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El papel revolucionario de la burguesía «progresista» de Colombia

Fuentes: Rebelión
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Invito a los colombianos convencidos de la teoría de la burguesía “progresista” colombiana, a que visiten en mis queridas y añoradas breñas santandereanas, los museos del pueblo de San José de Suaita y luego, con las inquietudes allí surgidas lean el libro “Mucha tela que cortar”. Editorial Planeta. Bogotá 2008, 380 páginas; escrito por el minucioso sociólogo Pierre Raymond, quien ha dedicado muchas horas de investigación para develar con detalle esta dramática y descomunal historia ocurrida durante la mayor parte del siglo XX,  y, escribir la más objetiva y completa monografía, publicando incluso en internet (Fábrica Hilados y Tejidos San José de Suaita) y de los como todos los dramas, tiene un principio y un final simples: Una cascada y una ruina.

Los textos del investigador Raymond referidos, contradicen el relato dominante de “epopeya” realizada por una selecta familia del empresariado colombiano, que embargado del espíritu industrializador vernáculo, intentó industrializar parte de Colombia introduciéndola en el mundo moderno; cuando la verdad es que, el acicate provino más bien de los banqueros belgas, franceses y estadounidenses, y la epopeya, la realizaron los miles y miles de trabajadores colombianos que con sus esfuerzos y sus propias vidas hicieron posible que toda esa panoplia industrial llegar a su destino final y  que allí, fuera puesta en marcha para producir, obviamente con Fuerza de Trabajo asalariada de tipo moderno, durante varias generaciones.

Sucedió así:

Concluida en 1902, la guerra liberal-conservadora de los mil y pico de días, cuyas más destructoras matazones de peones llamados “heroicos combates” se libraron en los ariscos cerros santandereanos; uno de aquellos generales que participó directamente con sus peonadas en esa guerra, el hacendado abogado y militar Lucas Caballero Barrera, hijo y heredero del dueño de “cinco mil hectáreas de tierras forestales, 800 de praderas. 6.000 cultivos, corrientes de agua, cercas y servidumbres avaluadas en 460. 735, 37 pesos de oro”, situadas en el rico y feraz municipio de Suaita, situado entre las provincias de Socorro, Vélez y Moniquirá; como militar “pacifista” de la corriente Liberal de su paisano Aquileo Parra, con quien su padre tenía negocios y amistades;  llegó a ser uno de los firmantes de la famosa “Paz del Wisconsin” en Panamá, y luego, en el post-conflicto (que llaman), ministro de Hacienda del dictador desarrollista Rafael Reyes. También, ministro diplomático en diversas misiones en EEUU y Europa, miembro de la junta directiva del Banco de la República, gerente del Banco Agrícola Hipotecario y senador de la República durante varios periodos y finalmente, hombre de negocios bancarios. 

En uno de sus viajes diplomáticos por Europa, hablando con unos banqueros franco-belgas sobre los cañaverales, los cultivos de algodón, los semovientes y las otras bellezas naturales de sus tierras santandereanas; les describió con lujo de detalles la hermosa cascada de más de 100 metros de altura y tres niveles que el río Lenguaruco forma en su precipitado curso por sus Haciendas.

Los banqueros fascinados con la descripción le preguntaron interesados, sobre el uso que se le estaba dando a tan maravillosa fuerza natural. Don Lucas, sonriendo de picardía les dijo que solo servía para hacer paseos familiares y bañarse. –“No puede ser. Hay que darle un uso racional, provechoso y sobre todo “positivo” a tanta potencia; exclamaron los banqueros tomándose la cabeza entre sus manos. Sabiendo que había despertado en ellos el gusanillo de la avaricia del enriquecimiento fácil en las selvas coloniales, que estaba en boga en esos momentos ¿recuerdan el Congo Belga? Les propuso hacer unas inversiones no muy cuantiosas para desarrollar un pequeño proyecto “agro-industrial” en sus vastas heredades.

Era simple. Utilizar la cascada como fuerza hidroeléctrica con unos motores que le fabricarían en Bucaramanga los hermanos Mariano y Eugenio Penagos, especialistas en fabricación de maquinaria agrícola en el taller que habían montado en 1892, quienes le fabricaban los pequeños motores con los que movían los trapiches y las centrífugas que reemplazaban el engorro de la tradicional fuerza humana y animal para producir azúcar, moler las pepas de cacao para producir chocolate, que se hacía artesanalmente a mano en piedras cóncavas; además, de unos cuantos alambiques con el que se destilaba el jugo de la caña para producir aguardiente industrial, de gran demanda en esas tierras asoladas por la miseria y las venganzas de la guerra de los conservadores triunfantes.

