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Cómo superar el capitalismo

El programa transformador

Fuentes: Rebelión

Cuanto más se informa y se conciencia uno más claro tiene que es imprescindible superar el sistema capitalista. La progresiva pauperización de amplias capas sociales, las desigualdades crecientes, las guerras, el desastre ecológico,…, son consecuencia directa del actual sistema que rige la sociedad humana. Un sistema basado en la feroz competencia, en el sálvese quien […]

Cuanto más se informa y se conciencia uno más claro tiene que es imprescindible superar el sistema capitalista. La progresiva pauperización de amplias capas sociales, las desigualdades crecientes, las guerras, el desastre ecológico,…, son consecuencia directa del actual sistema que rige la sociedad humana. Un sistema basado en la feroz competencia, en el sálvese quien pueda, en la guerra permanente de unos contra otros, en la explotación de la mayoría por unas minorías, en el egoísmo, no puede tener mucho futuro. Un sistema altamente contradictorio donde el desarrollo tecnológico contrasta con el subdesarrollo social, donde una economía cada vez más social entra en conflicto con la propiedad privada de los medios de producción,…, es inherentemente inestable. Superar el capitalismo implicará, entre otras muchas cosas, tarde o pronto, la expropiación de los expropiadores. La democracia es el enemigo público número uno del capitalismo, la dictadura económica ejercida por los grandes propietarios de la economía parapetada tras una falsa democracia política. La democracia será siempre incompleta, estará viciada, más o menos vacía de contenido, mientras no llegue al núcleo de la sociedad: la economía. Mientras las «máquinas» generadoras de riqueza pertenezcan a unos pocos, y por tanto, sean gestionadas en sus líneas maestras por unos pocos, no puede esperarse un reparto suficientemente equitativo de la riqueza social, un mundo justo y seguro. No puede haber libertad en la vida en sociedad sin la igualdad de oportunidades, mientras unos pocos dominen al resto. El destino de la humanidad debe estar en manos de toda ella. Y esto sólo es posible con la democracia real.

Una vez aclarado todo esto, de una manera muy sucinta, remito a mis diversos escritos donde desarrollo todas estas ideas más en profundidad, una de las cuestiones principales que se nos plantea es cómo superar este sistema teniendo en cuenta la realidad actual, tal como es, no tal como nos gustaría que fuese. Es evidente que superar el actual estado de cosas llevará bastante tiempo, que los enemigos del pueblo, la oligarquía y sus lacayos, nunca se quedan de brazos cruzados. Trabajan día a día para que en verdad nada cambie, incluso para afianzar su dictadura cada vez menos disimulada. Quienes luchamos contra este sistema nunca debemos perder de vista que nos enfrentamos a enemigos muy poderosos que controlan en cierta medida, todo lo posible, incluso la manera de pensar de la gente. Tienen todos los medios a su disposición: el poder político, el poder judicial, el Estado (diseñado especialmente para favorecer a los capitalistas), el ejército, la policía, el sistema educativo, los grandes medios de comunicación,.., y sobre todo el poder económico. Pero tienen en contra una poderosa idea: no tienen razón y lo saben. El mayor enemigo, por ahora, del capitalismo es el propio capitalismo, cuyas profundas e irresolubles contradicciones hacen acto de presencia recurrentemente.

El pensamiento único es el gran enemigo a combatir en las mentes de las personas. Han conseguido hacerle creer a mucha gente que lo que es sólo puede ser así. Toda persona que combata al sistema establecido, ineludiblemente, debe combatir dicho pensamiento. Con palabras y sobre todo con hechos. Un gobierno transformador deberá establecer como prioridad número uno combatir la idea de que no hay alternativas. Ese pensamiento único deberá ser extinguido para siempre y esto llevará mucho tiempo, pero para ello desde el principio toda revolución debe combatirlo y poner toda la carne en el asador para seguir combatiéndolo hasta que la gente sea plenamente consciente de que casi siempre hay alternativas. Y la única manera de hacerlo es posibilitando que la ciudadanía conozca en igualdad de condiciones otras ideas y sobre todo poniendo en práctica políticas que demuestren con hechos que otro mundo es posible.

