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A 91 años de su muerte

El genio de Lenin

Fuentes: La Izquierda Diario

La figura de Lenin sigue despertando rechazos, reflexiones, y reivindicaciones. La reflexión sobre su genio, su personalidad, ha tenido distintas respuestas: desde las conservadoras y estalinistas que lo culpan o lo felicitan por todo, hasta las autonomistas y socialdemócratas. León Trotsky acertó en dar al genio de Lenin su lugar en el movimiento de la […]

La figura de Lenin sigue despertando rechazos, reflexiones, y reivindicaciones. La reflexión sobre su genio, su personalidad, ha tenido distintas respuestas: desde las conservadoras y estalinistas que lo culpan o lo felicitan por todo, hasta las autonomistas y socialdemócratas. León Trotsky acertó en dar al genio de Lenin su lugar en el movimiento de la historia y del marxismo.

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Existe una relación entre las experiencias y las expectativas. Koselleck* decía que había conceptos de registro de experiencias, generadores de experiencias y conceptos de expectativas, agregaba que los conceptos poseen un equilibrio interno: «cuanto menores son las experiencias contenidas mayores son las expectativas». Lenin vino a cambiar para siempre el concepto de «dictadura del proletariado» en la historia del marxismo al producir un (des)equilibrio en la relación entre experiencia y expectativa (el otro es sin duda el de partido, el más importante y, aunque no voy a desarrollar este aspecto, uno y otro están indisolublemente ligados).

No podemos más que volver la mirada hacia este concepto para percibir la compleja historia de la relación entre experiencias y expectativas. Engels reportaba en 1848 los acontecimientos de París: «el plan de batalla de los obreros, atribuido a Kersausie, era el siguiente: los insurrectos avanzaron en cuatro columnas y en movimientos concéntricos sobre el gobierno municipal […] Estuvieron a punto de llegar al centro de Paris, tomando el edificio de gobierno, instituyendo un Gobierno provisional». No lo lograron, fueron derrotados, pero el plan insurreccional de los obreros apuntaba a hacerse del poder y su consigna había sido: ¡Dictadura del proletariado! Eran las primeras experiencias, impulsadas por las expectativas de que una vez en el poder los obreros iniciarían el pasaje a una nueva sociedad emancipada de la burguesía. Marx transformó esta experiencia en parte fundamental del programa de los comunistas. Los obreros y el pueblo de París lo intentaron una vez más en la comuna de 1871, pero fue en la Revolución Rusa de Octubre de 1917 donde esta expectativa se hizo experiencia, y no puede entenderse este pasaje, este salto, sin analizar el genio de Lenin.

Pero, ¿cómo medir el «genio» de Lenin? Dice John Berger **, reflexionando sobre otro genio -el del pintor Picasso-, que «sería equivocado sugerir que cada siglo tiene su tipo exclusivo de genio. Pues el genio típico del siglo XX, ya piense uno en Lenin, Brecht o Bartok, es un tipo de hombre muy diferente. Necesita casi ser anónimo; es callado, estable, controlado y muy consciente del poder de las fuerzas externas a él mismo. Casi lo contrario de Picasso». Fue Trotsky quien dedicó varios capítulos de su obra Historia de la Revolución Rusa a reflexionar sobre el genio de Lenin. Ya expulsado del partido comunista y de la URSS, enfrentó dos interpretaciones y aportó una interpretación vital para el materialismo histórico.

Por un lado, Trotsky enfrentaba la visión que diluía la personalidad en las circunstancias históricas en las que se sitúan las acciones de los individuos. Combatía una vieja tendencia filosófica de la socialdemocracia que diluía la acción de los individuos y las clases en la idea de que lo que determina en «última instancia» son las relaciones económicas de producción. Las mediaciones y el juego de las fuerzas políticas y las clases eran subsumidos, mecanizados, aceptados. Algo similar hacen hoy los autonomistas o socialdemócratas de izquierda que identifican en las «masas», el «pueblo» o la «multitud», como el único factor «decisivo». En cambio Lenin y el partido bolchevique aparecen jugando el rol de expropiadores y sometedores de esa fuerza inmanente de la historia.

