Los Estados Unidos han invadido Venezuela y nuestra voluntad de transformar el mundo, aunque hayan obtenido, hasta ahora, más réditos con el primer objetivo que con el segundo. Los halcones quieren demostrar —con su democracia de portaaviones y helicópteros de doble rotor, con la cobardía alfombrada de las salas de mando desde donde monitorean a buen resguardo sus decretos de muerte— que nada puede resistirse a su voluntad de dominación, que son los amos del mundo, de Nuestra América.
Quieren hacernos pagar con miedo las deudas de su pánico. Pero —¡oh error de cálculo!— somos acreedores de otras deudas.
La Tizza habla y hablará de Venezuela porque no creemos en la «no intromisión en los “asuntos internos” de otros países», un recurso burgués que presta servicio al imperialismo y al capitalismo. Si estos últimos no conocen fronteras, ¿por qué habríamos nosotros de parar mientes en ellas?
Al mundo lo definen dos asuntos fundamentales, y ninguno es, en rigor, «interno» —en virtud de la universalización que han alcanzado las relaciones sociales—: el del sometimiento de la Humanidad —de unos Estados-Nación a otros, de unas personas a otras, de unas ideas, unos modos de pensar y concebir la vida a otros, etc.— y el de la lucha contra dicho sometimiento. Bien mirados, todos los demás asuntos, matices y escalas gravitan en torno a esas dos grandes masas de la acción histórica.
Treinta y dos combatientes cubanos asesinados son nuestra fuente de derecho para hablar. De su postrer sacrificio y heroísmo somos deudores.
La metralla que segó la vida de un centenar de personas el 3 de enero no atañe solo al pueblo venezolano, sino al conjunto de América Latina y el Caribe.
Venezuela se ha convertido en un epicentro simbólico y material de la disputa por el orden mundial en un contexto de transición hegemónica. Y fue, desde Chávez, un revés enconado para los Estados Unidos, pues demostró que sin desarrollar una insurrección popular y siguiendo en lo esencial las reglas de la democracia liberal podía ascender al gobierno un proyecto revolucionario. Se trata de un hecho que destruye la defensa ideológica del modelo liberal como inmune a las apuestas revolucionarias. Pero a diferencia de la Unidad Popular chilena en el siglo pasado, el proyecto chavista ha sabido ser duradero en el tiempo y construir un poder estable.
A contrapelo también de los progresismos en la región, el chavismo logró una fusión compleja entre movimiento popular, instrumento político y fuerzas armadas.
De ahí que los Estados Unidos necesiten destruir la evidencia, anular a la Venezuela que superó sucesivas pruebas de resistencia en las condiciones del asedio económico más feroz. El ejemplo pone en jaque la actualización de la estrategia de poder de los Estados Unidos.
Si la dominación es consustancial al imperialismo, parte de su naturaleza; las formas de concretarla se ajustan siempre al momento histórico. Ya no son los tiempos de la «guerra contra el terrorismo» de Bush, una estrategia que relanzó el poder yanqui en el mundo, con un énfasis muy claro en el control de las reservas de hidrocarburos —por medio de la imposición de gobiernos lacayos— y en el aumento de la represión.
Trump ha lanzado una nueva línea de dominación que se alimenta de la oleada fascista global y busca liderarla. La invasión a Venezuela forma parte de una estrategia de control regional, tanto como la victoria electoral de las nuevas derechas al estilo Milei. El objetivo es recuperar el terreno perdido, imponer la mayor coerción sobre las clases populares, tanto en lo político como en lo económico. En pocas palabras, una nueva oleada represiva y la reinvención simbólica de las derechas, con el regreso del fascismo como herramienta geopolítica. No se trata solo del control directo del territorio, sino de la instauración de un clima ideológico de sometimiento, donde cualquier alternativa al capitalismo sea presentada como inviable, castigada con el aislamiento, el colapso económico y finalmente intervenida, si nada de lo anterior funcionase.
La invasión a Venezuela es una operación militar y psicológica que, al desplegar su aparato de violencia y terror armamentístico, busca convencer a los pueblos del mundo de su impotencia. El mensaje es uno: «nuestro poder es irresistible». Pero tales amenazas son el anverso de un profundo pavor. El momento de mayor demostración de fuerzas revela angustias estructurales. El sistema sabe que funciona sobre un campo minado. El imperio sabe que los pueblos pueden vencer, ¿pero, lo saben los pueblos?