Pero para ello es imprescindible que alcance el poder político algún partido o frente dispuesto a empezar el largo camino del cambio social profundo. No es posible cambiar la sociedad sin alcanzar el poder político, pero tampoco sin la colaboración activa de la mayoría social. Como la historia nos ha demostrado, de nada sirve (a la larga) una dictadura ejercida por una vanguardia, por muy bienintencionada que fuese ésta. La única manera de alcanzar una sociedad estable, libre y justa es mediante el máximo desarrollo posible de la democracia. Entendida ésta en su acepción original: el poder del pueblo, el gobierno del pueblo. La democracia auténtica no puede prescindir del pluripartidismo, de la libertad de asociación, de la libertad de reunión, de la libertad de expresión,… Ahora bien, la democracia formal es condición necesaria pero no suficiente, las libertades formales deben ser reales, deben llevarse a la práctica. La democracia es mucho más que poder votar, es, entre otras cosas, poder hacerlo bien informado (para lo cual es imperativo conocer todas las opciones en igualdad de condiciones), es poder revocar a quienes traicionan el mandato popular, es obligar a los representantes políticos a rendir cuentas y cumplir sus programas electorales (los cuales deben ser «contratos» sagrados), etc., etc., etc. El desarrollo de la democracia es primordial y será también un largo camino. A medida que se desarrolle la democracia se irá poco a poco extinguiendo el capitalismo. Podemos decir que el desarrollo de la democracia es sinónimo del proceso de extinción del capitalismo. Porque en dicho desarrollo será ineludible que la democracia llegue tarde o pronto a todos los rincones de la sociedad, y muy especialmente a su centro de gravedad: la economía. La democracia económica es la antítesis del capitalismo. 

Para alcanzar el poder político mediante las urnas no queda más remedio, por ahora, que prescindir de ciertas ideas que espantan a las masas intoxicadas de pensamiento burgués. Si no se quiere predicar en el desierto y permanecer en la marginalidad hay que acudir a donde están las masas en vez de esperar a que éstas acudan a nosotros. Hay que tener en cuenta sus prejuicios. Pero las élites no pueden controlar por completo el pensamiento humano. El sistema no funciona, tiene tales contradicciones, que recurrentemente la necesaria revolución entra en la agenda política de la sociedad humana. A nuestro favor tenemos las contradicciones capitalistas, que sabemos que la razón y la más elemental ética están de nuestro lado. Una de las grandes contradicciones del capitalismo es que necesita evitar la auténtica democracia pero, al mismo tiempo, aparentarla. Si usamos la coherencia podemos vencerles. Y ellos lo saben. Debemos explotar al máximo esa contradicción en la guerra ideológica.

