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Un negacionismo de tipo afirmativo

El nefasto papel de Estados Unidos en nuestra independencia

Fuentes: Rebelión

Publicado en papel en Revista CEPA, No. 28, 2019

«En general, el pueblo de Venezuela piensa que Estados Unidos es indiferente a sus luchas por la independencia y que éstas no han contado realmente nunca con nuestras simpatías».

Charles Handy, enviado de Estados Unidos ante el gobierno de Bolívar, enero de 1819. Citado Gregorio Selser, Enciclopedia de las Intervenciones extranjeras en América Latina, Monimbo e. V., Dietzenbach, Bonn, 1992, pp. 102-103.

El título de este artículo a primera vista es paradójico al hablar de un negacionismo histórico de tipo afirmativo. Pero, como lo mostramos con detalle, sí existe un negacionismo afirmativo, aunque sea menos frecuente que el negacionismo puro y simple. En efecto, existen sentencias negacionistas que se sustentan en afirmaciones, que desmienten lo que aconteció en determinados procesos históricos, aunque sean menos comunes y menos escandalosas que las negaciones absolutas. Cundo se dice que Estados Unidos participó activamente y coadyuvó en la independencia de nuestros países del dominio español a comienzos del siglo XIX, se está negando, mediante una afirmación, que ese país se opuso por todos los medios a su alcance a nuestra independencia. En esa perspectiva, el sub-presidente Iván Duque está incurriendo en una maniobra negacionista al afirmar, como lo hizo en los primeros días de enero de este año, al recibir a Mike Pompeo, Secretario de Estado de los Estados Unidos en la ciudad de Cartagena, que «hace 200 años el apoyo de los padres fundadores (sic) de los Estados Unidos a nuestra independencia fue crucial, por lo que recibir hoy su visita nos llena de alegría y honor» . Más que ignorancia, que también lo es, sostener cosas de este estilo es simplemente admitir de manera explícita que Estados Unidos jugó un importante papel en nuestra independencia. Ignorancia sí destila esta afirmación porque los «padres fundadores», los que dirigieron la independencia de Estados Unidos, casi todos estaban muertos en el momento de consumarse nuestra separación de España y uno de ellos, Tomas Jefferson, fue un feroz opositor a la independencia de hispanoamericana y uno de los ideólogos del Destino Manifiesto y de la expansión territorial de ese país.

La «neutralidad» que ayuda a España

Estados Unidos alcanzó su independencia en 1776, convirtiéndose en el primer país soberano en el continente americano, luego de librar una corta guerra por su emancipación. Esta gesta tuvo un efecto positivo en las colonias hispanoamericanas, en la medida en que demostró que era posible separarse de los poderes coloniales y algunos de los precursores (como Antonio Nariño en la Nueva Granada y Francisco Miranda en Venezuela) fueron influidos por las ideas de los líderes de la independencia de los Estados Unidos.

Se suponía que el asunto no se iba a quedar en el plano de las ideas, sino que cuando se diera el paso decisivo para librarse de la tutela de España, los Estados Unidos apoyarían en los hechos ese proceso de autodeterminación emprendido en los territorios coloniales situados en Centroamérica y Sudamérica. Sin embargo, tras 35 años de independencia otra cosa era lo que pensaban los sectores dominantes de los Estados Unidos, para quienes la gesta independista en Hispanoamérica, que comenzó en 1809, sería una oportunidad para reafirmar su apetito expansionista por territorios de España (como lo demostró la anexión de la Florida Occidental primero y luego de la Florida Oriental) y para dejar claro que no apoyarían a los ejércitos libertadores del resto del continente, puesto que despreciaban a la población de las colonias españolas, a las que miraban con un desdén racista.

La coyuntura que evidenció la postura de los Estados Unidos comenzó en 1809, cuando se proclamaron las primeras juntas revolucionarias en territorio hispanoamericano, tras la invasión de los ejércitos de Napoleón a territorio ibérico, y el «vacío de poder» que ese hecho generó. En estas condiciones, se esperaba el apoyo irrestricto de Estados Unidos a la proclamación de independencia que sucesivamente se extendió por los dominios de España. Esto era lo que suponían los dirigentes independentistas de la América Hispana, pero rápidamente se estrellaron contra la dura realidad.

