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Rodrigo D. No Futuro (1990)

El fiel/cruel reflejo de la injusticia social

Fuentes: Rebelión

Sigo viendo morir mis amigos…/ Viendo la muerte rondar…/ ¿Será vida ver la muerte tan de cerca?/ ¿O será muerte vivir tanto? EL ALACRÁN, poeta de las laderas nororientales Nunca antes el cine colombiano mostró tanta honestidad, valor y dignidad como en el filme Rodrigo D. – No Futuro, del cineasta antioqueño Victor M. Gaviria […]

Sigo viendo morir mis amigos…/ Viendo la muerte rondar…/ ¿Será vida ver la muerte tan de cerca?/ ¿O será muerte vivir tanto?
EL ALACRÁN, poeta de las laderas nororientales

Nunca antes el cine colombiano mostró tanta honestidad, valor y dignidad como en el filme Rodrigo D. – No Futuro, del cineasta antioqueño Victor M. Gaviria (Medellín, 19/ene/55), película que participó en el VII Festival de Cine (¿?) de Bogotá, en el que no recibió premio alguno, hecho que habla de por sí del equívoco evento, aunque permite al filme seguir con la frente en alto, libre de semejante pecado, jajaja. Incluida como la única obra latinoamericana en Cannes/90, la realista y a su vez metafísica pieza fue distorsionada allí por la propia prensa colombiana, incluso antes de haberla visto. No fue comprendida y sí rechazada por jurados, crítica y público: en fin, por quienes no hallaban concordancia entre el enriquecido, es decir, empobrecido lenguaje a que fue traducida (un correcto francés que ignoró la limitación verbal de los protagonistas, su justificada procacidad, su expresiva precariedad de lenguaje: arma secreta contra la intromisión exógena); la estrechez del espacio fílmico; y la generosidad de unas imágenes plenas de significado, corrosivas connotaciones y lacerante provocación. Pero, sobre todo rechazada -¡hasta con razón!- por quienes se quedaron errada, morbosa e impacientemente que aparecieran los sicarios…

Porque Rodrigo D. – No Futuro (1990) no es un filme sobre el sicariato. Sí sobre aspectos de la delincuencia juvenil, como atracos, robo de vehículos y consumo de drogas. Delincuencia propiciada por la injusticia social que, desafortunadamente, a veces desemboca en la violencia, en la eliminación de alguien por sus compañeros, como ocurre en la película con Ramón, el muchacho de boina. Al respecto, ¿cómo podría no enervar, desubicar y conducir al delito, el simple hecho de que el protagonista, fuera del dolor por el reciente fallecimiento de su madre -único ser en el que aquellos muchachos creen y único incapaz de «armarle a uno la farisea»- no pueda tener en toda una vida una batería, un miserable instrumento para hacer música, ni siquiera unas baquetas para tocarla en caso de conseguirla? Eso para no hablar de condiciones mínimas de vida ni de derechos humanos.

¿Cómo podría no enfurecer, el hecho ya no simple de que aparezcan, sin solicitarlos, carros de las empresas públicas en los que esos jóvenes son no propiamente llevados a trabajar sino desaparecidos? Como dice el poema chino de Wu Ki que en una entrevista Gaviria leyó con el escritor Juan José Hoyos: «El caballo sediento bebe de cualquier agua/ El pájaro hambriento come de cualquier grano/ Al hombre mozo y fuerte a quien acosa la miseria/ ¿Qué otra cosa le queda si no hacerse bandido?» Esta constante relación poesía/imagen/vida es la que en adelante alimentará a un filme que no se queda en la rabia contenida o va a la ira desbordada sino que pasa a la denuncia abierta y de ahí a la objeción metafísica como resultado de un lazo vital, entre recuerdos de infancia, nostalgias de juventud y avatares de adultez, en el que convergen la vida del autor y la de sus personajes para hacer al espectador parte de un universo común, no importa que no lo haya vivido por práctica propia ni cercana, sino por las implicaciones que a escala colectiva tiene y que tienden a afectar/herir en mayor grado a los débiles y a los inocentes y a dejar indiferentes a los otros.

