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El exilio de Renán Vega Cantor: Problemática de fondo

Fuentes: Rebelión

Tierras de exilios Al pasar revista a la historia del mundo hispano, llama poderosamente la atención el hecho que los territorios que lo componen no han podido sustraerse jamás al fenómeno del exilio. Si, por ejemplo, le damos el vistazo a los siglos de historia de la España medieval, abundan los episodios al respecto, como […]

Tierras de exilios

Al pasar revista a la historia del mundo hispano, llama poderosamente la atención el hecho que los territorios que lo componen no han podido sustraerse jamás al fenómeno del exilio. Si, por ejemplo, le damos el vistazo a los siglos de historia de la España medieval, abundan los episodios al respecto, como fue el caso cuando tomaron el poder en al-Andalus, la España islámica medieval, los invasores almohades, procedentes del norte de África, el Magreb, cuya intolerancia fue proverbial. Aunque un ejemplo mejor conocido es el de la expulsión de los judíos poco tiempo después de la toma de Granada por parte de los ejércitos de los Reyes Católicos. Décadas más tarde, en pleno siglo XVI, sobrevino la expulsión de la población morisca. Luego, avanzado el siglo XVIII, tuvo lugar la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles. Y ni que decir a propósito del terrible exilio científico y pedagógico español ocasionado por la Guerra incivil española. Y así por el estilo, los ejemplos sobre este fenómeno abundan a granel.

De similar forma, los países hispanoamericanos no han sido la excepción al respecto. Sirva de ilustración sobre esto que, en mi biblioteca personal, cuento con muchos libros escritos por intelectuales latinoamericanos que, en su momento, tuvieron que marchar al exilio, como son los casos de Mario Bunge, Marcelino Cereijido y Alfonso Sastre. En cierto modo, puede decirse que, en el alma de todo hispano decente que reacciona contra la machaconería y el achabacanamiento reinantes en nuestras sociedades, inequitativas como las que más, hay un exiliado real o en potencia. Como bien señala José Lluís Barona (1999), de la Universidad de Valencia, los procesos de modernización y secularización han provocado en España las secuelas del exilio, precisión oportuna que, hasta donde cabe decir, aplica así mismo al resto del mundo hispano. De esta forma, para los tiempos que corren, signados por las contrarreformas neoliberales, especie de nuevo rostro de los procesos de modernización y secularización impuestos por la ideología del Mercado, el nuevo nombre del dios Mammón, resultan inevitables los exilios, tanto internos como externos. A mi juicio, en esta perspectiva queda enmarcado el exilio sufrido recientemente por el profesor Renán Vega Cantor en virtud de su sólido compromiso intelectual.

La información publicada acerca del exilio de Renán Vega Cantor muestra dos elementos que no han faltado a lo largo de nuestra historia intelectual: la persecución perpetrada por las derechas y cierta complicidad de los mentideros académicos. En lo que sigue, quiero detenerme sobre todo en esto último, máxime por tratarse de un aspecto de la cuestión explorado en forma insuficiente, reflejo de la misma cultura universitaria, poco dada a exponerse ante el gran público y harto proclive a lavar, en principio, la ropa sucia en casa.

El mundo universitario: humano, demasiado humano

En efecto, contrario a lo que mucha gente suele creer, el mundo universitario dista mucho de ser una Arcadia. Como destaca José Carlos Bermejo, historiador español, una creencia común es aquella que dice que la universidad es una institución supuestamente destinada a producir los diversos saberes merced a la labor de unas personas muy inteligentes, desinteresadas y dotadas de espíritu crítico. Según esta creencia que choca con el principio de realidad, los universitarios serían unos seres incorruptibles, objetivos y con una inteligencia superior a la media. No obstante, Robert King Merton, acaso la figura más conspicua en lo que a la sociología de la ciencia concierne, dejó bien establecido en su obra que las comunidades académicas no escasean en actitudes mezquinas y miserables, incluida la envidia, esa madre de la estupidez humana según aseveración de otro historiador español, Pedro Voltes (1999). En suma, las comunidades de marras son humanas, demasiado humanas.

Ahora bien, en la historia del ensayo hispanoamericano, cabe detectar indicios significativos a este respecto. Botón de muestra, Jaime Alberto Vélez deja bien establecido, para el caso colombiano, lo siguiente (Vélez, 2000): «La intransigencia de buena parte de la intelectualidad colombiana no entraña, por tanto, ninguna originalidad, y obedece, más bien, a una tradición que oscila mecánicamente entre la libertad y el orden, sin alcanzar ninguno de los dos estados». A lo que añade un poco más adelante esto: «La ausencia de ensayistas en una tradición, en última instancia, pone en cuestión la cultura y hasta el mismo orden social. En Colombia, donde en ocasiones no resulta posible ni siquiera la más elemental expresión de las ideas, difícilmente podría crecer con autonomía y feracidad el ensayo, un género que exige un ambiente y una temperatura benévolos, y hasta un «aclimatador de novedades»».