En efecto, el 10 de diciembre de 1810 el congreso de los Estados Unidos se manifestó ante los sucesos del resto del continente, y aunque dijo simpatizar con la lucha de independencia, sostuvo que sólo hasta cuando se hubieran establecido como naciones independientes las reconocerá, pero no les proporcionó ningún apoyo real. Lavándose las manos, Estados Unidos declaró su «neutralidad», lo que significaba que las colonias españolas debían librar su guerra de liberación por sí solas y luego del triunfo sí serían reconocidas como estados soberanos.

En junio de 1810, la Junta Suprema de Caracas envió sus primeros representantes a Washington, presidida por Juan Vicente Bolívar (hermano de Simón Bolívar), con la esperanza de ser reconocidos como estado independiente y de adquirir armas, barcos y pertrechos para enfrentar el poder español. Los miembros de esa Junta recibieron una fría respuesta del presidente James Madison, quien les comunicó que no los reconocía, pero les informó que sí nombraría un Agente Comercial en Caracas, con la finalidad de preservar la libertad de comercio. Esta misma actitud del gobierno de los Estados Unidos fue la que enfrentó el gobierno provisional de Cartagena de Indias cuando quiso establecer relaciones con los Estados Unidos, en 1811. Al respecto la respuesta de James Monroe, Secretario de Estado, no podía ser más decepcionante: «Los Estados Unidos se encuentran en paz con España y no pueden, con ocasión de la lucha que mantienen con sus diferentes posesiones, dar ningún paso que comprometa su neutralidad» [1].

Aquí se esboza sin rodeos la actitud que va a justificar la postura de Estados Unidos ante nuestra independencia: la neutralidad, cuyo sentido real lo expresó el mismo James Monroe en 1817 cuando calificó a la gesta libertadora como una «guerra civil entre partidos o bandos», «cuyas fuerzas están equilibradas y que son mirados sin preferencia por los poderes neutrales» [2]. Este principio de neutralidad entre fuerzas que no eran iguales (España como potencia colonial y los sectores independentistas) significaba declararse neutral entre el tiburón y las sardinas o, como lo diría el propio Tomas Jefferson, entre el león y los corderos. Declararse neutral, como lo hizo Estados Unidos, implicó para los sublevados contra España que no pudieran comprar armas, barcos, ni abastecerse en territorio de los Estados Unidos, mientras que este país sí se los vendía a España, a la que de facto reconocía como el poder dominante.

Invocando el principio de la neutralidad, Estados Unidos no reconoció la beligerancia de los sectores independentistas ni tampoco les brindó ningún apoyo material. Esa política se mantuvo inflexible, incluso en los peores momentos de la «reconquista» española a mediados de la década de 1810. Todo eso se ratificó en la Ley de Neutralidad que fue aprobada por el Congreso de los Estados Unidos el 3 de marzo de 1817, dirigida contra los revolucionarios hispanoamericanos, al sostener que cualquier persona que armara un buque privado contra un Estado que se encontrara en paz con Estados Unidos (tal era el caso de España) sería condenado a diez años de cárcel y 10 mil dólares de multa.

El 30 de marzo de 1816, John Quincy Adams (Secretario de Estado) le manifestó a James Monroe que «el mejor medio de ayudar a los hispanoamericanos es no ayudarlos, pues si los Estados Unidos hacen causa común con aquéllos, el efecto probable sería que Inglaterra se declarase contra ellos y contra la Unión» [3].

Estados Unidos mantuvo su «neutralidad» porque estaba interesado en mantener las paces con España, mientras le arrebataba una tajada de sus colonias, más exactamente La Florida. Es decir, la neutralidad fue un soborno que se utilizó para obtener de España, como efectivamente lo lograron, la cesión de las Floridas, a cambio de no apoyar de ninguna manera a los ejércitos independentistas.

