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El síndrome Dávalos en el alma de Chile

Fuentes: Politika

Hace unos días, Dávalos tomaba una cerveza en un bar plagado de símbolos de la dictadura. A favor de él, podemos decir que es un ciudadano común y corriente, y que puede ir a rodearse de la iconografía que le plazca. Sin embargo, no fue un común y corriente cuando gestionó un crédito imposible para […]

Hace unos días, Dávalos tomaba una cerveza en un bar plagado de símbolos de la dictadura. A favor de él, podemos decir que es un ciudadano común y corriente, y que puede ir a rodearse de la iconografía que le plazca. Sin embargo, no fue un común y corriente cuando gestionó un crédito imposible para el restante 99,9% de los chilenos. Tras el «caso caval», apareció Dávalos con una pulsera All Access paseándose en Lollapalooza. Al parecer, no hay culpas en Dávalos. Para él, el responsable siempre es otro (un complot de la UDI o los periodistas, por ejemplo). Es una especie de síndrome, el síndrome Dávalos.

Síndrome que no sólo padece él. Lo padeció Jovino Novoa, cuando comenzó toda esta comedia, y enfrentaba a los periodistas diciendo: «La publicación en lo que se refiere a mi persona es absolutamente falsa. No existe ni ha existido un sistema de financiamiento ilegal para la UDI». Luego culpó a los periodistas, a Hugo Bravo y las filtraciones ilegales. ¡Jamás ha asumido nada!

Padeció el síndrome la senadora Ena Von Baer, cuando mentía a todo Chile en un programa de televisión diciendo que jamás recibió aportes ilegales. Lo padecía Orpis, cuando recibía un sueldo paralelo de CORPESCA, la pesquera del grupo Angelini. También Insunza, que recibía financiamiento de Antofagasta Minerals, la minera de Luksic. Hoy lo padece el socialista Fluvio Rossi.

Padecen el síndrome en la medida que, a pesar de todas las evidencias, ninguno asume responsabilidades. En el síndrome Dávalos siempre hay confabulaciones y pactos para herirlos, pero jamás responsabilidades individuales antes hechos nefastos. Por eso, no hay lugar para el pedir perdón en el síndrome Dávalos. Por una razón simple, el pedir perdón es un gesto humano, un gesto que, de cierto modo, los emparenta a los ciudadanos comunes y corrientes que los pusieron en sus cargos.

En ese gesto el político vuelve a ser lo que olvidó que es: un ser humano más. Quizás ahí esté alojada una de los causas de esta crisis de legitimidad: en la arrogancia, la falta de empatía y el desdén de la elite política (sería injusto hablar de todos, que me perdonen Maya Fernández, Boric, y un par más).

Como expresé en otra nota: Esa ceguera de la elite, ese no querer ver, ese no querer asumir, es bastante parecido al: «los pobres son pobres porque son flojos». Es parecido en la medida en que el culpable siempre es otro, la desgracia ajena nada tiene que ver con el triunfo propio. El simplismo, por ejemplo, de ver en la pobreza el justo castigo que la ineficiencia merece.

No es un tema nuevo. En su libro «La enervante levedad histórica de la clase política civil», Gabriel Salazar cita a Eduardo Matte Pérez, que ya en 1892 declaraba: «los dueños de Chile somos nosotros, los dueños del capital y del suelo; lo demás es masa influenciable y vendible; ella no pesa ni como opinión ni como prestigio».

Por eso, cuando se culpa a la gente de no querer votar e involucrarse en política, sería bueno invertir el juicio y preguntarse: ¿es culpa de la gente que se niega a confiar en la elite política o es culpa de la elite que hace, y ha hecho, todo lo necesario para que así sea?

Desde la poesía, que da más luz que la política para entender las telarañas del alma humana, Benedetti invertía el dicho: «todo depende del prisma con que se mire», por «todo depende del dolor con que se mire». Si no hay empatía, si no existe la voluntad de ponerse en el lugar del otro, de sufrir el dolor y la frustración de esa gente que sobrevive con sueldos mínimos, que trabaja como esclava y sigue siendo pobre, entonces es imposible que nazca la voluntad de cambios.

En una de esas, la política del chorreo también funciona en términos de valores, y, por eso, todos suframos algo del Síndrome Dávalos: está cuando lo único que importa es ganarle al del lado, cueste lo que cueste, caiga quien caiga; está en el «saber hacerla»; está en los insultos anónimos (jamás dando la cara) de las redes sociales; está, sobre todo, en lo que expresó Benito Baranda la semana pasada: «los que se oponen (a cualquier cambio) son incapaces de ponerse en el lugar de quienes los necesitan».

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