Hasta aquí Vélez. En nuestra infausta historia, estuvimos a punto de contar con otro premio Nobel. En 1954, Jean Paul Sartre y Thornton Wilder nominaron a Fernando González Ochoa para el premio Nobel de literatura. Por desgracia, la Academia Colombiana de la Lengua torpedeó tan noble iniciativa de ambos escritores al negarse a efectuar los trámites de rigor (González, 1998). ¿Por qué esta animadversión contra González, un gran intelectual sin duda alguna? Uno de sus amigos, Alberto Aguirre Ceballos, otro intelectual colombiano que padeció el exilio, nos responde sobre esto (González, 1997): «Porque la intelligentsia colombiana se ha rodeado siempre de hermetismo para simular el conocimiento. Lo que no se entiende, lo que se expresa de modo confuso y alambicado, es porque debe ser muy profundo. El texto de González era rotundo y transparente. Lo que quería era que entendieran, comprobando sus decires. Pero bien se sabe que no hay peor sordo que el que no quiere oír. Y en Colombia no han querido oír. En fin, Fernando González no era académico, a Dios gracias».

De facto, abundan sobremanera los ejemplos acerca de persecuciones a intelectuales y exilios en el mundo hispano, tantos que desbordaría la extensión de cualquier artículo sobre el tema, por largo que fuese. Incluso, este fenómeno es antiguo en Colombia según cabe apreciar por un artículo reciente de Julio Gaitán Bohórquez y Miguel Malagón Pinzón (2008), dedicado al aborto temprano de la libertad de cátedra en la vida republicana colombiana. En el caso más particular de Antioquia, tampoco ha habido excepción en este sentido, pues, como señala Jaime Jaramillo Escobar (2003): «Pensadores y escritores no han faltado en Antioquia, sobre todos los temas de interés, pero sus ideas se pierden por falta de atención. Se nos enseña con error a olvidar el pasado. No ocurre así en los pueblos cultos. Antioquia ha dado magníficos maestros, pero no se ha querido aprender. Bien se dice que no hay peor ciego que el que no quiere ver. (…) De poco sirve la reflexión de los guías en un país que decidió no pensar; que se dedica al exterminio de los contrarios, en lo que sea; cuyos objetivos no coinciden con ningún plan nacional ni regional».

En esta perspectiva, cabe entender el episodio del exilio reciente del profesor Renán Vega Cantor. No obstante, se corre el riesgo de cercenar la comprensión de la problemática correspondiente, puesto que, por exilio, suele entenderse, casi siempre, la persecución y expulsión de alguien a causa, por lo general, de sus ideas políticas, religiosas o de otra índole, una situación asociada con el destierro las más de las veces. Con todo, no es típico abordar lo atinente a la categoría del exilio interno, bastante delicada si no perdemos de vista que, en las instituciones educativas y otros entornos, suele practicarse la exclusión de intelectuales comprometidos en virtud de las mismas causas recién señaladas, un fenómeno social que forma parte del fenómeno denominado como acoso moral o psicológico.

En los últimos años, signados por el infierno neoliberal, como denuncia tan oportuna y valientemente Heinz Dieterich, las universidades se han transformado en iglesias por obra y gracia de las contrarreformas neoliberales y la crisis de los intelectuales, esto es, de aquellos intelectuales que han colapsado en lo moral y científico al prestarse a los tenebrosos intereses del neoliberalismo, estando así de espaldas a las tragedias del grueso de las poblaciones de sus países. He aquí una descripción del problema en las propias palabras de Dieterich (2005): «Entendidos los intrínsecos códigos del universo social, tanto los obispos del Primer Mundo como los cooptados del Tercer Mundo pasan el verbo y la liturgia a los curas, es decir, los profesores universitarios medianos, quienes, a su vez, los predican a la grey: los estudiantes. Siendo éstos los últimos en la cadena de iluminación y mando, no tienen otra alternativa que obedecer al ritual de adoctrinación, porque los profesores curas lo imponen con el poder institucional. A nivel estudiantil del sistema académico, la amenaza de reprobación profesoral es el equivalente funcional de la amenaza de excomunión eclesiástica para los herejes religiosos. A nivel de los curas (profesores), la herejía se castiga con la exorcización de los foros públicos, apoyos financieros, becas a la investigación y posibilidades de publicación, entre otras formas de penitencia administrativa».