En días como los que corren, cuando la rabia impide a veces reflexionar con hondura, las grandes potencias se reparten y distribuyen viejas y nuevas zonas de influencia. Dos veces, en la historia del siglo XX, ese reparto se decidió en el terreno militar. El momento actual no parece ser diferente, pero durante demasiado tiempo, los pueblos y las fuerzas revolucionarias se han sometido al rechazo abstracto del uso de la violencia, como un mecanismo de dudosa disculpa o defensa propia. Con consecuencias traumáticas, el orden mundial que emergió en 1945 murió con la estrepitosa caída de la URSS. En un fino juego geopolítico las grandes potencias de hoy tratan de dirimir sus antagonismos históricos sin acudir al teatro de operaciones. Las reservas de petróleo de Venezuela constituyen un factor ineludible de esa contienda, que quiere resolverse contra los pueblos y dándoles la espalda.
Tres rasgos han mostrado los Estados Unidos en el manejo de la nueva situación. El primero, fabricar un enemigo externo «narcoterrorista», con una narrativa mediática impuesta al mundo, y convertida en sentido común dentro de los análisis que difunde un amplio arco de medios de derecha. En segundo lugar, la realización de ataques relámpagos «quirúrgicos» televisados con espectacularidad para infundir temor y producir control y disciplinamiento. Tercero, mostrar sin filtros ni culpa —al estilo del «pusimos la bomba, ¿y qué?» que los cubanos conocemos bien— el propósito verdadero: la apetencia geopolítica, su metodología de cambios controlados de regímenes que no obedecen al mandato norteño y que son clave para la recomposición orgánica del capital.
Por otro lado, dos actores de peso en ese nuevo reparto mundial no han respondido a la altura del reto que les ha impuesto Trump: Rusia y China. Sí han estado, sin embargo, dispuestos a resguardar sus tradicionales intereses geopolíticos: Ucrania en el caso de Rusia, Taiwán en el de China. Pero no han mostrado la misma disposición y agresividad para salirse de su espacio de pertenencia y entablar una disputa real con los Estados Unidos, como sí lo ha hecho este último al contender sin ambages por convertir a Ucrania y Taiwán en actores funcionales del debilitamiento de los dos hegemones eurasiáticos.
En lo fundamental, Rusia y China proveen respaldo diplomático, venden armas y ofrecen algún tipo de blindaje económico —siempre parcial—, pero evitan una confrontación directa y sistémica. La entrega de Siria, el abandono de Gaza, la ausencia de respuesta contundente ante los ataques quirúrgicos y selectivos contra Hamás y Hezbollah en el Líbano, y la ofensiva contra Irán, que comenzó con el asesinato impune de Soleimani, y se coronó con el ataque a las instalaciones nucleares, muestran un peligroso «dejar hacer» que ha tenido en Venezuela su punto culminante. Acaso, algunos olvidan las consecuencias de las políticas de apaciguamiento a Hitler, o los graves efectos del Pacto Ribbentrop-Molotov.
Tenemos la obligación de recordarles que la paz que se consigue en arreglos entre Estados es siempre precaria, y no puede sustituir a aquella que se arrebata con la lucha sin cuartel a favor de los pueblos y de la mayor suma de justicia social posible.
Nos enfrentamos a la realidad de un nuevo reparto mundial entre las grandes potencias, en el que la soberanía de los pueblos representa el peón intercambiable. Una pax interestatal —provisional, como antes—, que sacrifica la emancipación y el derecho a ser de los pueblos.
Nada le fiamos a estos actores, tradicionalmente identificados como contendientes de los Estados Unidos. No serán ellos ni sus estrategas sesudos quienes defiendan nuestra autodeterminación. No lo han hecho por Palestina, ¿lo harán por Venezuela? ¿Lo harán por Cuba? ¿Lo harán por todos nosotros?