Y todo esto quiere decir que debemos alcanzar el poder político con las urnas, aun sabiendo que jugamos con mucha desventaja, que los grandes medios de comunicación están de su lado, que juegan con trampas, con leyes electorales especialmente hechas para perjudicarnos, que sólo tenemos alguna opción en cada gran crisis del sistema,… ¡Pero debemos explotar al máximo los pocos resquicios que no tienen más remedio que dejar para mantener el disfraz de democracia! La estrategia revolucionaria en este siglo XXI debe ser mucho más elaborada. No podemos repetir los mismos errores que llevaron al fracaso de la URSS. Debemos tener muy claro que es imprescindible tarde o pronto expropiar a los expropiadores, poner la economía al servicio de la sociedad entera, sin olvidar que la mera posesión formal de los medios de producción por parte del Estado no es sinónima de gestión social, como ya advertía Engels. Entre otras cosas, el Estado debe ser a su mismo democratizado al máximo, «expropiado» por la ciudadanía. Pero también debemos tener claro que esto sólo podremos hacerlo (con ciertas garantías de que a largo plazo no se revierta la situación, véase lo ocurrido en el llamado «socialismo real» del siglo XX) cuando sea el propio pueblo el que esté mayoritariamente convencido de ello. Y esto sólo ocurrirá cuando la mayor parte de la gente se desprenda del pensamiento único, cuando la idea de que hay alternativas se abra paso y se lleve hasta las últimas consecuencias. Cuando la gente vea que es posible superar el neoliberalismo, con una labor constante por parte del gobierno transformador (el cual deberá a su vez estar presionado desde abajo, necesitará una ciudadanía muy activa y combativa), se abrirá paso la idea de que también es posible superar al propio capitalismo. Si la dinámica del cambio se realimenta a sí misma, por un gobierno que se vaya radicalizando con el paso del tiempo a medida que se radicalice también el pueblo y viceversa, entonces la guerra ideológica podrá ganarse y realmente las puertas de un sistema nuevo se empezarán a abrir.

Por consiguiente, se necesita un sujeto político que cumpla una serie de condiciones para acceder al poder y usarlo para empezar a transformar el sistema. En primer lugar, debe organizarse de la manera más democrática posible, dando el máximo protagonismo a las bases, a los ciudadanos, los cuales deben tener todo el poder posible. Debe tender hacia liderazgos mínimos, cada vez más rotatorios, colectivos. No podrá, tal vez al principio, prescindir de liderazgos demasiado personales pero debe proveerse de mecanismos concretos que impidan que sus líderes traicionen los principios básicos por los cuales nació. Hay que sentar las bases, desde el principio, para disminuir los liderazgos personales progresivamente. Los líderes deben ser siempre, desde el principio, meros portavoces, coordinadores, ejecutores de las grandes decisiones tomadas colectivamente.

Debe proveerse de un programa político de transformación con etapas claramente diferenciadas. Debe partir de un programa mínimo alrededor del cual se consiga la unidad popular y a partir del cual se pueda dar un salto (no demasiado grande para poder empezar, pero tampoco demasiado pequeño para que dicho salto sea suficiente) que permita iniciar una dinámica de cambio, la cual deberá ser realimentada en el tiempo. En dicho programa mínimo no quedará más remedio, por ahora, que prescindir de ciertos objetivos más ambiciosos, los cuales se retomarán a medida que la correlación de fuerzas sea más favorable y sobre todo a medida que se ejerza el poder y la sociedad empiece a convencerse de que hay alternativas, de que incluso otro sistema es posible. Una vez conseguidos ciertos objetivos menos ambiciosos a corto plazo habrá que plantearse nuevos objetivos más ambiciosos en las siguientes etapas del proceso. Dicho programa deberá ser riguroso y no prometerse nada que no pueda cumplirse, o por lo menos deberá advertirse de las enormes dificultades que habrá para llevarlo a la práctica y plantear diversas alternativas frente a los posibles movimientos de los enemigos. Sin nunca olvidar que tan erróneo es no partir de un programa mínimo (pues si no se pospondría eternamente la revolución) como conformarse definitivamente con él, convertirlo en máximo (pues si no se incumpliría el principal objetivo, superar el actual sistema).