Esa neutralidad negaba en la práctica lo acontecido en los propios Estados Unidos, puesto que su separación de Inglaterra en 1776 hubiera sido más demorada y sangrienta sin la participación activa de terceros países, como Francia. A eso debe agregársele que la pretendida neutralidad obraba en favor de España, a la que se vendían armas y se les permitía el uso de los puertos de Estados Unidos para abastecerse. Al mismo tiempo, Estados Unidos burlaba su tal neutralidad de manera continua, como cuando, en enero de 1817, el gobierno de Venezuela dispuso el bloqueo de Guayana y Angostura para cualquier embarcación, sin importar su bandera, pero los buques de Estados Unidos sabotearon de manera frecuente dicho bloqueo. Estando en esas fueron capturadas dos goletas de los Estados Unidos, Tigre y Libertad, cuando se dedicaban a intercambiar productos nativos de las colonias españolas por armamento elaborado en los Estados Unidos. Este acontecimiento suscitó una reacción vergonzosa de los Estados Unidos, con el nombramiento de un agente especial, Bautista Irvine, para reclamar ante el gobierno de Venezuela. Bolívar en persona le hizo frente y en varias cartas desenmascaró el comportamiento de los Estados Unidos. En una de ellas le decía a Irvine que los Estados Unidos «han intentado y ejecutado burlar el bloqueo y el sitio de las plazas de Guayana y Angostura, para dar armas a unos verdugos y para alimentar a unos tigres que por tres siglos han derramado la mayor parte de la sangre americana, ¡la sangre de sus propios hermanos!» [4]. En otra comunicación, el 20 de agosto de 1818, sin medias tintas Bolívar le dijo al vocero yanqui: «Negar a una parte los elementos que no tiene y sin los cuales no puede sostener su pretensión cuando la contraria abunda en ellos es lo mismo que condenarla a que se someta, y en nuestra guerra con España es condenarnos al suplicio, mandarnos exterminar» [5]. Este es solo un ejemplo entre muchos de cómo operó el dichoso principio de la neutralidad por parte de los Estados Unidos.

En vista de las circunstancias y cuando ya era un hecho que España no podía recuperar sus colonias, Estados Unidos reconoció la independencia en 1822. Tuvieron que pasar 12 años desde el primer grito de independencia en Hispanoamérica, con miles de muertos, lisiados, caos y destrucción ocasionado por la guerra, para que Estados Unidos nos reconociera como países independientes. En contra de lo que dicen los propagandistas de yanquilandia, los Estados Unidos no fueron los primeros en reconocer nuestra independencia, puesto que un año antes, en abril de 1821, Portugal nos había reconocido como estados soberanos. Hasta en esto se dicen mentiras.

Pero aun así, ni siquiera Estados Unidos reculó en el uso de la cacareada «neutralidad», puesto que la Cámara de Representantes de ese país sostuvo el 19 de marzo de 1822, un poco antes que James Monroe, como presidente de los Estados Unidos, hiciera pública la Doctrina que lleva su deshonroso apellido: «Si, contra los principios que ha reconocido, España reanudara la guerra para reconquistar a la América española, lo lamentaríamos, sin duda, pero observaríamos, como anteriormente, una neutralidad honrada e imparcial entre ambas partes» [6].

Pero las cosas van aún más lejos, puesto que todavía en 1826, cuando ya se había consumado la independencia de toda Sudamérica y de América Central, Estados Unidos seguía abasteciendo, de contrabando, con armas a los reductos realistas de España, como Bolívar lo denunciaba en una carta dirigida a Francisco de Paula Santander (un admirador de los Estados Unidos): «En la segunda declaración que ha dado Bermúdez (espía español) verá usted que el (norte)americano Chappel desembarcó mil escopetas por Chagres. […]. Yo recomiendo a usted que haga tener la mayor vigilancia sobre estos (norte) americanos que frecuentan las costas; son capaces de vender a Colombia por un real» [7].