Parte de la desinformación -mayor atentado al filme- tiene que ver con las asociaciones entre Rodrigo D. y Los olvidados, de Luis Buñuel… Salvo la honda preocupación humana y estética de ambos directores por los desheredados de la tierra y la marginalidad de los seres que habitan en las respectivas obras, entre una y otra no hay nada en común. Es más obvio, válido y justo establecer lazos con Umberto D., de Vittorio de Sica, hermosa película a la que, en su época, los medios italianos tildaron absurdamente de anti gubernamental. Respecto a la obra de De Sica y de su guionista Zavattini, el crítico francés André Bazin dijo algo que, guardando distancias y proporciones, podría aplicarse a la ternura lúcida y sin complacencias que Gaviria entregó en Rodrigo D.: «Para De Sica y Zavattini hacer cine supone trazar la asíntota de la realidad. Pero para que la vida se trueque en espectáculo, para que nos sea entregada, en ese puro espejo, como una poesía contemplada. Tal como el cine la trueca en sí misma» (1). Pero, esto no consiste en reducir el neorrealismo de ellos dos ni el realismo de Gaviria a un documentalismo objetivo, aun con lo que dice el propio cineasta antioqueño sobre su cine en entrevista realizada en la Casa de América, en España: «Son películas que a veces no tienen mucha diferencia entre el cine y la realidad, porque están en un borde casi documental» (2). Al fin y al cabo, la puesta en escena anula de hecho el concepto «documental», como captación, sin filtros, de la realidad objetiva. Así, como el director neorrealista «filtra» la realidad y el neorrealismo es la realidad vista por la conciencia total del artista, el artista del realismo analiza la realidad y hace con ella una síntesis concertada con su Weltanschauung o concepción intelectual del universo. Uno y otro, el director neorrealista y el artista del realismo, sin embargo, acaban por identificarse con que su elección no es lógica ni psicológica, sino ontológica, en tanto preocupación por el destino del ser, en tanto lo que entregan al espectador es un universo, una realidad global.

Claro que en el caso de Rodrigo D., más que lo real de una historia, o de varias, lo que se narra es un universo, representado por la sin-historia, la inacción, la impotencia de ésos seres condenados a una clandestinidad legitimada por quienes los han abandonado, perseguido y llevado a la muerte, propia o ajena. De ahí deriva el problema esencial del filme que, paradójicamente, no reside en el mismo, sino en el intermitente extravío de Gaviria entre la selva de historias que quiso contar: hubiera bastado y sobrado con la aplastante historia del malogrado músico. Las otras son ineficaces por inconsistentes, lo que no implica incoherencia: simplemente, carencia de objetivos o abundancia de los mismos. Otro defecto: el del sonido, que antes que en la jerga o en la dicción de los personajes radica en el inadecuado empleo de micrófonos. Con sano humor, negro, puede decirse que Rodrigo D. reclama subtítulos en español, sin que tal cosa vaya en desmedro de la espontaneidad expresiva del reparto o de la experiencia visual de un filme tan justo como necesario dentro de la historia no de un cine colombiano sino de películas colombianas.

Entre los inocultables aciertos de Rodrigo D., con asistencia de dirección de Felipe Aljure, están el guión a diez manos: V. Gaviria, Luis F. Calderón, Ángela Pérez, Ramón Correa, Juan G. Arredondo, que partió de una idea original a seis: Gaviria, Calderón, Pérez; la pulcra y participativa cámara, con varias escenas memorables y dramáticas; la equilibrada selección musical de punk, metal, rock y tango; y el acertado casting o reparto y su natural actuación, lograda gracias a una cuidadosa, inspirada y ante todo afectuosa dirección de actores. A propósito del punk, su resurgimiento en la Medellín de los 80 y la reactivación del género hoy, como sinónimo de contestación, inconformismo, descontento, rebeldía, e, incluso, indignación, cabe recordar que en sectores como Buenos Aires y Castilla se formaron diversos combos o grupos, uno de ellos liderado por Fredy El Chino Rodas, quien junto a Giovanny Rendón, amigo a su vez de Gaviria, creó bandas como Anarquía, N.N., Imagen y Egoterror, cuyos nombres de por sí hablan del abandono estatal, la anonimia, el afán de reconocimiento, el miedo y la violencia estatal que cunde en sus espacios (3).