Dicho programa mínimo debe pivotar alrededor de dos grandes ejes: rescate ciudadano y desarrollo de la democracia. Superar el neoliberalismo implica tomar medidas concretas para llevar a la práctica los derechos humanos y redistribuir la riqueza como, por ejemplo, impuestos más progresivos, luchar contra el gran fraude fiscal, renacionalizar empresas de sectores estratégicos, recuperar lo público, es decir, el Estado de bienestar, derogar reformas regresivas implementadas por gobiernos anteriores, prohibir desahucios de familias que por causas ajenas a su voluntad no puedan pagar sus hipotecas, prohibir las horas extras, prohibir despidos colectivos en empresas con beneficios, reducir la jornada laboral, hacer una auditoría de la deuda y plantear el impago de la ilegítima, implantar una renta básica universal progresivamente, o por lo menos a corto plazo para personas con graves problemas de subsistencia, crear una banca pública,… Evidentemente, no podrá hacerse todo a la vez, por lo que habrá que diseñar una hoja de ruta y dejársela bien clara al pueblo para que no se creen falsas expectativas y por consiguiente desilusiones que trunquen prematuramente el proceso. Estas medidas, por urgentes e imprescindibles que sean, no serán suficientes para transformar la sociedad. Además, la historia nos ha demostrado que las victorias parciales no valen. En cuanto puede, el enemigo, la oligarquía capitalista, contraataca para anular todas esas conquistas sociales. Hay que vencer definitivamente al sistema capitalista. Las conquistas parciales deben ser vistas como meras etapas, como pasos intermedios en la larga lucha contra el capitalismo.

Desarrollar la democracia implica abrir un proceso constituyente para que el pueblo elija su régimen político y redacte una nueva Constitución que suponga un gran salto en la cantidad y en la calidad de la democracia. Si la gente empieza a ver resultados prácticos en cuanto a sus condiciones de vida básicas, con el mencionado rescate ciudadano, y se la empodera, con el mencionado proceso constituyente, entonces se pondrán las primeras piedras de un nuevo sistema. ¡Pero hará falta mucho, mucho más! Para empezar, democratizar el aparato estatal, las instituciones, los grandes medios de comunicación, comenzando por las televisiones públicas, las cuales deben desempeñar un papel crucial para combatir el pensamiento único, potenciando la prensa pública y abriéndola a la participación ciudadana, regulando la prensa privada para evitar la desinformación masiva, etc. El camino es muy largo y no podrá alcanzarse la cima de la montaña sin pasar por diversos campamentos base.

Dicho sujeto político debe proveerse de una clara estrategia política, a corto, medio y largo plazo. Transformar el sistema es una guerra declarada a los poderes establecidos y esto nunca hay que perderlo de vista, se necesita una estrategia lo más calculada posible antes de acudir al campo de batalla. Cualquier error se paga muy caro por mucho tiempo. Las dificultades son enormes y hay siempre que advertir de ellas al pueblo y recordárselas constantemente. Un gobierno transformador, entre otras muchas cosas, debe incitar a su pueblo a ser cada vez más activo, a organizarse desde abajo, a criticarlo todo (constructivamente, proponiendo soluciones), a movilizarse en las calles,… La labor de transformación radical de la sociedad es titánica y necesita de la colaboración activa de la mayoría de las personas. El principal síntoma de si vamos por buen camino o no es la actitud de las masas: si éstas son cada vez menos activas mal asunto. Un proceso de tal calibre no debe depender de unas pocas personas. Inevitablemente, sobre todo al principio, unas pocas personas tendrán más protagonismo del deseado (incluso por ellas mismas), pero ese protagonismo debe disminuir cuanto antes, por el bien del proceso revolucionario. De esto debe ser muy consciente desde el principio todo el mundo. Si los liderazgos no disminuyen a suficiente velocidad la revolución peligra, puede traicionarse a sí misma. La historia ha hablado con contundencia. ¡Escuchémosla!

