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El pozo ciego de los feminicidios en Cuba

Fuentes: OnCuba

El azar hizo que Marta y Lorena celebraran juntas sus cumpleaños, algún día de septiembre; la violencia contra las mujeres, que hayan muerto también un mismo día, asesinadas por la misma persona.

Marta tuvo a su hija Lorena un día de su cumpleaños. El pasado 17 de julio, su pareja las mató usando un cuchillo grande, cuya hoja había sido antes la de un machete.

El cuchillo siempre se quedaba en la casa. Reinaldo lo había mandado a hacer y lo tenía para herrar animales. Pero ese día lo llevó con él, para ellas. Tenía una relación intermitente con Marta desde hacía algún tiempo, y habían comenzado a vivir juntos en la casa de él y sus abuelos solo seis días antes.

Marta llegó con Lorena un martes a aquel asentamiento rural de Baracoa, municipio al Oriente de Cuba donde residen 79 797 personas.  “Nosotros decimos que vino en busca de la muerte”, comenta el abuelo de Reinaldo. El lunes siguiente a su llegada, a las siete y pico de la mañana, ellas salieron de la casa.

Un vecino las vio tomar el camino con Reinaldo. “Lo saludé (…) Yo no lo vi molesto ¡Qué íbamos a esperar que ese muchacho la iba a matar! ¡Y a la niña!”.

Supuestamente, Reinaldo las acompañaría hasta la carretera. Él llevaba a la niña en brazos. Marta iría a la ciudad con Lorena, según el abuelo, a hacer unas compras. Otras personas comentan que quizás ella iba a trabajar, sin que él lo supiera. Reinaldo no quería que Marta trabajara. El abuelo asegura que su nieto le había dicho que necesitaba una mujer para que estuviera en la casa y lo atendiera, que solo podía salir para turnos médicos; y que ella aceptó la condición.  

No llegaron a la carretera. Antes, él las sacó del camino. “Eso fue una cosa increíble. No sé qué se le metió a ese hombre”, dice una y otra vez un vecino del pueblo.

En aquel asentamiento, a donde se llega caminando unos seis kilómetros desde el punto en que se desvía la carretera, varias personas creen que a Reinaldo se le metió el diablo en el cuerpo. El diablo u otra cosa. Para su prima, “seguro fue algo que se le metió adentro… como dicen”.

Reinaldo se entregó a la Policía. Lo mismo han hecho otros: en Baracoa la memoria de feminicidios es gruesa. Quizás se entregan porque creen que estarán más seguros presos que en la calle. A un asesinato es probable que le siga un ajuste de cuentas y Reinaldo lo sabía.

El jefe de sector informó al abuelo del agresor su declaración: “Dice que la mató para que no chantajeara a ningún hombre más”. Un vecino maneja una hipótesis convergente: “Parece que él oyó algo de que ella iba a trabajar y (…) lo notó como un chantaje”. Otro asegura que él había robado un carnero y ella quería que lo devolviera. Le dijo que se iba si no lo hacía.

En cualquier caso, el asesinato de Marta y Lorena fue un feminicidio. Lo que llevó a una mujer y su hija al fondo de un pozo ciego no habla solo de Marta, de Lorena y de Reinaldo, sino de las sociedades que tenemos. Habla de la obligación hacia las que aún están vivas, de pensar el problema en profundidad, de impedir que la conmoción sea un espasmo y luego… calma y olvido. 

Después de asesinarlas, Reinaldo lanzó a Marta y Lorena a este pozo ciego. Allí fueron encontradas. Foto: Claudia Ortiz.

Ella

Marta quedó huérfana de madre cuando pequeña. Tenía una hermana, poco menor que ella. La terminó de criar una de sus tías, con quien volvió a vivir después de separarse del padre de su hija y hasta que se fue a la casa de Reinaldo. No tenía casa propia.