En 1097, con una maniobra inversora de la firma neoyorkina Pinto, Leite and Nephews, las tres industrias embrionarias de azúcar, cacao y alcohol  estaban en funcionamiento. También estaba en funcionamiento, derribando el muro de la realidad, la avaricia delirante de convertir en una especie de Manchester santandereano, esas tierras agrarias y tradicionales, donde los aparceros en eterna lucha contra los grandes latifundistas cada vez más activos, cultivaban en pequeña escala y en vistosas manchas verdes la caña de azúcar, el algodón, el cacao, la yuca y otros cultivos domésticos de supervivencia.

.- “Ustedes señores banqueros ponen el Capital del cual carecemos, y nuestra familia pone a disposición de Ustedes y con las debidas garantías prendarias las tierras y el trabajo” les dijo don Lucas. Después algunos ires y venires, don Lucas, viajó acompañado por el banquero e inversionista estadounidense Lionel Hagenaers, desde New York hasta Amberes, para constituir en esa ciudad belga, en mayo de 1912, la Sociedad Industrial Franco Belga con un capital inicial de 3 millones de Francos belgas (600.000 pesos oro) y con 8 socios:

La sociedad familiar Caballero hermanos como principal accionista y los banqueros Hagenaers de New York, Thys de Amberes, Langle residente en Bogotá como director de la sociedad, Petit de Boitsfort, y los banqueros parisinos Neuflize, Lestapis y David Pyeire de Mandiargues.

Se emitieron 6.000 acciones comerciales, de las cuales 5.992 fueron para la firma Caballero hermanos a cambio de la hipoteca total de todas sus fincas. La desmesura había adquirido estructura financiera.

Así, otra idea, aún más irreal, vino a sumarse a las tres pequeñas industrias “civilizadoras” que ya estaban reemplazando la tradicional panela, el cacao birungo y el guarapo, por el azúcar blanco, el chocolate y el aguardiente de caña; tal y como lo había propuesto y luchado en la guerra que acababa de pasar, el general Liberal Radical Rafael Uribe-Uribe, con la pretensión  de “revolucionar radicalmente” la atrasada economía mercantil simple vigente en esas tierras castigadas por la guerra civil y, convertirlas en una gran industria capitalista productora de riqueza ilimitada.

 Se partía del aprovechamiento de la antigua tradición regional de la región Comunera, que había incluso sobrevivido la destrucción de la contrarrevolución de 1781 del virrey-arzobispo Caballero y Gongora y el fanático fraile Finestrad, que continuaba utilizando el algodón sembrado en los pequeños y medianos cultivos para elaborar los “lienzos burdos del Socorro”;  y se tomó como “ventaja competitiva”, que los cultivos de pan coger de yuca, abundantes en la región, podrían industrializarse para producir a gran escala el engrudo para el “engomado” de los textiles, reforzando aquella tradición textilería Comunera.  Así, se tomó la trascendental decisión empresarial de montar una gran fábrica industrial de textiles en la Hacienda San José de Suaita, y para completar las ventajas de aquel fenomenal progreso industrializador y civilizatorio, era posible inducir el reemplazo de la arepa de maíz casera tan del gusto de los santandereanos, por el pan blanco francés producido industrialmente en un gran molino mecánico de trigo.

Prontamente la vieja casona colonial de la Hacienda se fue transformando en un frío complejo de ladrillo y chimeneas europeas, que servirían de lecho a las grandes máquinas textileras y molinos harineros adquiridos en el mercado estadounidense, en los desechos de segunda mano. Entonces comenzó un viaje que conmocionó aquella sociedad rural, y que ni la rica imaginación de Herzog, el autor de Fitzcarrald, hubiera podido describir:

Llevar durante 12 meses por mar, ríos, ferrocarriles, carros de bueyes, lagunas, “leñocarriles” y, a lomo de mulas y de hombres, las máquinas compradas, desde el puerto de New York hasta la hacienda San José de Suaita en Colombia, empacados en 14 mil bultos de fierros, cuñetes de acero y clavos, cada uno con un peso no mayor 60 kilos, soportable por una mula. El primer embarque se hizo en New York en septiembre de 1912. El último en junio de 1913. Gobernaba el “empresario” conservador antioqueño Carlos E Restrepo, amigo y simpatizante de la causa de don Lucas Caballero.

