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El circo de la convicción: el gobierno ante sí mismo

Fuentes: Rebelión

Estamos inmersos en un simulacro constante, una especie de competencia explícita por el dominio de la opinión pública. Los políticos transforman los canales de televisión en su segundo hogar. Ya no basta el fondo ni la forma, también la reiteración de frases hechas, los lugares comunes y los suspiros esperados constituyen las nuevas redes del poder.

Desde el pensamiento griego clásico se asocia la autoridad con la legitimidad, incluso Platón habla de regímenes enfermos y sanos, dependiendo de la suerte que corría la Polis. En Chile ni siquiera es posible hablar de una enfermedad política, al contrario, eso supondría una esperanza de los mismos involucrados; una inyección vital externa que les dé un segundo aire en este mundo tan complejo.

Cuando la retórica queda suspendida en el aire y las palabras ya no son una descripción del “estado de la situación” sino una confirmación de la ridiculez del emisor que ostenta un cargo público, podemos deducir que somos testigos de un cambio de ciclo. Ejemplos abundan:  el ex Ministro Jaime Mañalich al señalar (en pleno estallido social) que Chile tenía el mejor sistema de salud del mundo o Bolsonaro al exponer que el Coronavirus era solo una gripe, no solo se retrataban a sí mismos, develaban, más bien, un plan intencional que aún padecemos. El circo para que funcione debe tener roles asumidos durante toda la función, una coherencia interna que garantice el espectáculo, una jerarquía de personajes y bufones que acompañen a los actores principales.

 Max Weber en su célebre conferencia “La política como vocación” expone 3 cualidades de todo político profesional: pasión, sentido de la responsabilidad y sentido de la distancia. En esta última señala “necesita (el político) esa capacidad de dejar que la realidad actúe sobre sí mismo con serenidad y recogimiento interior, es decir, necesita de una distancia respecto a las cosas y las personas” (p.146). Si no se tiene esa distancia se confunde la realidad con la creencia, error fatal en el arte de gobernar. No se trata en modo alguno de que el éxito dependa de la timidez o la precaución extrema, al contrario, se trata de una armonía entre la convicción y la responsabilidad. Pero, ¿Por qué no actuar de esa manera en asuntos públicos? ¿Por qué caer en el sin sentido de la palabra? La explicación es más sencilla de lo que se piensa y será esta el hilo conductor del siguiente texto, a saber, la incoherencia entre el discurso y la realidad es la evidencia de la descomposición de la legitimidad del poder o, lo que es lo mismo, el mensaje funciona sólo a un destinario específico y único: sus mismos partidarios.

Si el verdadero control es la coexistencia de una pluralidad de visiones dentro de un juego democrático, el circo es la ausencia misma de control, es un espectáculo que apuesta por la superficie comunicativa. La lógica del “enemigo interno” y poderoso de Piñera se traslada a una pandemia que necesitaba respuestas eficaces y rápidas. En vez de eso fue menester entregarle el protagonismo total a Mañalich; simular un éxito ficticio, mentir descaradamente en cifras pues un gobierno hambriento de victoria niega la realidad concreta y, a diferencia de lo que señala Weber, no toma distancia alguna con los problemas que se le presentaban. La ética entonces fue pura y simple convicción ¿Qué ocurrió finalmente?  La verdad no tardó en imponerse, la cifra de contagios y muertes salieron a la luz pública ¿Los culpables? Las personas, los sujetos inconscientes, los irresponsables de siempre o aquellos que no acatan ordenes básicas de quedarse en casa, como si aquello fuera una opción libre de todos los chilenos, como si el comercio informal no existiese. En palabras del autor alemán: “Si las consecuencias de una acción realizada desde una pura convicción son malas, no será responsable de esas consecuencias, según él, quien haya realizado la acción, sino el mundo, la estupidez de los otros hombres o la voluntad de Dios que las creó así” (p.153)

El Problema de la convicción es que es una apuesta extremadamente arriesgada cuando hablamos de asuntos privados, pero eminentemente dañina cuando hablamos de asuntos públicos, sobre todo cuando el virus es nuevo y no existen estudios concluyentes. El ex Ministro de Salud y sus acompañantes durante el mes de marzo y abril se atrevieron a hablar de todo: educación, economía, cultura, etc. Incluso admitió que fue un error grave suspender las clases. Tal fenómeno ya fue anunciado casi un siglo antes por el filósofo Ortega y Gasset cuando reflexionó sobre la “barbarie de la especialización”. Para él el sentimiento del especialista moderno no es la prudencia sino el dominio, un verdadero arte de no saber escuchar, en sus palabras “Habremos de decir que es un sabio-ignorante (el especialista), cosa sobremanera grave, pues significa que es un señor el cual se comportará en todas las cuestiones que ignora, no como un ignorante, sino con la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio (…) la civilización le ha hecho hermético y satisfecho dentro de su limitación; pero esa misma íntima de dominio y valía le llevará a querer predominar fuera de su especialidad” (p.145)

