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A propósito de la Eurocopa

El balompié de todos y el de la FIFA

Fuentes: Rebelión

Debo confesar que por mucho que me esfuerce invariablemente cuando veo unas imágenes futboleras mi atención se centra en ellas, empero ello no ocurre solamente con lo transmitido a distancia como en la Eurocopa actual. Cuando voy por un parque, campo o cualquier sitio abierto o no, donde se le esté dando de patadas a […]

Debo confesar que por mucho que me esfuerce invariablemente cuando veo unas imágenes futboleras mi atención se centra en ellas, empero ello no ocurre solamente con lo transmitido a distancia como en la Eurocopa actual. Cuando voy por un parque, campo o cualquier sitio abierto o no, donde se le esté dando de patadas a algo esférico allí se posan mis sentidos, sintiendo un deseo irrefrenable de jugar. Esto ha sido así desde que tengo memoria.

El anterior comentario personal viene enfocado a la situación de lo ahora expresado con altas dosis de jerga capitalista como ‘El Deporte de Alta Competencia’. Es decir, una inmensa variedad de juegos, competencias y luchas, con los cuales somos atiborrados prácticamente todos los habitantes conectados de alguna forma con los medios masivos de (des) información en el planeta. Este circo, en el pleno sentido romano del término, ha sido erigido como un rito social de indispensable observación para poder estimarse como un ser humano en el capitalismo que nos aflige. Esto es, ser sujeto aislado-pasivo-receptor fundamentalmente de imágenes.

Queda muy poco de espontáneo y liberador y se carece de altruismo en los espectáculos deportivos, pues todos y cada uno de quienes se presentan como ‘deportistas de alto rendimiento’ y precisamente por este mismo hecho, no son más que trabajadores en ocasiones muy bien pagos de una industria muy importante para el desarrollo capitalista desde hace medio siglo: la de distorsionar la percepción de nuestras prioridades políticas frente a los más urgentes problemas enfrentados por hombres y mujeres, no sólo como comunidades humanas sino como seres biológicos.

La crítica a estas actividades rentables al capital tanto materialmente como en lo relativo al control de los individuos, sitúa a un deporte de la popularidad del balompié en la categoría de moderno ‘opio del pueblo’. Analizando la situación de esta actividad, dada la parafernalia que le acompaña, desaforada cantidad de competencias, inmersión de los futbolistas en el ‘Star Sistem’ más absurdo, uniformidad y letanía de los medios de intoxicación social abordando desbocada y farragosamente algo tan sencillo como un partido de fútbol, junto con el carácter unidimensional que toda esta liturgia mercantil conforma, no podemos sino llegar a conclusiones más o menos semejantes a las de la existencia planeada de una narcotización social mediante la magnificación del ‘acontecimiento balompédico’; no es descabellado concluir que el fútbol rentado supera con mucho a la religión de acuerdo a lo proyectado por Marx, como forma de control no violento de la población.

Sin embargo, cualquier teoría crítica de la sociedad no debe pasar por alto el carácter complejo de las actividades sociales humanas y la diversidad de las mismas. Es relevante recordar aquel pasaje de El Pensamiento Salvaje de Claude Levi-Strauss, cuando le son dadas a conocer las reglas del balompié como las conocemos a nativos aislados de Nueva Guinea, estos acogen entusiastamente el juego, pero modificando aquellas sustancialmente, pues no tienen ganadores ni perdedores; le dan al juego el carácter no capitalista de su sociedad, no desean lo lúdico como actividad desequilibrada de vencedores y vencidos, algo absolutamente contrario al fútbol mercenario del presente. Entonces es ostensible aquello planteado por Johan Huizinga de que la cultura brota en el juego como tal y se desarrolla en él (Homo Ludens). A una cultura de la ‘competitividad’ a ultranza le corresponde un juego ritualizador de la depredación, es decir de culto al capitalismo.

No obstante, el balompié tiene una historia mucho más allá de lo que nos hacen creer sus usurpadores y no siempre ha sido la mercancía pesada, esclerótica y aturdidora hoy presenciada, esto es, una actividad pasiva y a la vez histérica de voyerismo y repetitividad robótica en la práctica. Hubo tiempos donde aún no había llegado la mercantilización y más que reglas y máximas prescritas por ampulosas burocracias peseteras, había usos y costumbres más o menos flexibles dentro de abiertas tradiciones locales. El fútbol por la época de Shakespeare era una actividad estimada como innoble y perseguida por las autoridades («Tú despreciable jugador de Fútbol«. El Rey Lear); antes de que le fueran impuestas las reglas burguesas de la era del maquinismo industrial, contenía valores de autónomas comunidades rurales y justamente por esa indomabilidad era censurado drásticamente.

El balompié en cualquier época no ha sido más que un juego de expresión de una necesidad lúdica, la cual poseemos en tanto que mamíferos. Es mucho más que la competencia atiborrante expuesta en pantallas con su manipulación de nuestro sentido tribal en los clubes de futbol y en el estólido chauvinismo artificial de las selecciones nacionales.