Había estudiado dos técnico medio: uno en Contabilidad y Finanzas y otro en Servicios Gastronómicos. El abuelo de Reinaldo recuerda bien que ella le había dicho que ganaba 380 pesos, pero expresa duda sobre si trabajaba: “No sé si era verdad o mentira”. Pero sí, Marta tenía un trabajo remunerado. Cuando la mataron, ocupaba un puesto de económica en una oficina de Comercio y Gastronomía.

Quienes la conocían aseguran que era una muchacha con buenas relaciones en el barrio, en su trabajo, y también con los abuelos paternos de su hija.

Los días que estuvo en el lugar de donde no salió viva, conversaba con otras mujeres del caserío. Dicen que a la niña allí la quería todo el mundo y que, aunque era pequeñita, jugaba con otras.

A Marta le gustaba ir a la playa por las tardes, con sus amigas y Lorena; también vestir bien, dice la tía. Entre ellas dos había desacuerdos. Su tía es una mujer mayor, religiosa. En sus palabras, intentaba “guiarla” y “decirle las cosas”, lo cual Marta más bien rechazaba. “Tú sabes cómo es la juventud”, lamenta la tía.

La noche en que Marta y Lorena se fueron, su familia no supo que lo harían ni a dónde iban. No conocían la existencia de Reinaldo. La tía había salido y, cuando llegó, Marta estaba en el portal de la casa con su hija y dos personas desconocidas, un hombre y una mujer. Saludó y siguió de largo a la cocina. Marta entró a su cuarto y se demoró allí. “Quizás es que no se decidía… como que lo estuviera pensando”, reflexiona ahora la tía.

Marta recogió unas cosas y se fue sin decir nada. La tía no vio con qué salía. Pensó que se había ido a la playa, como era habitual. Pero cuando se dio cuenta de que no estaban el ventilador y una sobrecama bonita que ella tenía, supuso que se quedarían en la casa de alguna amiga.

La familia no supo dónde estaban Marta y Lorena hasta que eran cadáveres. Marta le dijo a su hermana que se iría a Maisí. Al menos dos amigas sí sabían la verdad. Una de ellas fue a visitarlas a casa de Reinaldo, aseguran varias fuentes.

La noche del domingo, horas antes de que las mataran, Marta habría podido pedir ayuda. No lo sabemos de cierto. Llamó al padre de la hija, pero él refiere que no escuchó la llamada y no se la devolvió. Pensó que era algo sin importancia. Habían hablado el jueves anterior porque él quería quedarse con la niña el fin de semana. Ella le aseguró que estarían en Maisí.

Después, Marta marcó otro número, el de su hermana. Hablaron. La hermana la sintió nerviosa y por eso la volvió a llamar, aunque Marta le aseguró que estaba bien, en Maisí. La hermana no quedó convencida y pidió a otra tía que la llamara nuevamente. Ya en ese momento no respondió al celular Marta, sino Reinaldo: “Ella no está, anda por Maisí”.

Que alguien desconocido contestara y, desde el teléfono recién utilizado, dijera que ella no estaba en el lugar, es un hueco negro entre lo que pasó la noche del domingo y las primeras horas de la mañana del lunes.

En la familia de Reinaldo sí sabían de Marta, que ella lo visitaba en la cárcel las veces que él estuvo preso. Sabían que iban y venían en su relación. Ni sus familiares ni las personas del barrio consideran que entre ellos hubiese indicio de violencias. Que él no le permitiera trabajar ni “la dejara” salir de la casa no lo es, según sus códigos.

Las prohibiciones de salir de la casa, visitar a familiares, estudiar o trabajar son frecuentes en la violencia contra las mujeres dentro de la pareja. Así los agresores destejen las redes que ellas tienen o pueden llegar a tener. Así se aseguran de que pierdan autonomía económica y cristalice su dependencia material, psicológica y social.

En el país, solo el 3,7 % de las mujeres que han vivido violencia en sus relaciones de pareja han acudido en busca de ayuda a alguna institución o servicio; entre ellas: Policía, Fiscalía, Casas de Orientación a la Mujer y la Familia de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), Programa de Trabajadores Sociales, servicios de salud e instituciones religiosas. Se desconoce cuántas han ido específicamente a la Policía, pero el porcentaje es aún menor que el mencionado. En general, hay un subregistro de los casos de violencia hacia las mujeres.