En esa época, se dice, la Avenida La Playa era el epicentro rockero de Medellín y punto vital para la formación del punk allí, con gente contestataria, que vestía chaquetas de cuero, ropa deshilachada y ratas en el cuello, como evocando a Sex Pistols, The Clash, The Damned o a Ramones, The Dead Boys, Blondie, seis de los referentes entre ingleses y gringos, en su orden, de un género caracterizado por su postura independiente y contracultural: no soporta ni tolera el diktat oficial y se resiste a él. Allí surgió un joven, pionero en importar y enviar discos de rock por correo, que hacía fanzines, organizaba conciertos y que «murió de forma infame». Su amigo Giovanny, a quien se le conoce desde La vendedora de rosas, e incluso antes, como Papá, hoy realizador audiovisual y productor de La Cifra Impar, cuenta que «[…] cuando era joven, pertenecía al combo de Castilla, allí quedaba la casa de Regne Oquendo, conocido por todo el mundo como El Negro, cuyo apartamento de ladrillos sin pintar se volvió un lugar emblemático para la creciente escena rockera. Allí ensayaban bandas como Pestes y Mutantex, se grabaron algunas tomas de Rodrigo D – No Futuro y era un punto de encuentro para los combos de todo Medellín.» (4)

Entre aquellas escenas citadas arriba están la invitación nocturna de Adolfo a su mamá, a caminar, charlar y a fumarse un baretico; el velorio de Johncito, acompañado por Wish You Were Here, de Pink Floyd; también aquella en la que impelido por la persistente voz de un familiar, Ramón se pasa de una cama a otra y exclama: «¡Venga pa’cá, mi amor!»… a una muñeca: como quien con retroactividad se adelanta a los tiempos de las amantes inflables; la de la interpretación de una pieza para batería por un amigo de Rodrigo, en la que aquél, valiéndose de su única arma, las baquetas, dispara una ráfaga imprecatoria a la policía; viene luego un alegórico paneo sobre la bruma, anónima/cómplice, de Medellín; y, entre otras escenas, la de la caída final del protagonista, que contiene toda la sustancia trágica, curiosa y seriamente sin melodrama, del filme: en la que este alcanza su desolador clímax. Sin duda, mientras Rodrigo vuela desde el piso 20 de un céntrico edificio y se escucha el tema No te desanimes, mátate, un perfecto oxímoron, el espectador también siente el vértigo, la desazón suprema por tan fiel/cruel reflejo de la injusticia social. De ahí que no sea gratuito el vínculo entre la protesta del filme, del punk y del neorrealismo, y en particular Umberto D. que habita la obra de Gaviria, cuando se sepa que dicho ismo contiene una protesta en la medida en que se interesa por el hombre contemporáneo. Y ése hombre y esa protesta son los elementos principales que le confieren su universalidad.

Aun con los aciertos ya citados, con seguridad y sin paradojas, la mayor riqueza de Rodrigo D. – No Futuro está en la precariedad: en la del lenguaje de sus intérpretes, cargado de sentido; en la del escenario fílmico en apariencia abierto, realmente cerrado, claustrofóbico, castrante; y en la precariedad de las condiciones de rodaje, cuyas fatales consecuencias para quienes trabajaron en él, rebasan el fin del rodaje: como execrable prueba de ello, el 10/ene/1991, Ramón Ángel Correa, co-guionista de la película, fue asesinado en Medellín. Condiciones de rodaje a través de las cuales salieron avantes, como réplica, la vergüenza, el honor y la fuerza de un cineasta que acabó de un tajo con la idea de que los intelectuales no aportan nada al cambio del estado de cosas: «Vamos a hacer una película para saber qué está pasando en Medellín», relata Gaviria. La que nace en ese mundo de los años 70, de la mafia, de los traquetos, de Pablo Escobar: «Y ahí surge el actor natural que va a narrar un mundo que no conoces, que no está en los libros, que no está en ninguna parte, que solamente existe en las vivencias de todos estos jóvenes que llegan a la oficina, después de buscarlos por muchas partes y ellos llegan y te muestran que están al otro lado del mundo. O sea, están a tres kms. de tu casa pero son un mundo distinto, un mundo distorsionado, donde las palabras significan otras cosas, donde tienen unos valores muy invertidos, donde trabajar significa para ellos es atracar. No sé, es un mundo lingüísticamente también muy interesante. Ustedes se acuerdan de Rodrigo D. – No Futuro. Es un viaje a través del lenguaje; un lenguaje que nace de una exclusión.» (5) Y que, como el dinosaurio, sigue ahí.

