El irresistible encanto… Un postcriptum

Fuentes: Rebelión

La pregunta lanzada al inicio del diario [2] …: ¿Puede caer Piñera? abría – en su «locura», en su «extremismo», «ideologización» o «irresponsabilidad» (todos adjetivos escuchados)- una diferencia entre la posibilidad objetiva de que el ejecutivo cayera, y las condiciones para la toma del poder: ¡Enorme brecha! Pero en las primeras semanas esto fue lo […]

La pregunta lanzada al inicio del diario [2] …: ¿Puede caer Piñera? abría – en su «locura», en su «extremismo», «ideologización» o «irresponsabilidad» (todos adjetivos escuchados)- una diferencia entre la posibilidad objetiva de que el ejecutivo cayera, y las condiciones para la toma del poder: ¡Enorme brecha! Pero en las primeras semanas esto fue lo que se planteó, no solo porque Piñera pudo haber caído efectivamente, sino porque el movimiento de masas levantó consignas de Poder (Fuera Piñera, Huelga General, Asamblea Constituyente) y en un despliegue de energía -inédito en la historia de Chile- avanzaba asediando a un régimen político que venía en crisis y sin mediación posible para contener.

Esta fase, se cerró sustancialmente, con el acuerdo del 15N, forzado por la amenaza de una nueva Huelga General -a lo 12N -y una hipotética reintroducción de los militares en la arena política, con efectos inesperados para el conjunto del régimen y los grandes empresarios.

Me gustaría detenerme primero, en esta fase, pre-revolucionaria (I), para luego ubicar una segunda fase post 15N, que llamaríamos de réplica y blindaje (II), en donde la hegemonía de la «revolución pasiva» -o de los poderes constituidos- por sobre el poder constituyente es cierta en la dirección del proceso.

I.

En primer lugar, el argumento desde una posición de izquierda, para rechazar la estrategia de caída de Piñera, con Huelga General, y rechazar la perspectiva de un Gobierno Popular de Trabajadores o un Gobierno Popular Provisional que evite que la recaída sea en los brazos de la Fronda y el Parlamento- podría resumirse así: la situación no es revolucionaria ni pre-revolucionaria, por lo tanto… es una tarea imposible, un salto inútil, o en el mejor de los casos viable cuando la situación «madure». Pero, el punto es que en un situación de equilibrio inestable, como la que vivimos durante semanas, lo esencial son los «estados transitorios» (L. Trotsky), o los «puntos de bifurcación o catástrofe» (para utilizar la noción de Rene Thom [3] ) donde se abren y cierran chances en desplazamientos. «Son precisamente estos estados transitorios los que tienen una importancia decisiva desde el punto de vista de la estrategia política» – dirá el revolucionario ruso. El epistemólogo reformista -que opera sobre hechos consumados, y que aún no se sacude del polvo de sus ideas estables para situaciones estables- olvida que en situaciones como estas, justamente se sobreponen en juego procesos transitorios, movimientos bruscos y fluidos, saltos, etc. Abierta la rebelión popular quise destacar este universo de revolución permanente en el diario, tal cual como si fuera una dimensión que introduce a los cuerpos y ciudades en agujeros que se comprimen y abren, en campo de posibilidades abiertas, es decir, en «catástrofes» [4] .

El argumento que trata como imposible, o como locura una posición de caída revolucionaria de Piñera – por ser una vieja «hipótesis rusa» con a olor a siglo XX- reposa (pero es sobre todo presa) de un hecho positivo y empírico: que esta es una rebelión popular sin hegemonía (es decir: un ensayo de una revolución sin cabeza). La epistemología girondina viene presionada por esta situación de hecho, y hace teoría y estrategia de los efectos de casi medio siglo erosionado por el neoliberalismo en las perspectivas de la izquierda, el movimiento obrero-popular, en su arsenal práctico y teórico.

El punto dice relación con la ausencia del sujeto político («allí donde este debiera estar») que pudiera sostener y proyectar una trayectoria de caída del régimen. La «casilla vacía» (cf. Lenin, Cartas desde lejos) es en efecto una dificultad real (sea respecto a la clase (obrera) como al partido (revolucionario)).

En Antofagasta, se observa muy bien esto en la interpelación a los mineros, y por rebote, a los portuarios (es decir, a la alianza estratégica en la cadena de valor): ¿Dónde están los mineros, portuarios? Hay jornadas explosivas, movilización permanente en enero: ¿Dónde están los mineros, portuarios? Los rayados son preguntas que no pasan indiferentes. Y aún interpelan – como pude atestiguar en conversación con algunos mineros de CODELCO. Es un fenómeno que tiene muchas razones. Por ahora señalo esto para reconocer la situación condicional e hipotética del sujeto, a saber: » si el proletariado se encuentra, por tal o cual razón, incapaz de derrocar a la burguesía y tomar el poder; si, está, por ejemplo, paralizado por sus propios partidos y sindicatos…» (cf. Trotsky, ¿Adónde va Francia?).