El caso de Florida Oriental

Una de las razones fundamentales por las cuales los Estados Unidos no intervinieron a favor de la independencia de Hispanoamérica, aparte de su racismo congénito hacia los habitantes del sur del continente, radicaba en sus pretensiones de expansión territorial. Del núcleo original de las 13 colonias que constituyeron el embrión de los actuales Estados Unidos, a comienzos del siglo XIX crecieron en forma espectacular con la compra de Luisiana a la Francia de Napoleón. Este bocado apetitoso, que implicó una ampliación de unos dos millones de kilómetros cuadrados, no calmó la ambición de los estadounidenses, que ya tenían puestos los ojos en algunos de los territorios españoles, a los que ya consideraban como parte integral de su propiedad. En el mismo momento en que comenzaba nuestra independencia, Estados Unidos se apoderó de la Florida Occidental, en 1810, y ya tenía fija la mirada en la parte oriental.

Ante el impedimento de comprar armas y abastecerse en los Estados Unidos, desde Venezuela se intuyó la importancia de conquistar un territorio cercano, y el ideal fue la Florida Oriental, perteneciente a España. Para el efecto, el 29 de julio de 1817 un grupo de 150 venezolanos desembarcaron y ocuparon la isla de Amelia y proclamaron la República de la Florida, constituyendo un gobierno civil y designando autoridades militares y civiles. Esta acción había sido pensada por Simón Bolívar para disponer de un punto estratégico, colindante con los Estados Unidos, que les permitiera «contar con grandes medios para procurarnos objetos militares y satisfacer las obligaciones que contraigamos», como decía el Libertador. Ahora bien, se pretendía impulsar la liberación de todos los territorios que pertenecían a España, como era el de Florida Oriental, como garantía de que no iba a ser posible otro intento de reconquista militar. Por ello, Bolívar vislumbraba dentro de su proyecto integracionista incorporar todos los dominios españoles, como quien dice darle un carácter práctico a la lucha continental contra el colonialismo español, para lo cual no había reductos intocables. Además, el lugar escogido en Florida Oriental tenía ventajas considerables desde el punto de vista estratégico, político y económico, porque permitiría abastecer a navíos venezolanos, almacenar armas, imponer derechos comerciales, y allí se crearía una base naval para impedir que se burlara el bloqueo decretado contra España. Como lo dijo el general Gual desde Fernandina: «Aquí estamos haciendo algo en beneficio de Suramérica. Este es el único y exclusivo objeto que nos une a todos» [8].

El gran problema era que sobre Florida Oriental, los Estados Unidos ya tenían puestos sus ambiciosos ojos y pronto también pondrían sus sucias garras de águila imperial. La proclamación de independencia de la Florida fue recibida con alarma por los Estados Unidos, quienes en 1811 habían establecido unas cláusulas secretas, entre las que se señalaba que ellos no estaban de acuerdo con que se transfiriera algún territorio de la Florida, que era de España, a otra «potencia extranjera». Por ello, James Monroe, a la sazón presidente de los Estados Unidos, decidió liquidar la República de la Florida, para lo cual dispuso el desembarco de tropas, en superioridad numérica con respecto a los patriotas venezolanos que se encontraban en Fernandina. Fueron expulsados y catalogados como «contrabandistas, aventureros y saqueadores», y desde ese momento de hecho los Estados Unidos se apropiaron de una antigua colonia de España, sin permitir que este fuera un estado independiente y soberano como lo pretendía Simón Bolívar. Cuando los invasores de Estados Unidos le comunicaron al comandante Aury, de las fuerzas revolucionarias de Venezuela , que estaban en Fernandina, que iban a ocupar el territorio, aquél les respondió: «¿Proceden ustedes en nombre del Rey de España o de sus aliados», agregando: «No podemos admitir que ustedes se hayan convertido ahora en secuaces de un tirano: de otro modo la demanda de ustedes es inadmisible e injustificable a los ojos del mundo: y si debemos someternos a ella, toda la culpa recae sobre ustedes» [9].