De New York en buque hasta Cartagena, de allí en piraguas por el Canal del Dique hasta el río Magdalena. Allí los bultos se re embarcaron en barcos de rueda hasta La Dorada, donde se recargaron en ferrocarril hasta Ambalema; donde se volvieron a transportar por río hasta Girardot. Ahí, nuevamente se cargaron en ferrocarril que los llevó hasta Facatativá, donde por la anchura de las carrileras de tipo inglés o estadounidense, debían ser trasladados al ferrocarril de la Sabana de Bogotá y luego, al Ferrocarril de Zipaquirá, donde se trasportaron en carros de bueyes por un carreteable hasta la laguna de Fúquene, donde se re embarcaron en balsas hasta el desembarcadero de lo que hoy se llama Garavito en Saboyá. De ahí, se llevaron a lomo de mula y de hombre por el camino real de Puente Nacional, Cite, Güepsa, San Benito y Mamaruca, hasta el destino final: la fábrica de San José de Suaita.

Como las mulas y los hombres se estropeaban y morían “como moscas” a causa del exceso de peso de la carga y la dureza de las jornadas, hubo necesidad de recurrir a traer bueyes de tiro desde el altiplano boyacense y a diseñar un invento “epopéyico” muy típico colombiano:

Un ferrocarril con rieles de madera que se llamó el “leñocarril”, por donde se deslizaban los carros tirados por bueyes : A construir aceleradamente a “pico y pala” un carreteable en zigzag de poca pendiente donde colocar los rieles de madera. Carreteable que posteriormente se convirtió en la carretera del rio Suarez desde Garavito hasta Suaita.

Dos años después en 1915, ya en el gobierno del conservador Abadía Méndez, con cerca de 220 obreros y trabajadores, se inició lo que pudiéramos llamar primera producción de telas, harinas de trigo, chocolates empacados y licores embotellados. Y empezaba otro capítulo del drama: las carencias no calculadas. No había bancos en la región que tuvieran el dinero necesario para pagar la nómina. Los campesinos convertidos en obreros pronto desertaban y en la región escaseaban. El algodón regional tradicional pronto se agotó y hubo que recurrir a competir duramente con la fábrica de tejidos de Samacá o a importarlo. Igual ocurrió con el cacao que se debió importar de Venezuela y el trigo de tierra caliente para el molino industrial para el pan francés que iba a reemplazar la gustosa arepa santandereana, hubo que traerlo desde las montañas de tierra fría. Además, a la competencia externa de los textiles europeos y estadounidenses, se agregó el inicio de la competencia interna de los textiles industriales a bajo costo producidos en la región de Medellín.

Entonces, empezó la agonía del propósito progresista industrializador que duró cerca de 70 años, entre reclamaciones, derroches inimaginables y bacanales en las instalaciones fabriles del administrador Barón Christian de Rivau. Pleitos judiciales entre familiares y litigios internacionales; conflictos laborales y huelgas interminables; hasta que finalmente en 1994, se liquidó la sociedad de tejidos de San José de Suaita por ruina, desconociendo los derechos laborales de los pensionados y extrabajadores que allí laboraron.

Agonía que consumió tres generaciones de la familia Caballero, al expresidente colombiano del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) López Michelsen y a sus hijos López Caballero, los liquidadores financieros del delirio civilizador de su ancestro materno.

En aquellas breñas Santandereanas, en lugar de una revolución progresista hubo fue una involución y subdesarrollo: Más atraso económico y social, desolación y ruina. El carreteable en zigzag del “leñocarril” convertido poco después en carretera nacional entre Garavito y Suaita y, el recuerdo de la huelga derrotada de 83 días en 1947, de los obreros de la Sociedad Industrial Franco Belga, que todavía se menciona como una de las más largas de la historia colombina. 

Por todo esto, es que soy un poco descreído sobre el papel revolucionario de la burguesía progresista revolucionaria de Colombia …Les ruego me comprendan

(Revisado 13.01 2026)

(1)   Raymond, Pierre Mucha tela que cortar. Editorial Planeta. Bogotá 2008, 380. páginas;

Fuente imagen: Internet: Entrada a la ruina de la Fábrica de Hilados y Tejidos de San José de Suaita.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.