Si bien Rodrigo D. debe inscribirse dentro del marco del realismo, porque Gaviria tuvo el coraje de reproducir durante 90′ parte de la injusticia, la violencia y la incertidumbre cotidianas entre las que se hunde Colombia, además de cumplir con la función básica del cine que es sacar a flote esas verdades, puede decirse que, tal vez sin que el cineasta se lo haya propuesto, es un filme metafísico, carácter en el que estriba su verdadero impacto. Dicho carácter proviene, precisamente, de ese mundo de la exclusión, de la marginalidad, del no-ser que cobran las personas en la sociedad de mercado: la negación del derecho a la existencia de los pobres, los que no tributan o no pagan impuestos: como si los grandes empresarios sí lo hicieran. En síntesis, de la vida prestada, del tedio y de la angustia, del incierto recorrido de sus protagonistas, lo que se traduce en una revelación para el hombre que descubre que su ser marcha con involuntaria celeridad hacia la muerte. Así lo dispuso la indolente sociedad en la que, aparentemente, vivió siempre… sin futuro. Como el país. Un país, un pueblo, mejor, que ha sido víctima de un engaño histórico por sus dirigentes (6).

Rodrigo D. – No Futuro es, además, el primera filme urbano/épico nacional, de insospechadas dimensiones éticas y sociales, en tanto alude no a un arreglo social sino a una revolución, basada en una nueva racionalidad económica, la de la destrucción del principio de competencia, germen de toda guerra, y la fundación del principio de cooperación, motor de sociabilidad, en un medio cuya progresiva tendencia hacia la producción de muerte y destrucción, no de vida y creación, es efecto de un sistema ruin e incapaz de incluir al conjunto social, para abrigar apenas una minoría bajo su techo; de un sistema, capitalista, que ha violado de paso la lógica del planeta como sinónimo de la gran casa, hoy con un lío habitacional, eco/nómico y eco/lógico: cuyo prefijo viene del griego oikos = casa. Lo que ha hecho de la Humanidad, una población sin techo, en la que pocos tienen abrigo y la mayoría muere afuera. Como ha pasado, al filo del tiempo, con buena parte de los que intervinieron en el rodaje de Rodrigo D.; por eso, tampoco es de balde la dedicatoria de la película: «Dedicada a la memoria de John Galvis, Jackson Gallego, Leonardo Sánchez y Francisco Marín, actores que sucumbieron sin cumplir los 20 años, a la absurda violencia de Medellín, para que sus imágenes vivan por lo menos el término normal de una persona.» Un filme, en suma, cuyo marcado acento personal magnifica su resultado y se constituye, a la vez, en el mejor ejemplo de lo que debe ser una creación artística: profundamente individual. Para bien de todos. Incluidos, desde luego, los que con absoluta licitud se pregunten si será vida ver la muerte tan de cerca o si no son muertos vivientes los que se aferran a la vida en medio de tan sórdido mapa existencial (7).

A Santiago, quien lleva tatuada en su brazo la imagen que identifica al álbum Wish You Were Here

con las fechas entre las cuales Valentina estuvo, físicamente, entre nosotros (1992-2006).

Notas y Bibliografía:

(1) Hovald, Patrice G. El neorrealismo y sus creadores. Ediciones Rialp, Madrid, 1962, 297 pp.: 187.

(2) https://www.youtube.com/watch?v=Ph3RvoRw7yg

(3) https://noisey.vice.com/es_co/article/fredy-el-chino-rodas-el-pedagogo-del-punk-medallo

(4) Íbidem.