Si no fuese por la distancia entre el texto y la época presente diríamos que es casi un retrato del Ministro saliente. Cabe la pregunta del sentido de su acción ¿Responderá exclusivamente a la forma del mensaje? ¿Es meramente un problema de carácter? Quienes ven la política como un conjunto de subjetividades e intenciones por supuesto que les contentará esa lectura, sin embargo, el tema que subyace desde octubre del año pasado es el tema de la legitimidad. Es imposible disociar el estallido social que está entre paréntesis con la crisis sanitaria, pues ambas operan como un efecto de una democracia representativa en decadencia. La especialización no le sirvió a Mañalich para aplacar la curva como tampoco le sirvió a Piñera los posgrados en Estados Unidos para terminar con las marchas; la retórica bélica no hizo sino distanciar aún más a la derecha de la sociedad civil.

La legitimidad, según la tradición de la Filosofía política, se puede dar por la historia, por el prestigio o por la fuerza de los gobernantes. Faltando alguna de ellas es posible hablar de crisis orgánica o parcial. Al gobierno de Piñera solo le queda la fuerza, el aparato militar y la opresión simbólica o física. Pero aquello tiene un alcance limitado, en modo alguno sirve para gobernar dos años más. Queda entonces construir el simulacro, darle vida a todo el poder comunicacional posible, construir un relato de la victoria, contra quién sea, pero una victoria que al fin y al cabo garantice cierto sentido de gobernabilidad real. Lamentablemente, para nosotros los que padecemos la pandemia, las experiencias internacionalmente exitosas responden a una naturaleza distinta: gobierno comprometido, cuarentenas oportunas, decisiones rápidas, etc.

El gobierno actual se encuentra, por tanto, en una paradoja extrema, por un lado, cambia su esencia e incluye el diagnóstico social en la crisis sanitaria, esto es, asumir la desigualdad profunda que existe en el país y con ello recuperar paulatinamente la legitimidad, cuidando tanto los fines como los medios. Y por otro, continuar con su convicción neoliberal, bandera de un Estado subsidiario donde se apela a una caridad cristiana o a una fuerza punitiva si no se cumplen las tardías cuarentenas.

En vez de eso optó y, lo volvemos a repetir, por el circo; horizonte intermedio entre una y otra. Al problema social: repartición de cajas. Al problema de movilidad urbana: residencias sanitarias. Si es posible ir ellos mismos a buscar los ventiladores al aeropuerto, mejor todavía, mostrar lo evidente, embellecer el espectáculo.

Sin embargo, un país no es una frase predeterminada, tampoco sus símbolos convencionales, es más bien un movimiento en torno a un proyecto común, un ideal que se inserta en la vida concreta de sus habitantes. Lo anterior requiere una seriedad extrema, un sentido moral en ser y en el quehacer de los gobernantes: correspondencia de las palabras con los hechos, sinceridad y también humildad ante el fracaso. ¿Puede el circo ser humilde en su representación? En modo alguno, la naturaleza del espectáculo está puesto en lo que “se muestra” y no en la verdad ni en los mecanismos del montaje, aunque la función sea cada vez más repetitiva y cada uno de nosotros podamos adelantarnos a las frases que van a ocupar, los adjetivos que van a utilizar y las invocaciones especiales a Dios o a una idea abstracta de patria.

 La legitimidad necesita de la ética de la responsabilidad por sobre la convicción; un conocimiento cabal de la situación de sus ciudadanos, una sinceridad recíproca entre gobernantes y gobernados, semejante requisito no quiere decir ausencia de problemas, al contrario, es exponerlos, sacarlos a la luz, pero no como simulacro o show sino como una tarea colectiva, nada más alejado de las medidas tomadas desde marzo, del ir a “tomarse un cafecito en abril”. Hoy entrando en el invierno ya ni siquiera pensamos en el eslogan de campaña “tiempos mejores”, queremos que sólo pase el tiempo pues lo mejor es distinto al gobierno actual.

Referencia

Max Weber (1992). La Política como profesión. Madrid: Espasa Calpe.

José Ortega y Gasset (1989). La Rebelión de las masas. Chile: Editorial Andrés Bello.

El autor es Profesor de Estado en Castellano y Filosofía y Magister Filosofía Política (Chile)

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