.
Independiente de los aspectos que corresponden al análisis específico de la realidad histórico-concreta de la Francia de 1848-1851, Marx aporta unos lineamientos claros sobre la política y la teoría del Estado desestimados incluso por ciertos autores canónigos de nuestra disciplina que han destilado el mito que no existe dimensión política en el primer marxismo. Sobre lo anterior cabe resaltar: i) la conexidad entre clases, intereses de clase, la representación política, la dominación estatal y sus formas de régimen; ii) la relativa autonomía entre la dimensión política de la lucha de clases y la esfera propiamente económica de ésta, expresada en fenómenos como el cretinismo parlamentario, la crisis hegemónica o el mismo bonapartismo, es decir la existencia de tensiones dialécticas entre estructura y superestructura, siguiendo la vieja metáfora marxiana; iii) la historicidad inherente a la lucha política y a todos los fenómenos políticos que descarta el individualismo metodológico y afirma la posibilidad de aproximación científica al análisis político; y iv) a riesgo de repetir verdades de Perogrullo, la clave de la política en Marx será la lucha de clases, entendida esta no como odios o resentimientos sino como una oposición objetiva de intereses inherentes a éstas, que se expresa refractada y diferenciadamente en el conjunto de dimensiones de la vida humana, y esta lucha comprendida no como una dicotomía única entre dos grandes clases homogéneas y monolíticas, sino atravesadas por sus múltiples concreciones, que se expresa en un caleidoscopio de capas, facciones y fracciones.
Entrando en materia, quienes repiten por doquier que el ingeniero Rodolfo Hernández es un “viejito loco”, cometen el mismo error analítico que le criticase Marx a la gran pluma de Víctor Hugo, respecto a su texto «Napoleón Le Petit». El yerro no radica en que Hernández sea precisamente un cuerdo mozalbete, sino en el método de comprensión de la realidad. Podría ser asaltado el régimen oligárquico más sólido de Nuestra América por un “viejito loco”? Este equivocado individualismo metodológico solo redunda en el engrandecimiento de la figura de Hernández, de quienes justamente pretenden despreciarlo. Retumban dos lapidarias sentencias de Marx: no creo en robinsonadas –ni en rodolfadas para nuestro caso- y el poder del Estado no flota en el aire.
Igual de errático se aprecian los juicios donde Hernández simplemente es “más de lo mismo”, prueba innegable de un establecimiento infalible e invencible. Esta mirada anti-dialéctica -ergo reaccionaria- de la historia, se queda sin explicar porque se acude a este patético personaje. Qué pensarán los López y los Lleras en sus mausoleos al ver que una facción importante de la oligarquía santanderista se ve compelida a apoyar a un atarbán ingeniero de provincia que usa como papel sanitario las leyes que nos han repetido falazmente nos dieron la libertad? Qué le diría don Laureano Gómez a su nieto, al verle cargando la maleta a un candidato que desdice de los partidos, que dista de comprender el mito del basilisco y que cambió la retórica greco-quimbaya por el madrazo limpio?
Mientras los chamanes de la opinión insisten en presentar a este empresario –y cavernario- como un fenómeno político inédito y fruto quizás de un inusitado ingenio ingenieril, desde mi orilla repetiré con Marx su sentencia incluida en el prólogo de 1869 del 18 Brumario cuando nos hablaba de Luis Napoleón Bonaparte, en su momento también presentado como supuesto outsider político: “Yo por el contrario demuestro como la lucha de clases creó las circunstancias y condiciones que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel del héroe”: Quepa también recordar la misma sentencia de Marx frente al príncipe emperador, que aplica acá para el ingeniero constructor: “el payaso serio que ya no toma a la historia universal por una comedia, sino su comedia por la historia universal”.
Rodolfo Hernández es una añeja novedad, es el anacronismo disfrazado de renovación. El establecimiento colombiano recurrió a un instrumento político tan viejo, como el mismo ingeniero: el bonapartismo. Al igual que en aquella lejana república francesa, el llamado bonapartismo, es el salvavidas que le queda a un bloque de poder en crisis. Cuando en medio de la lucha de clases, ninguna clase ni facción de clase, puede imponer su hegemonía, se insuflan papanatas que se presentan como externos a las contradicciones sociales, pero que lejos de ello, son producto mismo de la agudización y degradación de esta conflictividad. El supuesto salvador bonapartista, media y concilia entre los dominantes, mientras usurpa la voz y obtiene apoyos de los sectores subalternos, para configurar una coalición de gobierno reaccionaria y autoritaria. Su único y real objetivo es evitar una inminente explosión social.