Entre las razones por las que no buscan ayuda está la baja percepción de los actos y procesos de violencia, que solo se identifican como tales cuando escalan en gravedad o dejan marcas físicas. En Baracoa, las especialistas que atienden casos de violencia contra las mujeres en la Casa de Orientación a la Mujer y la Familia reconocen que muchas de ellas llegan a esa institución por la vía de organizaciones de base en sus comunidades (FMC, CDR y otras), sin pensar que son víctimas y, más bien, asegurando que son culpables. “Él me dio, pero yo me lo busqué” y “yo soy la culpable de que él me maltrate” son algunas de las frases que la psicóloga baracoense Gitsie Garrido Domínguez declara a Radio Baracoa haber escuchado a menudo.

Además, las mujeres no buscan ayuda en la Policía debido a la inoperatividad y falta de capacitación de  operadores de justicia y personal de las instituciones policiales. La especialista de la Casa de Orientación llamó la atención sobre ello en la radio local. “Yo les he preguntado a varias por qué no lo hacen y algunas refieren que cuando llegan a la Policía muchas veces no son escuchadas. Se sienten ignoradas, poco o defectuosamente atendidas. Les toman los datos, en la mayoría de los casos le imponen una multa al agresor y lo mandan para la casa”.

Una investigación de 20191 sobre la violencia contra las mujeres en Baracoa verificó que en el periodo 2015-2018 hubo 22 quejas sobre la actuación de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) en estos casos y 21 inconformidades con el proceso penal seguido contra el agresor, su sentencia o ejecución.

La consecuencia de esas barreras institucionales es que muchas mujeres “se quedan recibiendo golpes toda la vida, o hasta que el destino les depare una suerte peor”, concluye la especialista de la Casa de Orientación. Esa última frase tiene la fuerza que la realidad otorga. Hay ejemplos. A Lourdes su pareja la asesinó bajo el puente del río Miel, también en Baracoa. Lo había denunciado por intento de homicidio. Él la amenazó. Ella había dicho que no lo soltaran, que la iba a matar. Lo soltaron para esperar el juicio y la mató.

La investigación mencionada evidenció que en los registros de la Policía de Baracoa, el 68 % de las denuncias de delitos de violencia contra las mujeres recibidas en 2018 fueron amenazas. Para otros años, los datos son similares. Después de denunciar, si el agresor regresa al hogar sin que medie alguna medida de protección, es frecuente que tome represalias, pues se siente desafiado o en peligro. Ir a las instituciones policiales a presentar la denuncia, entonces, puede agravar el problema.

Una fuente cercana al tema, que prefirió el anonimato, comentó que, después de lo sucedido bajo el puente del río Miel, las amenazas de muerte se procesan con pulso más firme en el municipio. “Ahora por amenazar los dejan presos hasta que se aclare la cosa”. Sin embargo, la seguridad de las mujeres no está garantizada: las leyes existentes, su aplicación y la preparación de quienes operan la justicia continúan dejando brechas. Los agresores lo saben.

Él

Reinaldo trabaja en una cooperativa agrícola de la zona. Tiene una finca muy bien atendida, de cacao, coco y viandas. Para su vecino, la mantiene “como un espejo”. Ese mismo vecino lo considera “trabajador, luchador y carismático con todo el mundo”, “un muchacho normal”.

Sin embargo, su abuelo asegura que “siempre tuvo problemas” y por eso no pasó el servicio militar obligatorio. Su prima lo confirma: “Él no pasó el Ejército porque está sin mente. Los abuelos no quisieron”. Ella lo describe como “alocado”. Recuerda que una vez “se dio unos tragos y empezó a chapear en una loma de noche”, pero aclara: “Él no tiene retraso mental, él se hace el loco”.

