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El oso en la taiga

Fuentes: Rebelión

No se precisa ser ni zahorí ni profeta -verán quienes quieran ver- para coincidir en la existencia de una espiral geopolítica, geoestratégica, algunos de cuyos signos más recientes los constituyen las intervenciones de Occidente en Afganistán, Irak y Libia, que no ha pasado por alto el Kremlin, porque a todas luces la manzana de la […]

No se precisa ser ni zahorí ni profeta -verán quienes quieran ver- para coincidir en la existencia de una espiral geopolítica, geoestratégica, algunos de cuyos signos más recientes los constituyen las intervenciones de Occidente en Afganistán, Irak y Libia, que no ha pasado por alto el Kremlin, porque a todas luces la manzana de la discordia radica en el control de los recursos energéticos durante las próximas décadas.

No en vano, ante las amenazas que se ciernen sobre la seguridad nacional de Rusia, representadas en primer lugar por los planes de la OTAN de rodearla de bases militares, el presidente Vladímir Putin ha formulado una aseveración no por tropológica menos disuasiva. En su país, dijo, se le tiene gran respeto al oso, «amo y señor de la inmensidad de la taiga siberiana, y que para actuar en su territorio ni se molesta en pedirle permiso a nadie. Puedo asegurar que no tiene intenciones de trasladarse hacia otras zonas climáticas porque no se sentiría cómodo en ellas. Pero jamás permitiría que alguien se apropie de su taiga. Creo que esto está claro».

Como claro está también para muchos que, con palabras de Ángel Ferro en la digital Rebelión, «si la OTAN -el martillo en la caja de herramientas de la hegemonía estadounidense- no puede asaltar la gasolinera, como mínimo tratará de estrangular su manguera». Y la mejor manera de constreñirla deviene la brusca caída del precio del crudo que el Tío Sam andaría causando, asimismo con el afán de lograr la independencia en el sector, mediante la peligrosa técnica de fractura hidráulica para extraer hidrocarburos del subsuelo.

Pero no supone esta la única variable en una ecuación la mar de compleja. Mientras algunos creen vislumbrar una confabulación de EE.UU. y Arabia Saudita, el que mayormente a instancias de esa nación árabe la OPEP haya decidido mantener el actual nivel de extracción trasluce el hecho de que «Riad no tiene intención de sostener los precios porque el petróleo barato le sirve para castigar a sus rivales geopolíticos -a sus rivales regionales Irán e Irak, y también a Rusia, por su respaldo al régimen sirio, y a Teherán- y económicos, para poner en jaque la rentabilidad de algunos proyectos de fracking en Estados Unidos y futuras inversiones en otros proyectos nuevos, al tiempo que mantiene su cuota en el mercado global del crudo aunque sacrifique ingresos».

¿Entonces? Para entendidos como Jorge Altamira (ARGENPRESS.info), «aunque numerosos comentaristas ven en la caída de los precios internacionales del petróleo la oportunidad para una reactivación de la economía mundial, lo cierto es que anuncia un período catastrófico para numerosos países que han sobrevivido a la crisis gracias a la elevada renta minera […] Ocurre que la mayor parte de los gobiernos necesitan los impuestos a los combustibles para hacer frente al pago de la deuda pública y al rescate de los bancos […] La caída del precio del petróleo replica la de todos los rubros de minerales metalíferos y alimentos. Este giro modifica el curso de la crisis mundial porque da de lleno en la periferia, en el mismo momento en que se ha hecho más aguda en Europa y Japón».

Ahora, más allá de las especulaciones sobre el peso en el bajón atribuible a factores como la depresión en la demanda de China y el Viejo Continente, el despliegue de los combustibles no convencionales en EE.UU., cierta recuperación de la producción en Libia e Irak y la renuencia de Arabia Saudita a restringir la oferta para no beneficiar a sus competidores, lo evidente es que Rusia figura entre los más perjudicados. Por ello, el oso ha configurado un formidable dueto con China -el dragón-, dueña ya del más abultado PIB del orbe.

Y la alianza, que se desdobla en económica y militar, llegó para quedarse por seis razones, según escribe Gilbert Rozman en Foreign Affairs, citado por Raúl Zibechi en ALAI AMLATINA: «Primero, sienten ´orgullo de la era socialista´. Dos, hacen hincapié en ´sus diferencias históricas con Occidente´, ya que ambas naciones fueron víctimas de los diversos imperialismos. Tres, rechazan el modelo económico que entró en crisis en 2008, al que ´consideran inferior a sus propios modelos´. Cuatro, estrechan relaciones como forma de hacer frente a las actuales amenazas externas. Cinco, están del mismo lado en las principales disputas globales. Seis, ´hay campañas oficiales en ambos países para promover la identidad nacional´».

Sí, tal vez una amistad «zoológica» -vuelta de tuerca hacia la multipolaridad- resulte el mejor (¿único?) antídoto para esa enfermedad aguda que es la espiral geopolítica, geoestratégica traducida en guerra de los precios del hidrocarburo. Dolencia que no se cebaría (no se ceba) exclusivamente en Rusia, Venezuela, Irán y otras economías quizás aún demasiado engrapadas a la exportación de materias primas, sino en todas las naciones marginadas de este orbe tan estratificado. Y aquí, a no dudarlo, las campanas están doblando por los más.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.