Hasta aquí Dieterich. Justo en lo que él apunta con tino como el combate a los herejes universitarios que no le hacen el juego a la buena nueva neoliberal, subyace la persecución en contra de los intelectuales comprometidos que no se han corrompido. Incluso, el uso del lenguaje en las universidades refleja esto en ocasiones, no sin cierto humor e ironía, como, para muestra un botón, cuando a los comités asesores de programas de estudios, se los llama a veces como «comités agresores» u otra denominación de similar jaez, denominación que recoge el talante antidemocrático de tales comités.

Cultura organizativa y exilios internos y externos

A fin de entender mejor la fenomenología de los exilios internos, junto con los externos, lo decantado por los estudiosos de la cultura organizativa brinda algunas luces útiles. En especial, lo relativo a la ley de Parkinson y al principio de Peter, puesto que dan cuenta del porqué de la presencia de seres de talante inquisitorial en las estructuras organizativas, incluidas las instituciones educativas. Sobre todo, los mandos medios proporcionan una miríada de ejemplos a este respecto. Después de todo, por algo, en lengua castellana, existe el vocablo asnocracia, si bien, en fecha reciente, el humorista gráfico español Aleix Saló bautizó su segundo videoclip sobre la crisis económica española como Simiocracia, todo un vocablo de lo más rico en imágenes.

¿De qué tratan la ley de Parkinson y el principio de Peter? En lo esencial, aquella se refiere al «ascenso a los puestos de autoridad de personas que sienten celos ingentes del éxito ajeno al par que se caracterizan por la incompetencia». A esto se lo conoce como ingelitencia o enviditencia, por la cual las personas enviditentes se esfuerzan con terquedad por expulsar a todos los que son más capaces que ella (Livraghi, 2010). Repárese aquí en el clima de exilio que tales personas propician con su actuar. Por su parte, el principio de Peter afirma que los miembros de una organización meritocrática prosperarán hasta alcanzar el nivel superior de su competencia y, luego, los ascenderán y estabilizarán en un cargo para el cual son incompetentes. Ahora bien, como destaca Giancarlo Livraghi, filósofo italiano, en la actualidad, la situación es peor por cuanto el concepto de «mérito» resulta cada día más confuso, máxime cuando los ascensos pueden estar influidos por la protección de un poder oligárquico, una apariencia superficial, intrigas y otras razones que poco o nada tienen que ver con la «competencia». Por supuesto, el ascenso de alguien debido a causas como las señaladas por Livraghi implica per se el exilio de otras con méritos enjundiosos.

Con mayor hondura, Marcelino Cereijido (2011) se apoya, entre otras fuentes, en lo aportado por los descubrimientos neurológicos de las últimas décadas. En particular, señala lo relativo al doppelgänger, «alguien» muy dentro del organismo humano que le ordena llevar a cabo una acción e, incluso, tiene la cortesía de avisarle, para que luego se dé el gusto de creer que ha sido su propia consciencia la que tomó la decisión. De hecho, el doppelgänger puede hacer que las personas cometan barbaridades mientras las tiene al tanto de que están transgrediendo alguna norma a fin de que tengan gran cuidado y actúen con sigilo. Es decir, usando las propias palabras de Cereijido, el doppelgänger pone al corriente a las personas cuando cometen hijoputeces a la vez que les hace pensar que están obrando con justicia. En suma, la raíz del mal forma parte de la naturaleza humana, y esto no excluye a los miembros de las comunidades académicas, siempre tan humanos, tan demasiado humanos. En fin, no pongamos en duda que el doppelgänger está siempre presente en los miembros de comités, unidades académicas y otras instancias de control y gobierno en las instituciones educativas. Y el necesario freno ético tiende a brillar por su ausencia.

Esta idea del doppelgänger aportada por la reciente neurobiología permite comprender mejor el actuar de los claustros universitarios, como lo ilustra bien la Historia, leída en clave crítica. Como complemento de los ejemplos históricos antes vistos, mencionemos el caso de José Lucas Casalete, catedrático de Prima de Medicina en la Universidad de Zaragoza y cabeza del grupo de novatores de dicha ciudad. Según narra José María López Piñero (1982), él fue objeto de una de las campañas condenatorias más duras sufridas por los introductores de las corrientes científicas modernas en la España de fines del siglo XVII. Con exactitud, los catedráticos de medicina de Salamanca, Alcalá, Valladolid, Valencia, Barcelona, Lérida y Huesca condenaron y prohibieron las enseñanzas innovadoras de Casalete con las expresiones más duras. Como destaca con tino López Piñero, esto constituye un ejemplo expresivo de cómo el profesorado universitario puede tornarse en un grupo cerrado y paralizador. Y vaya que las universidades colombianas abundan en especímenes de este jaez, más letales que una legión romana y una falange macedonia actuando de consuno.