En retrospectiva, el diario intenta sondear, esta ausencia del sujeto político, así como la sensibilidad o fragilidad del sistema en equilibrio inestable, a través de contra factuales, preguntas radicales, y esbozos posibles de acción, todas cuestiones que discurren buscando una mezcla, una combinación, un salto, un sujeto político. En medio de esto, cierto uso de Lenin viene disparado para observar la probabilidad, la no consumación, el escenario abierto [5] .

 

II .

En la 2da fase, abierta, luego del Acuerdo del 15N, que llamaríamos de réplica y blindaje, la hegemonía de la «revolución pasiva» -o de los poderes constituidos- por sobre el poder constituyente es innegable en la dirección del proceso. Decíamos en el diario (Viernes 15 Noviembre), que el punto es que el consenso se fraguó más rápido de lo que deliberó el movimiento de masas…

De cierta manera, pareciera que las manifestaciones pudieran seguir indefinidamente, y el calendario de la revolución pasiva permanecer incólume. El punto es considerar esta pulseada. Se espera marzo. Pero el problema, se podría plantear así: ¿se espera un salto por mera acumulación de cantidad de actores y demandas, de más cantidad de «gente» -literalmente- en las calles? Es evidente que aumentaría la fuerza y la radiación de acciones. Pero, con «más y más movilización» el radio de una hipotética diferenciación se disuelve como luz del día. Hay otros frentes, es claro. Pero, y este es otro punto, la tendencia a la auto organización, a la autodeterminación, al ´poder popular´, en cierto sentido va (iría) (en relación a su mediaciones políticas que las comandan engarzadas al proceso del Plebiscito, y no en relación a su dinámica) en sentido contrario de la calle y a la movilización, es decir, en dirección favorable al calendario del 15N y al Parlamento. De cierta manera todos esperan marzo, pero van para abril (plebiscito).

Con esto quiero decir, que no hay grandes discusiones de «trayectoria» o «perspectiva». Indiquemos que la izquierda escasamente discute y reflexiona la táctica de la Huelga General (acostumbrada a la caricatura empleada por la CUT-CONCERTACIÓN durante años) ni cree que un tipo de paralización productiva o estrategia obrera sea condición sine qua non para una revolución. Dice Fuera Piñera, pero no perfila una alternativa a la caída. Puesto que mató hace rato al movimiento obrero, como sujeto político, bajo la «cadena de equivalencias», choca también con un límite, presionado por la empírea de la rebelión sin hegemonía. ¿Entonces qué? ¿Cuál es el cuadro, cual el diagrama? No se discute una estrategia de clase ni poder popular en clave de doble poder; sino una estrategia de poder popular que aparentemente iría en relación a la Convención Constituyente. Es decir…in extremis, al modo FA-PC: ¡Tamaña vuelta…. y para qué tanto!

Podríamos pensar que en esto, contribuye también el proceso constitucional y de reforma (el proceso constituyente «derivado»), que amenaza con absorber la experiencia que las masas hicieran con la centro izquierda (viendo sus actos-reflejos) como reprimir el recuerdo de una diferenciación y un rechazo, tanto del 15N, Acuerdo firmado a espalda y sin consulta, como de cierto apoyo dado a la agenda de seguridad del gobierno en un segundo momento. Es decir, pese a la experiencia que las masas tuvieron con el reformismo, y pese a que éste es una parte epidérmica del «blindaje» de Piñera (de su cinturón protector) la hegemonía de la capa gironda de la izquierda -y negativamente: la ausencia de una diferenciación jacobina – es indudable.

Ahora bien, el Plebiscito impone discusiones sobre perspectivas, estrategias, que son necesarias de plantear. Destaquemos un giro. Gabriel Salazar, ha pasado de denunciar el acuerdo del 15 N y el proceso tutelado, a la tesis ganar en la calle y en el Plebiscito. Es una orientación que no lo hace lejano, a pesar de él, al PC. Y este tránsito -aparentemente lógico- es la de muchos y muchas. Y el punto es que, si acaso son compatibles – o no- ambas posiciones, y en qué sentido. A mi parecer en perspectiva son incompatibles, como si se tratara de una falsa pareja, de un falso enlace. En medio de esto, siendo el voto una cuestión táctica, y no de principio, algunos lo ven como un insumo más, que podría «sumar» (¿qué?) fuerzas para un «cambio» (¿cuál?).