Un gobierno revolucionario tendrá mucho más trabajo que cualquier otro, y lo hará con más obstáculos. Cualquier error, por pequeño que sea, puede ser mortal. Desde el principio debe practicar la máxima transparencia y la máxima coherencia. Debe siempre estar abierto (y promover) la crítica constructiva, sin la cual es imposible mejorar. El camino de la revolución social es inexplorado y se cometerán inevitablemente numerosos errores. Por si fuera poco, nuestros enemigos harán todo lo posible, con todos los medios de que disponen, que son muchos, para que fracasemos cuanto antes. Pero el principal error es no permitir la crítica, es cerrarle las puertas. Deberemos practicar la autocrítica, debemos generar confianza en la gente, con comportamientos ejemplares, hablarle al pueblo siempre con la verdad por delante (pero teniendo en cuenta sus prejuicios), al mismo tiempo que escuchándolo. Deberemos combatir a nuestros enemigos de igual a igual, dándoles incluso a ellos la oportunidad, que a nosotros no nos han dado durante mucho tiempo, de defender públicamente sus posturas. El pueblo debe ver que no tenemos miedo al enfrentamiento, en igualdad de condiciones, con nuestros enemigos. Deberemos recordarle también que nosotros, al contrario que nuestros enemigos, no huimos del enfrentamiento ideológico porque buscamos la verdad, queremos sinceramente encontrar soluciones a los problemas crónicos de la sociedad humana. Quien busca la verdad necesita de la autocrítica y de la crítica, no huye de ellas.

Vencer no es lo mismo que convencer. Nosotros venceremos cuando convenzamos mayoritariamente, cuando ya no seamos necesarios, cuando el pueblo asuma su protagonismo. Y no podremos convencer si nuestros enemigos no son puestos en evidencia públicamente. Deberemos defendernos de los ataques, cada vez más desesperados, que sufriremos. Con el Estado de Derecho (que será mucho más democrático que el actual), con la movilización popular en las calles, con el activismo social, asegurándonos la fidelidad del ejército al pueblo,… Pero nunca deberemos caer en el error de suprimir o restringir libertades. Sólo la democracia auténtica nos conducirá a una sociedad mejor. Cuanto más desarrollemos el instrumento de transformación social, la infraestructura revolucionaria, la democracia, más probabilidades tendremos de alcanzar tal sociedad.

No podemos olvidarnos, en un mundo tan globalizado como el actual, de que un gobierno transformador debe luchar por la soberanía nacional, además de por la popular, si es necesario rompiendo con aquellos organismos internacionales, nada democráticos, dicho sea de paso, de los que se ha provisto el capitalismo internacional para imponer sus políticas, para reducir e incluso anular el margen de maniobra de cualquier gobierno que pretenda no someterse a la dictadura internacional del Capital. La Revolución será internacional o no será, pues el capitalismo es internacional. Pero no hay que esperar a que venga de otros lares, hay que actuar localmente y tejer redes de solidaridad internacionales con otros países que decidan, o ya hayan decidido, iniciar el camino del cambio. Al mismo tiempo, hay que procurar reducir las dependencias respecto de aquellos países que no han iniciado dicho camino. O mejor aún, diversificar las dependencias del exterior, depender poco de muchos en vez de mucho de pocos. Y al mismo tiempo recuperar en la economía nacional aquellos sectores que han sido abandonados por no ser rentables para el Capital internacional, en particular, potenciar la agricultura, acometer una reindustrialización, promover las energías renovables, ecológicas, sin descuidar las nuevas tecnologías. La independencia económica, que no el aislacionismo, la cual se consigue con la recuperación de lo propio, de aquello en lo que el país tiene recursos, potencial, y también con la diversificación de las exportaciones e importaciones, es fundamental para no perder la soberanía nacional o recuperarla. Sin nunca perder de vista que la soberanía nacional sirve de poco si no se ve acompañada de soberanía popular, la primera es una condición necesaria para la segunda.

