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El ejército de las máscaras busca boicotear las negociaciones con los hijos de Marulanda

Fuentes: Rebelión

Salieron pillados de nuevo. Tropas del ejército aterrorizando y torturando a la población campesina en Córdoba, haciéndose pasar por combatientes de las FARC-EP. No es la primera vez. Ya lo han hecho en Caquetá, en Cauca, y de manera más dramática, en Puerto Leguízamo, Putumayo, donde masacraron a toda una comunidad haciéndose pasar por unidades del frente Carolina Ramírez. Estas son solamente las veces en que han salido en los medios, pero el pueblo ha denunciado muchas otras instancias que no han tenido el mismo eco mediático, pero que ellos saben que no han sido los hijos de Marulanda porque este no es el proceder de los guerrilleros. Estas acciones criminales del ejército no son una excepción: en realidad es una práctica que se ha desarrollado de manera sistemática a lo largo y ancho de todo el territorio. Esto no es más que la continuación de los infames falsos positivos que le han ganado el repudio al ejército en el territorio nacional, y que incluso los ha llevado al banquillo de los acusados hasta al mismo arrogante y supuestamente invencible general Montoya, un vulgar asesino en serie.

Pero no se limitan solamente a disfrazarse para conducir operaciones terroristas en contra de la población campesina. También ejecutan reinsertados en Caquetá y Huila, dejando panfletos apócrifos a nombre de las FARC-EP, para desplegar campañas mediáticas por las redes sociales acusando al llamado “Estado Mayor Central” de un plan pistola contra los firmantes. Nuevamente esto puede engañar a los bobos, pero el pueblo campesino sabe muy bien cómo es el accionar de los revolucionarios. Igualmente en varias regiones, pero sobre todo en Arauca y Cauca, han sacado panfletos con amenazas hacia líderes sociales supuestamente firmados por frentes de las FARC-EP, los cuales también se ha demostrado son apócrifos.

Estos actos son parte de los viejos trucos que buscan los enemigos del pueblo para confundir, distraer y aislar a los revolucionarios. Utilizan el falso positivo, se disfrazan, publican panfletos y utilizan las redes sociales mediante funcionarios a sueldo, agitando el sectarismo de sectores despistados en la izquierda, y utilizando a los idiotas útiles que reproducen con mucha bulla y alboroto estos comunicados. Nada de esto es nuevo, es parte de los manuales de contrainsurgencia aplicados por décadas en este país. Confundir, dividir, terrorismo, sabotajes eran los métodos recomendados por los manuales del terrorífico DAS en las épocas del asesino Uribe para atacar toda forma de rebelión en Colombia.

Hoy en día, este manual de contrainsurgencia tiene por fin también bombardear las negociaciones de paz en que las FARC-EP con el gobierno nacional encabezado por Gustavo Petro. ¿Por qué el ejército, y el sector de la oligarquía que los amamanta, tienen tanto miedo en una negociación con las FARC-EP? Porque saben que, a diferencia de la negociación con el antiguo secretariado, liderado por Timochenko, acá están negociando con farianos reales, de tomo y lomo, que no se desmovilizarán por unas cuantas migajas para los jefes, abandonando a la tropa, ni que abandonarán los principios fundamentales que dan su razón de ser a esta resistencia armada. Porque saben que no negocian con una guerrilla derrotada ni débil militarmente, sino con un movimiento campesino en armas que se ha rearticulado con sorprendente rapidez a lo largo de todo el territorio nacional, pese a la brutalidad de las tácticas militares y paramilitares en su contra. Una guerrilla que es la única que hoy en día demuestra una capacidad real de golpear al ejército, como lo demuestran los ataques que han realizado después de que el gobierno decidiera suspender el cese al fuego bilateral. Una guerrilla que ha absorbido y asimilado las lecciones desde el Plan Colombia en adelante.  

Una guerrilla, además, que está más arraigada que nunca en los territorios, como lo demuestran los rescates que cientos de campesinos han realizado de los guerrilleros cuando estos han sido capturados, como ha ocurrido recientemente en Briceño, Antioquia, pero estas acciones han ocurrido incontables veces desde el primer rescate por parte de campesinos en Suárez, Cauca, en 2017. Este arraigo también quedó patente en los más de 13.000 campesinos que llegaron a Casa Roja, en los llanos del Yarí, a acompañar a la comandancia de las FARC-EP, encabezadas por Iván Lozada, en el anuncio del comienzo formal de las negociaciones de paz con el gobierno. Por eso la oligarquía se aterra con estas acciones de masas, y se rasga los vestidos cuando esta guerrilla construye puentes y atiende con brigadas médicas las necesidades de la población campesina olvidada por el estado y sus instituciones. Esta FARC-EP, arraigadas en el pueblo y curtidas en la lucha armada, son las verdaderas depositarias de ese legado entregado por los guerrilleros marquetalianos que entregaron un plan amplio de democratización social, y de reforma agraria, en el programa agrario de los guerrilleros. Ese sigue siendo el norte para este movimiento guerrillero que entiende estas reformas como parte de un proyecto mucho más amplio para la construcción del socialismo. Democratización y reforma agraria, estos son dos elementos claves para acabar con la guerra y construir la paz con justicia social.

Pero ninguna de estas dos tareas son posibles si no se dan reformas estructurales, de fondo, en los aparatos de seguridad del estado. Ejército y policía, por demasiado tiempo, han funcionado como milicias privadas de los terratenientes y de los sectores oligárquicos. Ambas instituciones han participado activamente en el despojo de millones de tierras a los campesinos, en el desplazamiento forzada de otros tantos de millones, en alianzas macabras con los paramilitares, en los falsos positivos, en operaciones encubiertas con los gringos, en la defensa de las multinacionales que acaban con los ríos, las selvas y la vida en nuestro país. Cualquier negociación de paz debe pasar por la reforma a estos aparatos de seguridad. Esto no es para nadie un secreto, y estas fiestas macabras de los disfraces organizadas por el ejército con el único fin de masacrar y aterrorizar a la población, con placer sádico, son la muestra de la necesidad de avanzar en esta reforma ya, y sobre todo, de acabar con la doctrina de seguridad nacional y el enemigo interno. Porque el ejército debe volver a proteger las fronteras y la soberanía, en vez de seguir arrodillado a los dictados de una potencia extranjera, porque sabemos que sus jefes reales están en USA.El ministro bocón de defensa, en lugar de hacer amenazas absurdas y mostrar indignación cuando las FARC-EP construyen puentes, debería ordenar su propia casa. Todos esperábamos un poco más de él cuando asumió el cargo, pero parece que o tiene miedo del ejército o ahora, probando las mieles de su nuevo puesto, se ha vuelto un cómplice vulgar de ellos. Acá hay cadena de mando ministro, recuérdelo bien, y usted es el último responsable de los actos criminales de su tropa. La historia, y quizás la propia justicia, le pasará cuenta de cobro algún día. Coja juicio, limpie y ordene la casa, y deje de poner palos a la rueda de las negociaciones de paz. Igualmente, el comisionado de paz debería dejar la bobada y ponerse firme con esta mesa de negociaciones, en la cual se muestra vacilante. No se dejen enredar en los que quieren bombardear esta mesa de negociaciones, pues saben que acá es, en realidad donde se juegan las transformaciones de fondo. 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.