Por supuesto que esos reclamos no importaron y las tropas de los Estados Unidos invadieron un territorio que no era de ellos, que había sido tomado por los independentistas sudamericanos a España. Eso no interesaba, pues los Estados Unidos lo que pretendían, y lo lograron, era continuar con la anexión de nuevos territorios. Poco después, en 1819, España firmaría un acuerdo de sesión de la Florida Oriental a Estados Unidos, pensando que con eso iba a tener las manos libres para recuperar sus perdidos territorios coloniales en el resto del continente. Pero la restituida monarquía de Fernando VII se equivocó, porque luego de que Estados Unidos se aseguró con el control de toda la Florida, con un oportunismo sin par , al cabo de poco tiempo reconoció a los nuevos estados de América Central y del Sur. Con eso había matado dos pájaros de un solo tiro: no se había comprometido nunca con los independentistas de nuestra América y había mantenido la apariencia de una paz ficticia con España, la que aprovechó para arrebatarle una gran porción de territorio. Con eso también perdimos los latinoamericanos porque se privó de un espacio que había podido convertirse en un país independiente, fundamental en una futura confederación de naciones de sur y Centroamérica.

Cuba-Puerto Rico

El otro caso que indica el rechazo por parte de los Estados Unidos de nuestra independencia fue el de Cuba y Puerto Rico, que siguieron siendo colonias de España hasta 1898. Desde comienzos del siglo XIX, los Estados Unidos, sobre todo sus estados esclavistas del sur, habían mantenido una estrecha relación económica con Cuba, a la que habían convertido en un mercado para inversiones y productos de empresarios estadounidenses. Estos nexos, así como la estratégica situación geográfica de Cuba , generaron la ambición de los Estados Unidos, cuyos gobernantes habían manifestado desde la década de 1810 que preferían que Cuba siguiera siendo una colonia de España antes que ser independiente. Al respecto formularon las doctrinas coetáneas de la «paciente espera» (Thomas Jefferson) y de la «Fruta Madura» (John Quincy Adams), que querían significar en términos prosaicos que había que esperar a que las condiciones fueran favorables a los Estados Unidos (que la fruta estuviera madura) para que se impulsara la separación de Cuba de España y pudiera ser anexada a la Unión Americana. Mientras esto no fuera posible Cuba y Puerto Rico deberían permanecer como colonias españolas.

A comienzos de la década de 1820, con la experiencia de la brutal reconquista española en varios territorios unos años atrás, Simón Bolívar a la cabeza de los patriotas planteó la necesidad de liberar los dominios españoles en las Antillas, por dos razones fundamentales: la independencia debería darse en los dominios españoles sin excepción y cualquier intento de reconquista por parte de España utilizaría a las islas de Cuba y Puerto Rico. Por dichas circunstancias, desde Colombia y México se planearon expediciones militares para liberar esas islas y terminaran de una vez por todas con los intentos de reconquista que pudiera realizar España.

Ese tema se convirtió en un asunto central en el proyecto de independencia a comienzos de la década de 1820, el cual se recibió con honda preocupación en los Estados Unidos. Al saber de los planes de las recién formadas Colombia y México de organizar un ejército expedicionario que atacara a las fuerzas de España en el Caribe, la prensa, los políticos y los empresarios de Estados Unidos dejaron escuchar su voz de alarma y empezaron a actuar para que ese proyecto no se hiciera realidad.

Había una razón adicional, y de gran peso, para que Estados Unidos se opusiera a la independencia de Cuba: el miedo a que con la misma fuera abolida la esclavitud, ya que los estados del Sur sustentaban su economía y sociedad en la trata de esclavos. Les aterraba en ese sentido que Bolívar aplicara una política abolicionista en Cuba, lo que no les convenía porque se tocaba el fundamento en el que se basaba el funcionamiento complementario de la economía cubana con los estados esclavistas del sur de los Estados Unidos. Por ello, una de las razones para oponerse a la expedición de Colombia y México hacia Cuba y Puerto Rico se basaba en la defensa a ultranza del sistema esclavista, porque además no querían revivir el caso de la irredenta Haití, que se había independizado de Francia en 1804, derrotando al «invencible» ejército de Napoleón, al tiempo que abolieron la esclavitud. El miedo a Haití se proyectaba cuando se hablaba de Cuba, y por eso en Estados Unidos hicieron hasta lo imposible para impedir su independencia, la que veían acompañada de la abolición, lo que los aterraba por el posible contagio que eso tuviera entre los esclavos de los Estados Unidos. Y eso lo manifestaron en diferentes ocasiones, como cuando le informaron al gobierno de Colombia que Estados Unidos demandaba que se retardara cualquier acción «hostil» contra Cuba y Puerto Rico, porque «desean evitar tanto el que aquellas islas pertenezcan a los estados continentales, como el influjo que pueda tener en su propio territorio la inquietud e insubordinación que eventualmente se introduzca entre los esclavos» [10].