(5) https://www.youtube.com/watch?v=Ph3RvoRw7yg

(6) http://www.rebelion.org/noticia.php?id=223056

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=222754

(7) A propósito del estreno en Cannes de Rodrigo D.-No Futuro (1990), del cineasta colombiano Víctor Gaviria, este es el texto que sobre su obra, recién estrenada, escribí inicialmente en la Revista Avianca y que ahora figura en mi libro inédito La Fábrica de Sueños (Ensayos sobre Cine) próximo a publicarse. Texto que tuve la fortuna de leer personalmente al cineasta, en el Hotel Mariscal Robledo, con motivo de la invitación que el Festival de Cine de Santafé de Antioquia me hizo en 2009. Una versión anterior de este artículo fue publicada en revista Avianca No 141, Oct./ 1990, pp. 119-20. Texto que, además, cobra vigencia ahora no sólo por lo dicho a nivel socio-político, sino musical, con el resurgimiento del punk en el mundo contemporáneo, como símbolo de contestación, rebeldía e inconformismo.

FICHA TÉCNICA: Rodrigo D. – No Futuro. G: Víctor Gaviria, Luis F. Calderón, Ángela Pérez, Ramón Correa, Juan G. Arredondo. D: Víctor Gaviria. Asistente de Dir.: Felipe Aljure. F: Rodrigo Lalinde. M: Germán Arrieta. Sonido: Gustavo de la Hoz. I: Ramiro Meneses (Rodrigo D.), Carlos Mario Restrepo, Óscar Hernández, Wilson Blandón, Jackson Idrian Gallego, Vilma Díaz. P: FOCINE, Tiempos Modernos, Foto Club 76. Prod. Ejec.: Guillermo Calle. D: FOCINE. País: Colombia. Año: 1990. 35 mm; color; 90 min. Ganadora del Festival Latino de New York 1990. Seleccionada para la sección competitiva en Cannes, 1990.

Luis Carlos Muñoz Sarmiento (Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico literario, de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Estudios de Zootecnia, U. N. Bogotá. Periodista, de INPAHU, especializado en Prensa Escrita, T. P. 8225. Profesor Fac. de Derecho U. Nacional, Bogotá (2000-2002). Realizador y locutor de Una mirada al jazz y La Fábrica de Sueños: Radiodifusora Nacional, Javeriana Estéreo y U. N. Radio (1990-2014). Fundador y director del Cine-Club Andrés Caicedo desde 1984. Colaborador de El Magazín de El Espectador. Ex Director del Cine-Club U. Los Libertadores y ex docente de la Transversalidad Hum-Bie (2012-2015). Escribe en: www.agulha.com.br www.argenpress.com www.fronterad.com www.auroraboreal.net www.milinviernos.com Corresponsal www.materika.com Costa Rica. Co-autor de los libros Camilo Torres: Cruz de luz (FiCa, 2006), La muerte del endriago y otros cuentos (U. Central, 2007), Izquierdas: definiciones, movimientos y proyectos en Colombia y América Latina, U. Central, Bogotá (2014), Literatura, Marxismo y Modernismo en época de Pos autonomía literaria, UFES, Vitória, ES, Brasil (2015) y Guerra y literatura en la obra de J. E. Pardo (U. del Valle, 2016). Autor ensayos publicados en Cuadernos del Cine-Club, U. Central, sobre Fassbinder, Wenders, Scorsese. Autor del libro Cine & Literatura: El matrimonio de la posible convivencia (2014), U. Los Libertadores. Autor contraportada de la novela Trashumantes de la guerra perdida (Pijao, 2016), de J. E. Pardo. Espera la publicación de sus libros El crimen consumado a plena luz (Ensayos sobre Literatura), La Fábrica de Sueños (Ensayos sobre Cine), Músicos del Brasil, La larga primavera de la anarquía – Vida y muerte de Valentina (Novela), Grandes del Jazz, La sociedad del control soberano y la biotanatopolítica del imperialismo estadounidense, en coautoría con Luís E. Soares. Su libro Ocho minutos y otros cuentos (Pijao Editores, 2017) fue lanzado en la XXX FILBO, dentro de la Colección 50 Libros de Cuento Colombiano Contemporáneo: 50 autores y dos antologías. Hoy, autor, traductor y, con Luís Eustáquio Soares, coautor de ensayos para Rebelión. 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.