Estamos ante la enésima reedición bonapartista, acoplada a la actual crisis hegemónica. Valga otra vez citar al 18 Brumario: Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa. Sin embargo, le faltarían más de siglo y medio de vida, y analizar la realidad de nuestro trópico, para que el pensador alemán pudiera afirmar que de tanto repetirse la historia, la comedia se transformaría en meme en pleno siglo XXI. Memes vivientes como el presidente saliente, o como este Luis Napoleón del Chicamocha, que pretende reemplazarlo.

Como exponer sintéticamente el bonapartismo? Tomemos como referencia la definición que nos aporta Néstor Kohan: “Hace referencia a un tipo de liderazgo político que aparenta ser “equidistante” en la lucha de clases. Es una forma de dominación política donde el ejército, la burocracia y el Estado —durante una crisis aguda— se independizan parcialmente de la burguesía. Ésta se separa de los partidos políticos tradicionales y pasa a ser representada por el ejército o por algún liderazgo carismático. Para Marx tiene un contenido negativo.”

El bonapartista se presenta en apariencia por encima de las clases y por tanto de las ideologías políticas, mientras pretende hablar-obrar a nombre de todas las clases. “Ni de izquierda ni de derecha” como repite el ingeniero, que es un capitalista que se quiere presentar como campesino y trabajador, bajo el celebérrimo mito del buen burgués, del que Marx se mofase ya en el capítulo XXIV de El Capital.

Por qué retrotraernos a una categoría de Marx y no usar el vulgarizado término de “populismo”? Justamente porque el establecimiento ha hecho un estiramiento conceptual del término, homologándolo al de demagogia y degradándolo a epíteto condenatorio. Para qué sirve un concepto que supuestamente engloba a Chávez, a Trump, a Uribe, a Perón, a Petro, a Hernández y a más, dependiendo de quién lo enuncie? Quienes son los no-populistas o no- demagogos? Los tecnócratas como PPK en el Perú? O los demagogos neoliberales como Duque o como Macri? Pero además, prefiero acudir a la conceptualización sobre el bonapartismo porque nos saca de la cotidianidad del discurso o del carácter de los candidatos y nos eleva a la reflexión sobre el Estado y la crisis hegemónica, sin las que no podría existir ni Luis Napoleón ni el ingeniero Hernández. El bonapartismo no es una persona, es una forma de estado de excepción capitalista y la espiral dialéctica de la historia nos trae de cuando en cuando el retorno al pasado en ropas nuevas:

“Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidos por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.”