A estas alturas, no debe sorprender en lo más mínimo la grotesca índole inquisitorial que muestra el exilio sufrido por el profesor Renán Vega Cantor, puesto que estamos ante un vacío ético hórrido que atraviesa a toda la sociedad y el cual, como hemos visto, tiene raíces históricas que se hunden en el tiempo. En una palabra, las universidades colombianas cargan con el sambenito de ser las más antidemocráticas de Latinoamérica en cuanto a sus formas de gobierno (Villamil, 2010), un hecho de fácil comprobación por parte de quien funja como profesor o estudiante y procure mantenerse al margen de la podredumbre moral que infesta la vida universitaria actual. Al fin y al cabo, las universidades latinoamericanas son, sobre todo y acogiendo el término de Roberto Follari (2008), selvas académicas. Por tanto, cabe temer en forma razonable que bien pueden repetirse episodios oscurantistas como el de Renán Vega Cantor con otros profesores universitarios colombianos que han persistido en mantener un indeclinable compromiso intelectual, máxime cuando la libertad de cátedra y de pensamiento peligra hoy día más que de costumbre. Así las cosas, cabe preguntarse: ¿Están los estamentos universitarios fundamentales, profesores y estudiantes, y sus organizaciones, a la altura que reclaman las circunstancias a fin de respaldar a aquellos profesores que, como Renán Vega Cantor, tienen que sufrir constantemente persecuciones y exilios, internos o externos, en virtud de un compromiso intelectual serio? Después de todo, no perdamos de vista que las sociedades latinoamericanas cargan a cuestas con el lastre de más de cinco siglos de experiencia, no precisamente encomiable, en dogmatismo y principio de autoridad, esto es, nuestras sociedades distan mucho de haber incorporado el auténtico modo científico de comprender la realidad.

Fuentes

Barona, José Lluís. (1999). Imágenes del exilio científico. En Lafuente, Antonio y Saraiva, Tiago (eds.). Imágenes de la ciencia en la España contemporánea (pp. 89-99). Madrid: Fundación Arte y Tecnología y Fundación Telefónica.

Cereijido, Marcelino. (2011). Hacia una teoría general sobre los hijos de puta. México: Tusquets Editores México.

Dieterich, Heinz. (2005). Crisis en las ciencias sociales. Madrid: Popular.

Follari, Roberto A. (2008). La selva académica: Los silenciados laberintos de los intelectuales en la universidad. Santa Fe: Homo Sapiens.

Gaitán Bohórquez, Julio y Malagón Pinzón, Miguel. (2008). El aborto temprano de la libertad de cátedra en la vida republicana colombiana. Estudios sociojurídicos, vol. 10, N° 1, pp. 377-400.

González, Fernando. (1997). Antioquia. Medellín: Universidad de Antioquia.

González, Fernando. (1998). Una tesis: El derecho a no obedecer. Medellín: Universidad Pontificia Bolivariana.

Jaramillo Escobar, Jaime (compilador). (2003). El ensayo en Antioquia. Medellín: Biblioteca Pública Piloto, Concejo de Medellín, Alcaldía de Medellín y Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín.

Livraghi, Giancarlo. (2010). El poder de la estupidez. Barcelona: Ares y Mares.

López Piñero, José María. (1982). Hace… trescientos años. Investigación y ciencia, N° 64, pp. 4-6.

Vélez, Jaime Alberto. (2000). El ensayo: Entre la aventura y el orden. Bogotá: Taurus.

Villamil Garzón, Edwin Mauricio. (2010). Modelo de gobierno universitario colombiano: El más antidemocrático de América Latina. En Vásquez Tamayo, Carlos et al., Pensar la Universidad: ¿Hay un horizonte ético-político de la Universidad? (pp. 87-97). Medellín: Universidad de Antioquia y Universidad Nacional de Colombia.

Voltes, Pedro. (1999). Historia de la estupidez humana. Madrid: Espasa. 

(*) Carlos Eduardo de Jesús Sierra Cuartas es Ingeniero Químico de la Universidad Nacional de Colombia, Magíster en Educación de la Pontificia Universidad Javeriana, Profesor Asociado de la Universidad Nacional de Colombia e investigador independiente en el campo de la Bioética global.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.