El balompié es esencialmente un juego y por ello posee las características apreciadas en este desde hace unos siglos como actividad generadora de libertad por encima de la necesidad (Emmanuel Kant), y de emancipación de lo indispensable y contraria a la seriedad cotidiana (G. W. F. Hegel). Es decir, lo lúdico expresado en el juego significa una especial manera de interactuar con la vida, permisiva de una colectiva superación de acuciantes imperativos como seres vivos y grupos sociales.

Regresando a la presente era de control social intenso, notamos con nostalgia la acelerada reducción de lo lúdico en el balompié y evocamos como hace poco más de 40 años la libertad, la relativa falta de seriedad y la autónoma interpretación del acontecimiento lúdico, eran apreciables aún en las máximas competencias de entonces. Aquel mundial de México-70, el primer campeonato trasmitido en directo al mundo, nos resulta contemporáneamente una especie de feria pueblerina, elemental, cálida, sencilla, espontánea, con gente divirtiéndose dentro y fuera del campo, si la comparamos con la rocambolesca parafernalia de los campeonatos de hoy donde todo es distanciado, maquinado, ostentoso y abrumador; al presente en cualquier torneo (la idea misma de campeonato tiene poco más de una centuria) todo es planificado y determinado al detalle acarreando una rigurosidad contable propia de transacciones bancarias en contraposición de lo genuinamente lúdico.

En lo relacionado con el poder, el antidemocrático entramado futbolero gobernante de lo lúdico en el juego más popular practicado en el mundo, denominado FIFA (burocracia antidemocrática por excelencia), alberga y alimenta las canalladas lógicas de cualquier corporación expoliadora contemporánea, con ingredientes de su propia cosecha. Fraudes, trampas, sobornos, tráfico de influencias, nepotismo, alianzas con criminales estatales (http://futbolrebelde.blogspot.com/2011/10/la-fifa-es-un-sindicato-organizado-del.html#links), etc., forman parte de una historia no muy bien oculta (David Yallop. ¿Cómo se Robaron la Copa?). Sus eventos-producto más ampulosos y rentables son la Copa del mundo y la Eurocopa (marcas registradas por supuesto), constituyentes sin duda del sumun de todo lo opuesto a la ludicidad espontánea, libre y desinteresada. Allí el derroche de los mercachifles de transnacionales asciende a cumbres inimaginables hace medio siglo, siendo un manejo tiránico y corrupto ampliamente develado (http://www.bbc.co.uk/news/uk-11841783). Sin conocerse aún a fondo, la FIFA en su funcionamiento hace parecer a la Cosa Nostra, la Camorra o la ‘Ndrangheta como reuniones de toscos, anticuados y probos aficionados a la tertulia; aparentando ser un ente benéfico su cercanía según su conveniencia con sangrientos dictadores, criminales internacionales genocidas y cuanto burócrata arribista de republiqueta esté a su alcance la hace hermanable al Vaticano en venalidades (http://www.elmundo.es/blogs/deportes/specialtwo/2011/06/10/la-cosa-nostra-de-blatter.html). La FIFA es paradigma insuperable de la organización política y económica capitalista gobernante en el planeta.

Tiene la FIFA a su haber la práctica continuada del latrocinio más grande que a la cultura se ha realizado en los últimos siglos, mediante el cual se ha arrogado para sí el monopolio defraudador de la capacidad de los pueblos de continuar desarrollando a su placer el regocijo lúdico de un juego muy popular por ser una creación colectiva humana, degradándolo mediante la construcción de un dictatorial privilegio comercial, para hacer de la práctica organizada del balompié objeto de explotación mediante una grotesca franquicia por la cual cobra jugosos dividendos en provecho material de sus capitostes y asociados. En un futuro ambiente revolucionario verdaderamente popular la desposesión de las comunidades de su creatividad lúdica debe ser revertida.

En realidad en el juego del balompié de calle, de campo y de potrero poseemos una gran oportunidad para rodearnos creativa y activamente de propios y extraños para sociabilizar (cómo no recordar la frase de Albert Camus: «lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol»), para ser más humanos ejercitando físicamente la cultura, la cual no nos aleja de la dura realidad social y biológica, sino que nos permite vivirla diferentemente, ayudándonos incluso a mejorar nuestra salud mental (http://www.youtube.com/watch?v=xT7gwB6Tmow).

Que los superfutbolistas en los templos del negocio del entretenimiento hagan su rutinario y estresante trabajo, ese de movimientos estrictos y repetitivos ad nauseam y logros en tabla de posiciones. Los más, no sujetos a tales tormentos, divirtámonos, juguemos satisfaciendo como queramos una necesidad lúdica.

Fuguémonos de la industria de aturdimiento, vamos por amigos y al parque a dar de patadas y cabezazos al balón, algunas ideas, entusiasmos e invitaciones a movilizarnos políticamente saldrán de allí, los tiempos lo requieren.

 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.