El imperialismo apuesta por el miedo y exige que la dirección venezolana conduzca una transición que termine con cualquier vestigio de la Revolución bolivariana. La opción por cuadros del gobierno chavista para acometer el plan en tres fases que se ha venido divulgando, persigue granjearle al imperialismo una victoria doble: por un lado, asegurar la muerte política del chavismo (su desprestigio e imposibilidad de ganar nunca más el voto popular) con el esquema de concesiones-colaboración diseñado para fracturar la capacidad de interlocución política del gobierno venezolano. Adelantamos que si, como desean los autores norteamericanos del plan, se produce una escisión entre chavismo y pos-chavismo, la pérdida de conquistas sociales y los retrocesos en materia de justicia e igualdad serán atribuibles a este último. Por otro lado, la opción por cuadros del gobierno chavista busca garantizarle gobernabilidad a la transición, sin quiebres o desequilibrios sociales internos que hagan más ingente y difícil de consumar el control de la industria petrolera venezolana y del rumbo del país en la arena internacional. Esta táctica de «continuidad» aparente se encamina a conseguirle al invasor ambas victorias en el corto y mediano plazos.
Estados Unidos apuesta por la desunión y por la traición a los principios por los cuales Chávez entregó su vida y su pueblo ha escrito páginas de heroísmo imborrable. La regresión a la «normalidad neocolonial» no es un dato de cierta «fuerza de gravedad geopolítica» en la que creen y de la que se lamentan ahora muchos ilustrados intelectuales: ha tenido que ser impuesta a cañonazos. El terror mayor de los Estados Unidos es que su relativo declive hegemónico esté asistido por la capacidad de las fuerzas populares para resistir el «efecto succión» de su hundimiento y vencer.
No hay dudas de la gravedad de la situación actual. De facto, hay una transición en curso en Venezuela: ahora queda por ver hacia dónde se dirige y quiénes y cómo la controlan. Más que nunca, se pone en evidencia la centralidad de la lucha de clases y de la importancia geopolítica de construir alternativas propias que no pasen por las entelequias del llamado multipolarismo, que solo ha servido para dotar de más agresividad al polo estadounidense. Las señales provenientes de Venezuela hoy no son claras, más allá del ruido mediático de uno y otro lado. Las declaraciones parecen más hablarles a sus bases que el grado en que sus postulados pueden verificarse en la práctica y desarrollo de los acontecimientos.
Las declaraciones y la simbología, por sí mismas, no son un problema para el imperialismo, acostumbrado como está a actuar bajo un pragmatismo que se acomoda a discursos y situaciones cambiantes; pero el deslinde de aquellas de los hechos sí es un peligro para el movimiento popular y las fuerzas revolucionarias en Venezuela y fuera de ella, para la movilización, la confianza y la voluntad de millones de personas humildes dispuestas a la defensa activa de la integridad territorial y de la permanencia de un horizonte emancipatorio en Venezuela.
Para Cuba, por razones obvias, los acontecimientos de Venezuela no resultan ajenos ni lejanos. La imbricación entre la Revolución cubana y el proceso de cambios iniciado en 1999 en Venezuela fue in crescendo y ha resistido diversas pruebas a lo largo de estos veinticinco años, incluyendo la desaparición de los fundadores de esa relación: el comandante en jefe Fidel Castro y el comandante Chávez.
No es por ello casual que los adversarios y enemigos de la Revolución cubana abriguen esperanzas de que un eventual cambio de régimen en Caracas sea el puntillazo final del ataúd tantas veces rearmado para Cuba. Tampoco es casual que para los revolucionarios cubanos —lo mismo que las emotivas jornadas de abril de 2002 o las tristes de marzo de 2013— el seguimiento de la situación en Venezuela desde el sábado 3 de enero sea parte de la cotidianidad.
En el arco diverso que va desde la extrema derecha contrarrevolucionaria hasta la que pretende presentarse como izquierda —pero que termina por cobardía en la senda de la derecha—, el discurso ha tenido como marcadores comunes la justificación del secuestro —por activa, repitiendo la narrativa gringa del «narcoterrorismo»; por pasiva, poniendo en entredicho la legitimidad del gobierno de Maduro— y la colocación de un presunto espejo para Cuba.
En ambos casos se parte del presupuesto que constituye la delicadísima situación económica, política y social que vive Cuba, para adelantar una agenda interna contrarrevolucionaria. Conocen perfectamente la gravedad de la crisis por la que atraviesa el país y albergan la esperanza de conducirla para que desemboque en una crisis terminal de la Revolución.
Mientras unos sueñan con una conmoción social definitiva, e incluso con una guerra civil, otros —en apariencia menos «extremistas»— exigen al gobierno cubano su suicidio y la renuncia a lo único que ha demostrado ser garantía de su supervivencia: el ejercicio efectivo del poder, incluyendo el poder militar.