Lo peor que le puede ocurrir a una organización con un programa transformador es alcanzar el poder político para hacer básicamente lo mismo que hacían los viejos partidos prosistema, para gestionar el capitalismo o el neoliberalismo. Así no se combate el pensamiento único, al contrario. Esto atenta contra su seña de identidad y desmoraliza a la ciudadanía. Y la moral es fundamental para luchar contra el sistema capitalista, como en cualquier guerra. De poco le sirve a la gente votar para luego decirle que aquello que ha decidido es imposible de llevar a cabo. Esto hace más daño a la democracia que cualquier golpe de Estado tradicional. Así la democracia se vacía todavía más de contenido. Es justo lo contrario que debe hacer un partido político revolucionario, que busque el progreso. Dicho partido tiene como prioridad absoluta hacerle ver al pueblo que hay alternativas y darle todo el poder posible. Lógicamente, se necesitará tiempo para superar el actual sistema, pero, desde el principio, la ciudadanía tiene que ver cambios en las formas y en el fondo, en cómo se hace política y en qué política (sobre todo económica) se hace. Esos cambios pueden no ser muy grandes al principio, pero deben producirse lo antes posible y deberán ser cada vez más radicales. Lo principal es que la gente vea cuanto antes que es posible el cambio para que éste sea cada vez mayor. Los pequeños cambios iniciales podrán dar paso a cambios más radicales posteriormente. Si no se producen los primeros las puertas seguirán cerradas para los segundos. Por si todo esto fuera poco, no hay que olvidar que el electorado de un gobierno transformador será mucho más exigente, dará rápidamente la espalda a cualquier organización política que le traicione.

Una organización revolucionaria no se puede permitir el lujo de cometer grandes errores, que vayan en contra de sus ideales más esenciales, su razón de ser. Y la lucha contra el pensamiento único así como el empoderamiento del pueblo a través del desarrollo de la democracia son dos objetivos irrenunciables. Desde el primer día, el gobierno transformador debe dar pasos claros y decisivos para cumplir dichos objetivos. No podrá vencerse al capitalismo algún día si no se empieza a vencer desde el primer día al pensamiento único, si no se empieza a superar su versión más radical, el neoliberalismo. Lo esencial es que la gente vea en la práctica que hay alternativas, por pequeñas que sean al principio. Los pequeños cambios iniciales son al mismo tiempo un pequeño pero un gran paso para cambiar el sistema. Pequeño porque «técnicamente» se necesita mucho más para superar el capitalismo, porque la cima de la montaña aún está lejos, pero grande porque posibilita un cambio de mentalidad en la gente, demostrarle que el mantra repetido hasta la saciedad de que no hay alternativas no es cierto, grande porque significa empezar a caminar en la dirección adecuada, invertir la tendencia de la historia. Los cambios iniciales suponen, en definitiva, un paso cuantitativamente pequeño pero cualitativamente grande. Los pequeños cambios iniciales son condición necesaria pero no suficiente para el cambio sistémico. Cuando se venza al pensamiento único entonces se habrá vencido al sistema capitalista, o por lo menos esté tendrá los días contados. El principal enemigo del pueblo es en verdad el propio pueblo. Debemos vencer la batalla en nuestras propias mentes contra aquellos prejuicios que nos han metido en la cabeza quienes desean un sistema donde haya explotadores y explotados.

Otro mundo es posible. De nosotros, fundamentalmente, ciudadanos corrientes, depende. Pues si nos falla tal o cual líder, tal o cual sujeto político, entonces deberemos proveernos de otro y aprender de los errores cometidos. La revolución social será colectiva o no será. Habrá que luchar, luchar y luchar, persistir, persistir y persistir (readaptando nuestra estrategia en función de los resultados prácticos) para finalmente lograrlo. En esto sí que no tenemos alternativas. No hay otro camino que la lucha constante contra un sistema absurdo e injusto que condena a la humanidad a una existencia mucho peor de la que podría ser, que, incluso, podemos afirmar rotundamente, pone en peligro de existencia a la humanidad y su hábitat. La libertad se conquista, nunca es regalada. Civilización o barbarie. Democracia o dictadura. Revolución o involución. Éste es el gran dilema al que nos enfrentamos hoy en día.

Blog del autor: http://joselopezsanchez.wordpress.com/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.