Por otro lado, Trotsky combatía contra otra visión, la ofrecida por la propaganda estalinista, que transformaba el genio de Lenin en un factor único, era el «líder carismático», indiscutible y «sagrado». Borraban así de un plumazo la relación entre la fuerza de la personalidad de Lenin y las fuerzas externas: la bancarrota de la burguesía y las masas obreras y campesinas que pugnaron por la revolución socialista. La visión estalinista del «culto a la personalidad» tuvo su imagen especular en los historiadores reaccionarios. Para ellos también Lenin era la única explicación de lo sucedido en Rusia, pero aquí Lenin tomaba características negativas: «psicópata», «sanguinario», «inescrupuloso» líder que manipuló la revolución para transformarla en una dictadura personal.

Cuando Lenin puso un pie en Rusia en 1917, sus camaradas y compañeros del partido bolchevique llegaron a considerarlo un «loco». Contrariando en parte sus escritos anteriores, Lenin había bajado del tren y anunciado que la revolución rusa, para tener éxito, debía transformase y dirigirse hacia la dictadura del proletariado. «Está fuera de quicio», dijeron algunos. Muchos años en el exilio, alejado de Rusia, en las sombras y el anonimato lo han vuelto simplemente «loco», dijeron otros. Pero Lenin logró torcer la orientación del partido bolchevique con una gran lucha política y encauzó la lucha hacia el gobierno de los trabajadores apoyado en los campesinos. Trotsky se vuelve a preguntar en su inconclusa biografía de Stalin: «¿por qué milagro consiguió Lenin cambiar en pocas semanas el curso del partido, llevándolo por otro cauce? La respuesta debe buscarse simultáneamente en dos direcciones: los atributos personales de Lenin y la situación objetiva. Lenin era fuerte no solo porque comprendía las leyes de la lucha de clases, sino porque tenía el oído perfectamente acordado a la agitación del movimiento de masas. Para él no era tanto la maquinaria del partido, como la vanguardia del proletariado».

Y Trotsky mismo, poco antes de ser asesinado por un estalinista, señalaba: «¿significa esto que Lenin lo era todo y los demás nada?». Ya nos dice antes que no, que la explicación es dialéctica, está en la relación entre el individuo y la situación objetiva. Pero agrega algo muy interesante, dice que «sería una estupidez» entender el genio de Lenin por fuera de las fuerzas externas que lo impulsan, y «los genios no crean la ciencia (o la revolución); no hacen sino acelerar el proceso de la reflexión colectiva». Esta idea es simplemente brillante; para que exista un genio como Lenin (Darwin o Newton, agrega Trotsky) es necesario la experiencia de millones, la lucha, los fracasos y triunfos parciales de miles de hombres y mujeres trabajadores, las reflexiones, disputas políticas y teóricas, escisiones de los partidos obreros y socialistas, y el «genio» lo que hace es expresar, acelerar, simplificar esta experiencia, transformando la «experiencia colectiva» en la primera experiencia de la dictadura del proletariado en el siglo XX.

Lenin lo hizo y ese fue su «genio». Olvidar que tras su figura está la experiencia de generaciones, es simplemente una estupidez. Aquellos que descartan, rechazan o quieren «deshacerse» de su herencia, no están simplemente descartando a un hombre, están descartando esa experiencia colectiva por la que generaciones siguen luchando y muriendo. Es algo que hacen todos aquellos que quieren amoldarse al presente del capitalismo, y por ello la perseverancia de la experiencia colectiva de aquellos que luchan contra la sociedad actual es lo que explica que el debate sobre su «genio» no haya concluido. 

Notas

* Reinhart Koselleck fue un historiador alemán, centró sus indagaciones en la historia conceptual e intelectual de Europa. Citamos su trabajo «Historias de los conceptos y conceptos de la historia».

** John Berger es un crítico de arte, pintor y escritor marxista inglés. Citamos su excelente ensayo Fama y soledad de Picasso

Fuente original : http://www.laizquierdadiario.com/El-genio-de-Lenin