El punto es entender que tras el genuino impulso democrático que cataliza la rebelión (y que permeará la participación en el plebiscito) se sobrepone una estrategia de separación respecto a todo lo que sea económico-estructural (el «modelo»). El Plebiscito aparece en esa mediación y sobre un blindaje que viene de hecho desde el 15N. Y sería ciego no sopesar esta persiana, aunque gane el en Abril. La cuestión crucial es pensar cómo derribar el blindaje con una estrategia.

Salazar señala que el terreno prioritario lo tiene la calle, pero en una aparente desmentida, olvida que las causas tienen efectos, y que si el poder popular quiere ir a votar, alimenta indirectamente a que el proceso se siga encausando en los marcos de la «reforma»….Tal vez, habría que invertir algunos términos y preguntar: ¿Con que derecho, quien vota, tiene derecho a derribar, luego, al gobierno que ampara el acuerdo que diera paso al plebiscito?¿No habría in situ dos estrategias -acaso- de poder popular que pudieran destacarse, a saber: o poder popular en un proceso de «reforma» (viejas discusiones sobre el «Estado combinado»), o poder popular que se perfile como doble poder hacia una «revolución»?

Por ahora enunciaré lo que me parece importante advertir: que hay un irresistible deseo de ir a votar, con efectos cruzados, pero a la vez, un enorme vacío en la alternativa que plantea un rechazo o boicot. Con respecto a esta última posición, es diferente, cualitativamente, una política de advertencia y denuncia del Plebiscito con una Asamblea del Pueblo en acto, o sin una Asamblea del Pueblo…. Con orgánicas unificadas y diferenciadas del proceso de «reforma» (para utilizar la noción de Renato Cristi) [6] o sin un tipo de poder de este tipo. El material para instituir algo por el estilo, existe. Pero el resultado exige un proceso de diferenciación que está por verse.

En efecto, creo que esta discusión es gravitante encararla, en tanto se juega el primer paso del calendario impuesto por el régimen y controlado por los partidos tradicionales. Porque, además, pienso que habría un cierto efecto de legitimización indirecta con el voto, y como hemos dicho, por intermedio del proceso constitucional, puede separarse lo «democrático» de lo «estructural».

Esta posición parecería minoritaria en la izquierda, «ultraizquierdista», etc. No importa.

Tomando el calendario puesto de la auto reforma y la perspectiva de otra escena posible, me gustaría citar a H. Poincaré: «puede suceder que diferencias ínfimas en las condiciones iniciales engendren diferencias muy grandes en los fenómenos finales».

Muchos señalan que el resultado depende de nosotros. Pero no se trata de voluntades flotando conjurando fuerzas, sino de programas y estrategias que apunten a reformar o revolucionar las estructuras sociales.

El calendario constitucional no está asegurado ni el término del gobierno de Piñera tampoco. El régimen hizo una huida hacia adelante con el Acuerdo y el movimiento de masas quedo atrás. Sobre esta distancia, los partidos del régimen maniatan. Y aun así, pese a que la situación en Chile se estabilizó relativamente luego del Acuerdo del 15N (que despejó incertidumbres a los inversionistas extranjeros), las auto reformas dibujadas en el seno de los subsistemas en crisis, dado los márgenes neoliberales y oligárquicos en que se mueven, no parecen dar abasto para la «demanda» y los problemas de estructura [7] .

Por eso, sobre una contención amenazada, y sobre una fortaleza asediada, aunque blindada, es posible que veamos nuevamente saltos y acciones directa de masas discurrir, a partir de «chispas» o «accidentes», y sucederse respuestas y contra- respuestas en una dialéctica que reactualizaría problemas abiertos y no encarados -para todos los sectores -desde la escena del 18 O.



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[2] CF. Chile convulso. Diario de una rebelión (2020, Santiago de Chile).

[3] Cf. Parábolas y catástrofes.

[4] Una definición que da W. Benjamín, reprimida por la filosofía critica chilena de los años 90´, expresa justamente como «catástrofe»: «haber perdido la oportunidad» ( Cf. La dialéctica en suspenso).

[5] En esto el marxismo, y señalaría más concretamente el de Lenin y Trotsky, aparece cercano a la relatividad, a la cuántica, a la teoría de las catástrofes. Punto en que una epistemología popular tal vez pueda estar a la altura del fenómeno actuando virtualmente, «abstractamente».

[6] » A juicio del académico, si se activa el Poder constituyente originario, que puede ser el del pueblo, o el de un monarca, caudillo o dictador, se trata de una revolución. Si lo que se activa es el Poder constituyente derivado, se trata de un momento constitucional reformista» (cf. ¿Reforma o Revolución?).

[7] Permitiendo el paso a discursos que hablan de un tipo de combinación de capitalismo y estado de bienestar.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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