El abuelo, la prima, el vecino… saben que tenía antecedentes penales por hurto y peligrosidad. “Él sí roba bastante, ¿oíste? –reconoce la prima–. Robaba pollos, puercos, carneros, todo eso para venderlo”. No obstante, insisten en que no era violento. Creen que asesinó a Marta y a Lorena en un acto incomprensible, causado por un ente sobrenatural, como el mismo Reinaldo le declaró a la Policía. El vecino recuerda que eso del diablo el joven de 30 años lo repetía algunas veces. “Él era jodedor. Decía cosas… tú sabes… ‘yo soy el diablo’. Jodiendo y riéndose”.

“Yo no sé ni qué decirte”, “aquí nadie puede decir que vio una cosita así”, insiste el abuelo. Ninguna de las personas entrevistadas enlaza el asesinato de Marta y Lorena con otros actos violentos que Reinaldo haya cometido en el pasado o con una forma suya de concebir a las mujeres. El vecino nos dice que él era “cogedor”, aunque fuera pagando. La prima, que el dinero que hacía lo destinaba a mujeres. Ambos, que su comportamiento con los abuelos era incorrecto, aunque no los golpeaba.

“Para que no chantajeara a más hombres”, porque ella quería trabajar, porque ella lo iba a dejar, por celos, porque ella le llevó la contraria… Cualquiera que haya sido el móvil del crimen, reafirmará un hecho: Reinaldo las asesinó como forma última de controlar a Marta. Reinaldo las asesinó porque para él, Marta era suya, era “su mujer”.

El patrón se repite. “La maté porque era mía” se ha vuelto una línea habitual en las historias de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en América Latina. La hemos visto en Chile, Argentina, Uruguay

Ilustración: Diana Carmenate.

El feminicidio

Todas las muertes violentas de mujeres no son feminicidios. Una mujer puede fallecer en un accidente de tránsito o en una riña tumultuaria y no ser un feminicidio. Lo es si en el acto se evidencia un desbalance de poder que existe porque a ella se la identifica como subordinada principalmente por ser mujer y no por otra razón; porque se considera que es alguien dependiente (psicológica o materialmente), alguien a quien se debe controlar, un objeto sexual, una propiedad o un chivo expiatorio, por su cercanía con otra persona.

En los feminicidios tiende a haber uno o varios de estos indicios: antecedentes de vínculos violentos entre el agresor y la víctima, violencia sexual precedente o posterior al asesinato, situación de dependencia entre la víctima y el asesino (a razón de trata, tráfico, prostitución, etc.) e identificación de la víctima como diana de castigo de otra persona. Muchas veces los agresores no ocultan su identidad, especialmente cuando lo hacen en lugares públicos: el crimen lo consideran un acto moral.

Los feminicidios están fundados en una cultura de violencia, discriminación, inferiorización y subordinación de las mujeres, que implica riesgos para ellas. No se trata de casos aislados, esporádicos o episódicos. Ellos verifican una necesidad de ejercer dominio y control sobre las mujeres. Son un problema instalado en la cultura, la psicología, los órdenes económicos y políticos de nuestras sociedades. Por eso, la discusión sobre los feminicidios implica la responsabilidad del Estado de prevenirlos y de impedir la impunidad de los agresores en todo el ciclo de la violencia. De lo contrario, también es responsable por omisión.

Si hay silencio y complicidad con la violencia dentro de las familias y/o en instituciones sociales, si hay un inadecuado tratamiento legal y procesal de los feminicidios o si se justifica a los agresores con argumentos tipo “el hombre es violento por naturaleza” o “ella lo provocó porque le fue infiel”, la responsabilidad de la agresión termina recayendo injustamente sobre la víctima.

Reinaldo es un feminicida, aunque en Cuba no esté tipificado el feminicidio. El caso será investigado como asesinato y a él podrían juzgarlo por ese delito. La resolución penal de estos casos en el país es mayor que en otros donde los asesinatos pueden quedar en la impunidad, pero ello no garantiza un enfrentamiento integral al problema. Ese camino necesariamente pasa por la prevención y la reparación a las familias de las víctimas. Y comienza en el reconocimiento legal de este delito específico: los feminicidios no se producen por las mismas razones que otros asesinatos.