En el bonapartismo, la burguesía local no presenta suficiente fuerza como para gobernar a las demás clases, pero los sectores subalternos, tampoco como para sustituirla. De este modo, la burguesía cede el poder político a un “tercero” (a un líder con carisma propio o impostado) a cambio de que éste mantenga el dominio económico sin problemas. Con el bonapartismo la republica liberal burguesa deviene en autoritarismo unipersonal. Luis Bonaparte surgió cuando la burguesía le tuvo miedo a los cambios y fue incapaz de seguir con sus reformas liberales, mientras las clases trabajadoras aún no lograban organizarse ni acumular la fuerza necesaria para tener un gobierno propio. Hoy los nuevos bonapartismos mantienen la fórmula y acuden a los sectores más desamparados por el modelo neoliberal vendiéndoles un imposible retorno al pasado, con el engaño de la antipolítica. Así lo hizo Trump convocando a los obreros norteamericanos, o el también ingeniero Fujimori montado en su tractor cuando los partidos peruanos ya no representaban ni a sus siglas. Como lo hicieran igualmente los magnates Silvio Berlusconi o Abdalá Bucarán proponiendo que una democracia se manejaba igual que una bananera o una constructora, y más recientemente la dictadura digital de Bukele, que a punta de tiktok ha suspendido el estado de derecho en El Salvador. La carta de presentación de todos ellos, fue la mima de don Rodolfo: no eran políticos, sino exitosos empresarios o profesionales. Paradójicamente tanto los campesinos parcelarios como la pequeña burguesía sustento popular de Luis Napoleón fueron las primeras víctimas económicas de su gobierno, así como de seguro lo serán las clases medias desesperadas y el precariado colombiano que aúpan a “El Ingeniero” para no volvernos como Venezuela, si no como El Salvador.

La oleada global del bonapartismo, que va de Duterte a Bolsonaro, responde a una crisis generalizada de la civilización capitalista, que se ha expresado nítidamente en lo económico desde 2008, pero que incluye también su dimensión política: la democracia burguesa. Por ello, los Bonapartes del siglo XXI, imponen una perversión del ideal democrático liberal. Se busca desmantelar los principios mismos de la democracia, tras el fetiche de la mayoría simple electoral y el endiosamiento del ejecutivo. Se niegan derechos fundamentales al ritmo de la manipulación de la opinión pública. Los bonapartistas quieren seguir el ejemplo del mismo Luis Napoleón, quien elegido por voto popular pasó a destruir los resquicios republicanos y de estado liberal de Francia. Estado de opinión lo llamó camufladamente en su momento José Obdulio Gaviria; gobernar por decreto en medio de una perenne conmoción interior lo dice descaradamente el ingeniero Hernández, quien ya tiene hasta redactadas normas a expedir el mismo día de su posesión, que aunque inocuas buscan afianzar aún más el autoritarismo presidencial en el país.

Vuelven a retumbar las citas de Marx, como si desde aquel nuevo brumario francés pudiese avistar la farsa colombiana actual con ingeniero incluido: “En un momento en que la misma burguesía representaba la comedia más completa, pero con la mayor seriedad del mundo, sin faltar a ninguna de las pedantescas condiciones de la etiqueta dramática, y ella misma obraba a medias engañada y a medias convencida de la solemnidad de sus acciones y representaciones dramáticas, tenía que vencer por fuerza el aventurero que tomase lisa y llanamente la comedia como tal comedia”

La crisis de la democracia representativa que propicia el fenómeno bonapartista se expresa en el denominado “cretinismo parlamentario”, esa enfermedad que aprisiona como por encantamiento a los contagiados en un mundo imaginario, privándoles de todo sentido, de toda memoria, de toda comprensión del rudo mundo exterior, como bien la definiera Marx. Hay disonancia entre las clases dominantes y sus voceros políticos y editoriales. No hay representación adecuada de la lucha de clases dentro del escenario político y por ello, sectores dominantes ya no se sienten respaldados en la institucionalidad burguesa. Por ello de Luis Napoleón a Rodolfo, los bonapartistas lanzan sus diatribas y ceban su popularidad contra unos parlamentos de espaldas tanto a las masas ciudadanas como a la composición real y necesidades del bloque de poder.

