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El anatema de Trotsky a ochenta años de su alevoso asesinato

Fuentes: Rebelión

Este 20 de agosto se cumplen 80 años desde que un agente de la dictadura de Stalin asesinara en México a León Trotsky. Con ello, los sepultureros de la revolución de octubre pretendían haber terminado para siempre con lo que éste seguía personificando desde su exilio: la causa de la revolución proletaria que por primera vez en la historia había triunfado en la extraordinaria y trascendental gesta del 25 de octubre de 1917. Pero lo cierto es que esa causa se mantiene indómitamente vigente frente a todos los poderes establecidos y que, al revés de lo ocurrido con quienes lo difamaron y ordenaron su asesinato, la estatura de Trotsky como pensador y dirigente revolucionario no ha hecho más que agigantarse con el paso del tiempo.

El dominio despótico de la burocracia estalinista fue la expresión política de la reacción termidoriana que, a contrapelo de los objetivos emancipadores que la inspiraron, terminó por imponerse en Rusia después de la revolución. Ese curso reaccionario fue, en última instancia, el resultado tanto del atraso económico y cultural del país, además devastado por la guerra, como del fracaso experimentado por la revolución proletaria en Europa occidental al término de la gran guerra, particularmente en Alemania. Pero solo pudo imponerse destruyendo todo atisbo de vida democrática al interior del Partido que había encabezado esa revolución, difamando y eliminando físicamente incluso a la mayor parte de su vieja guardia, hasta convertirlo en un cascarón vacío.

Como parte de esa labor contrarrevolucionaria, la burocracia se dio a la tarea de reescribir mendazmente la historia de la revolución, haciendo desaparecer de ella el destacado papel desempeñado por aquellos a quienes se proponía eliminar. Solo Lenin, muerto antes de que la burocracia lograra imponerse, pudo salvarse de esta infame labor de demolición de la verdad histórica. Pero ¡qué contraste más formidable es el que podemos constatar entre la montaña de mentiras y calumnias con que la historiografía estalinista se ha empeñado en anatemizar la figura de Trotsky, con la pretensión de borrarla por completo del cuadro de esa gran revolución de la que fue uno de sus principales protagonistas, y el monumental relato histórico de ella escrito por éste!

¿Acaso es posible conceder alguna cuota de credibilidad al relato de quienes no han tenido el menor escrúpulo en hacer desaparecer a uno de los principales líderes de esa revolución hasta de los registros fotográficos de la época? Si han estado dispuestos a tergiversar lo sucedido de una manera tan ostensiblemente burda y descarada, nada de lo que digan puede resultar creíble. Como lo recordara Gramsci, citando a Lasalle, «la verdad es siempre revolucionaria», a lo cual podríamos agregar, como su complemento simétrico, que la mentira es siempre contrarrevolucionaria. El único resultado de tan infame y persistente campaña ha sido el de envenenar por largo tiempo el espíritu de una gran parte de las jóvenes generaciones de luchadores por el socialismo.

La ideología estalinista adquirió, en efecto, las formas propias del fanatismo religioso, con sus dogmas, sus sagradas escrituras y catecismos, sus santos e inmaculados pontífices, su excomunión de los herejes acusados de atentar contra la fe por su «revisionismo», y sus llamados a liquidar por su carácter de «quinta columna» o solapado «enemigo interno» toda forma posible de disidencia o aun de simple pensamiento propio. Un fanatismo que encegueció a muchos, llevándolos a tomar como la más genuina expresión del marxismo y del socialismo una ideología y un sistema político que no eran, en realidad, más que sus burdas caricaturas.   Esa ideología, y la influencia que logró alcanzar, ha causado un enorme daño a la noble causa del socialismo.

Pero hoy día su descrédito no puede ser mayor. Frente a ella se yergue poderosa la tradición teórica, viva y robusta, del marxismo. El programa revolucionario asociado a él cobra en la actualidad una vigencia cada vez mayor como única respuesta posible frente a la crisis global del capitalismo, cuyas grandes e irresolubles contradicciones amenazan con arrastrar a la humanidad toda hacia el mortal abismo de su autodestrucción. Las grandes posibilidades abiertas ante ella por el formidable desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas, que permitirían asegurar una vida digna, segura y confortable para todos, se ven inevitablemente frustradas por el carácter privado de la apropiación bajo el capitalismo. Solo la reorganización socialista de la vida en común puede lograrlo.

Y en la perspectiva de la lucha por esa transformación radical de la sociedad, a los ochenta años de su alevoso asesinato, mientras quienes lo decidieron y ejecutaron ya han sido barridos para siempre del escenario histórico, el legado del ejemplo y de las ideas políticas de Trotsky continúa estando completamente vigente, fecundando y nutriendo el creciente proceso de recomposición de las fuerzas de izquierda en un sentido consistentemente revolucionario.   

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