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El aliado más fiel

Fuentes: Rebelión

En el actual panorama latinoamericano ser considerado por Washington «el aliado más fiel» no es precisamente muy confortable. Pero a Álvaro Uribe Vélez, presidente de Colombia, el epíteto no solo no le molesta en absoluto sino que su misma suerte depende cada día más de que los gringos se lo crean realmente. Hasta hoy, para […]

En el actual panorama latinoamericano ser considerado por Washington «el aliado más fiel» no es precisamente muy confortable. Pero a Álvaro Uribe Vélez, presidente de Colombia, el epíteto no solo no le molesta en absoluto sino que su misma suerte depende cada día más de que los gringos se lo crean realmente.

Hasta hoy, para los estadounidenses el gobierno de Colombia ha sido el mayor soporte de su política en un continente orientado cada vez más hacia la izquierda. Nadie parece más solícito que Bogotá a la hora de dar apoyos entusiastas a la política internacional de los Estados Unidos. Colombia fue uno de los pocos países del área que apoyó abiertamente la invasión a Irak y no envió tropas porque su propia guerra se lo impide. Es más, son los marines y los contratistas estadounidenses (mercenarios) los que van a combatir a Colombia en un número cada vez mayor. A estas alturas, en territorio colombiano ya hay más asesores y combatientes gringos de los que había en Viet-Nam en 1965 cuando empieza la intervención norteamericana. Con el Plan Colombia y el actual Plan Patriota el país se convierte en el tercer receptor de ayuda militar estadounidense del mundo (después de Israel y Egipto). Mucho está entonces en juego y es comprensible que Uribe Vélez intente hacer méritos para seguir siendo considerado «el aliado más fiel».

Pero Washington tiene antes intereses que amigos y el compromiso con Uribe Vélez debe pasar religiosamente por el tamiz de la propia conveniencia. Que las guerrillas comunistas tengan en su poder a varios ciudadanos estadounidenses -que unos consideran «personal civil» y otros simples mercenarios y en el mejor de los casos agentes infiltrados de la CIA- puede que no sea la principal preocupación de la Casa Blanca. Lo será en todo caso para los actuales y futuros «asesores» el saber que su gobierno los abandona a su suerte después de caer prisioneros de una insurrección armada que han ido a combatir en nombre de los más caros intereses de su propio país.

Pero sin duda el balance propiamente militar si debe estar causando serias preocupaciones a Washington. Para empezar, la relación entre las inmensas cantidades de dinero invertidas y los resultados prácticos resulta bastante insatisfactoria. El recrudecimiento de la guerra en los últimos meses indica que lejos de haber sido derrotada la guerrilla está intacta, actuando lejos de lo que se consideraba su último bastión en la selva, prácticamente al pié de Cali, la tercera ciudad del país; o atacando con éxito en la región de Urabá en donde se suponía que las fuerzas armadas y sus aliados paramilitares habían «limpiado» el terreno.

Es probable que la reciente emboscada a un grupo elite de la contra-guerrilla en la rica región petrolera de Arauca (una de las áreas más vigiladas del país) haya sido un golpe de suerte de las FARC, pero no deja de alimentar la sospecha de que las fuerzas armadas están hoy ciertamente más armadas que nunca pero tan ineficaces como siempre.

La corrupción pública y privada que no cesa, desalienta a las tropas estatales. Además, el descubrimiento de que soldados estadounidenses trafican con cocaína cuando han venido al país supuestamente a combatir el narcotráfico no contribuye precisamente a elevar la moral de oficiales y soldados colombianos quienes pueden empezar a sentir que exponen sus vidas por intereses que no son los suyos.

Seguramente tampoco despertará mucho entusiasmo en Washington la manera como Bogotá está llevando a cabo el llamado proceso de reinserción de los paramilitares. Los americanos no pueden aceptar (al menos no públicamente) que los grandes jefes del paramilitarismo, elevados ahora a la categoría de «rebeldes políticos» consigan burlar la extradición que reclaman los jueces estadounidenses para juzgarlos por narcotráfico.

Uribe se encuentra prisionero entre los gringos, quienes le consideran «su aliado más fiel» y las autodefensas (AUC) que, de hecho, le apoyan social y políticamente. Esta fuerza de la ultraderecha accede a reinsertarse precisamente porque considera que la política de «mano dura» de Uribe ya la hace innecesaria; una declaración ésta que al uribismo parece incomodar poco y solo en la medida en que Washington no ve con buenos ojos que el paramilitarismo lave también sus pecados como traficantes de drogas alegando ser «fuerza política». Eso es muy difícil de vender a la opinión pública de los estados Unidos.

Que las Autodefensas hayan cometido crímenes atroces que harían estremecer al más duro es algo que Washington puede perdonar. A fin de cuentas, mataban comunistas, filocomunistas o gentes sospechosas (posibles terroristas). Más o menos como se justifican los crímenes de sus propias tropas en el extranjero. Siempre que se trate de eliminar a «los malos» la elasticidad de su conciencia es infinita.

Que las autodefensas busquen una reinserción que les permita conservar las más de cuatro millones de hectáreas arrebatadas a los campesinos, además de los inmensos capitales que tienen invertidos en bancos y otras actividades lucrativas es algo que los estadounidenses (y el gobierno de Uribe, por supuesto) están dispuesto a perdonar. ¿Acaso son demasiados los capitalistas que pueden ufanarse de haber amasado su fortuna siempre y en todo los casos con un apego escrupuloso a la ley? Tampoco ha de olvidarse otro detalle: no han sido las gentes de la elite criolla las víctimas de la expropiación masiva de bienes que han practicado los paramilitares sino gentes humildes expulsadas del campo por las «autodefensas» (más de 3 millones de desplazados hasta la fecha, según datos de la ONU).

Washington estará cavilando mucho sobre la capacidad efectiva de su «aliado más fiel» en el manejo de los problemas locales. El procedimiento para su reelección deja mucho que desear. Ha habido demasiada torpeza, politiquería barata y a pesar de haber conseguido ganarse al Parlamento y cambiar la ley (la reelección está expresamente prohibida por la Carta Magna) aún le queda el paso difícil de recibir la aprobación del poder constitucional que puede echar abajo todo el intento. No es una sorpresa para nadie que políticos importantes de la elite del país (el ex presidente López Michelsen, por ejemplo) ya estén organizando la alternativa a Uribe, tomando prudente distancia de su política económica neoliberal dura y pura, de su manera particular de manejar las instituciones del Estado (ese tinte caudillista y autoritario que le caracteriza) y de su obsesión bélica. En todos estos propósitos el balance de Uribe es negativo y Washington lo sabe.

Además de las palabras amables y las solemnidades de rigor pocas buenas noticias habrá tenido Uribe Vélez para la señora Condoleezza Rice a su paso por Bogotá. Si en las próximas elecciones Colombia se une a la ola de gobiernos progresistas del continente, buena parte del mérito le corresponde sin duda al «aliado más fiel» de Washington. ¿se lo habrá sugerido al presidente la señora Rice con su habitual delicadeza?.