Unos y otros se convierten en cómplices, en diversos grados, tanto de la agresión imperialista contra Venezuela como de las que están en curso contra nuestro país, comenzando por el criminal bloqueo de los Estados Unidos, y las que se produzcan en el futuro.
Los capitalistas no entienden de Patria. Su Patria es el capital. Varios de estos personajes, que restablecieron con Cuba una relación de conveniencia cuando sus jefes del Departamento de Estado les dieron permiso para tener aquí franquicias y negocios —el capital no se rige tampoco por la coherencia moral o por principios cuando la posibilidad de su acumulación se abre, aunque se abra bajo «dictaduras»—, se apuran ahora en pedir al gobierno cubano más concesiones —concesiones a ellos en calidad de «pioneros» de la era Obama, de «Pilgrim Fathers» a bordo de un nuevo Mayflower; y concesiones en general—. Con lo primero, buscan apalancarse ante la que consideran, todavía en voz baja y disfrazada, como una probable transición en Cuba, de la mano y eslora de los buques ahora mismo posicionados frente a nuestras costas. Apalancarse y ser vistos por las fuerzas de transición como los que «dieron primero» para que les sea consentido «dar dos veces» cuando todo acabe.
Con lo segundo —las concesiones en general— parecen sugerir al gobierno cubano que «evite» que caigan sobre la Isla las bombas yanquis. Algo así como una rendición preventiva, una transición preventiva, un abandono preventivo de la soberanía. Una especie de iniciativa reaccionaria para procurarnos la disculpa yanqui, cuando aún estamos a tiempo. Un bajar la cabeza frente a nuestra gloria, nuestros mártires; una deposición progresiva de nuestra dignidad nacional para evitar la alternativa que Trump acaba de considerar como la última que falta ensayar con Cuba: «entrar y destruirlo todo».
Desde esta perspectiva, la responsabilidad sobre la agresión queda prefijada no en quien agrede ni en quien invade, sino en el agredido que lo ha propiciado. «Evítennos, como hasta ahora, tener que competir con otros buitres; y vuélvanse buitres igual, en este mundo de halcones», parecen decir.
En un mundo donde los Estados-Nación priorizan sus cálculos de poder por encima de la solidaridad antimperialista consecuente, la iniciativa recae en la articulación transnacional entre los pueblos. Esto implica la necesidad de superar el antimperialismo retórico para construir redes de apoyo material, comunicación y acciones políticas coordinadas. Denunciar y confrontar la complicidad de las élites locales que se pliegan al imperialismo. Reinventar la diplomacia de los movimientos sociales, capaces de presionar a sus gobiernos y generar, donde se pueda, alianzas por fuera de los cauces estatales tradicionales.
La articulación transnacional entre los pueblos tiene que servir también para para hacer la revolución. La revolución como respuesta de los pueblos frente a la agresión.
Que se multipliquen de uno a otro confín la espada de Bolívar y el rifle del Che. Que no quede ni un soldado ni una base yanqui en América Latina. Que nuestros pueblos se levanten y dirijan sus luchas no solo contra la presencia militar extranjera sino contra las oligarquías locales y los gobiernos cipayos que le sirven de comparsa y apoyo a la aventura imperialista. Que la ola revolucionaria toque a las puertas de Wall Street y aliente una rebelión allí, en las entrañas del monstruo, contra el dominio de los millonarios, que envían a los mismos de siempre, a los desposeídos del Norte, a pelear las guerras de los poderosos. Que las balas no apaguen el infinito.
Venezuela es un laboratorio del siglo XXI, allí se decide la sostenibilidad —posible y necesaria— de un proyecto soberano frente a la combinación de guerra híbrida, asedio económico y ofensiva ideológica global.
No pueden secuestrarnos las certezas: no hay otro camino que la lucha en todos los frentes y la unión de los pueblos del mundo frente al imperialismo. Solo unidos tendremos la fuerza para contestar su infamia y su tiranía. La paz —si somos capaces de evitar que esta sea el silencio vergonzante de los sepulcros— no será el resultado de un acuerdo entre cúpulas, sino de la capacidad de los pueblos para imponer desde abajo un nuevo equilibro de fuerzas y vencer. Es el turno de los pueblos.
Fuente: https://medium.com/la-tiza/es-el-turno-de-los-pueblos-f7e49287f33b
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