Si se considera que Reinaldo tenía una relación conyugal con Marta, podría aplicarse lo establecido en el Código Penal vigente desde 1987 y reformado en 1999: un marco sancionador de 15 a 20 años o pena de muerte (artículo 316) para “el que de propósito mate a un ascendiente o descendiente o a su cónyuge, sea por matrimonio formalizado o no” (artículo 317). Marta ya engrosa las cifras de las muertes de mujeres “por agresiones”, cuyo promedio anual de 2013 a 2019 es de 129 casos.2

En Baracoa, mucha gente pide para el asesino la pena de muerte, que no se aplica en el país desde 2003. Apuestan porque sanciones más duras persuadan de cometer el crimen. El argumento tiene un problema: se llega a los feminicidios porque antes se naturalizó o toleró la violencia hacia las mujeres; no van a disminuir solo aumentando las penas. Sin embargo, reconocerlos como un crimen específico permite trabajar más allá de lo procesal: en lo político, social y cultural, en la identificación y contención de una ruta de violencia que no es la misma que la que conduce a otro tipo de actos criminales.

Aunque los feminicidios no están reconocidos en Cuba como delito, en 2019 se dio una tasa oficial con datos de 2016. El número consideraba solo una parte de esos crímenes: aquellos en que los agresores eran parejas o exparejas. En las legislaciones latinoamericanas que penalizan este delito (presentes en todos los países de la región, menos Cuba y Haití), se les llama “feminicidios íntimos”. En Cuba hubo aproximadamente 50 feminicidios íntimos en 2016. Representaron el 41 % del total de muertes de mujeres por agresiones. Por tanto, el marco de las relaciones de pareja, aunque no constituye el único donde ocurren los feminicidios, resulta muy relevante. Lo mismo sucede en el resto del mundo y contrasta con lo que pasa con los hombres: muy escasamente son asesinados por sus parejas o exparejas o, en general, por mujeres. Hay más hombres que mujeres asesinados en el mundo y en Cuba, pero esos crímenes tienden a suceder a manos de otros hombres, en espacios públicos, sin mediación de agresiones sexuales ni vínculos afectivos previos.

El asesinato de Marta fue, en efecto, un feminicidio íntimo y el de su hija uno por conexión, ya que la violencia no se dirigía directamente hacia ella, pero quedó atrapada en la acción. En 2020, al menos 13 feminicidios íntimos o por conexión se han conocido en las redes sociales o la prensa independiente. El último, el 5 de agosto, menos de siete días antes de que concluyera este reportaje. De seguro hay más; no contamos con estadísticas sistemáticas, transparentes y actualizadas sobre el problema, desagregadas por territorios de manera que se pueda observar si existen lugares con mayor prevalencia.

Especialistas locales consideran que, de saberse la tasa, Baracoa sería uno de los municipios donde existe más violencia hacia las mujeres en el país. En el registro de la Fiscalía municipal consta que, entre 2015 y 2018, 360 personas presentaron denuncias por esa razón. El 45,71 % de los presuntos agresores fueron parejas o exparejas de las víctimas. Respecto a los feminicidios íntimos, en 2016 —año para el que existe la tasa nacional—, no hubo ningún caso en Baracoa. Pero en 2015 hubo seis, en 2017 uno, en 2018 tres y en 2020 hay al menos dos: Marta y Lorena.

La Casa de Orientación a la Mujer y la Familia del municipio hace un trabajo sistemático y ha sido reconocida por ello. Sin embargo, su alcance es limitado. De las 360 personas que denunciaron casos de violencia contra las mujeres entre 2015 y 2018, 194 fueron las propias mujeres. En ese mismo período, la Casa de Orientación a la Mujer y la Familia atendió solo 28 casos. Es necesaria una política integral, con alcance nacional y con operatividad local, que acompañe esos esfuerzos y desarrolle o permita desarrollar otros. 