En el senado de los Estados Unidos se fue más lejos aún, cuando con insolencia el senador John Holmes sostuvo: «¿Podremos permitir que las islas de Cuba y Puerto Rico pasen a manos de esos hombres embriagados con la libertad que acaban de adquirir? […] Cuba y Puerto Rico deben quedar como están. […] Un lenguaje igualmente decisivo tiene que usarse con los Estados sudamericanos. Nosotros no podemos permitir que sus principios de emancipación universal se pongan en ejercicio en una localidad tan inmediata a nosotros, donde se nos puede transmitir su contagio con peligro de nuestra tranquilidad» [11].

Al final, Estados Unidos obtuvieron lo que querían: impedir la independencia de Cuba y Puerto Rico y mantener el yugo colonial durante todo el siglo XIX, frustrando el sueño latinoamericano, compartido por Bolívar y los independentistas de México, de tener una patria grande, unida y soberana, en la que se incluían los territorios insulares de España. Eso ya lo reconocía la información diplomática de funcionarios de los Estados Unidos, como esta comunicación del Secretario de Estado de Estados Unidos (1829-1833) Martin Van Buren a su ministro en España:

Contemplado con mirada celosa estos últimos restos del poder español en América, estos dos Estados (Colombia y México), unieron en una ocasión sus fuerzas y levantaron su brazo para descargar un golpe, que de haber tenido éxito habría acabado para siempre con la influencia española en esta región del globo, pero este golpe fue detenido principalmente por la oportuna intervención de este gobierno (de Estados Unidos) a fin de preservar para su Majestad Católica estas inapreciables porciones de sus posesiones coloniales [12].

Difícil encontrar una muestra de mayor sinceridad y cinismo por parte de los Estados Unidos al ufanarse de haber impedido la independencia de Cuba y Puerto Rico. La postergaron hasta cuando, a finales del siglo XIX, organizaron una guerra contra la desvencijada España en 1898, la derrotaron e incorporaron a sus dominios a esas dos naciones, una de las cuales, Puerto Rico, sigue siendo una colonia estadounidense hasta el día de hoy.

Conclusión

En el año de 1823 los Estados Unidos proclamaron  la Doctrina Monroe, mediante la cual anunciaron que en lo sucesivo todo el continente americano debía estar a su entera disposición. Este anuncio se efectuó cuando ya se había sellado la independencia de las colonias hispanoamericanas (con la excepción de Cuba y Puerto Rico), y fue hecha para asegurarse que la usurpación de territorios no iba a ser puesta en cuestión. Esa Doctrina Monroe marcó el comienzo de una política «panamericana», basada en el supuesto de un «Destino Manifiesto», una pretendida superioridad racial y moral de los habitantes blancos de los Estados Unidos, una simple justificación del saqueo territorial de los Estados Unidos, a costa de sus vecinos, principalmente de México. Esa misma Doctrina se sustentaba en la política «divide y vencerás» para impedir cualquier intento de unidad latinoamericana, que era el sueño de Bolívar, quien lo intentó plasmar en el fracasado Congreso Anfictiónico que se llevó a Cabo en Panamá y México en 1826, un certamen en el que se opuso a que fueran invitados los Estados Unidos. Desde ese momento y durante los dos últimos siglos se enfrentaro n dos posturas opuestas: la del monroísmo y la de Bolívar, es decir, la del expansionismo estadounidense hacia el sur, basado en el pretendido Destino Manifiesto, que los debería llevar a dominar desde Alaska hasta Tierra del Fuego, y la de la integración latinoamericana en una sola nación que se opusiera a los deseos expansionistas de la Unión Americana. Eso mismo vuelve a emerger en la actualidad, cuando incluso los altos funcionarios de los Estados Unidos, empezando por Donald Trump, han vuelto a hablar de que somos su «patio trasero» y, lo peor de todo, cuenta n con sus perritos falderos en América Latina, empezando por el gobierno colonial de Colombia, para imponer a rajatabla sus designios de dominación imperialista. Es como si la realidad no hubiera cambiado a lo largo de doscientos años y hoy se estuviera repitiendo lo sucedido en el momento de nuestra independencia. Al respecto suenan de una profunda actualidad estas palabras del libertador Simón Bolívar al referirse a Estados Unidos: «Cuando yo tiendo la vista sobre la América hallo que está a la cabeza de su gran continente una poderosísima nación muy rica, muy belicosa, y capaz de todo». Capaz de todo, he ahí la cuestión, porque Estados Unidos es capaz de todo, una afirmación terriblemente cierta, como la historia lo ha demostrado, no solo en nuestra América, sino en el mundo entero. O si no, recordemos lo de Hiroshima y Nagasaki (con las dos bombas atómicas), por si fuera necesario evocar casos concretos.