El ingeniero es un buen bonapartista, aunque quizás el mismo no lo sepa y piense que Bonaparte sea la capital del Vichada. Con su irrupción nacional como opción del statu quo, ha quedado desnudada la profundidad de la crisis del régimen político en Colombia, que ha tenido que probar un salto al vacío. Ni el bipartidismo tradicional, ni la sopa de letras de partidos uribistas, ni el partido fascista, ni los uribistas que no maduraron sino que se quedaron verdes, ni los paras recién bañados, han logrado garantizar la continuidad de la clásica hegemonía electoral del establecimiento. Ante esta emergencia han tenido que romper el vidrio, y acudir a un extintor hasta ahora no probado: desempolvar a un ex alcalde sub júdice, que debería estar ya condenado por sus prominentes actos de corrupción para que levante la bandera anticorrupción. Afianzar el pensamiento señorial y provincial bajo el título cuasi nobiliario de “el ingeniero” como si dicha profesión -o cualquiera- definiera la idoneidad de un mandatario. Jugar con la conmiseración y la tradición conservadora para que tras la figura de “el viejito”, se exhiba una superioridad moral gerontocrática, como si a Franco o a Pinochet, lo vejetes les hubiese impedido consumar su barbarie. Elevar el machismo, la intransigencia, la grosería y la falta de control a valores políticos.

Es hora de desencantar lo falsamente venerable y todos los mitos políticos. Ni Duque es un renovador por su juventud, ni Rodolfo es sabio por su senectud. Que alguien le explique a Hernández que si de verdad los políticos dejaran de robar –lo que incluiría a su familia y aliados-, esto no resolvería mágicamente los problemas de las mayorías, porque este sistema se basa en la explotación y la desigualdad, y la corrupción penalizada es solo una de sus múltiples formas. Valga recordar a otro ancianito y exitoso ingeniero egresado de la Universidad Nacional, que justamente ha representado la antípoda de su proyecto de nación: Luis Carlos Sarmiento Angulo que no hizo patria, sino capital, hipotecando la vida de familias enteras, lo que es catalogado por su colega Rodolfo como una delicia. Para que negocios ilegales cuando se hace parte de mafias legales y semilegales que les producen más ganancia y prestancia? Para qué partido político, si desde la contratación pública se llenan sus arcas familiares y desde sus firmas privadas se pueden prepagar alcaldías, ministerios y presidencias? Para qué maquinarias políticas si se tienen maquinarias de construcción financiadas con nuestros impuestos? No es también un acto de corrupción de los que dice combatir el pintoresco ingeniero, lucrarse privadamente de lo público? Será que al “hombrecito” que le paga eternamente las hipotecas a Hernández algo le resuelve que el ingeniero no se embolsille ilegalmente el erario, sino que se lo asigne a su familia en pulcra contratación?

Antes de Rodolfo ya este establecimiento duro de cambiar, había roto el vidrío de emergencia en otras ocasiones. En 1953, con el también ingeniero –y chafarote- Rojas Pinilla-, y con otro egresado de la universidad pública, Álvaro Uribe Vélez en 2002. En ambos casos, se trató de un bonapartismo fascistoide que contó inicialmente con el consenso mayoritario de las clases dominantes. El bloque de poder le endosó el gobierno a relativos advenedizos que representaban y se respaldaban en los sectores más reaccionarios. Pero con Rodolfo Hernández parece estar tocando fondo: la crisis es del régimen y su senil decrepitud la expresa a la perfección el ingeniero chisgarabís con el que abalanzan el país a la agudización del irresuelto conflicto social. La desesperación del bloque de poder lo lleva a aferrarse a un milagro con Rodolfo: que un hombre que confunde a Einstein con Hitler les otorgue la cohesión y gobernabilidad que ni Uribe, ni Santos, ni mucho menos el saliente aprendiz han logrado durante más de una década de crisis y fracturas. Que el ingeniero con su sonsonete repetido de “recoger las chequeras”, ahogue el estallido popular iniciado en 2019, como si justamente no se requiriese gran inversión social ante el actual desastre económico. Con Hernández, a este régimen quizás le dé para ganar una elección en este sistema electoral carente de garantías, pero muy difícilmente le alcance para reconstruir sólidamente su hegemonía socavada.