Ana María 

Ana María no iba a ser parte de esta historia. Llegamos a ella buscando información sobre lo que le había sucedido a Marta. “Imagínate cómo reaccionamos las mujeres en este pueblo (…) matar mujeres en Baracoa se ha vuelto una moda”, dijo en la primera conversación. Y enseguida: “Yo misma he sido víctima de golpes de mi esposo”.

Lo que explica nuestro encuentro no es la casualidad. La violencia hacia las mujeres constituye un problema expandido e instalado en nuestras sociedades; también en la cubana, donde el 39,6 % de las mujeres ha vivido violencia dentro de las relaciones de pareja en algún momento de su vida.  

La conmoción por Marta se volvió también temor por Ana María. Ella todavía está viva.

Entre Ana María y Marta hay diferencias. Ana María es un poco mayor, tiene tres hijos y una relación oficializada con su pareja hace diez años.

A la vez, hay algo en común. Ana María es otra víctima de violencia. Las agresiones empezaron al año de iniciar su relación con Jorge y fueron escalando. Nos dice que al principio no lo dejó porque estaba enamorada. En su segundo embarazo, él empezó a golpearla. “Se acostumbró a eso hasta el sol de hoy, es normal para mí”.

Normalizar la violencia o hacerla costumbre puede convertirla en una condena perpetua. Puede, en efecto, no haber salida. Los malos momentos han sido muchos para Ana María, pero el peor fue en su tercer embarazo. “Fue cuando más me golpeó. Me puso negros los ojos de los golpes y me mandó para el salón de parto, con dolores. Yo no tenía tiempo de parir y el ginecólogo me logró controlar el embarazo para que la niña no naciera antes de tiempo”.

Eso fue hace poco más de un año. Jorge le dio la golpiza porque otro hombre le había dicho cosas sobre ella. Escalaron los celos y sus consecuencias: se ha convertido “en una bestia de mala forma”. La Encuesta Nacional sobre Igualdad de Género (ENIG) reveló que los celos son la principal causa referida por los hombres cubanos como motivo de discusión con sus parejas.

Jorge no está “loco” como algunas personas dicen que está Reinaldo. Ella misma lo describe como una buena persona, trabajador, que ama a los niños y “es muy luchador, en el sentido de que trata de que no les falte comida”.

A Ana María Jorge sí “la deja” trabajar. Trabaja, como lo hacía Marta y como también lo hace el 50,9 % de las mujeres baracoenses en edad laboral (proporción similar a la del promedio nacional). Pero solo puede salir de la casa para eso y nada más. Jorge la amenaza y Ana María le ha dicho a su madre varias veces “él me puede matar”. Ella no puede tenerlo más claro: “Se cree que yo soy de su propiedad y no me quiere perder”. Nuevamente, se evidencia el robusto patrón de la posesión.

Cuando ella le dice que se va a ir de la casa, Jorge “se vuelve loco”. “A veces no sé qué es peor”, nos cuenta y con eso resume el conjunto enorme de sus imposibilidades. Puede decirle que se va a ir, pero sabe que no es cierto. “Terminaría con él, pero no lo he hecho porque no tengo casa a donde ir. Vivo en la de él. No tengo a dónde ir”. 

La imposibilidad de acceder a una vivienda propia es uno de los problemas de mayor importancia en la Cuba de hoy. A inicios del 2018, las fuentes oficiales consideraban un déficit habitacional de 929 mil 695 viviendas (527 575 nuevas a construir y 402 120 a rehabilitar). 

La ENIG revela que, para la población cubana, la escasez de vivienda está entre los problemas más importantes que afectan tanto a hombres como a mujeres, junto a los bajos ingresos económicos, las dificultades para conseguir alimentos y los problemas de transporte. Para las mujeres es más grave aún: lo consideran su primer problema.