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En este artículo hemos partido de sostener que es una postura negacionista el afirmar, como lo hizo Iván Duque el 3 de enero de este año, que los padres fundadores de los Estados Unidos desempeñaron un papel protagónico en nuestra independencia. Nada más lejos de la realidad, nada más falso, puesto que, como lo hemos mostrado, Estados Unidos aparte de que no participó en nuestra lucha contra España, se opuso a la misma e hizo todo lo posible por sabotear la gesta independentista, siendo la principal prueba lo acontecido con Cuba y Puerto Rico, territorios que siguieron siendo colonias españolas durante todo el siglo XIX, gracias a los Estados Unidos. Si se mira con detalle, Estados Unidos no hizo ninguna contribución práctica a nuestra independencia, como lo constataba Roque Sáenz Peña, presidente de Argentina, en uno de sus estudios:

Hombres de todos los puntos del globo, apellidos ilustres en la nobleza y en las armas, como también en la política, vinieron de todos los puntos del globo a compartir los azares del movimiento independentista… Pero los hermanos del Norte, no nos permitieron conocer el corte de sus sables, ni siquiera vino uno como specimen del hombre libre americano a enrolarse con apellido yankee en el escalafón de los ejércitos independientes, como no vino ni un fusil de chispa salido de los puertos norteamericanos [13].

De esta forma lacónica puede resumirse la «extraordinaria» contribución de la confederación del norte a nuestra gesta independentista, que podría sintetizarse en una formula simple: nuestra independencia no se logró gracias a los Estados Unidos, sino que se alcanzó luchando al tiempo contra España y los Estados Unidos; un antecedente nefasto, que por desgracia se proyecta hasta el presente, con la complicidad de los cipayos vendepatrias de estas tierras.

 

Notas

[1]. Citado en Francisco Pividal, Bolívar: pensamiento precursor del antimperialismo, Fondo Cultural del ALBA, La Habana, 2006, p. 62

[2]. Ibíd., p. 62,

[3]. Gregorio Selser, Enciclopedia de las Intervenciones extranjeras en América Latina, Monimbo e. V., Dietzenbach, Bonn, 1992, p. 91.

[4]. Simón Bolívar, Escritos anticoloniales, Ediciones Correo del Orinoco, Caracas, 2013, p. 141.

[5]. Ibíd., p. 154.

[6]. Citado en G. Selser, op. cit., p. 115.

[7]. Citado en G. Selser, op. cit., p. 178.

[8]. Citado en F. Pividal, op. cit., p. 119.

[9]. Ibíd., pp. 125-126.

[10]. Citado en Francisco Pérez Guzmán, Bolívar y la independencia de Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2010, p. 134.

[11]. Citado en Ibíd., p. 135.

[12]. Citado en Ibíd., p. p. 79.

[13]. Citado en Manuel Medina Castro, Estados Unidos y América Latina Siglo XIX, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974, p. 24.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.