La ilusión de la reconciliación del bloque de poder, tampoco se ve clara por la ruta que construye el ingeniero. Independientemente de los resultados, se prevé una continuidad de la fractura en el bloque hegemónico creada desde el anterior salvavidas bonapartista que significó el régimen de Uribe Vélez. Los de arriba seguirán sin cohesión, aunque ello implica peligrosamente que sectores del gran capital aborden como polizones el proyecto alternativo. Hernández representa la ilusión de un uribismo sin Uribe, pero la bancarrota del gobierno de Duque ha implicado el agotamiento de la salida fascista por la que optó este establecimiento hace 20 años.

No obstante valga recordar que el fascismo se entiende como una forma de bonapartismo, o una derivación de éste. Si bien, el neofascismo hoy no está en primer plano de la opción de Hernández tampoco le es ajena, por tradición y por la plasticidad pero reticencia sistémica de las élites colombianas al cambio. “Todo está muy facho” dicen los grafitis de la juventud, que encuentran asidero en el resurgir de la ultraderecha de vieja y nueva ralea postcrisis financiera de 2008: de los descarados neonazis de Amanecer Dorado, Sblovoda u Orban en la vieja Europa, hasta el neofascismo light que va de Macri a Ciudadanos, o al ya mencionado Nayib Bukele.

Como con Rojas y Uribe en su momento, detrás de Rodolfo está una chulavita política y cultural, incólume tras 70 años como bien lo expresan sus zonas de alta votación. Una chulavita que hoy todavía recluta a sectores populares para una guerra santa a favor de quienes siempre los han esquilmado. El mapa electoral del ingeniero se traslapa con el del No en el Plebiscito de Santos y con el de la elección de Duque, por no decir que con el La Violencia. El rodolfismo no existe, existe el orden contrainsurgente, el conservadurismo más retrógrado, el pensamiento patriarcal y misógino, el recurso perenne a la violencia de un establecimiento incapaz de dar solución a las problemáticas sociales. Existe el mito del patriarca atravesado que rechaza la zalamería aristocrática. Existe la vieja Colombia negándose a morir. Por eso el ingeniero no requiere mayor programa, porque ya está hecho por las elites decadentes y la godarria que lo impulsa. Por sus adhesiones lo conoceréis, por ello es elocuente que tras el supuesto “anti-político” se alinee el fascismo más virulento del uribismo, así como los sectores más descompuestos de la llamada clase política. Si alguien insiste en que la corrupción es el mal del sistema, es porque pretende negarnos que es esencia misma del sistema.

No obstante, el “ingeniero” sigue sin lograr incluso el consenso de las clases dominantes, porque un sector importante del capital ve con recelo su insania y sus arrebatos, que ponen en riesgo sus grandes inversiones y que lejos de apagar la mecha social la puedan prender. Cada vez más ciudadanos y ciudadanas del común se apean de la rabia con que votaron por este atrabiliario personaje y se dan cuenta que tras las cachetadas o los tiktok no hay solución real a sus problemas. La suerte todavía no está echada y es posible aun aguarle al ingeniero su 18 brumario. Pero del bonapartismo autoritario y de este criminal bloque de poder no se sale solo votando, sino desbalanceando la lucha de clases a favor de los sectores populares, – en las urnas-, pero también en la movilización, la organización social y la resistencia. Que nadie olvide que a Napoleón III lo derrotaron en el campo de batalla, pero que el Segundo Imperio fue enterrado por la Comuna de París en 1871.

Bienvenidos y bienvenidas a la crisis. Nos corresponde encontrar una salida democrática a ella que no sea el Bonapartismo macondiano, ni el fascismo tropical, ni la gerencia social a favor del gran capital.

Francisco Javier Toloza F.: Docente Departamento de Ciencia Política. U. Nacional de Colombia

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.