La mayoría de ellas no puede acceder a viviendas propias con sus recursos. En 2019, el salario medio mensual en Guantánamo era 778 pesos, el cuarto más bajo del país, según la Oficina Nacional de Estadísticas e Información. En Baracoa era de 640 pesos. En el sitio web de ventas Revolico, la casa más barata a la venta en el municipio cuesta 5000 CUC: 195 veces el salario medio en Baracoa; 328 veces el salario de Marta; 454 veces el de Ana María. 

En el año 2018 inició en Cuba una Política de la Vivienda, con el objetivo de atender esa situación. Las instituciones a cargo esperan que el año 2020 termine con 41 014 casas adicionales, entre las construidas por organismos estatales (unas 15 000), las subsidiadas por el Estado (12 000) y las construidas “por esfuerzo propio” (unas 13 500). Estas últimas, en sentido estricto, dependen enteramente de las personas y sus recursos, pero integran las cifras del plan. 

Uno de los grupos sociales beneficiarios del programa son las madres con al menos tres hijos o hijas a su cargo. En 2020 fueron entregadas 68 casas a mujeres en esa condición y, desde que empezó el programa, a 620 de ellas. Ana María está al tanto de que el propio presidente ha hablado al respecto y que a ella debería considerársele. “Pero ni eso me han querido dar”, refiere.

La Política pretende contribuir al aumento de las bajas tasas de natalidad en el país. Ana María es una potencial beneficiaria, por tener dos niñas y un niño pequeño, pero debería serlo por algo más. El Programa podría considerar también a las mujeres víctimas de violencia.

La escasez de viviendas estructura desde la raíz los procesos de reproducción de la violencia hacia las mujeres, quienes además están principalmente a cargo de hijos e hijas. Sin tener donde vivir, a dónde llevarles, el ciclo puede ser perpetuo. Una política integral para atender el problema debe convocar soluciones también en ese canal, que engarcen con acciones temporales en situación de emergencia; entre ellas, los refugios para mujeres cuyas vidas estén en peligro. 

A ellas, a las Ana María, tal vez no se les puedan borrar las marcas de los años de violencia, pero se puede preservar su vida. “Las cosas pasan y rápido se olvidan”, dijo ella en este diálogo de varias semanas sobre mujeres violentadas y asesinadas. 

El azar hizo que Marta y Lorena celebraran juntas sus cumpleaños, algún día de septiembre; la violencia contra las mujeres, que hayan muerto también un mismo día, asesinadas por la misma persona.

No puede haber calma ni olvido para las Marta, las Lourdes, las Lorena, las Ana María… ninguna.

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Notas:

* Marta, Lorena, Ana María y Lourdes son seudónimos para proteger la identidad de las víctimas de violencia. Reinaldo y Jorge también, debido a las diferentes conexiones que podrían hacerse a partir de su nombre real.

1 Ricardo Riesco, Laura y Alba Cobas, Arelis. (2019). “La violencia contra la mujer en el municipio de Baracoa. Retos y expectativas de cambio”. Trabajo de Diploma en opción al título de Licenciadas en Derecho, Universidad de Guantánamo.

2 Según las correspondientes ediciones del Anuario Estadístico de Salud, tomando el dato más reciente para años que figuran en más de una fuente, ya que observamos diferencias entre ellas.

Ailynn Torres Santana. Académica y militante feminista. Investigadora postdoctoral del International Research Group on Authoritarianism and Counter-Strategies (IRGAC) de la Fundación Rosa Luxemburgo, investigadora asociada de FLACSO Ecuador y parte de la Red “El Futuro es Feminista” de la Fundación Friedrich Ebert. Doctora en Ciencias Sociales por FLACSO Ecuador.

Liudmila Morales Alfonso. Candidata a Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Salamanca y Máster en Género y Desarrollo por FLACSO Ecuador. Periodista y editora.

Claudia Rafaela Ortiz Alba. Estudiante de periodismo.

Fuente: https://oncubanews.com/cuba/el-pozo-ciego-de-los-feminicidios-en-cuba/

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